Alejandro Blancovsky
La autoinculpación
Extrañamente, hubo unas horas en las que el poder ejecutivo y parte de su oligopolio mediático actuaron bien (salvo el jefe de gabinete). Podrán seguir insistiendo en que la izquierda es incapaz de ver matices, de reconocer las cosas buenas o de distinguir entre distintas posturas políticas. Y siempre dirán eso, tengan o no referentes empíricos para hacer esa propaganda. Lo cierto es que por algunas horas del día miércoles el gobierno tuvo un discurso correcto. Al menos hasta que empezó el delirio nocturno de 678.
En las primeras horas, Néstor y Cristina Kirchner condenaron el asesinato y llamaban a que los responsables intelectuales sean alcanzados por la investigación penal. Uno de los pocos periodistas de Página/12 que reconoce matices decía en la edición del jueves 21: “Un dirigente de la UF, Pablo Díaz, se autoinculpó con brutal franqueza, seguramente sin quererlo. Reivindicó para un gremio el uso de la violencia legítima (que es monopolio del Estado) al proclamar que no dejarán cortar las vías. Esa conducta es ilegal, un ejercicio «justiciero» por mano propia. El comunicado de la UF también perjudica a sus firmantes. Nula contrición y autocrítica, sólo para empezar. Y una «confesión» inverosímil: se asume haber portado elementos agresivos pero no armas de fuego. La excusa es, a la luz de los hechos, una cínica afrenta a la inteligencia. Se pretende que hubo un enfrentamiento entre dos grupos: uno calzado, el otro con palos. Pero todas las balas (lanzadas con ímpetu homicida, como que hay otras dos víctimas en grave estado) impactaron en el cuerpo de los presuntos agresores. El sentido común, que hace sinergia con la trayectoria de los sospechosos, pone en el banquillo a los hombres de la UF.”
La cúpula del poder ejecutivo parece haber esquivado leer a uno de sus periodistas más lúcidos, al menos para recibir algo de sensatez (incluso la jefa de estado lo criticó, siendo la primera crítica del gobierno a un periodista de Página/12). ¿Por qué? O bien se limitó a reproducir la versión delirante de 678 o, más probablemente, se dedicó a cambiar la línea de intervención que había tenido el día anterior para pasar a ejercer una nueva línea de manipulación. Así aparece Duhalde y la línea bien coherente con que el gobierno juega a la desresponsabilización permanente. Cuando a Macri le aparece un espía, su desresponsabilización pasa por acusar que “se lo plantaron”. Aquí la situación análoga es más grave. Al gobierno le “habrían plantado” un asesino, una patota, un sindicato masivo y unas fuerzas “de seguridad” liberadoras de zona.
Así se llega a que la jefa de estado termine teniendo la misma reacción que antes había tenido (instintivamente) Pablo Díaz. Como bien decía Wainfeld, Díaz se autoinculpa del asesinato. Cuando el jueves 21, Cristina Kirchner (acompañada por el ministro Sileoni) da un discurso que da por saldado el viraje de línea, termina autoinculpándose por la zona liberada de Barracas. Nula contrición y autocrítica. Al contrario, felicita el rol jugado por la policía federal.
Si existiera la más mínima probabilidad de que haya estado Duhalde detrás del gatillo que fusiló a Ferreyra, qué sentido tiene felicitar el accionar policial. El kirchnerismo le pide a la población que haga la vista gorda sobre su participación en los hechos pero al mismo tiempo se autoinculpa. De otro modo, podría tener sentido discutir el rol del duhaldismo dentro de la CGT o podría tener sentido discutir si hay diferencias entre las formas de actuación de la UF y las de Camioneros. Pero, ¿por qué habría que intentar deslindar culpas entre el kirchnerismo y el duhaldismo, cuando una de esas partes ya se autoinculpó como parte integrante de la masacre?
Para la masacre de la semana pasada no bastaba con uno o más tiradores. El estado tiene que ser partícipe a través de, al menos, la complicidad policial. El domingo 24 se cita a Rodolfo Walsh: “Al principio el aparato es la simple patota, formada en parte por elementos desclasados de la Resistencia, en parte por delincuentes. A medida que las alianzas se perfeccionan, a medida que el vandorismo se expande a todo el campo gremial y disputa la hegemonía política, el aparato es todo: se confunde con el régimen, es la CGT y la federación patronal, los jefes de policía y el secretario de trabajo, los jueces cómplices y el periodismo elogioso.” Lo notable es que la certera descripción de Walsh es citada por Verbitsky, al mismo tiempo que se intenta desligar a la policía y al gobierno tanto de las patotas como del propio vandorismo. Y es pasmoso el cinismo con que se cita a este opositor consecuente a la burocracia sindical.
Pero por suerte aparecieron los intelectuales
Para que el panorama quede más claro aparecen los intelectuales. Como bien dice Ricardo Foster, “a partir de la 125, se generaron condiciones de debate político-social y político cultural inéditas en los últimos quince años” (nuestraCultura, septiembre/10). ¿Qué han aportado?
Tiene razón Aliverti (Página/12, 25/10) cuando dice que a la burocracia sindical violenta se la enfrenta “con militancia y con denuncia persistente”, pero sólo podrían tener sentido esas palabras si son apoyadas sobre una denuncia persistente de su órgano de prensa, de su partido o de su grupo de choque de ideas. Y justamente ha ocurrido lo contrario: aquellos que defienden las posiciones de Aliverti son quienes hace años omiten hablar de la burocracia sindical. Sus cañones se dirigen hacia el “grupo A”, el macrismo, Duhalde, el FMI o lo que sea. Tanto han jugado a la distracción permanente de la sociedad argentina, que poco pueden defender una política de “denuncia persistente”. Y esto es complicidad.
Así, Galasso intenta una tesis digna de Barragán: “Cuando un movimiento nacional y popular, como el peronismo, se desbarranca por un tiempo en la degradación –como ocurrió durante el menemismo– por importante que sea la recuperación, quedan siempre elementos residuales en el sindicalismo –hoy minoritarios– en los que continúan los vicios de burocratización, corrupción y patoterismo, así como rebrotan de su dirigencia política algunos traidores que pretendiendo hipócritamente recoger las viejas banderas, aparecen como «disidentes»...” ¿Tan poco valor tiene la palabra? ¿Se puede desconocer más de medio siglo de historia del “neoperonismo”? Para Galasso, parece que no hubieran existido Vandor, Rucci, la Juventud Sindical Peronista, la triple A, los acuerdos con los militares y un larguísimo etcétera. La manipulación de estos hijos de Menem (Kirchner, Boudou, Tomada, Filmus...) y Duhalde (Fernández, Sileoni, otra vez Kirchner...) en hacer un quiebre de la historia argentina en el año 2003, lleva a Galasso a una suerte de “borrado restrospectivo”. Realizar (en tanto dirigente político o en tanto supuesto intelectual) ese tipo de operaciones (mal llamadas) “orwelianas” (también) es complicidad.
El asesinato de Ferreyra deberá hacernos reflexionar también sobre la carga simbólica de aquel “gesto” (palabra que gusta tanto a los kirchneristas) de la jefa de estado fotografiándose con la remera de la Juventud Sindical Peronista. Probablemente sea un hecho más significativo que su antecedente, cuando otro presidente con algo que ver alguna vez con eso (mal) llamado “izquierda peronista” realizaba un gesto de “conciliación” análogo. ¿No es acaso más significativo que el abrazo Menem-Rojas, aunque más no fuera porque los “ahora perdonados/reconciliados” de los setenta dejaron más muertos que los de los cincuenta?
Otra vez Goebbels
Cuántas veces se habrá citado la conocida frase de Goebbels para descalificar ciertas estrategias propagandísticas? ¿Habrá que hacerlo una vez más? Es, sin embargo, necesario remarcar la asiduidad con que funciona la estrategia publicitaria de las repetición. Basta con ver eso que se llama 678, para ver el nivel de destrato hacia el televidente con que se manejan ciertos “informes” de la productora del ex pro-ruralista Diego Gwirtz. A veces, generan una situación de confusión mental más propia de la música electrónica que de un programa que (como diría la intelectual Florencia Peña) deja libertad “para pensar”.
Dejando de lado esas bajezas propagandísticas, hay que notar la particularidad de “no reprimir” que ciertos intelectuales (además de Florencia) atribuyen a este gobierno. El mismo miércoles 21, antes de que la policía federal habilitara la zona liberada, la bonaerense cruzaba el riachuelo para disparar balas de gomas contra los manifestantes.
La idea de que este gobierno “no reprime” es cosa de tilingo porteño que (al menos) desconoce lo que ocurre cruzando la General Paz. El gobierno no reprimiría con las fuerzas federales, pero da carta libre para las fuerzas provinciales. Los muertos de Sobich son de Sobich, los muertos de Kirchner serían de otro. O de nadie. Para que la represión de las policías provinciales pueda llegar a todo el territorio quedaba el problema de la jurisdicción que no tiene policía. Así, se explica que el kirchnerismo haya votado la policía de Macri. Y mientras tanto, todas las policías provinciales del oficialismo no estarían bajo el mando kirchnerista, empezando por la bonaerense. A fin de cuentas, Scioli es kirchnerista en las elecciones, pero ante el primer problema es un gobernador con “gran autonomía”. Las más resonantes desapariciones forzadas de los últimos tiempos son de la provincia de Buenos Aires. Los intelectuales ya las olvidaron y repiten que aquí no hay represión. Y eso es complicidad.
Pero estos porteños tilingos también desconocen lo ocurre en la propia ciudad, alejándose algunas cuadras de Plaza de Mayo. Barracas fue muestra de esto. Cuando al poder no le gusta una manifestación en el centro porteño, cierra el microcentro (como lo hizo en el 2005) o aparecen detenciones ilegales como hace poco en la 9 de julio. Cuando se dice que no se portan armas a las manifestaciones, se termina a culatazo limpio como en las inmediaciones del ministerio de educación ante el ‘peligro terrorista’ de 3 estudiantes haciendo un graffiti (15/9). Este tipo de desconocimiento es, nuevamente, complicidad.
Existe algo llamado responsabilidad política. Cuando el enorme operativo de Prefectura, la Federal y la Bonaerense asesina a Santillán y Kosteki estaba claro que el responsable político era Duhalde. Entender un asesinato político según la formalidad jurisdiccional es una estupidez (Duhalde era el responsable y no Solá, el jefe formal de una de las fuerzas “de seguridad” que gatilló en aquella jornada). Tanto es así que Duhalde reconoció tal responsabilidad política a la hora de decidir adelantar el fin de su gobierno. Al contrario, Néstor Kirchner, a partir del mencionado viraje propagandístico, le adjudicó la responsabilidad política a Duhalde. Y esto es el hecho más notable. Cuando hay un ejército intelectual-mediático que carece de los más mínimos escrúpulos aparece Goebbels, aún cuando sea en su fachada “progresista”.
La responsabilidad política de un asesinato político no implica necesariamente que tal responsable tenga que ser ajusticiado en la plaza pública o expulsado por la movilización popular. Puede no ser “responsable intelectual” del homicidio, y aún así seguir siendo responsable político. Pero la actual etapa del “progresismo” en el poder es una que carece de responsabilidad para cualquier problema que se presente. No es responsable ni por la inflación, ni por los asesinatos, ni por las desapariciones forzadas, ni por la sojización, ni por fusión Cablevisión-Multicanal, ni por la concentración mediática, ni por la concentración económica en general, ni por el desastre de la educación y la salud públicas, ni por el estado calamitoso del transporte público, ni por los negociados estado-UGOFE-Unión Ferroviaria, ni siquiera por la falta de monedas. Lo que el “progresismo” ha ganado en los últimos días (con invaluable complicidad intelectual) es que la represión o las zonas liberadas de su policía federal es también una conspiración ajena a ellos (o, quizás, un fenómeno “atmosférico”). Para eso sirve el “progresismo” en el poder, para encontrar nuevas formas de legitimar la muerte.

Me parece muy buena la nota. Creo que se puede leer en la misma clave la pelea actual con Moyano. Increíble al análisis del discurso oficial.
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