3 ago 2011

Cómo cometer 29 errores y dar lugar a serias consecuencias políticas: a propósito de un artículo de Claudio Katz [1]


Alejandro Blancovsky

El artículo que comentaremos no es uno más. Se trata de uno de los textos de referencia para ciertos sectores políticos que (citándolo como fuente de autoridad) se dieron durante el 2010 políticas de acercamiento al kirchnerismo. Así, un débil aporte analítico de la realidad argentina fue profusamente difundido por organizaciones políticas mientras viraban desde la izquierda a una especie de “sabatellismo socialista”. El pequeño grupo de producción del autor (Economistas de Izquierda) y el armado de articulación (“Otro camino para resolver la crisis”) en los que participa están al borde de jugar el rol de caballo de Troya, de ser vehículo para (re)difundir argumentos oficiales dentro de lo que llaman “campo popular”. El texto intentó deslindar si la política económica actual permite o no calificar a la etapa de “modelo” al nivel del viejo “modelo agro-exportador” o el “modelo ISI”. A veces, se suma referir a un “modelo de la convertibilidad”. Veremos qué hay detrás de todo esto.

Aunque el método de exposición corra el riesgo de parecer una mera yuxtaposición de opiniones contrapuestas, elegimos hacer una enumeración de errores que ponga a éstos en primer plano. Esta elección se debe a que entendemos que los errores que hoy se comenten, están siendo pagados por todo el arco de la izquierda, aún por quienes evitan difundir formas de argumentación que reproducen el discurso oficial. Los errores mencionados no son “faltas” o “desaciertos” lógicos, empíricos o teóricos, sino que son síntomas de problemas políticos fundamentales que encuentran una expresión indirecta en inconsistencias lógicas, empíricas y teóricas. La mayoría de las veces, una contradicción lógica en un texto analítico no es ni una “argucia dialéctica” ni un desconocimiento procedimental de la lógica, sino un postergado problema político mal resuelto (políticamente). Marcaremos no obstante una distinción entre errores teóricos y lógicos, que sirve sólo para deslindar algunas cuestiones menores de cuando se utiliza la lógica de forma improcedente. En los hechos, en la práctica teórica (y no lo puedo justificar epistemológicamente aquí), todo error analítico (incluso el empírico) es considerado como un error teórico (lo que aparece a la vista leyendo nuestra enumeración). Esa mínima distinción entre teóricos y lógicos, sirve entonces sólo para deslindar una pequeña parte de la enumeración.

Los errores aparecen numerados arábigamente (sin acumular numéricamente en cada repetición). Los números romanos remiten a lógicas argumentales y a discusiones políticas más generales que es necesario plantear.

a) La cal y la arena

1. Cuando en el primer párrafo se pregunta por la existencia de un “modelo”, dejando las conclusiones para la historia (“sólo el tiempo zanjará”), el párrafo siguiente empieza por asumirlo como un dato: “El modelo emergió de una descomunal debacle.” (LÓGICO1)

2. La depresión de 1998-2002 habría puesto “en tela de juicio al propio capitalismo”, luego de la cual habría venido una “recomposición de la autoridad estatal y política que logró el gobierno de los Kirchner”. Curiosa coincidencia. Por un lado las crisis periódicas del capitalismo deben ser entendidas en términos de catástrofe. Por otro, se explicita un desfase llamativo entre el tiempo de la recuperación (visible en el tercer trimestre del 2002) y el gobierno que sería causa de esa recuperación (asumido en mayo de 2003). (LÓGICO2)

1/2. Lo mismo que ocurría al principio del texto: lo que en un párrafo aparecía como algo a pensar o deslindar es asumido como dato al principio del párrafo siguiente. Así, se puede hablar del “modelo que ha regido desde el 2003”. (LÓGICO1/LÓGICO2)

I. Ese “modelo” que se asume tendría aspectos que no romperían con la realidad económica previa. El quid de la cuestión está en cómo se asumen los ‘aspectos negativos’, dado que a partir de allí se verá qué juicio concreto se hace de la política económica vigente. Así, se dice que “el modelo que ha regido desde el 2003 no introduce cambios sustanciales en el perfil productivo tradicional de Argentina. Continúa primando el cimiento agrícola sobre una esfera industrial subordinada. No se vislumbran modificaciones en la inserción internacional, semejantes a las observadas en las economías asiáticas que se industrializaron aceleradamente (Corea del Sur) o se transformaron en potencias exportadoras (China).”

Se ve aquí que el pensamiento del autor mezcla (al menos) 3 niveles diferentes: la realidad económica, la política económica y eso que llama “modelo”. Vuelve a presentarse esa vieja asunción de que la política se ve en los resultados, y por tanto uno es capaz de desarrollarse en función de la propia voluntad. Corea del Sur se industrializó porque siguió una política correcta, por lo cual no cabrían consideraciones de otro tipo: las condiciones sociales previas, el espacio geopolítico, la exportación de capital japonés y un larguísimo etcétera.[2]

II. Pero la estrategia retórica de Katz (entendible, aunque no quiera, como “kirchnerista crítico”) es la de “una de cal y una de arena”. Luego de recordar que Argentina no se convirtió en Corea del Sur a causa de que “no introduce cambios sustanciales”, se deben sopesar las “continuidades” con los “giros significativos”, a saber: “el tipo de cambio bajo quedó inicialmente neutralizado con la devaluación, la apertura importadora fue sustituida por el énfasis exportador y las privatizaciones perdieron peso frente a la intervención del estado”.

3. Aquí aparecen consideraciones llamativas. El tipo de cambio (nominal) bajo aparece mencionado en el párrafo que habla de los “giros significativos” de las políticas. Queda implícito que se vendría del “modelo” de la convertibilidad (y no del ISI, por ejemplo) y que por fuera de las continuidades habría habido una política “rupturista” por vía de la devaluación (¿del 2003?). (TEÓRICO1)

4. Se opera un nuevo retraso en los debates de política económica al contraponer un modelo de “apertura importadora” frente a un nuevo “modelo” o protomodelo de “énfasis exportador”. Aquí vuelve a operar la mezcla de registros, cuando para analizar la política económica uno debería empezar por saber qué tipo de objeto se está analizando. Si uno analiza el discurso neoliberal de/para los “países emergentes”, el “énfasis exportador” es más marcado que en cualquiera de los discursos kirchneristas sobre una nueva política económica. Es decir, primero habría que decidir si se va a analizar el “énfasis” ideológico o el “énfasis” que suponen ciertas políticas. Y si uno quiere analizar las políticas tiene que poner en juego más cosas que el discurso que las intenta justificar. En Argentina la política de apertura comercial se combinó con una determinada política cambiaria y con una determinada política de promoción de exportaciones. Juzgar una contraposición con “los noventa” en términos de supuestas voluntades políticas del “modelo”, es obviar cómo se construyeron esas políticas (en otros términos, en “los noventa” pese a la desindustrialización, la apertura asimétrica y el atraso cambiario, había efectivamente algún “énfasis exportador”). Juzgar esa contraposición de voluntades, es obviar que pese a las coincidencias ideológicas, un mismo ministro de economía de “los noventa” no habría podido generar el mismo grado de “apertura” o “énfasis exportador” estando en Argentina, Uruguay, Brasil o Chile, que los sectores exportadores de los países pasan por distintas etapas de producción y de colocación de productos. (TEÓRICO2)

5. Como de “modelos” se trata, habría uno bueno y uno malo (como los policías, pero creyéndoles a éstos): “El modelo actual se ha distanciado de todas las vertientes usuales del neoliberalismo. No promueve (…) la desregulación laboral y las privatizaciones.” Se agregan cuestiones sobre el sector externo que retomaremos en seguida. ¿Son las privatizaciones “definitorias” de un “modelo”? Un país en los noventa siguiera ciertas políticas destinadas a disminuir costos laborales y a practicar desregulaciones financieras pero sin privatizar (por ejemplo, el Uruguay de los noventa), ¿en qué “modelo” debería ser encasillado? La suma aleatoria de “rasgos” de un “modelo” consiste entonces más en los términos publicitarios del debate político del momento que en una herramienta analítica. (TEÓRICO3).

III. La conclusión de la primera parte del diagnóstico sobre la cal y la arena es que “el modelo actual se ha distanciado de todas las vertientes usuales del neoliberalismo. No promueve la apertura comercial, la desregulación laboral y las privatizaciones. Tampoco se basa en atropellos sociales sistemáticos o en medidas continuadas de ofensiva del capital sobre el trabajo. En el plano externo cuestiona el libre-comercio y la movilidad de los flujos financieros.” Se ve aquí uno de los principales problemas de hablar en términos de “modelos”. Pareciera que las políticas imponen a la realidad económica de un país un “modelo” que existía previamente en la cabeza de algún “modisto” económico particularmente sagaz. Así, se dificulta ver la realidad en términos de relaciones de fuerza y, sobre todo, de historia objetivada. Obviamente se podrá decir que sólo una determinada correlación de fuerza pudo hacer que tal “modelo” se “aplique” en la Argentina post-2001, pero lo que se cita muestra cómo se mezclan correlaciones locales e internacionales que sólo podrían entenderse de dos maneras. O el “modelo” es una invención de un “modisto”, o existen distintas correlaciones de fuerza. El supuesto cuestionamiento al libre-comercio (de ser tal) no puede ser atribuible meramente a cambios políticos de la Argentina, independientemente de las trabas que se dieron en negociaciones internacionales (ALCA, Ronda de Doha de la OMC, aparición del G20, etc.), no todas ellas motivadas en consideraciones valorables ideológicamente. De hecho, la Ronda de Doha se traba en una disputa donde en el G20 se asumen posiciones más “librecambista” a propósito de los subsidios agrícolas de los países centrales, que poco puede entenderse bajo coordenadas analíticas como las de Katz (por ejemplo, la oposición entre ortodoxos y heterodoxos).

IV. La cal y la arena postuladas llevan a que haya que “valorar lo bueno”, pero sin “criticar lo malo” (como diría Sabatella en tiempos de supuesta mayor “autonomía” política). Lo malo no es lo que se hace mal sino lo que falta. “…estas diferencias no han creado el escenario pos-liberal que surgiría de una ruptura radical con la etapa precedente. La nacionalización de los sectores básicos, la redistribución progresiva de los ingresos y la conversión de la inversión pública en la fuerza motriz de la economía constituirían los pilares de ese viraje. En ausencia de estos cambios es erróneo (o prematuro) cualquier diagnóstico de pos-liberalismo.” ¿Entonces? ¿Se está haciendo un “análisis crítico” del “modelo kirchnerista” o una confesión (psico)analítica de las propias “ansiedades”? Veremos más adelante, con qué se compara esa “ansiedad”.

6. El “modelo” que se quiere delinear es, en realidad, la construcción discursiva de una de las mayores intervenciones ideológicas sobre la economía de los últimos años. La “gran querella por el modelo” fue una intervención política de la UIA a fines de los noventa para contraponer las políticas de un “modelo” supuestamente desindustrializador (el “modelo” de la convertibilidad”) y un “modelo” supuestamente “industrial”. No hubo, ni en su momento ni ahora, una producción teórica sólida que sustentara tan contraposición. Y no podía ser de otra manera, dado que lo que la UIA quería era legitimar (como “progresiva”) la devaluación que estaba exigiendo. Y muchos economistas fueron detrás de aquél discurso. Pero la UIA no quería una “ruptura radical”, quería mantener las protecciones puntuales mantenidas o generadas por Menem y quería mantener (y lo logró) todos los nuevos privilegios (reintegros fiscales a las exportaciones, poda abrupta de los aportes patronales, régimen especial automotor, etc.) del “modelo de la convertibilidad”. Que todos los economistas mal llamados “heterodoxos” hayan seguido la estrategia “teórica” y discursiva de la UIA no es de sorprender. Pero sí hay que llamar la atención cuando tal estrategia es seguida (con decisión o con ingenuidad) por cualquiera que se haga llamar de izquierda. Katz, por ejemplo, no tiene problemas en asumir el discurso ajeno: “Un propósito explícito del modelo es recuperar la gravitación que tuvo la industria durante los años 50-60. Los funcionarios han mencionado este objetivo en sus reiterados elogios a la «burguesía nacional» y en los llamados a restaurar un empresario fabril… Esta convocatoria no quedó solo en los discursos. La asociación inicial de la UIA, Techint y otros grupos con la gestión K perdió fuerza, pero se ha mantenido.” ¿Cuál es la diferencia con el gobierno de Menem? En términos de discursos efectivamente pronunciados, Menem llegó a hablar de la “revolución productiva”. Si luego cambió, ¿el criterio debería ser no lo que dicen sino lo que evitan decir (por ejemplo, evitar decir “cirugía mayor sin anestesia”)? Pero la forma de decir que “no quedó solo en los discursos” demuestra que son esos discursos lo único que importa. ¿Se quiere ir más allá? Sí, mediante el rastreo de la “asociación” de un gobierno con un sector empresario. Pero son los mismos sectores empresarios que en su momento apoyaron el “modelo de la convertibilidad”. ¿Era entonces el de Menem un gobierno industrialista, al menos en su primera presidencia? (TEÓRICO4)

b) Paroles…, paroles…, paroles...

7. De los discursos se pasa a la estrategia. “Estas metas y alianzas explican el frecuente uso del término «neo-desarrollista» para caracterizar el esquema vigente. Esta denominación resalta la intención industrialista, en contraposición a la valorización financiera precedente.” Aparece el viejo y conocido basualdismo. ¡Ya era hora! Esta explicación tan útil (y cuya demostración se sigue posponiendo indefinidamente…) según la cual el gran empresariado argentino desde 1976 siquiera se interesó por la reproducción simple del capital. Aún cuando sea verdad que no tuvo vocación de ampliar la escala productiva, ese empresariado consiguió miles de privilegios de los gobiernos (desde la dictadura en adelante, pasando por todos y cada uno de ellos) para sus producciones industriales. ¿Para qué hubo de hacerlo si sólo quería timbear con las tasas de interés diferenciales? (TEÓRICO5)

8. Como la idea de “modelo” no ayuda (ni le ayuda) a saldar problemas básicos de definición, la consecuencia obvia es la vacilación. Así, lo que antes era un “sesgo exportador” pasa a ser un “sesgo industrial” que se contrapone no al “sesgo” no exportador, sino a la existencia de la actividad agro-exportadora. Como la contraposición industria-agro no aparece tematizada más que superficialmente (siquiera aparece a la manera de Marcelo Diamond), sólo queda la vacilación: “La intención industrialista intenta atenuar la preeminencia de la actividad agro-exportadora. Por esta razón el principal conflicto que afrontó el gobierno con sus socios de las clases dominantes giró en torno al manejo de la renta agraria.” ¿Qué pasó entonces con aquél “sesgo exportador”? (LÓGICO3)

V. ¡Extra! ¡Extra! ¡Aparece la dominación de clase! “Muchos autores elogian la pretensión industrialista, cómo si fuera el único camino posible o el más conveniente. Olvidan que su carácter capitalista lo torna adverso a las mayorías populares. Es importante resaltar este hecho, para retomar un análisis crítico y no elogioso del neo-desarrollismo.” Esta pequeña declaración podría implicar un largo debate. Pareciera correrse del marxismo vulgar “progresista” que ve (con diversos argumentos; en última instancia, por la posibilidad indirecta de acercamiento al socialismo) en cada avance capitalista algo que puede ser positivo para, justamente, las mayorías populares. Pero aquí, en realidad, aparece el meollo de su posicionamiento político (cómplice del kirchnerismo). En un plano se reconocen todos los avances (“inclusión”, “industrialismo”, “crecimiento”, etc.) que el kirchnerismo quiere que se le reconozcan. En ese mismo plano la crítica (o la crítica a algo más o menos sustancial) brilla por su ausencia. La distinción con el kirchnerismo no es de análisis, sino de “ansiedad”. Y corre entonces por otro plano, tan lejano que no se toca con el análisis concreto de la realidad. Tiene una “camiseta” que dice que es “socialista”, ergo, su deseo profundo está lejos de los avances de un “modelo industrialista” cuyo “carácter capitalista” lo hace “adverso a las mayorías populares”. Pero hablando (supuestamente) a “camiseta quitada” todo lo que se dice acerca del gobierno actual parece ir justamente en dirección a superar aquello “adverso a las mayorías populares”. Dado que es ésta la discusión más importante, la retomaremos más adelante (punto VII).

2. “El modelo atravesó períodos muy distintos…”. “Durante 2002-07…” Vuelve a cambiar el fechamiento del “modelo”. (LÓGICO2).

9. Si al economista le importan los discursos antes que los hechos, no tiene por qué preocuparse por ver cómo se ha dado el reparto de la renta, qué impacto tienen en él los cambios de los precios internacionales ni (lo cual es más indirecto) el efecto de las distintas variables sobre las supuestas políticas “industrialistas”. La única fuente posible para analizar la realidad de un país parece ser el discurso gubernamental: “…el choque con los agro-sojeros. Este conflicto terminó con una derrota política [¿y entonces?] de gobierno, que transparentó el nuevo poder de los capitalistas agrarios. Con su demostración de fuerza, estos sectores paralizaron cualquier intentó gubernamental de avanzar hacia las metas industrialistas [??!!], capturando mayores porciones de la renta sojera.” Durante 2009 y parte del 2010, ocurrió justamente lo contrario (las retenciones fijas sirvieron para capturar más renta, beneficiando al gobierno), pero tomar esta realidad en cuenta implicaría la inconsistencia metodológica de alguna vez ir a ver la realidad. (TEÓRICO6)

10. Así como no se quiere ver que la apropiación de la renta agraria ha sido diferente a lo largo del tiempo, tampoco se querrá ver que el tipo de cambio ha sido diferente a lo largo del tiempo. Esto debería ser algo más evidente, si uno vive en un país determinado y toma consciencia de dos hechos básicos como la relativa estabilidad del tipo de cambio nominal coincidente con una abrupta inflación. Pero Katz es un “socialista” muy “politizado” que percibe la realidad a través de la ideología (de los otros) y, por tanto, no se molesta con pispear ciertas variables económicas. Así, el kirchnerismo post-2008 sería un “modelo” reencontrado con su impulso originario. “…el gran giro que parecía introducir la crisis internacional no se consumó y reaparecieron las líneas iniciales del modelo. Las medidas adoptadas en los últimos meses ilustran este rebrote [?], signado por el emblemático [?] ascenso de una camada de funcionarios liderada por Marcó del Pont.” De Boudou, bien gracias. Tengamos, no obstante, confianza. Algún día, Cristina de Kirchner dirá que el tipo de cambio real se ha ido retrasando; quizás entonces el economista se dé por enterado.[3] (TEÓRICO7)

11. Paroles, paroles, paroles… “Como el principal objetivo del modelo es aumentar la gravitación de la industria…” (TEÓRICO8)

12. “La recuperación [industrial] se explica por la altísima capacidad ociosa que dejó la crisis.” ¿No era que se explicaba por el “sesgo industrialista” y por el “principal objetivo del modelo”? (LÓGICO4)

13y14. Para nuestro autor, las limitaciones de la alta burguesía argentina parecen ser otra vez (como en el período, ahí sí “bien” llamado, “desarrollista”) de disponibilidad de capital. Así, el flujo de inversiones en el sector primario “rivaliza con el proyecto industrialista, al atraer capitales disponibles hacia el redituable sector rural. Este segmento absorbe toda la renta dentro de su propio circuito. El mismo obstáculo que impidió el despegue industrial vuelve a limitar su desarrollo…” En rigor, no hay nada más contrafáctico para la Argentina de las últimas décadas que plantear este juego de “suma-cero” de disponibilidades de capital. Incluso el basualdismo del “modelo de valorización financiera” reconocería que la disponibilidad de capital no es el primer escollo estructural del capitalismo argentino (que tiene uno de sus pilares justamente en la fuga de capitales) (LÓGICO5) y (TEÓRICO9).

15. Ya dijimos que estamos ante un posicionamiento “ideologizado” (en el buen sentido…) y por lo tanto, hay que hacer de las discusiones económicas, una forma de ataque a ciertos enemigos (en este caso, “la derecha”). Así, “La supremacía de la soja también obstaculiza la expansión del empleo genuino. […] …salta a la vista la incapacidad de un mono-cultivo para erradicar el paro estructural que padece Argentina.” A mi lucha me llamaron… Lo que no se entiende es por qué si estamos ante un “modelo” industrialista, es el monocultivo sojero el que debe ser criticado por no generar empleo. ¿No debería ser responsabilidad de la industria en este nuevo “neo-desarrollismo”? (LÓGICO6).

16. Las disquisiciones respecto al sector agrario son también producto derivado de un posicionamiento kirchnerista con “ansiedad”: “El gobierno cuestiona la especialización sojera, pero no adopta medidas drásticas para revertir esa primacía.” Es la única referencia a la política agraria del kirchnerismo, a la que se evalúa (mal) como insuficiente. Como para muchos otros ingenuos, toda la política agraria previa y posterior al 2008 simplemente desaparece. Así, se ponen fuera de la realidad años de contubernio entre Monsanto y la Secretaría de Agricultura (¿le suena el nombre Miguel Campos?), la continua expansión de la frontera sojera (aún a costa de “barrer las pampas” de tierras ancestrales de pueblos originarios y los niveles de retenciones claramente pro-soja durante 2003-2007. Las políticas pro-soja, pro degradación de la tierra y pro concentración de la utilización de las unidades productivas no serían una “política activa” sino un resabio que aparece por mera “insuficiencia” del “cuestionamiento” kirchnerista a la especialización sojera. (TEÓRICO10)

17. A continuación de la oración citada parece haber otra “crítica”: “Esta limitación coincide, además, con el impulso que los Kirchner han brindado al extractivismo petrolero y minero.” El precio por tomar nota de algo muy real (la política de ciertos extrativismos) es el de negación del extractivismo agrario y de las consecuencias ambientales de éste. Luego seguirán algunas líneas en las que sólo se remitirá a las consecuencias ecológicas de la actividad minera. (TEÓRICO11).

18. Las limitaciones de este “modelo” estarían en que el “intento industrializador carece de un sujeto social que motorice la acumulación…”, cuando se había dicho que se mantenía la “asociación” con los empresarios supuestamente industrialistas (ver punto 6) (LÓGICO7).

19. El “neo-desarrollismo” sería un ensayo con “límites”, algunos de los cuales son planteados como “baches”. Y uno de estos “baches” “se verifica en la fuga de capital., ya que el dinero expatriado es sustraído de la inversión industrial.” ¿No era que había una limitación del capital disponible (punto 14/15)? (LÓGICO8).

20. No obstante, a los “límites” se suman los “errores” de política económica, errores que a veces son entendidos casi como errores técnicos. El mejor ejemplo es el de la interpretación que se hace del endeudamiento público. Cualquier economista que se diga de izquierda debería poner en primer lugar el carácter fraudulento de la deuda pública, antes de especular sobre las virtudes o peligros de un nuevo ciclo de endeudamiento. “…las cuentas públicas del 2010 ya no presentan el desahogo del 2006. Frente a este escollo, en lugar de introducir reformas fiscales progresivas el gobierno recurre al endeudamiento. Todas las medidas adoptadas desde el primer canje apuntan a recrear la financiación externa.” “Como el modelo no tiene sustento financiero, los Kirchner apuestan al crédito externo, olvidando cuán gravoso resulta ese auxilio a mediano plazo. El endeudamiento es tan pernicioso como innecesario…” Denunciando olvidos ajenos, se fomenta el olvido de cuán gravosa ha sido la política de “desendeudarse”, según la cual una población que atraviesa por un momento con los peores indicadores sociales de su historia debió ratificar el hambre para regalar miles de millones de dólares a los organismos internacionales. La crítica a la amenaza de endeudamiento (amenaza que se fue aplacando por vía el impacto fiscal de un muy oportuno aumento de los precios internacionales de exportación) ha sido en los últimos años la convalidación del saqueo del “desendeudamiento”. “No alcanza con valorar un juicio abstracto sobre el aumento del endeudamiento público externo. Se ve aquí un juicio […] sobre un mapa que no define conceptualmente el analista sino un mapa falso que es el mapa de la realidad preconstruido mediáticamente. En este sentido, por más que algunos se reivindiquen detractores del gobierno, su juicio ya está prefabricado. La crítica a una nueva etapa de endeudamiento no se da en-sí, sino en oposición a su par especular (el «desendeudamiento»), al que implícitamente se reivindica.”[4] Si bien más adelante aparecerá un tibio llamado a la investigación de la deuda, es llamativo que allí al igual que en el momento de mencionar las opciones “gravosas”, se omita criticar la opción del llamado desendeudamiento. (TEÓRICO12)

2. “El modelo K enfrenta ambos escenarios con los motores más deteriorados que en el período 2003-07…” Vuelve a cambiar el fechamiento (y nombre) del “modelo”. (LÓGICO2).

c) La asunción (total-y-con-reparos) de la falsa polarización

VI. La obvia manipulación realizada por el gobierno en la delineación de una falsa alternativa por derecha pretende ser tematizada para así ser refutada (“Sostienen que se debe optar entre el curso actual y el retorno al ajuste”, “extremando las contraposiciones con sus adversarios”). Sin embargo a la hora de pasar a “refutar” la manipulación oficial se hacen críticas a la “derecha” que son las mismas que podría hacer cualquier kirchnerista. Así, se tematiza la coyuntura internacional favorable, pero no para evaluar al “modelo” oficial en su justa medida, sino para chicanear a quienes no están en el poder: “Los ortodoxos también afirman que el gobierno fue tocado por la suerte de coyunturas internacionales favorables, sin recordar la nefasta gestión que ellos tuvieron en circunstancias semejantes.” Justamente la situación internacional actual no es explorada, en tanto siquiera se argumenta su no excepcionalidad (habría habido, ¿cuál? ¿cuándo?, “circunstancias semejantes”), mientras que se pone en primer lugar a las capacidades de la política económica,[5] en ser correcto o nefasto “gestor”.

De su recorrido sobre cómo se mira la actual etapa desde la derecha, se intenta concluir que el gobierno “se auto-asigna todos los méritos del crecimiento y se vanagloria de una orientación heterodoxa”. Pero hay un evidente desfase entre esas conclusiones y el recorrido efectivamente hecho para (supuestamente) llegar allí. “…pronostican un diluvio inflacionario si no se corta el dispendio. Pero la credibilidad de estos mensajes choca con su propio pasado en la administración de las finanzas públicas, que estuvo signado por quebrantos mayúsculos.” Aparecerá nuevamente la gestión, la “administración de las finanzas”, bajo la forma de chicana. No se trata de que sea una crítica injusta para con los atacados (se merecen eso y más), sino que se trata de un análisis sesgado del presente, de aquello que supuestamente se pretende analizar. No es que, por poner un caso, López Murphy no merezca ser refutado, la pregunta analítica que correspondería es si no estamos en una situación en la que hasta el bruto de López Murphy podría “gestionar” con crecimiento y aumento del empleo. Es entonces que no sólo no se tematiza (como se podía sospechar) la influencia del contexto internacional, sino que se olvida tematizar siquiera el propio presente (en sentido restringido) de la economía argentina.

21. De manera contradictoria (y no, como la mayoría de las veces, por carecer de conocimientos de lógica, sino por derivación de ciertas ambigüedades políticas) se intenta contraponer el “modelo” oficial con una oposición por “derecha” que, a veces, es planteada como ficticia. “El discurso derechista simplemente expresa el interés que tienen los banqueros en preservar una situación fiscal controlada, para asegurar el cobro de la deuda. Suelen ocultar que […] el gasto público actual es bajo y no plantea un desemboque catastrófico.” Como tantas otras veces, el análisis del “heterodoxo” intenta explicar complejas relaciones que hacen a lo económico, lo político y lo ideológico, reduciéndolas a un interés pecuniario puntual. El argumento sobre los “banqueros de derecha” hace acordar al argumento kirchnerista que decía que criticar la manipulación por parte del INDEC al Índice de Precios al Consumidor era un artilugio de banqueros que deseaban un CER mayor para valorizar mejor sus acreencias. Argumentos vacíos variados que hacen del interés del acreedor algo totalmente escindido de la política pagadora neta del gobierno: no se puede acusar a la “derecha” de querer ser más “cobradora” para legitimar a un gobierno que ha sido el mejor pagador de la historia (TEÓRICO13).

22. La polarización falsa se convierte en “ira” de los empresarios “marginados” y un “regresivo planteo” por una “mayor primarización” y “apertura comercial”. Oposición que se dice falsa, pero que a la vez se califica de conflicto e incluso “seria confrontación política”. “…el dato dominante del escenario actual no es el choque entre los dos [!] modelos”. La falsa polarización plantea la realidad del modelo alternativo (susceptible de “chocar” o no), aún cuando la realidad este último había sido desmentido como “palabras huecas [que] desnudan la ausencia de un proyecto económico alternativo.” (LÓGICO9).

23. Pero, bajo la obnubilación del escenario político, ese “choque” parece existir: “Promueven un retorno a la apertura comercial, que está en conflicto con la ambición industrialista. Este regresivo planteo ganó fuerza durante el choque con los sojeros y condujo al resurgimiento del gran mito agrario.” “El conflicto es sinuoso, ya que el gobierno elude embarcarse en un proyecto consecuentemente antiliberal [?!][6] y la oposición rechaza cualquier retorno a la convertibilidad. Lo que existe es una seria confrontación política, cultural e ideológica, que no tiene correlato directo en la economía.” El valor de lo afirmado se juega en qué se entienda por “correlato directo”. Si hay un camino “sinuoso” que podría dar un correlato indirecto o si la “seria confrontación” está autonomizada de los intereses de los distintos sectores de clase. La mayor autonomía política (cultural e ideológica) es un planteo que podría llevar a revisar muchas de sus afirmaciones. Obligaría a plantear la funcionalidad de la falsa polarización como estabilizadora de la dominación burguesa, acotaría el lugar estructural real que tiene la producción agraria como estrategia orientadora de la economía argentina, permitiría entender la disociación entre las representaciones políticas burguesas alternativas y los intereses que aspiran a representar. Sería un planteo válido de la realidad económica y política de los últimos años. Pero detrás de las vacilaciones políticas (interpretativas) (“…cuando baja el ruido reaparece la verdadera intención conciliadora…”), aparece la primacía del principio metodológico de interpretar la política a través del discurso supuestamente “ideologizado” de sus actores y, por lo tanto, aquella falta de “correlato directo” es entendida entonces como “correlato” indirecto: “Las diferencias de prioridades económicas entre el gobierno y la oposición derechista no siguen una línea nítida. El grueso del agro-negocio se alineó con la oposición, pero muchos exportadores y aceiteros se ubicaron en el campo oficial. La mayoría de los industriales toma partido por el gobierno, pero otros sectores son críticos. Los banqueros se han repartido entre los dos bandos.” El “correlato” indirecto es entonces, el voto disperso de unos capitalistas individuales (exportadores, aceiteros, industriales o banqueros). Los intereses sectoriales terminan diluidos bajo preferencias que no parecen ser el entendimiento de una concepción clasista. Así, se borra la posibilidad de entender toda vez que aparece en la historia del capitalismo la diferencia entre el interés que un estado logra defender en beneficio del capitalista de lo que ese mismo capitalista “piensa” y “siente” como individuo. (TEÓRICO14).

d) Las etiquetas gastadas

24. “El condicionante distintivo de la administración actual es el legado que ha dejado la rebelión del 2001. A diferencia de Lula, los Kirchner han debido gobernar con un ojo siempre puesto en la reacción de los oprimidos. El movimiento social ha mantenido un alto grado de movilización, que obliga a tomar en cuenta sus demandas. Por esta razón mientras que Lula logró consolidar la estabilidad social-liberal, los Kirchner han enfrentado un sobresalto tras otro. Esta asimetría obedece en última instancia a la intensidad de la acción popular, en un país que dirime su vida política en las calles.” Esta justificación del carácter más “radical” del gobierno de Kirchner contradice afirmaciones previas que apostaban no a ver “sobresaltos”, sino resultados, justamente a propósito de Brasil (ver nota al pie 2). En nuestra opinión, se muestran insuficientes tanto el juicio por el nivel de “crispación” del discurso político como el juicio por resultados que acota tomar las necesarias consideraciones históricas (empezando por el ciclo económico) y “contextuales” (geopolítica, mercado mundial, etc.) de una determinada etapa histórica de un país/gobierno. No obstante lo antedicho, hay que recordar que (y se deberá hacer en Argentina con mucha mayor virulencia de lo que se le exigirá cuando finalice el actual ciclo de gobiernos encabezados por el PT) hay resultados que debemos reclamar (y Katz no lo hace). No hay que ser ingenuos en el análisis en torno a los “logros” del desarrollo (pues, “Ha sido el sistema-mundo y no las distintas «sociedades» el que se ha venido «desarrollando».”[7]), pero sí hay objetivos sociales básicos que permiten evaluar un ciclo gubernamental. El hecho de que tras los procesos depresivos haya un rebote del número de hogares pobres es algo sabido en Argentina. Los años noventa enseñaron que la recuperación implica un rebote y la normalidad implica un ascenso progresivo de la pobreza, hasta la próxima crisis con explosión de la pobreza y posterior rebote. Lo que hay que advertir es que el “progresismo” del gobierno kirchnerista ha cristalizado la pobreza luego del rebote post-2001-2. La pobreza pudo disminuir a mayor ritmo durante el rebote post-crisis de 1989-1991 bajo el ministerio Cavallo de lo que pudo disminuir bajo el gobierno de Kirchner.[8] Más aún, el objetivo de eliminar la pobreza (por ejemplo, propugnado por la campaña del FRENAPO liderado por la CTA) ha logrado (gracias a tanto “progresismo”) ser borrado de la agenda política (sí, en cambio, nuestro autor siente que es necesario dar cuenta de evaluaciones obvias: “Ciertamente no introdujo ninguna mejora comparable a las conquistas del primer peronismo…”). (TEÓRICO15).

VII. Uno problemas interpretativos que muestra consecuencias más serias en los últimos años ha sido el del uso de ciertas etiquetas “caracterizadoras” para calificar a un gobierno. Se trata una trampa que Katz parece esquivar (“los Kirchner no forman parte de la oleada de gobiernos reformistas…”), aunque hay que preguntarse si el uso de ese tipo de etiquetas no queda implícito en su desarrollo. La etiqueta explícita tiene como consecuencia la de valorar de forma ‘matizadamente’ “positiva” el “reformismo” del gobierno que no se comparte[9] (pero podrían funcionar de la misma manera otras etiquetas: “progresista”, incluso bonapartista). El etiquetamiento marca dos peligros.

VII-1. En un plano más general el etiquetamiento (implícito o explícito) de reformismo delinea un campo de diferenciación entre la etiqueta de “reformista” y la de “revolucionario”. Si uno se posiciona del bando “revolucionario”, se puede hacer al gobierno el favor de anular el propio posicionamiento. Y está visto como viene ganando el posibilismo. La crítica concreta de la situación concreta se haría desde fuera de las posibilidades de un gobierno capitalista y por lo tanto las críticas que se podrían hacer a un gobierno puntual quedan en un plano de “idealismo”. Dicho en otros términos, “revolucionarios” o no, debemos recordar que para el nivel de producto bruto de Argentina el mínimo objetivo de hacer que la pobreza esté por debajo del 30% debería poder realizarlo cualquier gobierno burgués. Si tal mínimo objetivo requiere de “un poquito de reformismo”, ya se perdió la batalla frente al posibilismo, aceptando que, por ejemplo, la reducción de la pobreza (sea del 50% al 30%, sea del 31% al 30%) llevan la marca saldada de “un poquito de reformismo”.

VII-2. El otro peligro (que, conceptualmente, se deriva del anterior) es de constituir un “reformismo” nunca nombrado. Nunca explicitar un avance posibilitado por el designio político del “reformismo”, pero explicitando los “avances” en-sí. En otros términos, hacer un balance de avances y de “falta de avances” que surgen de una explicación sesgada en la que, a falta de un panorama completo (en el sentido del final de la nota al pie 9), permiten suponer que existe un designio reformista aún cuando no sea nombrado como tal. Dos ejemplos:

“La asignación por hijo que se implantó el año pasado no es universal, resulta insuficiente en número y monto, absorbe planes anteriores y tiende a ser desvalorizada por la inflación. Pero también plasma un principio de conquista. Amplió significativamente la población necesitada de cobertura y creó las condiciones para extensiones sucesivas del programa [?!]. En lugar de financiarse con impuestos a los acaudalados, esta iniciativa se nutre de la previsión social. Pero su implementación comienza a concretar una vieja demanda del movimiento social.

”Lo mismo ocurre con las jubilaciones. El gobierno reunificó la estructura previsional mediante la nacionalización de las AFJP, con la intención de asegurar fondos para la deuda y prevenir el colapso de un régimen previsional vaciado. Maneja el dinero del sistema sin ningún control, recure a sospechosas operaciones con títulos públicos y otorga explícitos subsidios a las grandes empresas. Pero estos desarreglos no desmienten el avance logrado con la desaparición del régimen de capitalización. Esta eliminación ha sido progresiva y contraria a las políticas imperantes en el resto del mundo.”

Amén de que se omita el hecho de que el régimen de capitalización está a la defensiva en todo el mundo (y se diga lo contrario), ambos ejemplos de política aparecen despolitizados y totalmente deshistorizados. Los límites señalados (cobertura y objetivos, respectivamente) son límites del “avance” (aquí sí explícito), en lugar de presentar como límites las políticas de un gobierno que se negó a tales “avances” por 5 y 6 años y medio (respectivamente), e incluso se dio el lujo de ir en sentido contrario (decretó la libre opción para descomprimir el sistema jubilatorio en la idea de que la nacionalización no era necesaria ni conveniente y boicoteó todas las iniciativas de asignación universal bajo el argumento –neoliberal– de que el mercado de empleo es el mejor asignador de recursos económicos). La concepción “progresista” del autor implica despolitizar la historia de los supuestos “avances”. Así si en un determinado plano de la realidad uno no puede negar, por ejemplo, que $180 pesos es más que $0, es incorrecto extrapolar para que, a la hora el análisis de las políticas, el avance de “los hechos brutos” se traduzca en un avance político. Tal extrapolación sólo puede hacer bajo la etiqueta implícita de “reformismo”. Para poner un contraejemplo, cuando Menem crea los planes “Trabajar” y similares (algunos con el apoyo del Banco Mundial) nadie osó decir que eso era un “avance” de la “justicia social” ni intentó hacer propaganda electoral con tal política (no tenía su Sabatella…). Avances similares “en los hechos” terminan siendo políticas totalmente diferentes a raíz de sesgos ideológicos particulares. Si entonces el desempleado que conseguía un plan podía sentir cierto mínimo desahogo (producto a su vez de: 1) el desgaste del gobierno menemista –e incluso la apertura de nuevas vetas clientelares–, 2) de la responsabilidad –burguesa– de moderar el conflicto social, 3) de una determinada correlación de fuerzas –incluyendo, ahora sí, el avance de las organizaciones territoriales– y 4) de la necesidad de medidas contracíclicas), tal desahogo no era susceptible de transformarse en “avance” de las políticas públicas. Entiendo que esta panorama de la política social al final del menemismo constituye una interpretación no sesgada de lo que realmente estaba ocurriendo, y la propia historización de la política resultante (desde la irrupción de los “fogoneros”) coadyuvaba con que no haya un sesgo ideológico (“progresista” o “reformista”) a la hora de entender tal política. En contraste, menciones “al pasar” como la que hace Katz, evitan la historización para caer en un reduccionismo que extrapola la política a partir de los “hechos brutos”.

Más lejos del “análisis” puntual de las “políticas públicas” formalizadas como tales, vuelven a aparecer, en un nivel de mayor generalidad, ese tipo de “hechos brutos”. Así, el gobierno kirchnerista “mantiene una política de contemporización con los oprimidos. No solo elude confrontar, sino que ha implementado políticas tendientes a evitar el agravamiento del deterioro social. […] no introdujo ninguna mejora comparable a las conquistas del primer peronismo, pero atempera los atropellos patronales y otorga concesiones significativas.” (p. 12). El “modelo” “combina la instrumentación de las exigencias de los capitalistas con la aceptación de demandas populares”. (p. 12) “Los salarios del sector formal se han recuperado, pero…” (p. 13) “Es cierto que el número de formalizados ha crecido en los últimos años, pero…” (p. 13) “el esquema económico recompuso todos los índices sociales frente a las dramáticas magnitudes del 2001, pero…” (p. 13) El pero constituye la marca de la ausencia de la historización. Así se puede pasar del “hecho bruto” a la conclusión “analítica”: “la política económica actual ha incluido importantes concesiones sociales, que representan conquistas para el movimiento popular. El gobierno avala una política salarial permisiva, que reinstaló la negociación colectiva…” obviando que en la historia juegan otras variables como la inflación, el lugar de la burocracia sindical y la ausencia de otras políticas de ingresos por fuera de la relación de empleo (con la excepción parcial y tardía de la asignación por hijo no universal).

25. Por lo antedicho, la particularidad del gobierno menemista (la relativa estabilidad en los precios de los bienes de subsistencia combinada con el congelamiento de precios) deja, por vía de la deshistorización, de ser particularidad para pasar a ser parámetro con el cual juzgar la realidad. (TEÓRICO16)

26. Retomando el orden del texto, ya hemos mencionado la referencia empírica a que la ampliación del régimen capitalización sería una “política imperante” en el mundo de hoy. (TEÓRICO17). De la política de nacionalización desprenderá nuevamente el argumento de la cal y la arena: “…se perciben las dos caras de la política oficial. Por un lado mantiene al grueso de los pensionados en la mínima y acható la pirámide de cobro y por otra parte otorgó ajustes, introdujo un principio de movilidad y amplió la cobertura…” (p. 14).

27. El argumento de la cal y la arena lleva a pensar que “el panorama social está signado por este tipo de conquistas frágiles, limitadas y amenazadas, que pueden revertirse por la propia dinámica del modelo capitalista” (p. 14). Si hay “conquistas”, no se entiende por qué hay que marcar que son reversibles, en tanto todo lo es en el proceso histórico (incluso el socialismo es “reversible”). (LÓGICO10).

28. Tampoco se entiende qué implica que el gobierno “se ha manejado con cautela frente a la protesta social”. Cuando (a julio de 2010) ya había habido numerosos casos de represión a piqueteros y trabajadores, incluyendo la utilización de la patota sindical y fuertes campañas de estigmatización (como ocurrió con los movimientos piqueteros en 2005). Nuevamente aparece aquí la prioridad metodológica del discurso oficial por sobre el análisis de la realidad. (TEÓRICO18).

22. Este “modelo” sobre el que se empezó dudando (punto 1) vuelve a tener su contraparte “de derecha”: “…el modelo y sus alternativas derechistas expresan proyectos de las clases dominantes…” (LÓGICO9).

VIII. Dejamos incompleto el desarrollo sobre ‘las etiquetas’. Es tiempo de integrar lo dicho con las distintas “camisetas” que nos ponemos a la hora de analizar la realidad. En las páginas 14 y 15 se hace una aproximación crítica a las políticas gubernamentales por medio de una plataforma de lo necesario, de “un programa que exprese las urgencias de los oprimidos.” Urgentes o no, se enumeran políticas que habría de llevar un, digamos ‘buen gobierno’: 82% móvil para jubilados, reforma impositiva progresiva, utilización de fondos previsionales para los jubilados, universalización y aumento de la asignación por hijo, incremento de los presupuestos de salud y educación, control de precios, cese del endeudamiento público (p. 14), investigación y, temporal, suspensión de los pagos de la deuda, control de cambios, monopolio bancario estatal, incentivación de la diversificación agraria, monopolización estatal del comercio exterior y nacionalización de los recursos básicos (p. 15). Se busca animar “Un programa de este tipo [que] puede contribuir a la construcción de una alternativa popular”, teniendo algunas consideraciones políticas de distinto nivel. Por un lado se realiza una certera caracterización de que la izquierda no puede repetir la “vacua retórica constitucionalista”, pero al precio de diluir las ideas de izquierda y derecha. Se dice que aquella repetición “sería tan suicida, como equiparar a los derechistas con el gobierno.” (p. 15).[10] Amén de que siempre hay que notar las diferencias (con el “compañero” Menem, por ejemplo), los últimos años vienen mostrando justamente cuan “suicida” es la estrategia de diferenciarse del gobierno propagandizando (gratuitamente) todos los “avances” logrados.[11]

El “programa que exprese las urgencias de los oprimidos” sirve no sólo para difuminar las ideas de izquierda y derecha, sino para mezclar la urgencia necesaria de una plataforma “progresista” con una plataforma “reformista” (¿revolucionaria?) de mayor aliento. De hecho, en la propia enumeración, el autor va siendo cada vez más “progresista” y “reformista” a la vez. Se entusiasma con la propia “camiseta socialista” para empezar del 82% móvil y terminar con el monopolio público de la banca. Pasando por una mención a la definición de que “un proyecto popular podría comenzar a reorganizar la producción al servicio de las mayorías”. Ambiguamente se da una definición (mutilada) de socialismo, de la superación de las formas de organización social orientadas a la acumulación privada de capital. El problema político del momento está en que se le sirve al oficialismo un “programa” en que se mezclan medidas que podría (o necesitaría) llevar a cabo un gobierno de derecha (modificar la estructura impositiva), medidas de un gobierno realmente progresista (monopolio del comercio exterior agrario) y medidas que sólo puede plantearse un gobierno de izquierda (monopolio de la banca). Lo peligroso no está en la confusión conceptual (“producción al servicio de las mayorías” en el capitalismo de mercado), sino en el aplanamiento de lo que se propone. Así, el kirchnerista responderá satisfecho que tanto la reforma impositiva como el monopolio estatal de la banca son medidas que sólo puede proponer una izquierda “idealista” (e irrelevante) que bajo su programa socialista o de transición al socialista es incapaz de proponer algo “realista” para el capitalismo argentino. A un gobierno que se dice peronista se lo puede atacar con el socialismo, pero no se lo puede refutar. Para refutar a un gobierno que profundiza la desigualdad por vía de una estructura tributaria brutalmente regresiva, el socialismo implica la posposición eterna de la refutación. No se puede comparar este gobierno con anhelos que no tienen anclaje suficiente en el sentir popular, porque así damos por irrealistas los anhelos más posibilistas. El socialismo y este gobierno no son comparables. Tal inconmensurabilidad es un primer principio metodológico y político. Debemos marcar lo que hace este gobierno en tanto derecha, en tanto consolidación de la desigualdad, en tanto indiferencia respecto a la cristalización de la pobreza, en tanto alternativa represiva que ha llegado a récords de brutalidad (por ejemplo, ningún otro gobierno asesinó tanto en casos de gatillo fácil). Por supuesto que no es suficiente, pero nuestro realismo político y nuestra relevancia están en juego. Sin embargo, todo lo dicho no significa que las banderas socialistas deban ser arriadas. Significa que no hay una conexión directa y mecánica entre la crítica a lo existente y los anhelos de transformación social radical. Significa que esta conexión no se hace en abstracto, sino en base a una correlación de fuerzas ideológicas, una correlación que justamente hoy nos marca que estamos en una situación particularmente desventajosa. La estrategia de la concesión (bajo el eufemismo de disputar “palmo a palmo el terreno al kirchnerismo”) nos deja sin crítica y sin anhelos. Es cierto que la crítica “informativa” (casi positivista) ha demostrado también su insuficiencia. Lo que necesitamos es poner nuestras banderas socialistas no al servicio de la “reforma” del capitalismo argentino, sino como inspiración para que no sea soportable la situación actual del capitalismo argentino. Campañas como la que en otro momento realizó el FRENAPO por una Argentina sin pobreza, pueden ser retomadas y redireccionadas por la izquierda, teniendo en claro que nuestros anhelos de transformación social van más allá, pero siendo conscientes de que no podemos hacer lugar a estos anhelos si la dominación burguesa llega a un grado de legitimación tal que la pobreza aparece naturalizada y (a la vez) negada mientras un gobierno que se dice “popular” marca la pauta de lo que es deseable. Esto no implica que hay que conciliar nuestros anhelos con los anhelos de los retazos de la CTA, sino que a falta de una intervención concreta de denuncia del carácter radicalmente injusto de la realidad (intervención política y no sólo intelectual), siquiera la derecha de la CTA será capaz de imponer sus anhelos. Por ahora la estrategia del negacionismo viene funcionando muy efectivamente: nunca hay represión, no hay pobreza, no hay desigualdad, no hay gatillo fácil. Si la denuncia se mantiene por los carriles tradicionales, sólo podrá funcionar una vez que el oficialismo sufra un radical desgaste. Pero no se puede esperar. Mientras tanto habrá cada vez más “lúcidos” que buscarán en la “estrategia de la concesión” su pequeño lugar en el mundo que termina negándose a sí mismo (hoy ni Sabatella tiene tal pequeño lugar). Y cuantos más sean estos “lúcidos” más fuerte operará la publicidad oficial y habrá más subjetividades amoldadas para que el gobierno capee mejor cualquier próxima alteración política o económica (los casos Ferreyra y Schoklender son muy sugestivos al respecto).

29. La política, las correlaciones de fuerzas, las posibilidades de transformación social poco tienen que ver un mapa político marcado por el discurso que aparece en el escenario político. “Hay un movimiento social muy vital que recepta con simpatía las ideas de la izquierda. No sólo ha irrumpido una generación de luchadores que reclama la democratización sindical. También predomina un clima latinoamericanista, que torna atractivos los ideales socialistas y antiimperialistas.” Hay que reconocer, como bien dice Katz, todas las simpatías que puede haber por la izquierda, todas las esperanzas que (oblicuamente) puede generar cierto clima latinoamericanista, y reconocer también (lo que no dice Katz) la percepción “capilar” que, más allá de lo que plantean el estado y los grandes medios, se tiene sobre las distintas experiencias de organización de izquierda. Pero ante todo eso juega también la escenificación política. Un estado discursivamente más fuerte que nunca; incluso que haya lugar para muchas de las bizarras críticas que realiza “la oposición” es también índice de la fortaleza del discurso del estado.  Y así no es raro que haya cierta “politización”. En torno al 2001, la burguesía no tenía tantos “soldados”. No tenía voluntarios, jóvenes ni actores de telenovela que se posicionaran políticamente. ­Así como hay que reconocer ciertas potencialidades, no se puede sacar conclusiones mecánicas: cierto tipo de politización (incluso cuando refiere al “latinoamericanismo” y a ejemplos extranjeros) es, por el contrario y ambiguamente, la politización de la dominación burguesa, la hegemonía sustentada por una nueva “redistribución” entre consenso pasivo y consenso activo. Ignorar esa hegemonía (para plantear que “la coyuntura actual es propicia para avanzar en la construcción de una tercera fuerza”) es relegar la batalla cultural que nos debemos para construir una real contrahegemonía que dé un lugar central a las perspectivas de izquierda. La “estrategia de la concesión” implica posponer una vez más las tareas del momento (TEÓRICO19).

[1] «Los nuevos desequilibrios de la economía argentina». Julio de 2010.

[2] Hay que reconocer que el texto plantea en un fragmento aislado una visión superadora de la ingenuidad voluntarista del desarrollo (aunque por vía de una peligrosa tendencia etiquetadora): “Con una política económica social-liberal y tasas de crecimiento inferiores, el capitalismo brasileño ha ganado espacio regional. Con orientaciones heterodoxas y mayor nivel de actividad, Argentina no ha revertido su desplazamiento. Este resultado confirma que la política económica constituye tan solo un factor…”

[3] No es raro así que más adelante se haga semejante afirmación: “el agotamiento de la capacidad ociosa ha conducido a exigir nuevos reajustes del tipo de cambio.” Es llamativo cómo se evita vincular al pedido de devaluación con la inflación.

[4] PRISMA, «Deuda, autonomía y organización», en Revista CECSo, Año II, Número 3, p. 45. Destacado original

[5] Ver el contraste con lo citado en la nota 2.

[6] En la tradición política argentina, la utilización de tal denominación adopta un carácter claramente concesivo respecto del peronismo. Se podría aspirar a un proyecto anticapitalista o de superación del neoliberalismo, más lo de “antiliberal” (planteo que podría ser legítimo en otras latitudes) implica una etiqueta que en Argentina no quiere decir nada, en tanto mezcla de formas particulares la insinuación de lo que implicarían el liberalismo económico y el liberalismo político. Esa especial tradición política es utilizada por el kichnerismo para atacar (en parte con razón) a quienes profesan un discurso (supuestamente del liberalismo político) de defensa de las instituciones, lo que implica un ataque acertado sobre la “oposición” a costa de ser un juicio nulo sobre el oficialismo que hace de cualquier atropello institucional (que realiza, bajo cualquier justificación ideológica) de parte de la clase dominante un hecho “rupturista” con respecto a la vigencia supuestamente previa del “liberalismo”.

[7] I. Wallerstein, «¿Desarrollo de la sociedad o desarrollo del sistema-mundo?»

[8] El tema de las estadísticas de pobreza lo trabajamos en: «El tercio».

[9] Este nivel de debate lo comenzó la triste nota de Eduardo Grüner, «¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del “campo”?», Página/12, 16 de abril de 2008. La única desmentida en ese medio (A. Borón, «Burgués sí, pero, ¿reformista?», Página/12, 29 de abril de 2008) tiene el defecto de presentar la posibilidad de se tenga (como mandato moral) “la osadía de ser un poquito reformista”. En estos términos (y los últimos años lo muestran), se corre el riesgo de etiquetar como un “poquito reformista” y dar lugar a la defensa de un “proyecto” que se diferencia (aunque sea por “poquito”) de etapas anteriores. Cuando lo que se debiera hacer en primer lugar (Borón en su momento lo hizo) es poder juzgar el carácter de un gobierno “no-reformista” en la conjunción de: 1) las conformaciones políticas de derecha, 2) las responsabilidades estatales (aún las de derecha) para con la burguesía (capitalista colectivo), 3) las distintas correlaciones de fuerza y 4) la situación del ciclo económico.

[10] En el mismo sentido (y siguiendo y citando a Katz): “…es algo común que en ámbitos de izquierda intentemos saldar el problema con cierto simplismo: «El kirchnerismo es la derecha». No compartimos dicho análisis y pensamos que no sirve para la formulación de una política adecuada. A pesar de los aspectos de continuidad que efectivamente existen, no entendemos al kirchnerismo como una mera repetición de los gobiernos neoliberales.” M. Ogando, « ¿Y a la izquierda del kirchnerismo qué? Apuntes críticos para una nueva izquierda», en http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/new/2010/08/22/p5871 Lo que no se entiende es porqué “la derecha” implica necesariamente repetición, si no es a costa de la deshistorización total (ver punto VII).

[11] “Es de esta manera que se disputa palmo a palmo el terreno al kirchnerismo, es decir dando pelea por las banderas que pretenden arrancarnos en lugar de entregarlas mansamente mientras nos refugiamos bajo la sombrilla del «izquierdismo» más inmaculado. Nuestra responsabilidad es mostrar que la lucha consecuente por el castigo a los genocidas, contra los grandes medios de des-información, por los derechos de las minorías, por el trabajo para todos, tiene futuro en la medida que sea sostenida por organizaciones populares y autónomas. Es más, el carácter público y masivo que ciertas temáticas toman a partir de la propia publicidad kirchnerista debe ser aprovechado para visibilizar a las organizaciones que luchan hace años por esas banderas y que son sus verdaderas promotoras.” Idem. Está visto cuán efectiva ha sido tal ‘lucidez estratégica’ en los últimos años para… hacer campaña por Sabatella.

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