Alejandro Blancovsky
Un cuarto (y tardío) intento de empezar a escribir este artículo. La intervención de Orlando Barone en 678 del 26 de septiembre, la respuesta de Cerruti y el silencio posterior me produjeron sensaciones (necesariamente) contradictorias. Se trató de la aberración sorprendente que a la vez no sorprende absolutamente nada. Y la primera reacción es ética, pero queda en el aire. En la primera respuesta uno se indigna, tuitea, comenta, putea. Y sin embargo no explica, difunde (a través de una interpretación) una barbaridad ajena que no es nada ajena al partido político que democrática y civilizadamente está otra vez en el poder. ¿Y del otro lado qué hay? Silencio (como tantas otras veces) o declaraciones de sentirse confundidos (“me explican por qué les molesta lo que dijo Barone…”). El por qué de estas dos reacciones (las de ellos) constituye lo que hay que explicar. Dos reacciones, silencio y confusión, que requieren de distintos mecanismos ordenadores en lo ideológico y que trataremos a lo largo del texto (aunque en el orden invertido).
Decía que puteamos y no explicamos. En los días siguientes aparecieron crónicas que informaron de la barbaridad de Barone y de la barbaridad de Perón contra Guzzetti, pero aparecieron muy pocas explicaciones. Haciendo una reducción a los términos periodísticos, crónicas y pocas columnas de opinión. Quizás sea esto un índice de lo que creo desde hace varios años: sacando algunas excepciones circunscritas a ámbitos académicos, se habla (se escribe, se publica, se vende…) sobre los setenta, pero no se discute sobre los setenta. Crónicas muchas veces correctas, sobre todo cuando se esquiva el bulto.
Remitiré a algunas columnas no para destacar lo que falte explicar en ellas, sino para explicarme mejor sobre lo que en general falta explicar. Me refiero a ellas no para discutir con ellas, sino para marcar varias cosas. Una, como decía, está en la falta de debate sobre los setenta. Cuando ocurre la patética anécdota de un conjunto de hipócritas reunidos por el día del montonero, aparece en los diarios, ensayistas se sienten obligados a ensayar cualquier opinión, medios buscan el “análisis” de alguien que diga burradas ominosas al estilo Julio Bárbaro… Cuando desde la televisión pública se reivindica abiertamente al Perón de la Triple A, ¿cuántos análisis tenemos…? Tomo nota entonces de las columnas de Rolando Astarita, Alfredo Grande y Ernesto Tenembaum.[1]
La de Tenembaum es la que mejor sirve (en este nuevo intento de comienzo) para hacerme explicar sobre lo que hay que explicar.
El recuerdo de ese episodio es realmente revulsivo, en tiempos donde se discute tanto [?!] sobre las responsabilidades en la tragedia que ocurrió en la Argentina en la década del ’70. Hay quienes centran el ejercicio de la memoria en la represión ilegal de la dictadura [...], otros enfatizan la responsabilidad de la prensa, otros apuntan contra poderosos grupos empresarios, otros extienden las investigaciones hacia los asesinatos de los Montoneros y el ERP.
Pero hay un nombre que no se menciona casi nunca: el de Juan Domingo Perón.
Es como si los unos y los otros tendieran un halo de piedad sobre una figura histórica que tuvo, sin dudas, una responsabilidad importante en lo que ocurrió, y exhibió –además– en episodios como el mencionado, una dosis de impiedad muy evidente.
Lo llamativo no es lo que hizo Perón. Bastaba con saber un poco de historia. Lo llamativo no es tampoco que oficialistas usen a Perón como justificación (incluso mala o “por error”). Bastaba con haber vivido en este país en las últimas décadas. Lo llamativo no es tampoco la vinculación que se establece entre un discurso sobre la historia (sobre 1974 en este caso) y el presente de ‘curtidos’ protagonistas y sus cómplices. ¿Por qué acaso un partido que se encuentra en uno de sus momentos más poderosos haría el sacrificio de “bajar el cuadro” de su fundador?
Lo que llama la atención (en el análisis concreto de la situación concreta y, por tanto, no para cualquier gobierno del PJ) es la deficiencia y a la vez eficacia de los mecanismos ideológicos defensivos del kirchnerismo una vez que la verdad se dejó entrever por ‘mero error’. El error no fue el pensamiento de Barone. No fue tampoco un “ejemplo poco feliz”, sino la apertura de la puerta a tematizar el período del terrorismo de estado previo a la muerte de Perón. El error, desde su perspectiva de impunidad para con aquel período, es la puerta por la que intenta pasar la verdad histórica, una sinceridad no buscada, tanto sobre lo que pasó (lo que Perón hizo), como sobre la referencia en sí (el –hoy– peronista que reivindica a Perón).
Pero la sinceridad no nos puede poner contentos. La sincera brutalidad de Barone nos recuerda hasta qué punto estamos inundados en la falsedad y el cinismo. No podría ni querría hacer ninguna interpretación psicoanalítica, pero sí hay que notar que su suerte de lapsus linguae es la verdad que sale de un “aparato psíquico” muy enfermo.[2] El lapsus es algo que no se puede desmentir, y por tanto cuando se requiere de una operación de “desmentida”, no se desmiente sino que se necesita sobreimprimir diciendo otra cosa. A veces (y sólo por obligación), en la sobreimpresión se dice algo a tono con la verdad histórica. Así al día siguiente (y, pese a su mal oído, con bajo tono), Barone debe hablar de la existencia de la Triple A antes de la muerte de Perón. Y aquí también hay algo a interpretar: cómo una cosa no tapa a la otra. Interpretar cómo funciona el kirchnerismo es necesario para entender las desmentidas que no desmienten. Y así se nota que el haberse metido solo en una situación en la que deberá reconocer el terrorismo de estado bajo Perón es lo que constituye el mayor error de Barone. La sinceridad intencional pero a regañadientes que sale sólo para intentar un borrado de la sinceridad no dicha y no buscada del día anterior.
Una mínima mención a los dichos para empezar. Supongamos en el mejor de los casos que Barone tenga (aunque no que haya tenido entonces) una opinión crítica de los gobiernos de Isabel y Luder. Seamos tan generosos como para interpretar que el límite histórico que tiene establecido en su comprensión de la historia (como hito para el desbande terrorista del estado) no es el que la ignorancia formalista marca el 24 de marzo de 1976 o en la declaración de estado de sitio de noviembre del ‘74. Supongamos (en nuestra generosidad) que es algún otro (diferente por ejemplo al que constituyó la masacre de Ezeiza durante el gobierno de Cámpora), lo más tardío posible para un peronista que se quiera “progre”. Hacer tal suposición (como la película Infancia clandestina) implicaría que el estado terrorista hubiera nacido con la muerte de Perón. Y sin embargo, aún haciendo tal (muy) generosa suposición no se borra el carácter reaccionario del discurso de Barone y, a su vez, no constituye a éste como excepcional dentro del discurso oficialista. Es entonces que bajo la suposición de que Barone marca el desbande terrorista del estado en el 2 de julio de 1974, no cambia el sentido de su intervención: Barone reconocería (de hecho reconoció) lo acertado de la respuesta de Perón a Guzzetti; “...el poder ejecutivo lo único que puede hacer es detenerlos a ustedes y entregarlos a la justicia; a ustedes y a los otros. Lo que nosotros queremos es paz, y lo que ustedes no quieren es paz.”. Así se ratificarían las premisas de la lectura peronista de los setenta que coloca a la izquierda y al peronismo heterodoxo (“ustedes”) como causante de la persecución legal o terrorista del estado; y como sabemos que la legal no existió (salvo en el discurso de Perón[3] y en la aspiración posterior de Sábato[4]), queda la persecución terrorista (puesto que el “demonio” –“ustedes”– justificaría a “los otros” –que por uno de esos milagros del peronismo, no soy “yo”). Puesto blanco sobre negro se ve que se podrán ratificar tales premisas reconociendo incluso que el terrorismo de estado empezó antes del 1º de julio de 1974.[5] Y tales premisas (sea cual fuera el hito cronológico que se marque para el desbande terrorista del estado que convenga afirmar según la ocasión), son la base de la versión peronista de la teoría de los dos demonios.[6]
Se ve que hay mucho para interpretar. Y es entonces que un enunciado (el de Barone el 26 de septiembre) debe ser interpretado desde la historia y desde algunas trayectorias. Esa historia y esas trayectorias a poner en juego son las del kirchnerismo. Sólo así podrá verse que ciertas desmentidas no desmienten. Que ciertas alusiones a la verdad histórica sirven para que tras cartón se vuelva a operar con una confusa realidad histórica amañada. Así podrá verse por qué la barbaridad de Barone tuvo sus momentos de “error”, pero no desentonó con cierta prédica que viene funcionando desde hace años. Pero para analizar muy brevemente intervenciones como la de Barone, tenemos que sumergirnos en la rara lógica argumentativa del kirchnerismo. Sus reacciones por vía de la confusión y del silencio que, como decíamos, son deficientes y eficaces a la vez.[7]
UNA REACCIÓN: APELAR A LA CONFUSIÓN
El mecanismo de sobreimpresión y el lábil prisma interpretativo del kirchnerismo
La desmentida que no desmiente es una forma (y sólo una) del mecanismo de sobreimpresión. Decíamos que cuando no se desmiente, se requiere que se sobreimprima diciendo otra cosa. Olvidemos momentáneamente a Barone y vayamos a otro caso de sobreimpresión. Otro intento de “desmentida” que no desmiente. Contra las apariencias se trata de un caso menos brutal pero más mentiroso. En uno y otro caso se sobreimprime para intentar desmentir (sin lograrlo), pero al menos (y a regañadientes) Barone fue más sincero que el (contra)ejemplo que comentaremos, en tanto la no-desmentida tuvo que hacer lugar a la verdad histórica (en su caso sobre la Triple A bajo el gobierno de Perón).
El ejemplo aquí es la operación de carpetazo dudoso realizada por Horacio Verbitsky en Página/12 del 29 de mayo de 2011. Se trata de un discurso muy significativo por el modo de acomodar retrospectivamente la historia para las conveniencias del momento. Si bien no se trata de algo inusual en el paleo-operador, tal artículo tiene elementos muy reveladores de la lógica kirchnerista en general. De forma fortuita aparecen involucrados Barone y 678, dado que se trata de la reacción de Verbitsky a la participación de Beatriz Sarlo en el programa televisivo.[8] Y (aquí no es fortuito), el tema es también el de la relación con las condenas o no al terrorismo de estado. Dice Verbitsky comentando La audacia y el cálculo de Sarlo: “…dice que Kirchner encontró en la reivindicación de los derechos humanos una fuente de legitimidad […]. Se trataría de una operación política, comenzada en su discurso inaugural cuando «recordó a los militantes asesinados» que en Santa Cruz nunca habían recibido «el menor homenaje de su parte».” ¿Cuál es aquí el problema de interpretación? Sarlo (según la cita recortada por Verbitsky) hace una apreciación empírica (diríamos “falsable” si fuéramos positivistas) que es contradicha con una trayectoria militante de Néstor Kirchner (mal) hecha para la ocasión (que siquiera falsea). Esta temática discutida con estos argumentos y con los “referentes empíricos” de ocasión es lo que marca lo revelador de la operación no de Kirchner, sino de Verbitsky. La vitalidad de cómo se contradice la crítica de Sarlo no está en que nos lleve a la cuestión “empírica” sobre si hubo o no una trayectoria de homenajes a los desaparecidos (cuestión que justamente se pretende esquivar –y se logra), sino en cómo pasa por “homenaje” la referencia a un aislado discurso de Néstor Kirchner en el cual que los desaparecidos siguen desaparecidos en el discurso. Es decir, en que el supuestamente comprometido orador todavía no parecía darse por enterado de la extensión con que se había practicado el terrorismo de estado. “…con toda probabilidad, Sarlo no conocía al escribir su libro el discurso que Kirchner pronunció en el Ateneo Juan Domingo Perón [nombre oportuno, por cierto], durante la campaña para elegir el candidato justicialista a la intendencia de Río Gallegos en 1983. Allí dijo que «la represión de la dictadura militar ha ensangrentado a todo el pueblo argentino» y que «siempre dijimos que Videla y Massera y Agosti, y todos los sinvergüenzas que vinieron después, iban a ser sentados en el banquillo de la justicia constitucional para que respondan ante tantos abusos y ante tantos crímenes cometidos contra este pueblo».” La “primicia” que Verbitsky saca de la carpeta con 28 años de atraso es reveladora no del pensamiento de Néstor Kirchner sino del suyo propio y, con gran probabilidad, del de la mayoría de sus lectores. Y aun cuando no lo sepan. Más bien, el hecho de que no lo sepan es lo que hace que “funcione”. Tal referencia histórica marca dos cosas fundamentales que no pueden explicarse una sin la otra. En primer lugar, es significativo (lo más significativo) que tal referencia histórica aparezca no en 2003 ó 2004, sino en 2011. En segundo lugar, y complementariamente, una lectura desde afuera de las coordenadas políticas del momento (2011) toma nota que putear “los abusos” de los milicos contra el indiscriminado “pueblo” (amén de ¿previas? amistades) no es lo mismo (en castellano, catalán o santacrucense) que honrar a las víctimas. Pero lo uno no se entiende sin lo otro. Si el video de 1983 tan estimado por Verbitsky se hubiese difundido en 2003 ó 2004 hubiese encontrado como respuesta de la mayoría de la población (incluyendo a organismos de derechos humanos y al propio Verbitsky) un módico resoplido de indiferencia. Sólo puede ser significativo porque es leído desde las falsas coordenadas políticas que construyen la falsa trayectoria “comprometida” de Néstor Kirchner desde 1983 (o antes) hasta el fin de sus días. Y justamente por eso aparece en el 2011, porque se han difundido pautas interpretativas que hacen que tal “testimonio” sea “revelador”. En 2003 ó 2004 no es siquiera anecdótico; en 2011 tiene valor, opera sobre la subjetividad de quienes necesitan pruebas (falsas) para ratificar su (falsa) fe.[9] Al contrario de lo que parece sugerir implícitamente Verbitsky, el video no es más valioso porque, como un buen vino, mejore con los años. Como un vino mediocre requiere que pase el tiempo para que al menos sirva como vinagre.
El poco valioso ‘testimonio’ de Kirchner sirve como excusa para tematizar aspectos históricos poco convenientes para el PJ:
Sarlo dice que al pedir perdón en nombre del Estado Nacional el 24 de marzo de 2004 en la ESMA, «por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia tantas atrocidades», Kirchner dio «un paso principal en su propia invención política». Con una entonación psicologista comenta: «Él, que no se había ocupado de los derechos humanos hasta llegar a la presidencia, transfería ese lapsus al Estado argentino y a otro presidente, Raúl Alfonsín, que había hecho su campaña electoral comprometiéndose a juzgar a los comandantes responsables de los crímenes de la dictadura». Concluye que esa omisión le evitó «el incómodo recuerdo de que él mismo votó, en 1983, a un partido justicialista que consideraba legal la autoamnistía que se habían otorgado los militares».
La contraargumentación vuelve a desviar, con el plus del intento exculpación a cualquier dirigente que haya votado a Luder bajo el argumento doble de la disciplina partidaria (éste oculto) y de la incapacidad de modificar “asuntos nacionales”. “La observación de Sarlo sobre la posición del candidato justicialista a la presidencia en 1983, Ítalo Luder, es de estricta justicia, pero no puede reclamársele a Kirchner, quien recién en 1991, después de las amnistías de Alfonsín y los indultos de Menem, accedió a la gobernación de su provincia, una posición desde la que no es posible modificar asuntos que pertenecen a la escena nacional.” Por arte de magia, para este convencido en el carácter politizado del voto, los “asuntos nacionales” (aunque contradictoriamente: no se entiende la distinción entre intendente y gobernador) son exclusiva responsabilidad de las autoridades nacionales, algo que poco importa como discusión realista (o posibilista) sobre el poder, dado que brinda una pátina de impunidad para con cualquier dirigente político –no ya mero votante– que se haya encolumnado tras la amnistía de Luder y el pacto CGT-militares (de paso, los amigos codovillistas agradecen el gesto). Las pautas interpretativas dominantes (de las que habláramos en el párrafo anterior) le impiden ver qué poco conveniente es aludir a las comparaciones entre Alfonsín y Luder y entre Alfonsín y Kirchner. Si declarar la pretensión de ver a las juntas en el “banquillo de la justicia constitucional” –siquiera civil– fuera el summum que definiría a un dirigente con compromiso con los derechos humanos (que no lo es), poco favor le hace comparar a quien declara tal pretensión en una campaña nacional para presidente con quien lo hace en un salón recóndito ante 150 personas cerca del culo del mundo (si se remite a 1991 además de a 1983, ¿por qué no aparece algún video de este menemista oponiéndose a los indultos, aunque más no sea post-facto?). Pero de nuevo: no importa si es conveniente la argumentación; lo significativo es que funcione aun sin ser conveniente. Así, esta etapa del kirchnerismo es la posibilidad de decir cualquier cosa bajo una pátina supuestamente “progre” que funciona no por “progre” sino porque tiene tras de sí un poder acumulado que la hace funcionar (e incluso, que es capaz de hacerla ver como “progre”).
Verbitsky viene aquí a cuento de varias cosas. El mecanismo de sobreimpresión lo iguala a Barone, en tanto lo que importa es lo que los unifica. Es obvio que Verbitsky no cometería la brutal referencia a 1974 que cometió Barone y que estamos ante manejos del oficio y ante trayectorias muy diferentes. Pero aquello que los iguala marca también cuáles son las trayectorias que importan para interpretar lo que hay que interpretar. Decíamos que para interpretar hay que poner en juego la historia y las trayectorias. Y aquí se ve que no importa la trayectoria de uno y otro en los setenta. Que las trayectorias que juegan son las trayectorias en tanto kirchneristas. Que la historia que juega no es la de los setenta, en tanto es la historia de lo que el kirchnerismo es la que posibilita entender lo que el kirchnerismo dice sobre etapas previas de la historia. E incluso que es la historia de lo que kirchnerismo es la que permite entender a aquellos kirchneristas que pueden llegar a necesitar utilizar su trayectoria previa de no kirchneristas (de militantes de los setenta o de militantes del movimiento de los derechos humanos) para decir (con el mecanismo de la sobreimpresión) alguna verdad sobre la historia, aun cuando ésta sea negada en la cotidianeidad por el kirchnerismo como tal.
Verbitsky al gobierno, Barone al poder
Dar cuenta de que los mecanismos ideológicos defensivos sean a la vez tan deficientes como efectivos nos lleva a un análisis que no ponga en primer lugar el “talento” del personaje en cuestión. También por eso empezamos por uno “más talentoso”. De hecho, el “error” de Barone parece ser la caída de la cornisa de un discurso kirchnerista que todos los días combina la reivindicación de la teoría de los dos demonios al tiempo que balbucea sobre los militantes de los setenta, a los cuales nunca termina de intentar reivindicar. Juega sobre el filo y por eso no es raro que los menos talentosos caigan de tal cornisa (máxime si no tienen una “trayectoria” a usar como amortiguamiento). Y sin embargo, lo que importa no es esa caída individual, sino el juego que se plantea, la falsedad de tal balbuceo al tiempo que la verdad de su reivindicación de la teoría de los dos demonios.[10]
Decíamos al principio que uno se indigna, tuitea, comenta, putea, sorteando la explicación. Deberíamos ahora agregar que muchas veces la indignación, tuit, comentario o puteada se dirige demasiado específicamente a Barone. Creo que la columna que mejor logra llevar a escrito la indignación sobre lo ocurrido (que no es ni mera indignación, ni tuit, comentario o puteada) se equivoca justamente en este punto, en circunscribirse a Barone.[11]
Pero aquel deficiente mecanismo defensivo es (es siempre) defensa de un mecanismo defensivo anterior. El “error” aparente es el de no haber sabido articular el sentido de su “defensa” de Cristina de Kirchner con algún ejemplo que por lo menos no estuviese vinculado a un episodio de persecución y tortura. Y este “error” es lo que marca Cerruti y lo que termina aceptando parcialmente Barone al día siguiente. Pareciera que si Guzzetti no hubiese sido secuestrada a los pocos días, si hubiese sido víctima del terrorismo de estado con algunos meses de diferencia, entonces quedaría como válido el mecanismo defensivo articulado por Barone en base a Perón para “politizar” sobre el tema de las conferencias de prensa hoy.
Quiero dar mi opinión porque es muy importante en este sentido. Primero coincido con tu planteo. Total. Las conferencias de prensa si uno mira la historia de las conferencias de prensa. Cuáles fueron los resultados anodinos, salvo una excepción que yo recuerdo, que fue en la quinta de Olivos, en el año ’74, no voy a dar las precisiones porque estoy memorizando. Estaba Perón dando la conferencia de prensa y estábamos allí todos los periodistas que venían de radios, de medios... Y una periodista, el nombre ahora no… el apellido no lo recuerdo (pero a lo mejor vos lo recordás), le hizo una pregunta a Perón que lo descolocó totalmente. Le dijo qué me dice Ud. Presidente –o general– acerca de esos parapoliciales que matan gente y persiguen gente. Y Perón le preguntó su nombre –eso fue público, lo podemos dar alguna vez acá. Perón le pregunta su nombre, a qué pertenecía y que se hiciera cargo de esa denuncia que estaba haciendo. Eso se llamó una provocación, vuelvo ahora a lo que decía Mocca. Tal cual está el periodismo hoy, después de ver las tapas de los diarios y a los comunicadores de los medios dominantes. La mentira permanente que nosotros estamos observando en los informes. ¡¿Cómo vas a dar una conferencia de prensa si van a poner seguramente alguien para que esa conferencia de prensa se transforme en un escándalo?! Para provocar Las conferencias de prensa en los grandes países [¡qué cipayo!], y hablemos de Estados Unidos que vos decís que es el origen de todo esto, nunca pusieron en brete a ningún presidente. No has escuchado nunca que un presidente pierda el poder por una conferencia de prensa.[12]
No sorprende que la invitada que interrumpe, Gabriela Cerruti, ayude con sus aciertos, aunque es más significativo que ayude en mayor grado con su propio error (decir que Guzzetti seguía desaparecida). Aciertos, porque esperó varios segundos para ver si Barone podía hilar un argumento esquivando la barbaridad y porque nos privó de saber quién del elenco estable podría llegar a interrumpirlo (¡y cuándo!). Pero parece que fue más efectivo el error (supongamos involuntario) de Cerruti, uno de los elementos principales de la no-desmentida de Barone, justamente elemento por el que comenzará su “argumentación” del día siguiente (y, mientras tanto, EL motivo de debate en el twitter de Cerruti). El error involuntario de Cerruti fue base de la defensa. Así, al día siguiente:
Lo voy a decir por mis hijos y mis nietos y mis compañeros de panel, aunque algunos no estuvieron ayer. Voy a trasgredir y no hacerle caso a ese famoso dicho popular que dice «no aclares que oscurece». Voy a tratar de transgredirlo y ver si aclara… Cosa que dudo en las redes y en la tergiversación. En 1984 estaba en la redacción del diario La Razón dirigido por Jacobo Timmerman […] y se me acerca una mujer joven a la que yo reconocí vagamente que venía a verme… […] Era Ana Guzzetti. Yo mal pude haber silenciado que no estaba desaparecida, porque yo la había visto diez años después. Mis compañeros saben, mi familia desde ya y mis médicos también que tengo una dificultad auditiva y que si estoy en un extremo y en el otro extremo… y por allí me distraigo un poquito me pierdo algunas palabras. Yo me perdí en una parte. Recordé cuando dijeron que era un ejemplo infeliz o no feliz el que yo había dado, que se refería a las conferencias de prensa. Y después agregaron que había sido torturada y desaparecida. Torturada es cierto, porque fue torturada esta mujer, Ana Guzzetti. Yo recordé esa conferencia de prensa porque se hablaba de la conferencia de prensa y en un debate de más tiempo se hubiera podido dilucidar qué quería decir, por qué di ese ejemplo yo. Yo di ese ejemplo porque Ana Guzzetti era una rebelde sin soporte mediático, trabajaba en un diario pequeño que se llamaba El Mundo que pertenecía a la izquierda y que obviamente estaba perseguido por las Tres A que merodeaban por las calles de Buenos Aires. Y Ana Guzzetti se atrevió en una conferencia de prensa, en ese momento, con Perón en el estrado, en la quinta de Olivos, a decirle precisamente qué pasaba con esas persecuciones que había en Buenos Aires que todos los días había muertes y demás. Ante obviamente la reacción de Perón que le tomó nombre y los datos. Hasta ahí yo llegué. Quería decir que era una rebelión fundada la de esta periodista. Había un argumento en su pregunta que estaba fundado con la realidad circundante. No era una invención, ¿no es cierto? Pero bueno no tuve tiempo, el contexto no me dio, no supe explicarlo. Pido perdón por haber creado esa confusión. Por haber creado esa confusión. Y porque después en las redes decidieron que nuestro silencio había sido un silencio, digamos, de aquiescencia. Yo creo que mis compañeros por ahí desconocían el destino de Ana Guzzetti. No es una persona famosa, no es alguien que pertenece al rango de persona notable, por lo cual cualquiera de los jóvenes o de los más jóvenes pueden desconocerlo. Desde ya. Entonces yo oí mal. Porque si no hubiera dicho… No cambiaba el ejemplo, el que yo hubiera dicho no, «No fue desaparecida por la dictadura [!] porque yo la vi diez años después y tuve es contacto físico e intelectual con ella». Pero bueno las circunstancias son esas. […] Pero algo hay en ese caparazón de fragilidad, que los daños se producen aunque sean tergiversaciones, manipulaciones y uno está acostumbrado. Y de hecho estamos en eso. […] En realidad lo que yo quería comparar en esa reacción de esa periodista solitaria, en un diario pequeño, no pertenecía al diario La Nación o al Grupo Clarín o quien te defiende o a los grupos políticos estatales. Quiero decir que no es lo mismo que hoy alguien se atreva a hacer una pregunta a la presidenta de la nación en un contexto de libertad y te diría de total… de desmesura, si querés. Por lo cual cualquiera podría hacerle una pregunta a la presidenta de ese tipo. Pero la pregunta que se hizo en aquel momento es una pregunta es una pregunta original y diferente en una conferencia de prensa. Eso solo quería decir.[13]
Un solo error real que (como dijimos) lleva a quien no tenía ninguna intención de reconocer el funcionamiento del terrorismo de estado bajo el gobierno de Perón tenga que responder haciendo tal reconocimiento. Y dos estrategias defensivas. Por un lado, lo ya dicho, “haber creado esa confusión”, la estrategia de poner como el tema, aclarar si estaba o no desaparecida (“mal pude haber silenciado que no estaba desaparecida”, “se hubiese podido dilucidar qué quería decir”, “el destino de Ana”, “no cambiaba el ejemplo”). En contraposición con lo anterior, aparece otro lapsus que (acertadamente) atribuye a todo el panel: “que nuestro silencio había sido un silencio de aquiescencia”. Nuevamente, para desmentir la sinceridad no buscada del día anterior, genera otra sinceridad no buscada (correctamente, en tanto vale para todos quienes estaban presentes); un reconocimiento involuntario aunque crea que se trata de una desmentida: el silencio de aquiescencia que se pretende que se entienda que es sobre “el destino” de Guzzetti, cuando una lectura llana (no interesada desde el kirchnerismo) puede ver claramente que se trata de aquiescencia sobre Perón.
Por otro lado (y esto es menos significativo), se necesitó utilizar nuevamente la idea de “manipulación” para victimizarse. Nos enteramos que el “dicho popular” de “no aclares que oscurece” es un dicho famoso pero reciente (creación quizás posterior al enfrentamiento del gobierno con el Grupo Clarín), dado que no es posible aclarar debido a las “redes” y a la “tergiversación”. Pero la lógica 678 no termina allí, dado que pretende aplicarla también a los años setenta. Así, Guzzetti no habría hecho un testimonio público ante Perón (para colmo, declarándose peronista), sino que su testimonio como individuo queda reducido a la cuestión mediática, entendida esta última meramente como una cuestión de “tamaño” del grupo empresario: “un diario pequeño, no pertenecía al diario La Nación o al Grupo Clarín o quien te defiende”. Sin especular aquí sobre las razones de obviar al PRT y al FRP, nótese cómo las falsas coordenadas de lectura política de hoy contaminan la lectura de la historia. El “contexto no” le dio, pero en otras circunstancias podría llegar a decir que Clarín (que ya sería “Grupo”) atacaba por derecha a Perón y habría quienes “le hicieron el juego a la derecha”. Y aquí, nuevamente, Barone no es importante (“no está solo”, como bien dice Grande). Lo importante es cómo se van reproduciendo coordenadas de lectura que terminarán reescribiendo la historia. En este sentido (refiriéndonos a la relación con el vandorismo antes que a la cuestión de los medios de comunicación), ya habíamos advertido que “se dio un alejamiento transitorio de la teoría de los dos demonios que llevó a relacionar (en la línea de Walsh) dictadura con objetivos económicos para volver a una versión renovada de la teoría de los dos demonios. En la versión renovada, la CGT no puede ser un demonio, en tanto supuestamente defendió el programa económico votado por el 62% de los argentinos. Quizás los demonios sean la Sociedad Rural y los violentos que (supuestamente por izquierda) no permitieron que Perón lleve adelante su programa económico. Es decir, quienes «hicieron el juego a la derecha». ¿Y las pretensiones de continuidad kirchneristas respecto de Montoneros? ¿Por qué tendrían que declararse tales pretensiones?”[14]
Es entonces que hay que alejarse de las apariencias, de los “errores” y de la falta de “talento” de este eterno oficialista. Una última mención individual. Ha sido obviado totalmente que otro poco “talentoso” (para colmo, quien oficiaba de conductor del programa televisivo, L. Galende) cerró el tema aquel 26 de septiembre siendo consciente de la brutalidad de Barone, pero ratificando el sentido de su argumentación:
Hay veces que funciona así... Yo estoy de acuerdo con que exista la posibilidad de una pregunta… Hay una función pública que hay que dar cuenta…, públicamente, la instancia que hay en la institución periodística para dar cuenta de esas funciones que se van llevando adelante en la vida pública. Lo que pasa es que también creo que no hay preguntas. Hay una necesidad de direccionar solamente o esperar o buscar una respuesta que no es la que el funcionario quiere… Entonces ahí sí se cae en una idea de humillación que es lo que yo no estoy de acuerdo… Con humillación de la función pública alrededor de una pregunta. Cambiamos de tema…[15]
¿No es suficientemente claro que no hay que hacer preguntas que el “funcionario” no quiere”? ¿Qué no hay que humillar al General? Por esta vez hay que darle la razón a 678, la neutralidad no existe: una vez que el episodio quedó planteado, hay que posicionarse del lado de quien quiere “direccionar” hacia donde “el funcionario no quiere” o posicionarse del lado de la dignidad del funcionario contra la “humillación” de la “función pública”. Por más vueltas que se le dé al asunto, por más desmentidas y por más reconocimiento posterior de la Triple A, queda claro que ese 26 de septiembre, como buenos peronistas, se posicionaron del lado de Perón.
UNA REACCIÓN: EL SILENCIO
La ruidosa contraparte del silencio
En noviembre de 2009 se vivía (como casi siempre) en un clima destituyente. La CGT y D’Elia discutían la organización de un acto en la Avenida 9 de Julio “en defensa de la democracia”. “Belén respaldó las críticas del oficialismo, que señaló que la oposición intenta «desestabilizar» al Gobierno. «Los que quieren desestabilizar son el 0,5 % de la población. Nosotros consideramos que es la izquierda la que está produciendo estos hechos de desestabilización…»”.[16] En ese momento (aunque la nota de La Nación no lo tome), el secretario adjunto de la UOM y de la CGT habló de “la zurda loca que manejan desde afuera”. A partir de las citas parciales de La Nación y Página/12 se reconstruye la lectura de Belén sobre el “plan de desestabilización”. Página/12 cita parcialmente, pero al menos no se llama a silencio. “Habló de «zurdos» […], de una CTA comandada desde el extranjero. Ese rollo macartista no expresa a toda a la CGT pero dista de ser un exabrupto individual. Su pensamiento atávico arraiga en la central sindical.”[17] “Juan Belén dijo que «somos simples, católicos apostólicos romanos, solidarios, trabajadores, no cabe la posibilidad de que no fuéramos justicialistas». […] cree que «Perón nunca se equivocaba porque tenía millones de neuronas, no diez como cualquiera de nosotros»…”.[18] Sigue Verbitsky: “Escalofríos es lo que provocó en el gobierno y en la CGT el pensamiento maniqueo y anacrónico de Belén cuando dijo que el acto convocado para el próximo viernes por la CGT era una advertencia a los tres poderes del Estado en defensa del modelo sindical de personería única, amenazado por la zurda loca, manejada desde afuera. «Por la CTA, que es la cuarta internacional», aclaró. Con buenos reflejos, la presidente CFK pidió que no se realizara el acto anunciado en apoyo de su gobierno…” Fiel a su estilo, el paleo-operador sugiere que el publicitado acto en un momento crucial que tenía por objetivo supremo la “defensa de la democracia”, se posponía indefinidamente gracias a los “buenos reflejos” de Ella ante las declaraciones de macartismo desembozado de uno de los dirigentes de la llamada “columna vertebral” (¡¿pero no estaba en riesgo la democracia?!).
Por entonces Página/12 destilaba aun más creatividad que hoy (así por ejemplo Verbitsky le atribuye a Cristina de Kirchner haber dicho algo que sólo escuchó él: “«Si Roggio toca a un delegado, le revoco la concesión. Nosotros fuimos los que garantizamos que no despidieran a los delegados de Kraft, aunque más bien no simpatizaban con el gobierno», fueron las exactas palabras presidenciales”; pareciera que el Ministerio de Trabajo cumplió con su función, pero ¡lástima que no se posicionaron así los compañeros gendarmes del Proyecto X!). La mínima dignidad estaba en haber reparado en la barbaridad de Belén y en dedicarle un lugar destacado en las notas de los dos principales editorialistas del domingo (aunque sea para contraponer a increíbles delirios discursivos atribuidos a “CFK”). Algo contradictorio, dado que mientras el gobierno denunciaba un plan desestabilizador, Wainfeld y Verbitsky dedicaron el espacio principal de sus columnas dominicales a deslegitimar a Belén, olvidándose del plan golpista.[19] Contradictorio, pero al menos su ridículo ruido no cae en la estrategia del silencio.
El episodio de Belén es hasta aquí una operación de sobreimpresión, pero a diferencia de Barone (el 27 de septiembre de 2012) y de Verbitsky (con su video de 1983) se toman el trabajo de desmentir a Belén antes de pasar a la sobreimpresión de aseveraciones ridículas (los motivos de la cancelación del acto, la defensa de delegados de izquierda, “los escalofríos” sentidos en la propia CGT, etc.). Por eso decíamos que la desmentida que no desmiente (por donde empezamos) es solamente un tipo del mecanismo de sobreimpresión. Aquí, pese a los delirios, por lo menos se desmiente. La sobreimpresión (como salta a la vista) es algo inspirador para hacer esta clase de periodismo ficción. Es movilizador y muy imaginativo. Pero de lo que vamos a hablar aquí es de lo contrario: el silencio. Hace más de un año decíamos:
Ya en 2010, Cristina de Kirchner no tiene reparos en declarar: «puede militar [...] hasta esa izquierda terrible que quiere hacer revolución y que nos dice que somos burgueses y que estamos comprometidos con el capitalismo». Y para colmo realiza tales confesiones en un pretendido «homenaje» a Carlos Mugica en la Villa 31. Pese a lo que recogen todas las versiones periodísticas, sí era conciente de la línea oficial el subnormal Juan Belén, cuando seis meses antes, siendo (como hoy [2011]) secretario adjunto de la UOM y de la CGT, hablaba de «la zurda loca que manejan desde afuera». El periódico ex-«progresista» Página/12 desconoció la línea oficial y criticó a Belén. Cuando era Cristina de Kirchner y no Juan Belén el que habla de «izquierda terrible», el diario de Yrigoyen, por supuesto y como suele hacerlo, no se dio por enterado.[20]
Cuando hay algo que sobreimprimir (por ridículo que fuera) para deslegitimar (lo que no siempre significa desmentir) a cualquier kirchnerista que diga una burrada, se toma nota: es motivo de columna de opinión. Cuando no hay argumentos o cuando burrada es la palabra presidencial, no queda otra que llamarse a silencio (para no “hacerle el juego” a la “izquierda terrible”, ¿o sea los “golpistas”?, ¿o sea la “derecha”?). Se puede especular todo lo que se quiera sobre las potestades periodísticas a propósito del “recorte editorial”, más siempre queda una idea de que este tipo de recorte no es otra cosa que una muestra del silencio cómplice. Con el episodio de Barone vuelve el recorte por vía del silencio; y nuevamente se muestra cómplice.
El silencio fue marcado en todos los medios estales y amigos.[21] Más triste fue el silencio de organismos de derechos humanos. También el silencio apareció en la Asociación Madres de Plaza de Mayo, organismo de declaraciones más asiduas y que cuenta con la facilidad de la sola firma de su presidenta (todo un corpus para una investigación). No es infrecuente que tales declaraciones ocurran a propósito de episodios meramente mediáticos. Sí llama la atención en este caso la aparición de la Triple A en algunas de las declaraciones de los últimos meses. En la del 3 de octubre (es decir, con posterioridad al “error” de Barone), se dice:
Hace varios días empezamos a ver una película que no queremos volver a ver. Sentimos en carne propia lo que ya vivimos en el 76, y unos meses antes.
El cajón con el cuerpo de [Guillermo] Moreno con un balazo en la cabeza nos mostró que los mismos asesinos de la Triple A, insertados después en el ejército y en la marina, no estaban lejos.
Las Madres, que salimos a la calle en el primer momento y que nunca la dejamos, le pedimos al pueblo argentino que tome conciencia, que no nos dejemos invadir por las televisiones malditas, que en vez de tirar balazos nos tiran mentiras, difamaciones, que son mucho más fuertes que las balas.[22]
Se trata de una síntesis llamativa. El terrorismo de estado que empezó “unos meses” antes de marzo del ‘76 tendría que ver con la Triple A, pero a su vez las “difamaciones son mucho más fuertes que las balas”, las balas que, por vía del acribillamiento, eran signo distintivo de los parapoliciales peronistas (a diferencia de la dictadura que usaba variados medios para matar, como el de los vuelos de la muerte). Y así, por vía de la comparación con las balas, se puede hacer lugar a la cuestión de los medios, específicamente los televisivos (¿un saludo a la intervención de canales de 1974?).
Una mano lava a la otra
Decíamos que la emisión de 678 del 27 de octubre tiene elementos más significativos que la de la emisión del día previo con el “error” de Barone. No sólo por la “desmentida que no desmiente” de la que ya habláramos, sino por la necesidad que sintió el kirchnerismo de incluir un representante de un organismo de derechos humanos en el panel (decimos el kirchnerismo en tanto se siente tal necesidad tanto desde el lado del programa como desde el del invitado que acepta ir en ese contexto y sin que medie ningún repudio a lo dicho en el día previo). El único invitado al show, de H.I.J.O.S. Capital, no solamente acepta ser parte del silencio sobre lo ocurrido (por pedido de Barone, “para terminar […] y no quiero hablar más de esto que dije”) sino que en su aceptación de los términos del “debate” intrakirchnerista sigue aceptando... Y no sólo se trata de la aceptación de las pautas de lectura sobre la actualidad, sino también acerca de las pautas de lectura sobre lo que son los escraches (¿no pudieron conseguir a alguien que no sea de una regional de H.I.J.OS.? ¿aun cuando sí pudieron renovar a casi todos los panelistas?). Así, se presenta un informe sobre los “Escraches nazis” a propósito del micro-cacerolazo en la puerta de la casa de Guillermo Moreno. En tal ocasión la voz en off señalaba: “Este método de señalar casas y escrachar es propio de los nazis”. Se marca la contradicción entre una presunta actitud de incitación al micro-cacerolazo por parte de Clarín con la calificación de “nazis” a los escraches que tal medio había realizado en otros momentos. Una versión más breve del mismo informe se vio en el día anterior, lo que junto al episodio de Barone marcó la cancha en la cual se invita al integrante de H.I.J.O.S. Capital. Más bien, marcó la cancha en que acepta ir.
Se cita a Clarín (resaltado): “todos los escraches son una forma de fascismo”.[23] A continuación del informe, la defensa del integrante de H.I.J.O.S. Capital es una que evita criticar lo recién emitido a través de la previsible contextualización del escrache contra genocidas. La defensa se reduce a la contextualización (lo queda algo corto como “defensa”): “Creemos haber aportado una herramienta de lucha al pueblo y en un momento de impunidad. Hoy la historia es distinta…”
Si, como creemos algunos, el escrache pudo ser un aporte (el término es válido), su validez es histórica (y debe contextualizarse cada escrache en función de cada situación o lucha), pero no meramente contextual (lo que la circunscribiría a un período acotado, dejando entonces de ser justamente un “aporte”). Y si es histórica, no es de “origen”, como lo “resolvería” vincularlo al nazismo. Lo mismo vale para otras herramientas de lucha de “origen” perverso como el cacerolazo. El “rescate histórico” de la mera contextualización de “origen” (como en un reciente programa televisivo de Víctor Hugo Morales íntegramente dedicado los cacerolazos contra Allende) no es histórico, remite a la historia escapando a la historia (por eso Víctor Hugo pudo escapar también de la historia, “olvidando” ese origen en los cacerolazos del 2008): al escapar a la historia, se hace una crítica a la metodología (nazi o pinochetista) en lugar de hacer una historia del presente que utiliza (para bien o para mal) una determinada herramienta (de lucha, de protesta, de complot o de poujaudismo –nunca de mera “participación”). Reducir una manifestación política (de cualquier signo) a la metodología y ésta, a su vez, al “origen” plantea una lógica errónea. Algún periodista podría decir que no gusta la herramienta del piquete con bloqueo de accesos porque remite a su origen del bloqueo francés al puerto de Buenos Aires en 1838. ¡Imperialistas! Sería algo ridículo, pero construido bajo la misma lógica. ¿Y la historia…? Ahora viene.
La lógica de buscar la contradicción en la contraposición de opiniones (como hizo aquí 678 con Clarín) sugiere que es un mecanismo de poder que sanciona la impunidad para con la propia contradicción. Ya no sólo con la contradicción del kirchnerismo (su duhaldismo, su menemismo, su entusiasmo privatizador, etc.), sino específicamente con la contradicción de 678. Por ejemplo, en febrero de 2011 se hablaba del escrache en términos elogiosos[24] y sin ninguna vinculación con el fascismo (a partir del informe titulado “Escrache a las mentiras de Clarín”). Y así todo, reducir la crítica a la contraposición, muestra que no se trata de crítica. En un artículo previo decíamos: “Lo que sigue no debe ser leído en términos de mera yuxtaposición de opiniones divergentes descontextualizadas. Si un ideólogo opina una cosa y luego lo contrario, lo que hay que preguntar es por la historia antes que por el ideólogo.”[25] Concentrémonos en las palabras del sabio Orlando (17/2/11), no para contraponerlas, sino para criticarlas:
El origen de la palabra «escrache». Yo estuve buscando, hace tiempo que me interesó, fui a la Academia de Letras justamente a investigar. La palabra «escrache» es casi el origen de la onomatopeya, del «escrach» del fotógrafo antiguo que… como explotaba la cámara. ¿Qué es lo que hacía el fotógrafo? Está retratando. Es retratar al otro. En el fondo, es descubrirlo […] Tiene otros orígenes… el genovés […] Lo cierto es que el escrache toma actualidad en los últimos tiempos con las revueltas sociales y […] con los hijos de los padres desaparecidos aparece ese escrache, un escrache revelador. ¿Por qué? Pero tenía un justificativo muy amplio que era que la justicia todavía no trataba el tema. Hoy que la justicia lo trata, el escrache no tiene sentido. […] ¿Cuándo no nos gusta el escrache, más allá de las contingencias ideológicas de cada bando? Cuando el escrache es dudoso. Por ejemplo cuando uno ve que escrachan la casa de un presunto violador y le incendian la casa a ese presunto violador. […] es cuando se trasgrede el límite del escrache mismo. Porque hay un escrache que es llamar la atención haciendo ruido en la puerta del vecino o del protagonista, por allí encender alguna fogata, algún neumático, por ahí pintarle las paredes a la casa en donde vive. De hecho se ha hecho con algunos ex funcionarios del gobierno sobre todo de Menem…[26]
La contradicción del posicionamiento ante el escrache (incluso dentro del mismo enunciado) oculta cierta coherencia, marcada aquí por Barone bajo la forma de la ignorancia. Sería ingenuo a esta altura pedirle al sabio Orlando que sepa (no en genovés, sino en castellano) la diferencia entre un escrache y un linchamiento, sobre todo cuando desde las organizaciones de hijos nos marcaron (y aquí también hay aporte) la conciencia de tal diferencia, conciencia que justamente es uno de los elementos fundamentales que constituye al escrache como tal.
Más significativa es la nota firmada por Mariana Moyano publicada en el sitio www.lanecedad.com.ar dedicada a las contradicciones de Clarín sobre los escraches. Como entonces (febrero de 2011) se trataba de deslegitimar algunos (malos) artículos de Clarín y La Nación a propósito de la mención tangencial a los escraches en contenidos curriculares de la provincia de Buenos Aires, le parecía necesario a la autora contrastar con previas menciones elogiosas a los mismos (de Clarín). A la hora de criticar la más reciente postura de acusación a los escraches aparece la sentencia:
H.I.J.O.S. no es consultado como fuente por Clarín. Tampoco las Madres, ni las Abuelas, ni ningún organismo de DDHH. ¿Será acaso porque Clarín no podría sostener ante sus lectores la respuesta que obtendría de estas instituciones si les fueran con sus aseveraciones maniqueas?[27]
Aquí está el punto. La discrepancia en el tratamiento mediático no está en “consultar” a ciertos organismos de derechos humanos, la discrepancia está en que aun cuando se los pueda consultar o aun cuando estén presentes en el estudio, la respuesta sobre el tema en tratamiento pueda reducirse al silencio Y el silencio puede ser sobre la calificación de “nazis” que 678 hizo con los escraches, del mismo modo que puede ser con la mención nostálgica con que Barone el día previo recordaba la reacción del estadista Perón contra el “escándalo” de Guzzetti (por eso decíamos que hay que preguntarse por la historia, antes que por la contradicción de los ideólogos). Y aun fuera de la lógica de contraposición Gvirtz, la marca diferencial (y cómplice) del silencio puede verse en declaraciones institucionales de organismos de derechos humanos. Si hubo silencio ante Barone y ante el adjetivo “nazis” de 678 en septiembre de 2012, no hubo silencio ante Clarín y La Nación en febrero de 2011.[28] Y aún así, no es lo mismo sentirse obligado a emitir una declaración ante un episodio mediático que estar obligado por estar presente allí (en presencia física) donde el episodio mediático acaba de ocurrir (el día anterior o, peor aún, segundos antes como es en el caso del uso del adjetivo “nazis”)[29].
1+1 = 3: REACCIÓN POR EL SILENCIO Y LA CONFUSIÓN
La confusión que es la reproducción ampliada del silencio
Para entender la lógica del kirchnerismo al respecto de la historia de los setenta es conveniente tomar cierta distancia y aprehender el funcionamiento de tal lógica operando sobre otra temática. Tomemos un episodio reciente sobre el aborto que estuvo enmarcado en una “pelea” entre kirchnerismo y macrismo que constituyó una lección de doctrina que duró varios días. El discurso más mentiroso en tales días no fue el del fanático antiabortista más ridículo, sino estuvo en boca de quien se quiso ubicar del lado “progre” de la “pelea” a través no de un discurso “progre”, sino, al contrario, a través de un discurso correcto y exaltado a la vez que, puesto en su lugar, constituyó la intervención más mentirosa. Nos referimos al tuit de la legisladora porteña (28/9) María José Lubertino pretendiendo que “saquen sus rosarios y sus kipás de nuestros ovarios”. Como en el caso de Barone, se intentó interpretar como un “error”. Si el “error” de Barone entrañaba cierta sinceridad no buscada, en el caso de Lubertino, sin sinceridad pese a lo mucho que se la busque, su “error” implicó los correspondientes pedidos de disculpas, por su parte y por parte del jefe de bancada. Una forma de verlo es la de quedarse en el “error político” (en el sentido de político-institucional) respecto del adversario legislativo del momento: el tono de grafiti para una parlamentaria, la mención a personas individuales y la inclusión ad hoc de una religión minoritaria susceptible contraargumentar “discriminación”. Todo eso que era superficialmente (institucionalmente) erróneo (pero, según veremos, inteligible) no es lo que lo constituye en mentiroso. Lo mentiroso (como dijimos, lo más mentiroso de todos esos días) estuvo en cómo una ex militante abortista combina el silencio sobre la posición antiabortista del gobierno al que pertenece al mismo tiempo que transforma una consigna que proviene del feminismo en algo estruendoso para sobreimprimirse sobre el tal silencio. Silencio + confusión. Quienes tuvimos alguna simpatía por la consigna quedamos en un situación en la que se nos pretende sugerir que defendamos a una enunciadora de la consigna que, a su vez, terminó desvirtuándola por el mero hecho de enunciarla (de hecho, algún periodista de izquierda se sintió obligado a defender –en abstracto– la consigna). Pero justamente aquí no hubo error. Utilizar a una ex militante abortista para emitir una consigna abortista para defender un gobierno antiabortista constituye la lógica inteligible con que se suele manejar el kirchnerismo.
Y hace falta reiterar que no hay aquí ningún error: la intervención pública pretendidamente exaltada y quienes se sirven semejante ánimo “crispado” pueden no ser conscientes de la lógica que opera, y es tal desconocimiento el que permite que la lógica funcione mejor. No se trata de algo muy diferente a cuando ex militantes por los derechos humanos abandonan una tradición de lucha (política, ideológica y discursiva) que relacionaba crímenes de ayer y hoy (incluyendo a crímenes económicos de la dictadura como es el caso de la deuda pública), para suscribir (eso sí, en un tono más “crispado”) a un gobierno responsable de numerosas violaciones a los derechos humanos (empezando por la propagación del gatillo fácil y llegando a la brutal política de legitimación de la deuda). La gran diferencia entre un caso y otro está en lo gratuito (en términos de concesiones) que fue para el gobierno el lograr que suscriban tantos ex militantes abortistas. En uno y otro caso el carácter de “ex” podrá ser quizás reversible en el futuro. Pero para que tal futuro llegue requerirán de mucho esfuerzo para desandar el camino recorrido en los últimos años. Mientras tanto habrá silencio y confusión. Y esta última, según vimos, no es una mera distracción intelectual, sino un rol a ocupar con carácter activo (aun sin saberlo el estado es sabio: concede graciosamente un lugar para ocupar tal rol activo, incluyendo los casos en que lo hace ‘gratuitamente’). (Rol activo que se da el lujo de ser nombrado como “recuperación de la política”, de la política de ellos, es decir, no de quienes se “activa”, de quienes, con carácter activo, asumen la política ajena.[30]) Y silencio y confusión que se intentará propagar indefinidamente con mensajes muchas veces exaltados, para hacer más difícil el camino a desandar y para encubrir mejor la lógica con que se opera. Y es que, mientras tanto, tanto ruido reproduce ampliadamente el silencio.
Perón cumple
Hemos hablado de las trayectorias, de cómo las trayectorias útiles de los kirchneristas son justamente útiles cuando son trayectorias (previas) de no kirchneristas.Hemos aludido también a la idea del “referente empírico” que podría “falsear” o refutar un enunciado. Una visión rápida sobre el pasado podría sugerir que es útil encontrar un referente empírico de una trayectoria no kirchnerista para justificar el presente. El error mayor aquí sería el de aceptar algún tipo de continuidad entre Montoneros y el kirchnerismo. Esa barbaridad que muchas veces realiza cierta derecha como (cómplice) propaganda útil para el kirchnerismo, no puede medirse según ninguna “trayectoria”, puesto que analizar según determinadas trayectorias no haría más que despolitizar justamente el presente.[31]
La visión que busca “referentes empíricos” (que no está de más volver a llamar positivista) muestra claramente su enfoque erróneo a la hora de analizar la actualidad. Declaraciones contradictorias (como Barone de un día para el otro), actitudes opuestas y trayectorias disímiles no dicen nada si falta una explicación que unifique lo contradictorio, lo opuesto, lo disímil. La explicación más fácil es la que se queda en la idea de la mentira, por ejemplo por vía de la caracterización según algún tipo de “doble discurso” que aplasta (aunque sea dicotómicamente) la realidad de lo contradictorio, lo opuesto y lo disímil. Pero que ocurra que un “periodismo militante” cada tanto admita (aunque sea por lo bajo) la relación entre Perón y la Triple A o que militantes con trayectoria en el movimiento de derechos humanos cada tanto hagan recordar la tradición de lucha de tal movimiento día a día deslucido, no puede ser meramente el acto mentiroso que sea parte o contraparte de un “doble discurso”. Y no porque no sea mentiroso, sino porque una acusación así en la apariencia de explicar vuelve a posponer la explicación. Y entonces ya no habría una realidad que interpretar: habría quienes creen en que son las declaraciones, actitudes y trayectorias dignas las que hay que tener en cuenta y poner en escena y habría quienes descreen que tales declaraciones, actitudes y trayectorias tengan que ver con el presente histórico, pues serían en el mejor de los casos el “cacareo por izquierda”. Y sin embargo, son efectivamente parte: la mentira es parte de la realidad. Si durante el kirchnerismo distintos sectores gremiales realizaron (incluso con la participación de reconocidos kirchneristas) un récord en cantidad de homenajes a Rucci, tal “referente empírico” no se puede contraponer a que el centro cultural de la ex ESMA lleve el nombre de Haroldo Conti. Acumular hechos, declaraciones, actitudes y trayectorias (incluyendo aquí ya no a ex militantes de Montoneros, sino incluso a ex militantes del FRP y del PRT[32]) a hechos, declaraciones, actitudes y trayectorias opuestas (incluyendo aquí a los Kirchner, Gerardo Martínez, Moyano, Berni, etc.) se parece mucho al mantra kirchnerista en que la caracterización de la etapa histórica se sustituye por una abstracta enumeración de “medidas” (o el mantra implícito –pero siempre presente– según el cual se hace enumeración de trayectorias pasadas de ciertos personajes).[33] La acumulación de “referentes empíricos” sólo puede hacerse para permitir una explicación (es dudoso que sirva siquiera como caracterización). Y una explicación (la que sea) no podrá (salvo para los fanáticos de Popper que, mal que le pese al austríaco, pululan entre los kirchneristas[34]) contraponerse con un “referente empírico”. Y es por eso que lo que hay que hacer es interpretar. Y esta tarea (que muchas veces la izquierda pospone en aras de una rápida explicación por vía de algún “referente empírico”), es la que hay que seguir haciendo:
En el punto específico de los derechos humanos en la Argentina, el «proyecto» PJ-CGT, en alianza con algunos organismos de derechos humanos y con el aporte fundamental del poder de estado es algo mucho más peligroso que las articulaciones que ellos mismos quieren presentar como «la derecha». Más allá de la efectiva «capacidad de daño» de Clarín y de su capacidad para torcer la interpretación del presente, está a las claras que es impotente para rehacer la historia argentina de las últimas décadas. Por más que quiera desprestigiar a Montoneros, no puede hacer una revisión histórica que triunfe por sobre la alternativa que plantea el primer bloque. Las capacidades de daño de cada bando supuestamente enfrentado son disímiles no en abstracto, sino en relación a cada tema particular y a cada etapa histórica específica. En el caso que aquí nos ocupa la mayor capacidad de daño para la verdad histórica y para el futuro de la organización popular en Argentina está el grupo estado-PJ-CGT. Esta capacidad de daño implica un benjaminiano «instante de peligro». No están en juego «medidas» de gobierno, alícuotas impositivas ni ninguna de esas cuestiones «concretas» que abstractamente defienden los kirchneristas. Está en juego algo que es más fundamental de cara al futuro: qué historia se le lega a la población del mañana, qué tradiciones de lucha se le entrega, qué impunidades se consagran.[35]
La no explicación por vía del “doble discurso” o el juicio rápido de la “cooptación” (al que le falta decir cooptación a qué), requieren ser abandonadas para dar cuenta de que el “proyecto” (en este caso específico decíamos proyecto PJ-CGT) es más eficiente como tal cuando tiene capacidad para incluir (cooptar, término correcto pero que aquí se ve que queda corto) declaraciones, actitudes y trayectorias que nada tienen (o tenían) que ver con el proyecto PJ-CGT, con su mirada de los setenta (en especial, 1973-1976), con las tradiciones de lucha de tal proyecto, ni con las impunidades que (aun cuando alguno diga lo contrario) se terminan consagrando en el altar del “gobierno popular” (empezando, por supuesto, con la impunidad para con Perón).
Esta reescritura de la historia es tanto una reescritura de los setenta como una reescritura de los noventa. Así, el funcionario menemista Daniel Filmus (como tantos otros) puede decir en televisión que marchó en los 24 de marzo de los noventa (seguro que en sus marchas imaginarias lo vio a Kirchner, a Boudou, a Moyano y a Barone –y quién te dice, según parece, quizás vio al mismísimo compañero Menem), del mismo modo que Moyano y otros niños de las AAA serían sindicalistas preocupados por la «justicia social» en los setenta y, a lo sumo, prescindentes en la represión ilegal contra la izquierda y contra el peronismo heterodoxo. Pero cuando el kirchnerismo compra la versión de los hechos de Perón y del vandorismo hace algo más. Así la política «de memoria» del kirchnerismo delega la reescritura de la historia en los protagonistas más interesados en falsearla. Delega a los menemistas (es decir, a sí mismos) la reescritura de lo que hicieron en los noventa y delega a Perón y Rucci la reescritura de lo que significaron los setenta.
Paradójicamente la convocatoria a la marcha oficial del 24 de marzo [de 2011] se hizo bajo la consigna de «Juicio y castigo a los cómplices e ideólogos civiles». Ya queda poco tiempo para que Línea Fundadora y las agrupaciones de hijos vuelvan a la tradición histórica de la lucha por los derechos humanos. En caso contrario, el movimiento de los derechos humanos de Argentina se encontrará muerto. Bajo entusiastas declamaciones por la «renovación» que implica que esté marchando una «nueva juventud» (sindical), se estará alegremente firmando su autodestrucción. La prueba de «lealtad» que el estado le exige a estas organizaciones es más que costosa. No sólo le pide inoperancia política en casos de represión y gatillo fácil y ‘neutralidad’ cómplice para no criticar consecuencias de la dictadura tales como la deuda. Le pide que antes de morir el movimiento de los derechos humanos decrete un «indulto histórico» a algunos de los cómplices civiles de la represión estatal y paraestatal. El lugar cada vez mayor que el PJ le da a su hijo dilecto, el vandorismo, requirió que cada organismo que se sume al «proyecto nacional» abandone toda crítica al vandorismo no sólo de hoy sino también de ayer. Hoy le piden ese último esfuerzo. Que antes de morir usen la autoridad moral conquistada en tres décadas de lucha contra las violaciones a los derechos humanos de ayer y de hoy para que esa corriente que sí tiene garantizada la continuidad sea declarada inocente de la persecución, la entrega de compañeros y la complicidad con el terrorismo de estado. (Idem)
Si no media explicación, algunos “referentes empíricos”, quedan en el aire o como mera chicana para ser utilizada por quien apoya “el proyecto” PJ-CGT y sus impunidades consagradas (con la lógica argumentativa de la enumeración de “medidas”). En el mismo sentido, las trayectorias de ex militantes de los setenta o del movimiento de derechos humanos son importantes no porque expresen una continuidad entre (por ejemplo) Montoneros y el kirchnerismo, sino porque muestran la ausencia de explicaciones alternativas que hagan ver que tales trayectorias no son justamente explicativas. Una parte (menor) del debate es ver qué responsabilidad tiene la izquierda en la ausencia o confinamiento de explicaciones alternativas.
Más difícil es cuando se trata de trayectorias de quienes no están. El proyecto PJ-CGT es lo que hay que explicar, en la medida en que puede poner juntos a Perón y a Walsh e incluso se da el lujo de nombrar un centro cultural Haroldo Conti. Aquí también se ve que queda muy corto el discurso de la cooptación. Algunos, lamentablemente, parece que no se pueden defender como es el caso de Walsh y Conti, aunque tenemos la certeza de que no podrían ser justamente carne de cooptación (no por lo que fueron –lo que remitiría a la triste lógica del “muerto pero puro”– sino por lo que efectivamente son). En contraste, a quien sí se “puede defender”, no se le dará la palabra, para que su defensa justamente no esmerile “el proyecto”; aquí el silencio es un objetivo estratégico. Quien “se puede defender” es justamente quien más interés hay en que no hable, en quien puede defender su postura y la de su marido, es decir, María Estela Martínez de Perón. Aquí “el proyecto” necesita un muerto, un curioso mártir que debe morir antes de que se encuentre algún camino judicial (siempre boicoteado) para que tome la palabra explicitando una defensa de “el proyecto” PJ-CGT que pase de la lógica mentirosa que es hoy tan efectiva a un discurso demasiado sincero cuya efectividad para hoy es insondable. No podemos saber cuán consciente era Néstor Kirchner sobre qué lógica convenía seguir en 2008 (otro “mártir”, que a diferencia de Walsh y Conti no vale por lo que efectivamente es, sino porque se pretende que vale para cualquier cosa). Lo importante de la lógica a seguir es su funcionamiento ideológico, como lógica antes que como estrategia plenamente racional. El juicio a Martínez de Perón sería para la (no)discusión sobre los setenta algo análogo a, en el tema del aborto, sacarse de encima a las cientos de Lubertino y dejar que sea solamente Cristina de Kirchner la que hable sobre sus propias convicciones “PROvida”.
Uno de esos que parece que no se puede defender es el caso de Haroldo Conti: darle nombre a un centro cultural e incluso publicar la famosa carta al escritor cubano Fernández Retamar (1973). Y sin embargo, no está con nosotros y a la vez no está definitivamente muerto (de nuevo, por lo que efectivamente es). Lo que necesita es ser leído desde otras coordenadas políticas. Por unas coordenadas que no sean las de “el proyecto” PJ-CGT. Si la página web del centro cultural estatal lo hace,[36] ¿podemos nosotros volver a citarlo? La cita no es un “referente empírico”, en sentido en que lo hemos tratado aquí. Puede ser según el caso, una cita de autoridad, un homenaje, un falso homenaje o directamente una burla. Y eso depende de cuál sea el proyecto que lo cite. Depende no solamente de la línea divisoria de clase, sino también de los partidos y líderes que se reivindiquen de los años setenta. El gobierno que lo cita consagra en los hechos la impunidad para con (como es obvio) su fundador. Del otro lado había un partido que en 1973 no tenía reparos en calificar (como se vio, acertadamente) a Perón como el “líder de la contrarevolución”. Desde este humilde lugar, cabe citar, a modo de homenaje, al gran Haroldo[37]:
Tendrás ya noticias de la embestida de la derecha del peronismo. Lo que siempre supuse se cumple paso a paso. La derecha, falta de apoyo popular, apoyándose nada más que en la represión, repliega las armas y juega su última carta: Perón. Ahora tiene las armas y 7 millones de votos. Perón no ha cambiado. Mi triste satisfacción es comprobar que yo no estaba equivocado. Durante 18 años esperé este momento. No sé si llegó a ustedes el bando de guerra promulgado por el propio Perón donde proclama la lucha sin cuartel al marxismo. Que tres días antes el Partido Comunista volcara su apoyo a la fórmula Perón-Perón no debe sorprender a nadie. Casi toda la izquierda se tiró de cabeza a eso pensando obligar a Perón a deshacerse de la derecha, cuando él mismo encarna a esa fracción y se supone que se acuesta con ella. Por lo menos de oficio. Pero esa izquierda petulante, por empezar, nunca tomó en cuenta la historia. La omite o sencillamente la ignora. Ayer, otro dato, el llamado gobierno popular que encabeza, con fuerte apoyo de los industriales que el 25 de mayo pensaron que el mundo se les venía abajo, el trabajador más rico del mundo y el descamisado que viste mejor prohibió todos los actos en homenaje al Che, esa enorme figura que por una burla trágica se nos pasa de largo justamente a nosotros, sus compatriotas. Abrevio. Las bandas armadas de la mafia peronista tienen piedra libre. Acabo de enterarme por una persona de mi amistad corrió su riesgo para informarme que en una orden que se distribuye entre los comandos de asalto hay una lista de unas 30 personas a liquidar. Yo figuro entre las primeras...
Nada de esto me sorprende. Me complica un poco más la vida pues voy a tener que buscar la forma de sostenerme con algún trabajo solitario. Hermanos, en resumen estamos peor que nunca. Con un cerco de hierro en los límites y el enemigo dentro de la propia casa. Hace unos días 150 mil personas desfilaban hasta la embajada de Chile pidiendo armas, con la figura del Che a la cabeza. Fue emocionante. Ahora la policía acaba de requisar 18 mil afiches con la misma figura que iban a empapelar a Buenos Aires en su homenaje. Perón cumple.
[1] R. Astarita, «La periodista Ana Guzzeti y Orlando Barone», 27/9/12, <http://rolandoastarita.wordpress.com/2012/09/27/la-periodista-ana-guzzetti-y-orlando-barone/>; A. Grande, «Orlando, el aceitoso», 3/10/12, <http://www.pelotadetrapo.org.ar/agencia/index.php?option=com_content&view=article&id=7420>; E. Tenembaum, «Tabú», en Veintitrés, 3/10/12.
[2] Por caso, el “filósofo” de la “Lealtad” y juicioso comentador de ‘celebrities’ J.P. Feinmann, cuando quiso rebatir la idea del “perejil”: “Detengámonos en la palabra: «perejil». Sirve, exhaustivamente, a sus propósitos. Dice lo que se propone decir. «Perejil» es un ser silvestre. Ingenuo. Es, claro, un «jil». O, más exactamente, un «gil», con toda la carga despectiva que esa palabra tiene en la lengua coloquial argentina. Es, también, un anónimo. […] Así, la palabra nos acerca a uno de sus significados más precisos: los «perejiles» son «Pérez giles». Es decir, anónimos tontos. ¿Hay algo más anónimo que llamarse Pérez?” La sangre derramada. Buenos Aires, Ariel, 1998. p. 97. En «Planes para que no haya planes: viaje por la cartografía política kirchnerista» (septiembre de 2012), destacamos el aporte historiográfico de Feinmann para con el kirchnerismo dada su insistencia en el rol histórico que le cupo a la JP Lealtad: “…hace muchos años que ensayó una lectura de la historia de los setenta que desdibuja el poder que tenía cada sector del peronismo. Así reivindicó siempre la JP Lealtad –aunque alguna vez llegó tímidamente a reconocer que eran «cuatro gatos». El problema no es que reivindique el sector en el que participó, su aporte está en que brindó la idea de que había una «juventud maravillosa» contraria a la lucha armada y a la «deslealtad» con el líder; juego de enredos y evaluaciones desequilibradas que es campo fértil para confundirse acerca del «mito de la juventud maravillosa» –pero no revolucionaria–…” Otro que ha hecho sus aportes a estas evaluaciones desequilibradas es Horacio González: “Me parece que nuestra valoración de Perón era más movimientista. En la polémica entre ‘formaciones especiales’ y ‘organización político-militar’ no decidimos, más bien postulábamos un acuerdo, un entendimiento con Perón.” “Nos fuimos mal de Montoneros. La pelea con Perón era más fuerte de lo que nosotros pensábamos, y algunos de los que nos tomábamos más en serio a Perón nos quedamos con un grupo llamado Lealtad, que fue un grupo muy mal visto, aún hasta hoy [?!] [1996].” Entrevista a González, citada por R. Burgos, Los gramscianos argentinos. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
[3] O en las modificaciones legales (Código Penal) que terminan siendo antes que nada símbolos; una pantalla bajo la cual Perón intentó ocultar la represión ilegal.
[4] Es necesario ver más allá de toda la falsa espuma que se sigue generando a propósito del prólogo Sábato para poder ver las profundas coincidencias que existen. “…hemos afirmado que la versión peronista de la teoría de los dos demonios es más peligrosa que la versión original. Más aún si funciona de forma implícita. En lo que aquí concierne, Bárbaro reivindica al Perón de los setenta frente a Montoneros como el Perón de la democracia y el abrazo con Balbín (por ende el Perón de los setenta no sería el Perón de la Triple A); el discurso oficial (y parte del oficioso) reivindica el Perón que suponía la expresión de la voluntad popular expresada (meramente) en el voto mayoritario frente a las corporaciones y frente a las «rupturas del orden constitucional». Donde Bárbaro reivindica la relación de Perón con «las instituciones» sin más (incluyendo a Balbín), el kirchnerismo reivindica la relación con «las instituciones» en tanto efecto del voto popular. En esta última versión se llama al respeto por el origen del voto (compartido por Montoneros, el vandorismo y los parapoliciales) y, consecuentemente, por la continuidad de su producto (el gobierno constitucional) frente a cualquier desestabilización (incluso de los que habrían hecho «el juego a la derecha», lo que implícitamente es, en especial, Montoneros). Como corolario, no fue casual que se haya reescrito la historia de la CGT como partícipe de un «gobierno popular» (frase también «setentista», pero no justamente del lado heterodoxo) para así repudiar a quienes «sacaron los pies del plato».
”Podemos ejemplificar que las actuales formas de la versión peronista de la teoría de los dos demonios son más peligrosas comparando con la versión más «elegante» […], la del prólogo Sábato. Sábato operó allí como un «utopista» de la represión (según lo que entendía que era la represión «legal» a la italiana), mientras que la versión peronista (fiel a sus principios) no es nada «utópica», sino realista. Sábato reivindica la experiencia europea (por cipayo), mientras que los realistas reivindican «lo nuestro», a Rucci y a Perón, nombres clave que no pueden no remitir al extinto Vandor y del extintor López Rega.” («Planes para que no haya…», nota 13).
[5] Y aún así puede hacerlo un “enojado con Perón”, que aun conociendo al General, puede reivindicar “la lealtad” y hacer una interpretación tan ignorante como si desconociera el rol del propio Perón. Nos referimos al mencionado comentarista de ‘celebrities’, el Feinmann malo: “Al ERP no le importaban las coyunturas políticas. No había política, no podía haberla. El enemigo era todo aquello que no era el ERP. Todo lo que no era el ERP era el poder burgués. ¿Para qué prestar atención a las coyunturas políticas si todas eran expresión de las negociaciones de la burguesía en su lucha por la mayor tajada de la torta capitalista? Así, el ERP ataca la guarnición militar de Azul pocos días antes de la reunión de los diputados peronistas con Perón, entregándole a Perón todos los motivos para demonizar a los jóvenes [se refiere sin nombraros, a Montoneros] al acusarlos de ese hecho y, prácticamente ante las cámaras de televisión, condenarlos a muerte.” «Sobre el uso político de los muertos», Página/12, 24/10/10. Una sugestiva justificación del adjetivo “malo” en: Andrés Martín, «El “Feinmann malo”», octubre de 2010.
[6] La versión peronista de los “dos demonios” se difunde como tal, aun cuando sea muy maleable en la definición de los “demonios” de ocasión, en especial sobre el lado derecho. Perón puede o no ser parte, manejando una doble ambigüedad. La ambigüedad es doble porque no sólo se intenta exculpar a Perón (por un “tabú” como dice –mal a mi entender– Tenembaum), sino que se requiere hacer converger la reivindicación en general de Perón y el peronismo con la lógica de “tercera posición” propia de la teoría de los dos demonios (y por ende se requiere recargar la responsabilidad en el post-76). Si esta última ambigüedad no fuera parte de la versión peronista de los dos demonios, se eliminaría al “demonio derecho” y se llegaría a la sinceridad histórica, es decir a la anulación de la teoría de los dos demonios por vía de la reivindicación plena del terrorismo de estado del “gobierno popular”.
[7] Como vimos a propósito de Feinmann (nota 5), la información (por caso, la vinculación entre Perón y el terrorismo de estado) no es suficiente; siempre la interpretación tiene primacía (algo que hay que aceptar sin caer en un perspectivismo que niegue la verdad histórica). La información puede reprocesarse para no interceder en una interpretación que puede ejercerse con o sin información. Por eso es que la misma versión peronista de la teoría de los dos demonios puede hacerse con o sin Perón. La más “desinformada” parece más mentirosa, aunque quizás es más sincera dado que va directamente al punto. Cuando se agrega información correcta sobre la verdad histórica, los desinformadores suelen acudir a un “paradigma de la complejidad” para intentar desresponsabilizar al que sí tiene información. En «Planes para que no haya…» tratamos el uso de tal “paradigma”: “al no informado se le miente en grande; al parcialmente informado se le sustituye su «desvío informativo» por un atajo moral.” El uso sobre el pasado y ya no sobre el presente de tal estrategia comunicacional tiene sus particularidades: omite el discurso de denuncia aunque mantiene su audacia conservadora y –necesariamente– su incitación al desvío moral.
[8] «La audacia sin cálculo», Página/12, 29/5/11. En honor a la brevedad tratamos (de tal nota) solamente la discusión al respecto del “compromiso” de Kirchner con los derechos humanos. Hacia el final, no obstante, haremos una referencia a la epistemología que supone Verbitsky.
[9] La discursividad religiosa (con sus problemas) sobre el kirchnerismo (incluso sobre sus altos sacerdotes de la fe como Verbitsky) la discutimos en «Planes para que no haya…».
[10] Con la salvedad de lo que ocurre tras la caída, con la eventual asimilación al “demonio derecho” (ver supra, nota 6)
[11] Y aún así, es consciente que es necesario salir de allí: “Alguna vez leí que Orlando había dicho que había llegado tarde a los derechos humanos. Supongo que la tardanza se llama La Nación, quizá Clarín. […] Es, apenas, un balbuceador patético de un discurso macartista y reaccionario del cual mucho debe haber aprendido mientras tardaba en llegar a los derechos humanos. La verdad es que no está solo. Está mal acompañado. […] Si el Orlando se permite ponderar la persecución a la libertad, estamos en graves problemas. […] Le teme el escándalo de una pregunta, pero es indiferente a la aberración de la tortura. Ana fue detenida y torturada. Es cierto Orlando. Por algo será. O al menos, por algo fue. No creo que nuestro Orlando Celoso pueda entender y mucho menos valorar el coraje, ese coraje que a mí no me sobra, para preguntarle al Poder sobre su verdadero rostro. […] Es cierto lo que dijo la legisladora: «no es un ejemplo feliz». Pero tampoco es cierto: es un ejemplo desgraciado. Porque pondera evitar el escándalo antes que enfrentar la verdad…” A. Grande, «Orlando, el aceitoso», 3/10/12, <http://www.pelotadetrapo.org.ar/agencia/index.php?option=com_content&view=article&id=7420>. Astarita logra un tono diferente y quizás por eso más acertado (en especial, cuando va al punto: comentario del 28/9/12 9:15, en <http://rolandoastarita.wordpress.com/2012/09/27/la-periodista-ana-guzzetti-y-orlando-barone/>).
[12] 678, 26/9/12, primer bloque, <www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=wKErCBwjGtg#t=2593s>.
[13] 678, 27/9/12, primer bloque, <http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=UfC1ejQzktg#t=605s>.
[14] «La memoria histórica, víctima del 24 de marzo», mayo de 2011.
[15] 678, 26/9/12, primer bloque, <www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=wKErCBwjGtg#t=2713s>.
[16] «D´Elía y Moyano se reúnen mañana para organizar el acto en apoyo al Gobierno», La Nación, 11/11/09.
[17] M. Wainfeld, «Adelante, a la derecha, atrás», en Página/12, 15/11/09. Destacado nuestro.
[18] H. Verbitsky, «Escalofríos», Página/12, 15/11/09. Destacados nuestros.
[19] “Una derecha tosca y brutal acecha por doquier, como reflejan las menciones realizadas en esta columna.”(Wainfeld). Tales menciones se reducen a Belén y al discurso penal de referentes culturales, algunos de los cuales terminarían siendo filokirchneristas (nombra a Tinelli, Rial, Barbarossa, Mirtha Legrand y Susana Giménez). ¿Y los sectores de poder que acechaban sobre la democracia? ¿Y las corporaciones ¿Y la “oligarquía”?
[20] «La memoria histórica, víctima… ».
[21] La excepción en medios amigos es en la revista Veintitrés, pero dado que el periodista no es amigo (Tenembaum) bien vale decir aquí más que nunca que la excepción confirma la regla. Y a la vez, tal excepción sirve para una hipócrita demostración de “pluralismo”.
[22] Asociación Madres de Plaza de Mayo, «¡Al gran pueblo argentino, salud!», 3/10/12, en < http://www.madres.org/navegar/nav.php?idsitio=5&idcat=95&idindex=25>.
[23] Originalmente: R. Roa, «Un escrache a la educación», Clarín, 16/2/11.
[24] Nora Vieras: “Me parece que este debate en realidad pone sobre la mesa el temor que tienen a que se discuta lo que sucede en la realidad dentro de la escuela. Que se discuta qué pasa con las distintas herramientas de participación social que hoy todo ciudadano democrático en Argentina tiene a su disposición… […] El escrache es un elemento de presión social evidente… […] Empezó como una herramienta de los hijos de desaparecidos cuando estaban vigentes las leyes de impunidad, no había justicia, entonces los iban a escrachar, los marcaban en la casa… […] Después fue usado para reclamos sociales, para reclamos del campo, para reclamos de distintos sectores, que según cuál sea el color y el tenor de esos reclamos, los grandes medios apoyan o repudian.” 678, 17/2/11, segundo bloque, <http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=7HzWoIw73GI#t=752s>.
[25] «La masacre de Once y el modelo (ya) profundizado», marzo de 2012.
[26] 678, 17/2/11, segundo bloque, <http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=7HzWoIw73GI#t=911s>.
[27] M. Moyano, «Como a los nazis, les va a pasar…», febrero de 2011.
[28] H.I.J.O.S. Capital [aunque firme “H.I.J.O.S.”], «Escrache: memoria en acción», 16/2/11, reproducido abreviadamente en Página/12, 19/2/11.
[29] La “jugada” lectura política de la realidad que llega a realizar el invitado no es más que la reproducción de lo que podría decir el más ignorante panelista de 678: “Tiene que ver con la idea de estos grupos mediáticos de seguir manejando a su gusto y piacere el país como lo han hecho durante años. Creo que este camino […] que tiene que ver desde juzgar a los delitos de lesa humanidad hasta tener una Asignación Universal por Hijo hasta tener una ley de matrimonio igualitario hasta tantos otros hechos más que tienen que ver con avance en conquista de derechos; justamente es lo que no quieren ellos y por eso es que hoy no critican la metodología del escrache…” Es decir, al elegir las políticas “audaces” que enojarían a las corporaciones mediáticas (dado que ya siquiera quedan corporaciones económicas…), no se seleccionan “medidas” económicas que pudieran ir en contra de intereses materiales concretos. Siquiera eso: no se supo tampoco elegir alguna “medida” a la que Clarín (la corporación por excelencia) se haya opuesto ostensiblemente.
[30] El tratamiento más reciente de la “recuperación de la política” (del PJ), lo hacemos en «Planes para que no haya…».
[31] Y ese error de marcar tal ficticia continuidad a veces se comete con enorme ingenuidad desde la (correspondiente) trayectoria (previa) de izquierda. Así, no se entiende semejante elogio a la “continuidad”: “Nosotros creemos en la sinceridad del actual gobierno respecto a su proyecto de capitalismo nacional, es lo que soñaron desde muy jóvenes, los hemos conocido y hemos debatido con ellos” [en los setenta]. Daniel De Santis, «Recuerdos de provincia y el debate capital», Revista Mascaró, Año I, Núm. 2, junio de 2010 [fragmento en <http://revistamascaro.org/ar/?p=2224>].
[32] Algo de lo que no puede nunca dar cuenta la explicación referida en base a la “continuidad” de “trayectorias” (los debates “setentistas” sobre el “capitalismo nacional”) de De Santis.
[33] Se ve que atribuir pluralismo a un heterogéneo “movimiento” es el error complementario y asociado de la idea de “doble discurso”. Estas lógicas discursivas (el “doble discurso” como forma del “discurso único” y su contraparte del “discurso plural”) las tratamos en «La masacre de Once y el modelo…».
[34] La citada nota de Verbitsky para “refutar” a Sarlo marca bien su “popperianismo”. Se intenta desmentir a Sarlo por hacer “una exégesis teórica presuntuosa, edificada sobre una base fáctica que conoce mal”. Independientemente de la propia “base fáctica” de Verbitsky (que nunca se equivoca porque está hecha para la ocasión), los errores que pudiera tener la interpretación de Sarlo merecen una discusión de interpretación y no un “falseo” por vía de los “referentes empíricos”, al tiempo que (en este marco epistemológico) se ataca la idea de lo “presuntuoso” con palabras muy parecidas a las que usaba Popper para atacar a sus propios enemigos personales: el psicoanálisis y el marxismo.
[35] «La memoria histórica, víctima…». Destacado original.
[36] También en su momento Artemio López lo citó en su blog, algo que merecería una interpretación (en los términos del uso de lo que llamamos “paradigma de la complejidad”, ver supra, nota 7), aún cuando sus comentarios desmientan la cita bajo la fácil lógica de posponer la interpretación de lo que pasó en los setenta (“…tu caracterización de Perón es muy interesante, aunque obviamente sabés que súper polémica. Igualmente no desesperar, personalmente no creo que aún se pueda poner la distancia política y teórica suficiente como para ponderar mejor (yo no puedo al menos) a una figura tan compleja como la del primer trabajador.” A. López, comentario del 19/5/06 19:10, en A. López, «Perón cumple», 19/5/06.)
[37] Destacados nuestros.
Me encantó! Espero un análisis del estilo después del 8-N. Del pacto Pro-K va a ser más difícil debido al silencio que tuvieron que guardar.
ResponderEliminarLa difundo. María