Alejandro Blancovsky
Obviemos la previsible reacción de la masiva secta del kirchnerismo: “no tienen memoria”; “vayan a España a ver lo que es el ajuste”; “a la revolución socialista con Barrionuevo y Venegas (mejor me quedo con el ‘luchador’ Gerardo Martínez)”. Las sucesivas acciones de protesta de parte de algunas centrales obreras en la segunda mitad de este 2012 merecen poner en una “situación concreta” el problema de la relación entre la lucha plenamente política y la lucha político-sindical.
Dentro del lote de reclamos, hay uno que, por supuesto, sobresale: “No al impuesto a las ganancias sobre el salario”. El reclamo ha tenido sus distintas versiones: el “no al impuesto al salario” (fundamentalmente en boca de la CGT) o el pedido de la eliminación de tal impuesto para los trabajadores bajo convenio colectivo de trabajo (fundamentalmente en boca de dirigentes de la CTA). A veces, algunas figuras de la CGT abogaron por “la eliminación del mínimo no imponible”, algo que podía ser leído en clave de ignorancia ( ¿una lectura “gorila”?: confundiendo el impuesto en sí con el límite de su base imponible) o en una clave de “astucia” (reformulando a través de un mal hablar el amague de una consigna más “realista”). Se formuló una lucha sindical cuyo reclamo no iba como de costumbre hacia el empleador (incluyendo aquí al estado como posible empleador), sino constituyendo un reclamo eminentemente político. “Paro político”, retrucan los die la secta masiva, los “politizadores” que cada tanto reniegan de la posibilidad de que cualquier otro que no sea el estado pueda hacer política. Como los educó hace poco la ministra de Industria (en todo un “gesto” en el que tanta audacia muestra que el que huye sirve para otra guerra…), “los actos políticos” (sindicales, cacerolazos, etc.) caen todos en la misma bolsa, bolsa que tiene siempre la hechura obvia del intento de “desestabilización”.
Y entonces hay que hacerse preguntas sobre la situación política, no porque el reclamo fuera político (¡vaya obviedad!), sino por el tipo de respuestas que se tienen ante un reclamo político. Pero fundamentalmente por el poder que posee quien enarbola ese tipo de respuestas. Y es aquí que todos tenemos un problema. La falsa bolsa con que kirchnerismo pretende igualar al mismo nivel al más sincero militante de izquierda junto con el más acaudalado de los burócratas sindicales que esté coyunturalmente en la oposición, sin dejar de ser falsa muestra el poder que tienen no sólo para marcar la cancha y pretender igualarnos, sino el poder que tienen para meternos a todos los que somos, fuimos y seremos diferentes ante el mismo problema. El problema en cuestión es el de la poca cintura con se ha combinado una exigencia de otro funcionamiento de la política tributaria con el reclamo sindical que clama por el “no” antes que por algún tipo de modificación cuantitativa. Ante el patrón bien se pueden hacer reivindicaciones que la contraparte considere exageradas sin necesariamente deslegitimar la posibilidad de un avance concreto en, por ejemplo, las condiciones laborales. La descalificación de “exagerado” termina siendo una consigna que salda luego la correlación de fuerzas. Con el impuesto a las ganancias no puede hacerse lo mismo, no porque tal reclamo sea o no justo, sino porque se topa con unos mecanismos defensivos del estado que responden en abstracto (es decir, sin importar alícuotas, “tablitas” y “mínimos no imponibles”) a un reclamo concreto pero que termina formulado como reclamo abstracto.
Pero se trata de una cuestión de poder, o sea, de algo que hay que entender en términos relacionales a la vez que históricamente situados. Se responde en abstracto a un reclamo en abstracto, lo cual sólo suma coherencia a quien responde. Y se llegó a hacer un reclamo en abstracto, sólo porque el reclamo se hizo en abstracción de la situación histórica, del poder que tenía el que “responde” para elegir el tipo de “respuesta” que le era más conveniente. Se juzgó muy mal la correlación de fuerzas (empezando por Moyano, que contaminó con su mal juicio a todo aquél situado a su izquierda) planteando (de forma “demasiado sindical”) un reclamo de máxima que llegó a tener sus réplicas (desde el gobierno) y sus justificaciones (desde la izquierda). Así, al gobierno se le facilitó ponerse en víctima de una mal llamada “propuesta” que iría en contra de toda la experiencia internacional. Y así también, desde la izquierda caímos en algo que nos gusta tanto como es llevar la situación a sus términos más teóricos. Y entonces nos sentimos obligados a discutir qué es un impuesto, quién paga, cómo se reparte la plusvalía, etc. Es decir, vamos a una situación en que nos alejamos de la coyuntura política concreta. Y de paso recomenzamos nuestras siempre estimulantes (no es irónico) discusiones: qué hacer con la burocracia sindical, marchamos o no, cómo nos diferenciamos, paramos sin marchar o marchamos sin parar y un larguísimo etcétera. Y sin embargo, son discusiones, caracterizaciones y teorizaciones absolutamente válidas. Y sin embargo, quien gana en ese nivel de análisis es (otra vez) el oficialismo.
A la izquierda le gusta llevar las cosas al plano teórico o a la historia, por ejemplo, resaltando casos en los que se pudo empujar a la burocracia sindical a partir de haber participado en medidas de fuerza compartidas con ella. Pero habría que ir al punto. Ante el falso dilema de evitar las medidas de fuerza o participar en medidas en las que está también la burocracia sindical, no hay siquiera que “elegir”. Si se pudiera prescindir de la burocracia para un reclamo sindical, estaríamos justamente en una situación en que la burocracia sindical no existe. Lo llamativo es que bajo argumentos de “purismo” nos fuerzan a “elegir” cuando no hay elección (participar en una medida del propio gremio o central cuando se considera justo el reclamo), pero cuando hay algo llamado elecciones, hay que adjurar de cualquier “purismo” para “parar” a algún otro que nunca podríamos elegir.
A las propuestas se las lleva el viento…
Distinguí entre reclamo y “propuesta”. Ponerse a pensar en la situación en la que estamos debería servir para defender nuestros reclamos. Estamos ante un gobierno para el que cualquier forma de lucha social debe desaparecer. Tuvimos incluso la televisación de cómo un grupo de lo más encumbrado del sindicalismo peronista debía escuchar cómo su presidenta les decía que los más protestones no consiguen nada, sino que lo que hay sólo se puede dar desde el estado. Los protestones ya sabemos lo que son para este gobierno “popular”: vagos, rompe puertas, vacacionadores seriales, simuladores de tendinitis y otras lacras, calificaciones que marcan no meramente el carácter reaccionario de un discurso de estado, sino el poder que tiene cierto sector del estado para poder difundir ese discurso reaccionario (incluso sin que parezca tal). Y por eso se trata de una situación en la que hay que defender nuestros reclamos. No quiero decir que hay que hacerlos más “realistas” o conservadores. Lo que hay que hacer es construir el lugar de enunciación que distinga desde el vamos el reclamo de la “propuesta”. Seguir reclamando por aquello que podríamos sacarle parcialmente al estado pero difícilmente podríamos sacarle al discurso kirchnerista. Seguir reclamando por el respeto por los derechos humanos; seguir denunciando el gatillo fácil y toda la política de estado de la continua pena de muerte extrajudicial; seguir poniendo en el centro de “el modelo” las multinacionales “populares” de agricultura minera y de minería a gran escala. Y hacer reclamos eminentemente políticos que no sean meras propuestas políticas que pudieran ser “politizadas” desde su despolitizador discurso conservador. En términos hipotéticos, si el sindicalismo de trabajadores estatales reclama por un aumento salarial, no puede (en este contexto político particular) acompañar el reclamo con el detalle de las fuentes de financiamiento de tal aumento. Una situación así (que cada tanto suele darse en situaciones en que la situación fiscal del estado se usa como juez y parte en una correlación de fuerzas desfavorable) abre un punto débil en el reclamo, haciendo que su legitimidad pueda verse disminuida por la legitimidad o viabilidad de la “propuesta” (piénsese en la trampa de la “oblea docente”). Cuando del otro lado hay poder para argumentar (aunque sea de forma ridícula), es cuando menos el reclamo debe asimilarse a una propuesta. Entonces vienen los ataques a quienes reclaman por sus derechos: quieren desfinanciar al estado, llevarlo a la ruina o (colmo de las originalidades argumentativas) empujarlo al endeudamiento, aun cuando tal estado sea materialmente incapaz de endeudarse fuera de sí mismo. En los últimos meses, el “no al impuesto” “al salario” ha caído (no meramente por propia iniciativa, sino por efecto relacional) en una “propuesta”. Así pasa a ser algo que no se podía ignorar (como tantos reclamos que se le hacen al estado o a la patronal), sino a ser una “propuesta” a atacar.
Ante reclamos abstractos (reaccionarios o no; de “inseguridad” o salariales), el tema está en cómo el discurso reaccionario del gobierno recurre cada vez que puede a exigir las “propuestas” (bajo la lógica del “diseño de política pública” que tanto gusta a los 'nuevos' tecnócratas que no se asumen como tales). Y las propuestas no son reclamos. Requieren de “diseño de políticas públicas” y de un personal político que gane las elecciones para llevarlas a cabo. Este argumento (fomentado sobre todo por el jefe de gabinete) no fue novedoso cuando se lo utilizó recientemente como “respuesta” a los cacerolazos. Lo vienen diciendo desde hace años.
Un reclamo frente al impuesto a las ganancias debería entonces o bien tirarle la pelota al gobierno (para que procese, aunque sea mal, tal demanda) o acumular un poder político (que no se tiene) capaz de impulsar una propuesta que tenga la fuerza de evitar que sea mal procesado. Es cierto que aquí los antecedentes históricos no nos acompañan, pero valga mencionar uno que pudiera servir para pensar sobre líneas de acción en una correlación de fuerzas desfavorable.
Y no obstante, proponer es algo que se hace cuando se tiene voz
El antecedente en el que estoy pensando es el de la Campaña Nacional contra la pobreza del FRENAPO del año 2001. Desde la izquierda ha habido críticas tanto a sus propuestas como a su conducción, y sin embargo se trata de una experiencia a repensar. Pero a la vez marqué la suposición de una correlación de fuerzas desfavorable. Aquí habría aún más diferencias hacia dentro de la izquierda. Se puede suponer una eterna crisis o descomposición del partido de gobierno y entonces no habría nada que preguntarse. Y sin embargo, vemos día a día cómo la legitimidad de la cúpula del estado puede erosionarse muy poco ante los enormes desafíos que le planteó la realidad (y no la “oposición”). Parece que fue hace mucho, pero tal legitimidad se erosionó muy poco a continuación de que su política ferroviaria matara 51 personas, hiriera 700 y sus ministros no hicieran otra cosa que atacar a las víctimas. Otro gobierno o el mismo gobierno en 2009 no podría haber salido indemne de algo así. Y no obstante, la jefa de estado salió de su silencio en un acto oficial vocalizando “me chupa un huevo” (aunque literalmente haya dicho “vamos por todo”). A lo largo del año han venido otros obstáculos (incluyendo los cacerolazos) a los que se ha saltado sin mucha dificultad.
Desde este lado es posible ver otras aristas de la correlación de fuerzas desfavorable. Si se va a una medida de fuerza, nos piden certificado de pureza para cada uno de los participantes, en un año en el que la “impureza” de ellos no sólo es la acostumbrada sino que han pasado a ostentarla (en este 2012 blanquearon su kirchnerismo y no tuvieron reparos en mostrarse públicamente no ya los caciques del PJ o lo más rancio de la burocracia sindical sino símbolos menemistas como Dromi, Manzano y Monetta -¿cuánto falta para que blanqueen a Isabelita?). No es el pedido de “pureza” lo que marca la correlación de fuerzas, sino la posibilidad cierta de que semejante cinismo tenga todavía efectos concretos a la hora de deslegitimar medidas de fuerza.
Si vamos al caso del FRENAPO, vemos una campaña que pudo al menos vincular una exigencia de derechos (por ejemplo, de asignación universal por hijo) con una “propuesta” de financiamiento. Algunas de las críticas que podría haber merecido en su momento hay que confrontarlas con la situación actual. Entonces, la pobreza no era algo que requería ser visibilizado; hoy (y hay algo aquí de efectivo giro a la derecha) está prácticamente oculta. (Incluso es materia de “confrontación” mediática: sólo puede verse en la televisión de “la corpo”.) Lo interesante sería plantearse si hoy no es necesario crear una voz, una campaña que pueda asumir a la vez la reforma tributaria (incluyendo aquí a la cuestión del impuesto a los ingresos personales), el reclamo por jubilaciones y asignaciones familiares y la necesaria visibilización de la pobreza. Por supuesto que encarar una campaña así para constituir una voz que impida un falso “procesamiento” de nuestros reclamos nos plantearía el obstáculo enorme de saber qué hacer con la dirección de la CTA y con sectores políticos como el FAP. Y no obstante, vale plantearse la hipótesis no para resolver la conducción política de antemano, sino para ver mejor en dónde estamos parados:
-El oficialismo impuso que temas como la pobreza y la deuda pública dejaron de ser cuestiones de debate público. ¿Podemos volver a colocarlas a fuerza de paros de trabajadores formales?
-El oficialismo hizo creer a propios y extraños (incluso opositores acérrimos) que existe algo llamado “asignación universal por hijo”. E incluso quienes saben que no es universal la llaman “universal”. Y, mientras tanto, algunos opositores se contentan con pedir que sea por ley.
-La no universalidad de las asignaciones familiares derivó no sólo en debates ridículos (como cuáles son las características qué deben tener los establecimientos educativos para no anular la asignación), sino sirvió recientemente para llevar a cabo el cómputo por pareja que en muchos casos implicó un ajuste nominal, ¡nominal!, de las asignaciones. Peor aún, tal ajuste pasó prácticamente desapercibido.
-El seguro de desempleo llamado por su nombre se ha licuado (para los trabajadores formales) hasta prácticamente desaparecer del panorama del sistema de seguridad social.
-La negación al más mínimo intento de gravar rentas financieras quedó (gracias a tanto “progresismo”) totalmente naturalizada.
Pero lo más significativo de ponerse a discutir la hipótesis de una campaña por la reforma tributaria, las jubilaciones y las condiciones de trabajo desde una perspectiva de clase trabajadora está en preguntarse por el sujeto social que podría participar. Este mercado de trabajo informal y segmentado (en conjunto con las tradiciones políticas argentinas) fomenta la separación de la clase trabajadora no ya en las condiciones de vida sino en su reconocimiento como tal. Así tenemos trabajadores caceroleros, trabajadores formales que “liberar” de las burocracias sindicales y trabajadores informales o desempleados que siguen corriendo a la supervivencia muy desde atrás. Y ante tal segmentación no podemos darnos el trabajo de ir a enseñarles Marx a los caceroleros ni de ir a pregonar solidaridad de clase en quienes están más sumergidos. Tiene que haber ocasiones concretas donde esa clase puede vislumbrarse aún en una situación en la que cueste llamarla por su nombre. Caso contrario, nos veremos obligados cada tanto a pontificar sobre lo reaccionaria que es la “clase media” argentina cuando los trabajadores de ésta tienen muy pocos elementos para reconocerse como otra cosa. Aquí también es objeto de discusión la historia de la CTA, nuevamente con independencia de sus conducciones. Mucho no pudo demostrar de superioridad respecto de la CGT (sobre todo luego de las últimas elecciones), aunque sí hay un elemento que no es menor: la tentativa de abrirse hacia “arriba” y hacia “abajo” del estrecho margen del sector formal de los trabajadores.
Dejemos de lado aquí la discusión sobre cuán “arriba” se puede ir (la idea de las participaciones de organizaciones de Pymes y de la FAA en el FRENAPO era consustancial con la crítica al “modelo” “no productivo” cuya insistencia hoy sería un error imperdonable). No estaría muy desacertado decir que la militancia sindical de izquierda en los últimos años se “cegetizó”. No me refiero a su ideología o a sus conducciones, sino al sector de trabajadores al que apunta. También es objeto de discusión la perspectiva de trabajo que ha tenido la izquierda para con la clase. Dicho en términos muy reduccionistas, se pasó de un énfasis en el trabajo con los sectores más precarizados (o directamente desempleados) a un énfasis en el trabajo en el sector formal. Obviamente ha habido cambios en el mercado de empleo, pero no puede obviarse la discusión aludiendo a una variación meramente contextual.
Hace poco más de un año escribí algo que trata prácticamente el mismo tema. No creo que las cosas hayan cambiado tanto:
A un gobierno que se dice peronista se lo puede atacar con el socialismo, pero no se lo puede refutar. Para refutar a un gobierno que profundiza la desigualdad [….] el socialismo implica la posposición eterna de la refutación. No se puede comparar este gobierno con anhelos que no tienen anclaje suficiente en el sentir popular, porque así damos por irrealistas los anhelos más posibilistas. El socialismo y este gobierno no son comparables. Tal inconmensurabilidad es un primer principio metodológico y político. Debemos marcar lo que hace este gobierno en tanto derecha, en tanto consolidación de la desigualdad, en tanto indiferencia respecto a la cristalización de la pobreza, en tanto alternativa represiva que ha llegado a récords de brutalidad (por ejemplo, ningún otro gobierno asesinó tanto en casos de gatillo fácil). Por supuesto que no es suficiente, pero nuestro realismo político y nuestra relevancia están en juego. Sin embargo, todo lo dicho no significa que las banderas socialistas deban ser arriadas. Significa que no hay una conexión directa y mecánica entre la crítica a lo existente y los anhelos de transformación social radical. Significa que esta conexión no se hace en abstracto, sino en base a una correlación de fuerzas ideológicas, una correlación que justamente hoy nos marca que estamos en una situación particularmente desventajosa. La estrategia de la concesión (bajo el eufemismo de disputar “palmo a palmo el terreno al kirchnerismo”) nos deja sin crítica y sin anhelos. Es cierto que la crítica “informativa” (casi positivista) ha demostrado también su insuficiencia. Lo que necesitamos es poner nuestras banderas socialistas no al servicio de la “reforma” del capitalismo argentino, sino como inspiración para que no sea soportable la situación actual del capitalismo argentino. Campañas como la que en otro momento realizó el FRENAPO por una Argentina sin pobreza, pueden ser retomadas y redireccionadas por la izquierda, teniendo en claro que nuestros anhelos de transformación social van más allá, pero siendo conscientes de que no podemos hacer lugar a estos anhelos si la dominación burguesa llega a un grado de legitimación tal que la pobreza aparece naturalizada y (a la vez) negada mientras un gobierno que se dice “popular” marca la pauta de lo que es deseable. Esto no implica que hay que conciliar nuestros anhelos con los anhelos de los retazos de la CTA, sino que a falta de una intervención concreta de denuncia del carácter radicalmente injusto de la realidad (intervención política y no sólo intelectual), siquiera la derecha de la CTA será capaz de imponer sus anhelos. Por ahora la estrategia del negacionismo viene funcionando muy efectivamente: nunca hay represión, no hay pobreza, no hay desigualdad, no hay gatillo fácil. Si la denuncia se mantiene por los carriles tradicionales, sólo podrá funcionar una vez que el oficialismo sufra un radical desgaste. Pero no se puede esperar. Mientras tanto habrá cada vez más “lúcidos” que buscarán en la “estrategia de la concesión” su pequeño lugar en el mundo que termina negándose a sí mismo (hoy ni Sabatella tiene tal pequeño lugar). Y cuantos más sean estos “lúcidos” más fuerte operará la publicidad oficial y habrá más subjetividades amoldadas para que el gobierno capee mejor cualquier próxima alteración política o económica (los casos Ferreyra y Schoklender son muy sugestivos al respecto).(Cómo cometer 29 errores y dar lugar a serias consecuencias políticas: a propósito de un artículo de Claudio Katz, agosto de 2011.)
El concepto de aristocracia se discute desde abajo
Entre tantas discusiones que nos debemos está el viejo problema de la “aristocracia obrera”. Y sin embargo, no puede ser nunca un debate que comience una millonaria como Cristina de Kirchner (como en su momento lo intentó). Discutir frente a millonarios sobre “aristocracia obrera” es como discutir sobre trayectorias de los partidos de izquierda frente a Toer o Feinmann. Los espacios son otros. Por supuesto que no pueden plantearnos elegir entre una supuesta “aristocracia obrera” (bajo una conceptualización que se desconoce cuál es) y la aristocracia de Puerto Madero. Y el problema en el fondo no es la elección y cómo uno elija (lo que requeriría primero de precisiones conceptuales). Este tipo de “dilemas” cuando dicen que te fuerzan a elegir, en realidad te fuerzan a no pensar.
Y mientras tanto veremos algunos economistas (como el preferido de Víctor Hugo) hacer cálculos sobre el impacto en el GINI del 82% móvil o de distintas modificaciones al impuesto a las ganancias. Sería lindo que los defensores de tanta “redistribución” comiencen por gravar la renta financiera antes de sentirse con autoridad moral de defender un esquema impositivo que a su vez nunca fue reivindicado como tal, en tanto se basa en la mera desactualización del injusto esquema previo. Nos muestran cálculos sobre deciles de ingresos a los que beneficiaría un derecho como las asignaciones familiares universales, desconociendo tanto la idea de derecho como el discurso que decía que ya existía la supuesta asignación “universal”. ¿Y las propias conveniencias? Un reclamo puede ser justo, independientemente de mi conveniencia particular a la que los kirchneristas embanderados con “los pobres” pretenden aludir con sus cálculos, amenazas e índices. Si no tengo hijos, ¿tengo que pedir por la eliminación de las asignaciones familiares? ¿No colaboraría así con que no se “desfinancie al estado”? Si estoy desempleado, ¿tengo que pedir por el aumento del impuesto a los ingresos personales para que al menos quedemos más parejos frente al GINI? Si, como los economistas kirchneristas quieren hacerme creer, tengo que guiarme por mi interés concreto inmediato, debería pedir por una brutal deflación que me valorice los pocos pesos que tengo en el bolsillo. ¿Ridículo no? Seguro responderán que es porque uno le hace el juego a la derecha que querría eso.
Lo importante es que uno pueda pensar en cierta idea de justicia. E incluso que pueda pensar la noción de igualdad en relación con la justicia de tal o cual reclamo. Si así no fuera, si no pudiera poner en relación, debería uno salir a atacar cualquier derecho existente que “desiguale” y/o “desfinancie” (no es raro que tantos miembros del partido gobernante hayan hecho fuerza por el arancelamiento universitario en los noventa –al menos, una vez recibidos). Y sin embargo, justicia o igualdad tienen que ver con qué sujeto pueda discutir tales conceptos. No tengo el menor interés en saber qué piensan de la igualdad los multimillonarios gobernantes ni los burócratas sindicales. Y así todo, quiero saber qué podrían construir los trabajadores a partir de esos significantes. Qué podrían pensar para terminar de reproducir una clase dividida en tres grandes sectores con pocas posibilidades de actuar en común.
La izquierda debería trabajar más en que la propaganda socialista penetre en la conciencia de todoas los trabajadoreas que en las dicusiones abstractas o en las mezquindades electorales.
ResponderEliminarEstamos perdiendo por goleada la batalla ideologica frente al gobierno. Nos está ganando en muchos casos con los mecanismos que vos describís.
Vamos por el armado del partido de los trabajadores!!
Como bien haces en la nota, la crítica y los debtes que tenemos que darnos deben ser fuertes y serios hacia adentro de la izquerda y de la clse obrera. Debemos trabajar fuerte para su fortalecimient0!