22 jul 2011

El tercio

Alejandro Blancovsky

...daos cuenta, por lo menos, de vuestra incapacidad de creer, puesto que la razón os conduce a ello y que, sin embargo, no podéis creer. […] Queréis llegar a la fe y no conocéis el camino; queréis curaros de la infidelidad y solicitáis el remedio: aprended de quienes han estado atados como vosotros y que ahora ponen en juego lo que tienen; son gentes que conocen este camino que quisierais seguir, y que están curadas de un mal del que queréis curaros. Seguid la manera como han comenzado; haciéndolo todo como si creyeran, tomando agua bendita, haciendo decir misas, etc. Naturalmente, hasta esto os hará creer y os embrutecerá.

Blas Pascal

I

Existe una creencia. La posibilidad de que el problema es “la mitad”. Supongamos que esa “mitad” sea uno de los problemas. ¿Qué pasa con las otras proporciones? ¿Hay algo más que ver que aquella mitad?

Alrededor de un tercio de la población argentina se encuentra en hogares que estadísticamente se definen como “pobres”. Aún cuando tal categoría estadística sea más que limitada, sería interesante saber cómo ha ido cambiando la situación a través de los años. Desde 2007 carecemos de estadísticas públicas, justamente desde el mismo momento en que se detenía la disminución relativa de la pobreza. ¿Por qué se puede asquear uno?

Algunos se asquearon varios años por la ausencia de estadísticas.

Algunos otros se asquean porque habría votantes egoístas.

Algunos se asquean por la persistencia de la pobreza (aunque a veces no quede claro si el asco es por los ricos o por los pobres).

Pero algunos –quizás los menos visibles– nos asqueamos por el juego que la dominación hace para transformar en virtud distintas carencias de la situación social. Hablaremos un poco de la pobreza, pero el tema fundamental de la hora no es ni la pobreza, ni la democracia, ni la crispación. Vuelve a ser el juego por el que se estabiliza la dominación política en Argentina.

La pobreza, como la precariedad laboral o el bajo salario real, son realidades que pueden ser esquivas a un gobierno. No se eliminan por mera voluntad (aunque habría que tener la voluntad). Para un proceso político puede importar más la construcción de poder popular que la evolución de ciertas variables estadísticas. La eliminación de la pobreza podría ser (aunque no lo viene siendo en Argentina) objetivo de un programa de derecha, una perspectiva bismarkiana que, según cómo se diagnostique la situación de la economía argentina, pueda dar tranquilidad y seguridad a todos los ciudadanos anhelantes de “paz”. Pero la contracara es más ambigua. Un eventual gobierno de izquierda podría no poder eliminar la pobreza (por eso hablábamos de la brecha entre la realidad esquiva y la voluntad), aunque sería necesariamente un objetivo de su programa. La realidad puede ser esquiva a izquierda y a derecha, mientras que el objetivo es optativo para la derecha y obligatorio para la izquierda. Aquí hay una primera diferencia.

Otra situación es cuando la realidad no es esquiva. De los últimos 8 años (que toman parte de las presidencias de Eduardo Duhalde y Cristina de Kirchner y toda la de Néstor Kirchner) hubo crecimientos por encima del 6,5% en casi todos los años (salvo el 2009). En seis de esos años hubo incluso crecimientos del producto por encima del 8%. ¿Es ésta una realidad esquiva?

Probablemente sea una realidad esquiva para eliminar la precariedad laboral o recuperar el salario promedio al nivel de principios de los setenta (si éstos fueran objetivos), en tanto se trata de realidades que tienen que ver con qué lugar estructural ocupa la fuerza de trabajo en este sector periférico de la economía-mundo capitalista. En cambio, la pobreza estadística es una realidad más atada a la coyuntura, sigue los cambios (las decadencias) estructurales a la vez que fluctúa según el ciclo económico y el nivel de gasto público social. Y fueron justamente el ciclo económico y las posibilidades fiscales de los últimos años las que habilitaban pensar no ya en el objetivo de eliminar la pobreza sino en la factibilidad de lograrlo. Lo podría haber hecho un gobierno con sensibilidad social o con “sensibilidad bismarkiana”. Hoy sabemos que siquiera es objetivo de la mayoría del arco político del sistema.

La política de reducción de la pobreza tenía tres caminos principales para orientarse. El entonces limitado programa del FRENAPO de eliminación de la pobreza por vía de un “shock redistributivo”, el neoliberal de “dejar que las cosas se acomoden” y el que llamamos bismarkiano de actuar para estabilizar la dominación. El duhadismo y el kirchnerismo optaron por tomar algunas consignas de la primera opción (“Plan Jefas y Jefes” con Duhalde y “Asignación universal” con Cristina de Kirchner),[1] mientras desarrollaba una política que combinaba las otras dos opciones: había que aumentar el gasto social (junto con otras políticas más típicamente bismarkianas de cooptación y, sobre todo, represión) mientras se esperaba que el ciclo económico y la fuerza de trabajo abaratada pudieran lograr que sea el mercado de empleo el que vaya sacando de la pobreza progresivamente a cada vez más hogares. Como buenos menemistas no tenían problemas con este último camino. De hecho han llegado a compararse los períodos de recuperación de 1990-1994 con el posterior a 2002. Si bajo el ministerio de Cavallo había podido descenderse la pobreza de los niveles dejados por los procesos hiperinflacionarios, bajo los ministerios de Lavagna y Miceli pudo realizarse algo parecido[2].

Es entonces que no fue raro que los resultados de dos procesos políticos diferentes pero con las mismas políticas (y muchas veces los mismos funcionarios) hayan dado lugar a variaciones estadísticas muy similares. Los cuatro años de recuperación de principios del gobierno de Menem son perfectamente análogos a los cuatro años de recuperación posterior a la depresión de 2001-2002. En el primer caso el producto creció un 40% (entre II trimestre de 1990 y II trimestre de 1994). En los cuatro años entre el II trimestre de 2002 y el II trimestre de 2006, el producto creció un 38%. Y como decíamos, la pobreza fluctúa en torno al ciclo (ejemplificamos con indicadores para el Gran Buenos Aires). En el primer caso cae 26 puntos, mientras que en el segundo 20. Y si bien la reducción de niveles más altos facilitaría una baja porcentual más pronunciada, ocurrió lo contrario: esas caídas representan reducciones de las tasas de población pobre de 62% y 41%, respectivamente. Es cierto que la reducción más reciente se presenta como “victoria” de los sectores populares, en oposición a “los noventa” (quizás la segunda presidencia de Menem). Pero a la vez, no son pocos los menemistas que pululan hoy por despachos oficiales (como los Kirchner o Filmus). Quizás guarden la íntima convicción de que en su momento Cavallo lo había hecho mejor. Gente sin swing.

Desde la intervención al INDEC en febrero de 2007, la pobreza vuelve a aumentar. La falta de estadísticas públicas no nos permitió que se pudieran seguir comparando la situación actual con los resultados obtenidos por la “derecha” en momentos en que éstos tenían un ciclo económico más planchado y una situación fiscal (luego de pagar la deuda) mucho menos holgada.

II

La situación actual de la dominación política en Argentina es una en la que desaparecen los problemas reales. Desde que una parte de la población impone como tema del momento su pelea con fantasmas, no queda lugar para discutir qué está pasando efectivamente. Qué está pasando en términos de pobreza, de esquema productivo, de represión, de gatillo fácil, de reivindicación estatal del setentismo (pero no del montonero, sino del vandorista[3]). Que la pelea ocurra con fantasmas no quiere decir que no haya intereses tras los fantasmas. Pero una vez que los intereses reales (y competitivos a la vez que conciliadores, como fue siempre en la historia del capitalismo) son constituidos en amenazas, no queda más remedio que decretar la impunidad para el resto de los intereses. Así, la Sociedad Rural destituyente y partícipe de la dictadura es un fantasma de la complicidad con la dictadura que indulta la participación en la dictadura (que le rindió muchos más beneficios) de la Unión Industrial Argentina (que, por cierto, tiene aún más “méritos”, en tanto creadora y principal beneficiaria de la deuda pública externa).

Así, es verdad que Buenos Aires nunca estuvo tan envuelta en misterios. En fantasmas. El PRO es una fuerza de derecha, una de tantas. Su existencia y su ascenso no nos impidió salir a la calle para denunciar a la UCEP, a Palacios, a la Metropolitana, mientras que Páez y todos los que son como Páez se sentían tranquilos porque las patotas fascistas de la UCEP nunca los afectarían mientras caminaban por sus barrios de Recoleta o Palermo. Gente egoísta. Es lo que dos tercios de la Ciudad de Buenos Aires quiere, aún cuando vote de distintas maneras. Para colmo, una gran parte de ellos han logrado las vías de ocultarse la vergüenza de saberse mezquinos.

El PJ es una fuerza de derecha, pero no es una de tantas. Ha logrado una legitimidad para tener patotas fascistas sobre las cuales nunca se pone el ojo (se llaman Policía Federal, bonaerense, de Formosa, etc.). Ha logrado durante la actual presidencia el récord de casos de gatillo fácil desde 1983. Ha logrado despegarse de cada uno de los actos. Muchas veces no existen (porque, aquí sí vale la comparación con el nazismo, el negacionismo es la política predominante): “no hay represión” (lo mismo que no hay pobreza…). Y cuando hay hechos inocultables muestran también la misma capacidad de tergiversar la realidad. Cuando se rastrean las pistas que van del asesino a sueldo al responsable político, tiene una capacidad que pocos tienen de plantar pistas falsas. Cuando Favale aprieta el gatillo, hackean la página del diario El Cronista para sugerir que el pagador fue Duhalde. O realizan operaciones mediáticas que dejarían pasmado a Magnetto sugiriendo, por ejemplo, que Duhalde conspira con el trotskismo al mismo tiempo que el propio duhaldismo habría mandado a matar un militante de la supuesta conspiración. ¿Macri es peor? La cuestión no es si Macri es peor, la cuestión es que es más torpe (su apologista de la dictadura no pasa –Abel Posse–, mientras que el PJ no tiene problemas en incluir a ex espías de la dictadura –Juanjo Álvarez, Gerardo Martínez). Lo mismo vale para Clarín y tantos otros. El enorme peso que tiene la dominación política sobre la población no lo marca quién es más torpe, sino quién es más eficiente (quien tiene las riendas del dolor, la ignorancia y la hipocresía de este país). Efectivamente, cuanto peor, peor.

III

Lo invisible de un campo visible no es, en general, en el desarrollo de una teoría, cualquier cosa exterior y extraña a lo visible definido por ese campo. Lo visible está definido por lo visible como su invisible, su prohibición de ver: lo invisible no es simplemente, volviendo a la metáfora espacial, lo exterior de lo visible, las tinieblas exteriores de la exclusión, sino las tinieblas interiores de la exclusión

Louis Althusser, Prefacio de Para leer El Capital

Del ruido de los últimos días para no discutir qué está pasando en Argentina, sobresalen muy pocas cosas. Aquí hay que plantear la existencia de distintas tradiciones ideológicas que sirven para interpretar la realidad. Dejemos de lado la tradición restante (¿liberal?) aparecida en boca, por ejemplo, de Filmus a la hora de despegarse de la confesión kirchnerista de Fito Páez. Tradiciones diferentes que hay que entender en términos de elementos ideológicos, no de “cosmovisiones”, “imaginarios” o de cualquier otro tipo de concepto que termine achatando las distintas resonancias discursivas. La mejor continuación de la intervención ideológica de Fito Páez es la de Norberto Galasso («Carta abierta a Fito Páez»). Galasso opera de clarificador de lo que implica la tradición nacional-popular (le aclara a Páez algo que Páez no necesariamente hace mal). En contraste, hubo muy pocas referencias a la corriente opuesta, socialista, entendiendo que se incluyen aquí al marxismo y a casi todas las corrientes anarquistas (con la excepción del anarcoindividualismo). En tanto hubo pocas intervenciones en este sentido, es de mencionar la nota de Atilio Boron («Sobre el asco y otros sentimientos») en la que, elípticamente, aparece algo que es fundamental para cualquier pensador que se diga marxista: la dominación.

Elípticamente decimos, en tanto la dominación política aparece licuada atrás de los dominantes, mencionados (al mismo tiempo) de forma muy concreta (sin referir a la dominación) y de forma muy abstracta (sin mencionar quiénes son): “Lo que corresponde no es insultarlos por ser las peores víctimas del capitalismo sino tratar de desentrañar los mecanismos psicosociales mediante los cuales deciden apoyar a un partido o un candidato que representa los intereses de sus opresores.” “En vez de enojarse con la gente que piensa y actúa sometida a tan nefastas influencias sus esclarecidos críticos deberían dirigir sus dardos a las clases dominantes que manipulan estos recursos para perpetuarse en el poder. Es elemental distinguir entre unos y otros, entre la masa de la población y los líderes que la explotan, reprimen, confunden y des-educan. Criticar acerbamente a las víctimas de un sistema no es progresista sino reaccionario.”

Decíamos de forma muy abstracta, en tanto no se sabe quiénes son las “clases dominantes”, en la medida en que se habla de ellas, pero no se hace referencia alguna a qué lugar ocupa allí el bloque actualmente en el poder (y su relación con el partido orgánico) al tiempo que se oculta el lugar del partido específico que detenta el gobierno del estado (el PJ).

Pero la diferencia salta a la vista con la visión de los nacionalismos-populares. Las ausencias y elipsis del discurso de Boron (sintomáticas) son aquello que el discurso nacionalista-popular oculta de forma sistemática: “las minorías privilegiadas utilizan todo su poder para dominar a los sectores medios, para ponerlos de su lado, para infundirle falsedades. Jauretche lo llamaba la «colonización pedagógica».” Es justamente la idea de “colonización” la que ocupa un lugar central en el nacionalismo-popular. La oposición entre manipulación y verdad hace de la dominación política una constante no nombrada, hace de las “minorías privilegiadas” sectores malignos que no se dividen según una línea de clase, hace de la explotación algo inexistente al ser oculto tras la diferencia entre sectores “nacionales” como la UIA y sectores de la “oligarquía” cuya definición es la del número (“la minoría”) más allá de las relaciones sociales de producción. Por eso “no hay que confundir al enemigo, Fito. Si hay que tener asco, tengámoslos a los responsables del aparato mediático y cultural, los que tergiversaron la Historia y la economía, los que robaron la capacidad de razonar a muchos compatriotas…” Extraño iluminismo que se desconoce como tal y que hace de la “capacidad de razonar” un resultado de la mera manipulación por parte de minorías (según una sociología política que deriva de la “sociología de los pequeños números”).[4] Así, la realidad social no es producto de correlaciones de fuerza, sino de la mera manipulación (Durán Barba no estaría en desacuerdo). Y así, la oposición a la supuesta “minoría privilegiada” sólo puede darse por vía no de una contrainformación (que fue la tradición de ciertos medios alternativos), sino por vía de una contramanipulación: “Usted tiene que avivarse (vea 6,7,8, escuche a Víctor Hugo).”

La otra cita de Jauretche que elige es el mayor acierto ideológico de su nota. En su carta a Páez cita: “Se lo aconsejo yo, que no me creo un vivo, sino apenas un «gil avivado».” El problema es que el avivado sigue siendo un gil. Para muestra basta un Galasso...

La idea de “colonización” (aún cuando aparezca como significado de un significante ajeno a ellos como “imperialismo”) es la forma de “resistencia bienpensante” de quien es incapaz de razonar en términos de estructuras, de procesos históricos y de correlaciones de fuerzas. Pero se trata de una “resistencia” que puede ser ideológicamente dominante (como lo es hoy en Argentina, antes, durante y después del triunfo de Macri). Paradoja de resistentes que no resisten ni ante la burguesía ni ante el estado, en tanto que sólo “resisten” a sus propios fantasmas. Por más que hoy (de manera incluso más cínica y peligrosa de lo que lo habían hecho sus antecedentes de los ochenta con Portantiero y De Ípola a la cabeza) haya intentos de una nueva apropiación “populista” de Gramsci, lo único que tienen para ofrecer no es la “descolonización”, sino la “contracolonización”. Y estas intentonas (aunque no es el caso de Galasso que no gusta de leer a europeos) sólo pueden ver las correlaciones de fuerzas en términos de enfrentamiento entre elites, en tanto que la construcción de “voluntad nacional-popular” es la contramanipulación de aparatos políticos (todo lo “popular” que se quiera) de la burguesía (empezando por el PJ).

Cuando hay “colonización”, no hay dominación de clase. El escenario “post-colonización” es la utopía de la extinción de la minoría manipuladora a través de la conciliación de clases. Y así, se puede ser todo lo “crispado” e “irreverente” que se quiera (como les legó Jauretche) al precio de ser conservadoramente utópico.

Cuando hay “colonización” no hay estructura económica. Si hay ganancias extraordinarias sólo son de aquellos que “colonizan” (la “oligarquía”, por ejemplo), y es imposible ver (las tinieblas interiores) que puedan existir ganancias extraordinarias de quienes quedan ocultos tras la utopía de la “contracolonización”.

Y en términos internacionales, cuando hay “colonización” suele no haber imperialismo. Suele haber circulación de plusvalía, plusvalor global e intercambio desigual sólo porque existen “personeros” y no porque existen estructuras locales y mundiales que económica y políticamente favorecen cierta distribución del plusvalor.

Pero decíamos que no hay que tomar tales elementos ideológicos como “cosmovisiones” o como “imaginarios”. Se trataría de formas no prácticas (teóricas, escolásticas) de entender la ideología. Siempre hay resonancias del discurso del otro. Carta Abierta, por ejemplo, usa magistralmente resonancias ajenas (marxistas, por ejemplo) para su ideología conservadoramente utópica de estabilización de la dominación política. El propio blog de Boron es un arcoíris de resonancias contradictorias, unas pocas rojas, algunas rosas (y no de Luxemburgo, justamente) y cada vez más celestes (¿o habría que decir blancas?). Incluso ese tipo de resonancias se encuentran en cada teórico (por poner casos actuales, son, por caso las resonancias del nacionalismo-popular las que separan a un ambiguo Amin de un marxista como Wallerstein). En cada época histórica se juegan las resonancias diferentes, lo cual no es ajeno a la correlación de fuerzas ideológicas. Los peligros del momento están constituidos por un proyecto político de radicalización (y no en el sentido de Laclau) de la democracia burguesa aplicando el consenso estatal y la contramanipulación para aplastar cualquier atisbo no ya de pensamiento alternativo, sino para aplastar cualquier gesto de poner la mirada sobre la realidad social (de poner el ojo sobre la pobreza, la represión o sobre el pasado “intachable” –como dijo Giardinelli– del menemista Filmus). Efectivamente son sus “tinieblas interiores” las que construyen hegemonía, y las otras alternativas que ofrece la democracia burguesa terminan siendo no ya la manipulación que ve la ideología nacionalista-popular, sino la contramanipulación de segundo grado, la respuesta especular a la propia manipulación que es muchas veces débil para con sus propios objetivos políticos, a la vez que muchas veces beneficiosa para la contramanipulación de primer grado, la que es efectivamente hegemónica.[5] Y son aquellas “tinieblas interiores” las que constituyen el kirchnerismo en una secta, no como las que ellos acusan en tanto macartistas, sino una secta masiva.

IV

Fito no necesitaba ser instruido por Galasso. Por eso Althusser gustaba de esa frase de Pascal que marcaba justamente a la ideología como práctica y no como “cosmovisión”, “imaginario” o “ideas en la cabeza”. Arrodíllate y creerás. Allí está el triunfo ideológico de cada iglesia, de cada secta. Fito mostró sus propias tinieblas, hizo lo que debería haber hecho cualquier kirchnerista (cualquier creyente) que no tenga responsabilidades políticas directas: creer que atacaba a la derecha en tanto lo que hacía era quejarse por cierta inefectividad coyuntural de la contramanipulación mientras ratificaba que de ciertas cosas es preciso callarse. De que hay que hablar de la mitad, en tanto que no se puede hablar del tercio de personas que siguen bajo la pobreza. De que hay que hablar de la mitad que vota a favor en las urnas de la policía metropolitana, mientras no se puede hablar de quienes votaron por la gendarmería y de quienes (con responsabilidad política de ser legisladores) levantaron la mano por la metropolitana de Palacios (y así le entregaban una fuerza policial a alguien que –en un contexto electoral– dicen que es fascista). De que hay que hablar en la efímera coyuntura electoral, pero callarse cada vez que la clase dominante obtiene seguridad jurídica para aumentar los precios, superexplotar la fuerza de trabajo y fugar capitales.

Por supuesto que el camino no es el de enfrentar las contramanipulaciones oficialistas y opositora agregando una contramanipulación de tercer grado que ponga ciertos medios de propaganda (que por cierto no tenemos) en línea con un proyecto político socialista. El objetivo es actuar para torcer las correlaciones de fuerzas que sólo mediadamente se expresan en el terreno electoral. De hecho ellos lo saben bien, y por eso actúan como actúan, por eso ponen la (contra)manipulación al servicio de sus sucesivos avances en la correlación de fuerzas ideológicas y al servicio de la estabilidad de la correlación de fuerzas entre clases que hace que la burguesía nunca haya tenido menos miedo que con el kirchnerismo. Y ponen sus pequeñas elites para ese proyecto en el que son mucho más efectivas que las elites que intenta favorecer (las más de las veces sin lograrlo) la contramanipulación de segundo grado.

Sin construir organización clasista y cultura de izquierda, volveremos a ver el temible espectáculo de que nos quieran forzar a elegir por el “mal menor” unos asqueados que están tan encantados con esta realidad de miseria, desigualdad, pobreza y represión que sólo se pueden asquear una vez cada cuatro años.

[1] Habría que ver si lo que entonces era limitado (y bajo una dirección más que limitada, como mostró en los años siguientes la CTA), hoy (luego de una efectiva derechización que se desconoce como tal) no sería bastante disruptivo. “El Gobierno está implementando un llamado «salario básico de inclusión»con el que dice lograr dos cosas:

”1. Que cada jefe de familia tenga un ingreso mínimo de 150 pesos al mes.

”2. Que ese subsidio sea distribuido con equidad y transparencia, a través de crear consejos consultivos de amplia participación a escala municipal.

”Con esta idea se dice que se satisface conceptualmente un reclamo del Frenapo, que pedía 380 pesos por mes para todo jefe de hogar desocupado y 60 pesos por hijo. Se señala que el pedido era sensible, pero que se otorga aquello que los fondos disponibles permiten.

”En realidad, lo que se ha hecho es bastardear el tema, ya que el sistema a implementar más que incluir, consolida la exclusión. [...]

”Sin embargo, la decisión del Gobierno pone contra las cuerdas a una movilización popular tan valiosa y masiva como la que el Frenapo generó. En efecto, sus representantes serán llevados a planteos pseudosindicales, reclamando aumento del subsidio, pero sin poder cuestionar la esencia, porque es inevitable reconocer que la arquitectura de lo aplicado es similar a lo demandado.

”...El Gobierno maquilla las consecuencias con 150 pesos por mes.” Este diagnóstico (que sería aplicable en igual medida a la “Asignación de Protección Social”) es de un economista frepasista que sería luego funcionario kirchnerista (tras renunciar, por supuesto, al darse el lujo de análisis semejantes). Enrique Martínez, «Al FRENAPO con cariño», Página/12, 11/2/02.

[2] A veces las comparaciones se hacen mal. No se toma el ciclo económico (las recuperaciones), sino períodos de gobierno. Así la comparación de la elasticidad producto/pobreza que realiza Artemio López (mientras reconoce, aún delimitando mal los períodos, que en los noventa fue mejor), ¿es una confesión de impotencia o de menemismo? (Ver «elasticidad pbi/pobreza de menem a kirchner», 11/10/08).

[3] Desarrollamos este tema en «La memoria histórica, víctima del 24 de marzo», 24/5/11.

[4] La contradicción es solamente aparente entre el rescate populista del voto (el argumento usado contra la izquierda de que “tanta gente no se puede equivocar”, argumento que, por otra parte, omite usarse para hablar de “los noventa”) y la impugnación al voto mediada por la manipulación de la “minoría”. Aún para las versiones pretendidamente más sofisticadas (como en Laclau), ¿el populismo no sigue siendo la forma en que un pequeño número opera sobre los sentimientos populares? ¿No son acaso la articulación hegemónica de Laclau o la contramanipulación que propugna Galasso llamados a la “astucia” del líder? La cuestión aquí no es la de negar la enorme desigualdad en apropiación de la política en tanto tal, sino en dónde se ubica la causa de la desigualdad. Para el materialismo histórico (y no hay que olvidar aquí los trabajos de Pierre Bourdieu sobre política, cultura y clase), el problema está en la desigualdad estructural, no en quién tiene la “manija” de la “astucia”.

[5] La hegemonía mediática no se mide (como creen los kirchneristas, empezando por 678) en los centímetros cuadrados dedicados a una campaña específica (Páez o Vargas Llosa, por ejemplo), sino en la posibilidad que tienen distintos medios de construir realidad. Y entonces hay que ver no quién tiene más medios, sino quién es más efectivo. En el caso de contramanipuladores de primer o segundo grado, no quién tiene más tirada, sino quién desvía mejor, quién planta más pruebas falsas, quién sentencia más impunidades. Frente a la torpeza de los contramanipuladores de segunda (aquí sí vale la expresión), uno puede contraponer la efectividad de algunas campañas oficiales. Algunas son efectivas pero burdas (como la ya comentada que originó la enorme campaña macartista del verano pasado), y otras son sofisticadas como en el caso de Vargas Llosa. Aquí operó plenamente la división del trabajo discursivo. La nube de intelectuales llamó al combate directo a Vargas Llosa recibiendo los aplausos de los que se felicitan por el supuesto “retorno de la política”. Una vez otorgados tales aplausos, la presidenta llama a la “libertad de expresión”. Y listo. Hasta al próxima. Si el kirchnerismo desde el vamos no se diferenciaba de Vargas Llosa tenía menos por ganar que haciendo el doble juego que efectivamente hizo. El error sería ver que el kirchnerismo es un discurso único (o doble) que actúa de forma homogénea (crítica errada que cometió Martín Kohan al ser invitado a 678). El kirchnerismo es un juego doble (lo cual es más complejo que un doble discurso) que tiene, a la vez, la responsabilidad de ser estabilizador de la dominación política de clase.

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