Alejandro Blancovsky
En su artículo del 4 de febrero en el diario La Nación (“La universidad de las desigualdades”), Beatriz Sarlo vuelve sobre algunos de los tópicos con los que se suele evaluar (negativamente) la universidad pública argentina. En primer lugar evalúa el sistema educativo argentino, sacando la rápida conclusión de que no valen aquí las alarmas que encienden distintos sectores en todo el mundo sobre la amenaza que pesa sobre las humanidades por el reforzamiento de una concepción estrechamente instrumental de la educación. Luego, marca un escenario de “voluntarismo” y “libre mercado” de estudiantes para finalizar en una acusación a la universidad que la hace responsable de efectos que sólo pueden atribuírsele al hacer abstracción de las causas que están en juego.
Al contrario del voluntarismo que ve Sarlo, hay en los estudiantes cierto realismo (en especial entre quienes estudian lo que Sarlo llama “las humanidades”). Las formas de combinar empleo y estudio y, aún, los modos con que se posponen las carreras tienen que ver con una percepción bastante acertada del mercado de empleo y de la relación entre mercado de empleo y titulación. También es acertada esta visión a la hora de elegir carreras (“vocacionalmente”). Cuando el mercado de empleo no da lugar a la constitución masiva de puestos especializados (¿pero cuándo lo hizo o dónde? ¿cuál es el parámetro?), tienden a jugar otras dimensiones de la formación. Hoy en Argentina, el título universitario puede ser para el potencial empleador más un índice de origen social y de un buen uso de la informática antes que de los conocimientos que supuestamente requeriría el puesto.