23 oct 2015

Se busca ballottage para "decidir" que estamos en la (fase) B

Alejandro Blancovsky

I

1) Los comentarios de baja gastronomía solo ocultan la baja política

A François Darlan se le atribuye una de las frases más revulsivas dentro del especial subgénero discursivo que tematiza la supuesta deglución de batracios. “Próximamente, estaremos en guerra junto a nuestros aliados naturales, los anglosajones. Mientras tanto, paciencia y silencio. Tragaré todos los sapos que haga falta.” Corría 1942 y el entonces Ministro de Armada del régimen de Vichy ya había sido desplazado como hombre fuerte del gobierno por su rival interno, Pierre Laval. Éste, en cambio, no participaba en tales licencias literarias, por lo que al colaborar con los nazis no les hacía perder el tiempo pretendiendo concesiones. 1942 fue también el año en que al “sapófago” le llegó su merecido ajusticiamiento y por lo que bien hubiese sido necesaria la máxima de Keynes corregida para aplicar sobre política: al corto plazo tú, sapófago, estarás muerto.

Sobre cualquier personaje podría escribirse una leyenda blanca, el texto oculto de quien añoraría algo diferente de aquello por lo que está actuando, o incluso más, de quien (como Darlan) podría no sólo añorar algo diferente sino (pretender) ordenar su actuación en términos estratégicos. Más importante resulta que esa sobreescritura de lo que se hace se pueda aplicar a uno mismo.

La economía de guerra del lenguaje que salta rápidamente los dilemas de la ética de la responsabilidad para ir al lema “paciencia y silencio” (no importa con cuánto ruido y “confesiones” de supuesto desagrado) suele no poder ofrecer más que la confirmación de la propia irresponsabilidad. Pero no se trata ya de una determinada ética. Se trata de un pequeño género discursivo que también coloniza a quienes pretenden analizar el comportamiento ajeno. La mishiadura se expande (pues bien, son tiempos de vacas flacas) y cualquiera puede verse envuelto en una suerte de ingesta de sapo de segundo grado.

Sólo resta consignar aquí que estos tiempos en que supuestamente el “sapo” se está “digiriendo” no darán fin a este desagradable género discursivo. El camino que Scioli pretende como exitoso es uno en que predominarán las leyendas blancas, los ajustes estratégicos (para que no nos invadan los buitres nazis, será preferible colaborar desde un régimen propio… resistir la amenazante ocupación financiera estilo 1942), es decir, el texto oculto de una revolución “nacional-popular” en la biblioteca plagada de restauraciones. El destino de esa parte del kirchnerismo que se cree “progresista” es ser a Scioli lo que buena parte del tiempo Verbitsky fue a Cristina de Kirchner, algo así como un “operador crítico”.[1]

Evidentemente, el enorme desafío de saber mencionar calibradamente todos los “giros a la derecha” de la derecha no pudo ser resuelto. El “giro de la derecha” hacia el apologista de la dictadura y defensor de los indultos Scioli, viniendo de la familia Kirchner, funcionaria de la dictadura y defensora de la dictadura. Inclusive, no se trataba de un desafío nuevo, producto del cambio de nombres en la cúpula del estado. Pasó antes, sin que cambien los nombres. El “giro a la derecha” de pagar deuda ilegítima a lo loco con la esperanza de endeudarse (Club de París, Repsol, etc.), viniendo de aquella añorada etapa del “desendeudamiento” de pagar deuda ilegítima a lo loco con la esperanza de endeudarse y quebrando el Banco Central (desde las órdenes de Rodríguez Saá de pagarle al Banco Mundial a los regalos al FMI de Néstor y así de seguido). La ingesta de sapo de segundo grado, es indicador de este problema no resuelto y un error que implica otro elogio inmerecido al kirchnerismo. Error que, con todo el futuro de derecha que efectivamente se nos avecina, trataremos en este artículo de no cometer.

2) Un orden bien ordenado

Otra vez estamos llenos de novedades, de “sorpresas” y de giros más o menos dramáticos. Y al fin y al cabo nada ha ocurrido. El tiempo de recambio parcial del elenco gobernante se nos acercó con un vértigo parsimonioso. Las estrategias han venido siendo estrictamente adecuadas a la realidad, produciendo así la realidad de la que estaban preñadas. Y ojo, no queremos pontificar aquí sobre la ausencia de verdaderos estrategas. ¡Al contrario!, los ha habido y en demasía. Uno de los lugares comunes típicos de la “autocrítica” corriente de nuestra argentinidad es aquél que dice “somos todos directores técnicos”. Pues bien, si algo ha ocurrido en el país de los directores técnicos es que muy poca gente “ha jugado”. Pero la situación política es tal que impone una trampa. Si para el fútbol somos estrategas en subjuntivo (“yo hubiese jubilado a Di María”) en este escenario somos estrategas en indicativo (“si no se defiende con línea de seis, estos perros nos llenan de goles”). El modo imperativo viene después, puesto que siempre el primer problema está en la constatación.

El escenario político de los últimos años ordenó las constataciones de la mayor parte de la población. La construcción del escenario político ha sido el gran triunfo del oficialismo y, por ende, las “reglas del juego” que jugadores más o menos dóciles debieron aceptar o (incluso para su bien, como Macri) abrazar. No tiene sentido discutir sobre la responsabilidad de una “grieta” ya dibujada en el escenario, ni sobre las conveniencias de cada quien en el anhelo de una (supuesta) “polarización” de complicidades cruzadas.

La iniciativa del oficialismo en marcar la cancha del escenario político en el que quedarán ordenados y “marcados” los distintos jugadores fue un acierto desde los primeros momentos. Las responsabilidades subalternas de quienes respondieron a tal iniciativa con una reacción espejada a una falsa imagen (en su momento, por ejemplo, toda la discusión sobre el “espíritu vengativo” de “estos montoneros”, y las versiones más o menos eufeminizadas de la misma estupidez) no pueden nunca soslayarse (ni ser perdonadas), mas tampoco entrar en una consideración de responsabilidades difusas que haga olvidar la muñeca que ha dibujado el escenario político.

El kirchnerismo es una ideología de ocultamiento del poder que tiene (aquí no es original) como uno de sus latiguillos la reivindicación llana de la democracia como mero procedimiento electoral. Y aquí ha mentido no sólo intentando recordar más de lo usual el momento extramundano de las elecciones, sino que ha insistido permanentemente en que un nuevo (y virtual) “momento extramundano” se encontraba (para bien o, sobre todo, para mal) a la vuelta de la esquina. La liturgia de la amenaza de “la derecha” implica (desde 2008) evocar los dos posibles momentos extramundanos. El régimen democrático reconoce explícitamente un solo momento que es el sagrado de la resolución electoral, que se opone –implícitamente y sólo en países donde ha existido tal experiencia relativamente reciente– al momento “demoníaco” del golpe de estado. Esos dos posibles momentos extramundanos son irreales por ser ajenos a la cotidianeidad (y en cierto sentido, al poder), pero difieren en que uno oculta el poder (bajo el mito de la soberanía popular), mientras que otro sesga el poder (bajo el mito de que a tal poder “demoníaco” se le resiste cotidianamente salvo en el momento –extramundano y extracotidiano– en que “pega el zarpazo” y se hace –de y por un “golpe”– con un estado que le era ajeno). Desde el 2003, el kirchnerismo colonizó la cotidianeidad con la amenaza del momento extramundano del ballottage permanente que podría dar lugar al “avance de la derecha” (“La derecha avanza: aguante Kirchner”, decían algunos grafittis, que bien admitían una segunda lectura) que nos podía llevar nuevamente al “pasado” (con las consecuencias ahistóricas que ya sabemos: de un día para el otro –y sin que exista ningún condicionamiento del contexto mundial– volvería el FMI a prestar plata, resucitaría Guido Di Tella para regalar ositos Winnie Pooh, Puerto Madero se vaciaría de militantes populares y un largo etcétera). Y el poder como efecto se restringiría al resultado de “bancar” o no al presidente electo, lo que quiere decir que se entendió (y esto fue claro en 2003-2007) al poder como mero efecto de las elecciones, es decir se negó el poder como causa (y se entiende que no era incoherente la idea de “transversalidad”). De esto se trata en su máxima pureza el ballottage permanente y por eso la amenaza interpeló prioritariamente a las voluntades individuales (desunidas y desorganizadas). El mapa de lo falso mundano construyó lo falso extramundano (la amenaza expresada en un ballottage irreal). Decíamos que hay que “volver” desde las elecciones extramundanas del 2011 a una falsa realidad mundana que configura también su propio momento extramundano (el ficticio ballottage, con quien convenga). Por eso el mantra del 54% no es suficiente: se debe a la vez recordarlo y olvidarlo.

El acierto que ha conseguido el kirchnerismo desde 2008 es el lograr la superación de su propia falsedad (su propia Aufhebung que más que conserva), combinando el falso ballottage permanente con la falsa “Semana Santa permanente” (ante la que hay que unirse –fundirse– y organizarse). La misma doble amenaza falsa (amenaza partidaria-electoral al mismo tiempo que amenaza de poderes fácticos pro-golpistas) construye en simultáneo las dos alternativas de momentos extramundanos posibles del régimen democrático, la sagrada y legal y la “demoníaca” e ilegal. Podían combinarse y vaya si han sido combinadas.[2]

Lejanos parecen haber quedado esos meses en que Massa representaba el supuesto “nestorismo” que se contraponía al ficticio “cristinismo”. Necesariamente se termina ofreciendo, con fe, con optimismo, una “vuelta a las fuentes” en cuanto a los mecanismos por los cuales el oficialismo interpela. La designación de Scioli como sucesor fue entonces (pero habría ocurrido lo mismo con Randazzo) el gran triunfo de la democracia argentina. No se trata de que ya no sean creíbles las requisitorias de posicionarnos ante el ficticio golpe de estado (la Semana Santa permanente), sino que han llegado a prescindir de la requisitoria.[3] Así, la situación de calma con que se acerca la transición política es el triunfo de la estabilidad del kirchnerismo, pero también la abolición de su mística distintiva de “tocar intereses” a aquellos que reaccionarían como “golpistas” y de resistir (exitosamente, por supuesto) ante tales “golpes”. Scioli ya estuvo entonces liberado de enfrentarse a esos “golpistas” antes de haber hecho ante ellos concesión alguna, ahorrándose (ahorrándonos) la necesidad de suponer ninguna “derechización” del oficialismo (derivadamente, nos perdimos de ver la necesaria “derechización” de otras glorias de la izquierda argentina como Randazzo o Uribarri…). No hay “derechización” del elenco político oficialista, ni corrientes una más a la derecha que la otra, ni una escisión entre distintas partes de él que pasarían a utilizar retóricas diferentes.[4] Es dentro de la retórica que hizo al kirchnerismo una experiencia histórica distintiva que se realiza la sucesión desde ballottage permanente pasando por la combinación de ballottage permanente con Semana Santa permanente para volver a un período de mero ballottage permanente. La evidencia de las ansias transformadoras del elenco gobernante siempre estuvo bajo definición del nivel de la amenaza que se le opondría[5], por lo que es la redefinición retórica del nivel de amenaza lo que actualmente disminuye (“derechización del proyecto”) las expectativas sobre las ansias presentes o (sobre todo) futuras. Y es lo lógico, puesto que en estos largos años el carácter transformador se saldó hacia dentro de la retórica ofrecida (independientemente de cuán verosímil sea). Y es que lo absurdo es buscar redefiniciones de tal carácter en función de las trayectorias ‘distintivamente’ (!) menemistas hacia dentro de un electo político plenamente menemista. No debería tener que aclarar que no hacemos una “fuga de la realidad” por un camino posestructuralista o (incluso peor) textualista. Abordar de forma materialista la retórica que realmente se impuso es necesario hoy para disponer (mas no como “base”) críticamente de las coordenadas sobre las cuales va a jugar el resto de la realidad material, incluyendo, por supuesto, el ‘destino’ (con fe, con optimismo...) económico.

La contracara (y al fin poco efectiva sobre la realidad) de todo lo dicho es que el abandono de la retórica de la Semana Santa permanente hace que no haya ninguna “kirchnerización de Scioli” que sea suficiente para compensar la nostalgia por la amenaza del golpe de estado con que muchos simpatizantes fueron “educados”. No es el (nada distintivo) neomenemismo de Scioli como sucesor oficial del neomenemismo de Cristina de Kirchner el que los deja en una situación de orfandad política, sino que es la involución de la escenificación política hacia el ballottage ya sin la Semana Santa permanente la que los deja en desamparo emocional. Y no obstante hay que agregar que tal desamparo no funciona para develar absolutamente nada, puesto que, más allá de alguna incomodidad, nadie llega a decir “me engrupieron todos estos años con eso del golpe y de los intereses tocados”. Es aquí que salta también a la vista la inutilidad de la idea de “relato” para comprender la realidad.

(Cuando estas líneas ya estaban escritas surgió la necesidad de referir a un nuevo episodio de nostalgia por la amenaza del golpe de estado. Su fugaz resurgimiento ‘atávico’ desencadenado a partir del fraude tucumano: la interpretación “progresista” de que había allí una desestabilización por parte de la oposición y (luego) un (más fugaz aún) “golpe judicial”. No creo que haya aquí contradicción con el camino del fin de la Semana Santa permanente que Scioli (como vuelta a los orígenes) justamente personifica (como decíamos, independientemente de sus características personales). Se generó una nostálgica “frutilla del postre” representativa de la época, lo peor del peronismo “feudal” interpelando las ansias explicativas de tantos progres por indicar dónde estaba la mano negra…)

Si la retórica que el escenario político hoy necesita pide la consabida mesura del ballottage que objetivamente –por “falta” de otras “opciones”– hace participar de la “derechización”[6], la retórica del discurso oficioso (lo que llamamos el “segundo discurso”) subjetivamente hizo sentir el desamparo de la “derechización” (algo que, objetivamente, se fue diluyendo). Lo importante no está en marcar las contradicciones que comete el segundo discurso cuando critica a su candidato como si no estuviéramos siempre-ya en segunda vuelta (las groserías de anciano despechado de Carta Abierta contra Scioli, por ejemplo). Lo fundamental pasa por el hecho de que cara y contracara siempre son la retórica kirchnerista que funciona siempre alrededor de sus personajes: es ajena a unos personajes que (empezando por Cristina de Kirchner) suelen no armar sus discursos en base a tal retórica. La retórica kirchnerista es el doble juego del discurso doble y es consistente que las trayectorias de los personajes (Cristina de Kirchner y Scioli en especial, pero vale lo mismo para las trayectorias de cada uno de los dirigentes –Aníbal Fernández es otro buen ejemplo) no sean materia prima de “derechización” ni de “profundización”.

Es entonces que esta “vuelta a las fuentes” del kirchnerismo fue el camino obvio, la consecuencia autoevidente, de la aplicación de la interpelación del ballottage permanente al escenario político dibujado. Si en la muñeca que han tenido para dibujar en nuestra vida cotidiana el “fantasma de la derecha” contra el cual “resistir”, justificando así que “cualquiera” es un mejor representante político “nacional y popular” al cual elegir, es lógico que ese cualquiera sea leído literalmente. Y ese cualquiera era Scioli porque justamente los ballottage son así. Siquiera (veremos más adelante) se trató de un candidato por descarte. Seguramente no haya sido el candidato que cual individuo prefería Cristina de Kirchner, en especial por el juego propio que se le pronostica (por eso Boudou era un gran delfín, no por su gran trayectoria de intelectual marxista durante los noventa que lo diferenciaría de Scioli…). Pero es Scioli el candidato acorde al Plan Ahh, a la aplicación de este burdo “nosotros y ellos” que no marcó nunca una línea de “amigo-enemigo” que remarcan tantos periodistas que suelen gruñir indolentemente sobre “fascismo” o Carl Schmitt, sino una pedestre situación (cotidiana, más allá de los períodos electorales) de ballottage, entre preferencias electorales virtualmente dicotomizadas que, más allá de un forzado griterío, no puedo representar enemistad auténtica alguna. Este ballottage permanente parecerá que puede (o no) encarnar en una real segunda vuelta electoral el 22 de noviembre, pero será totalmente falso que así sea como se encarne. El ballottage permanente, es (a diferencia de las segundas vueltas), la aspiración de reacomodar de nuestras preferencias (y derivadamente, nuestros juicios) en la cotidianeidad, incluso en los días en que no estamos en tiempos electorales. A eso jugó y juega el kirchnerismo. Y hay cierto patetismo ahora en que la oposición intenta hacer lo mismo: ya no sólo “preferí a Macri”, sino “reacomodá retrospectivamente cualquier juicio que puedas haber tenido sobre él”. Ganamos todos.

II

3) Las construcciones políticas que siquiera construyen candidatos

Un orden tan ordenado no suele fomentar la creatividad de los “jugadores”. O a veces la “creatividad” constreñida hace que las cosas se encaminen por el único camino trazado. Las legislativas de 2013 podían haber sido el momento para tomar más riesgos que ante las presidenciales o, al menos, para demostrar que se sabe hacer política. El caso más llamativo de la constricción que termina siendo “exitosa” estuvo en los intentos del PRO por colocar como primer candidato a senador nacional por Capital a alguien ajeno a sus filas. Más allá de las tentaciones con que se quiso cautivar a Lousteau, durante meses se supo que esa candidatura era para Roberto Lavagna. El fracaso de esa orientación (macrista-massista) llevó al PRO a recurrir a su bombera Michetti y terminar la fiesta con la poco sorprendente performance en la que promotoras-militantes de cabellos amarillos se sacaban las remeras en el escenario para mostrar la leyenda “Mauricio presidente” (¿sorprendió acaso que tal patético acting no sirviera ni para causar desagrado a ninguna señora votante de Macri?).

Sin dudas, plantear las cosas en términos de “creatividad” corre el riesgo de tratar arbitrariamente la arbitrariedad del elenco político. Y no obstante, hay que dejar constancia de que la lectura que predomina sobre este orden bien ordenado es la de un tipo decadente de determinismo de la insuficiencia (“siempre ganan los oficialismos…”) que suele rehuir de cualquier intento de explicación. “Acaso convenga ver en este episodio un síntoma de época, más que un capricho de personas.”[7] Cabría aquí resistir a la tentación de ver en esa suerte de “espíritu de época” el tonto determinismo, que por vía del concepto de la causalidad expresiva, Louis Althusser gustaba de calificar como “pereza intelectual”. La carencia de política para intervenir en las correlaciones de fuerza (que el idealista considera “insuficiencia de ideas”), regala la conclusión de una inversión de la causalidad: “Sin ideas, la política son los hechos consumados y la cruda relación de fuerzas.”[8] Al contrario, para entender las determinaciones siempre están primero las correlaciones de fuerza (¡y los hechos!). Las “ideas” no son aquello que permitiría saltarlas, sino lo que se hace con aquello que no se puede saltar. La insuficiencia fue insuficiencia de política. Casi que podríamos decir insuficiencia de fuerza. La principal idea que faltó es la de algún agrupamiento opositor al que se le prenda la lamparita para decir “hay que construir para disminuir esa insuficiencia de fuerza”. Con cierto desgano hay que decirle a Sarlo que en ese sentido el PRO le pasó el trapo a sus ideas.

Un fantasma recorre el último mandato, el fantasma del CEMA

Fueron necesarias pocas semanas luego de haber comenzado el último mandato constitucional para que se trunque la figura del delfín designado. El último mandato consecutivo posible del matrimonio Kirchner comenzó con un dedazo mexicano frustrado para terminar con un dedazo mexicano supuestamente forzado por la falta de alternativas. Y toda la frustración del primer dedazo manco recorrió como un fantasma el período presidencial. La existencia del delfín Boudou sirvió en un primer momento (por ejemplo para asegurarse no innovar con otro candidato en Capital Federal y dejando lejos –gracias al experimentado Filmus– todo riesgo de ganar la elección), pero también llevó a que el candidato natural del oficialismo tuviera una mayor exposición (incluso para ser visto –gracias a las “internas”– como alguien distinto). Más ambiguo es entonces el lugar entonces de este último, Daniel Scioli, que debió encarnar a la vez el lugar de la “continuidad” y del optimismo renovador. El fantasma del CEMA planteó en su momento un plan de ajuste, sobrevoló el período presidencial con sucesivas etapas de ajuste recesivo sin plan y logra hoy su cometido final, encarnándose en los ajustes que vendrán pero ahora con independencia del candidato al que se habrá de votar. Entonces Joaquim Levy se ofrece también en Argentina como candidato a Ministro de Economía de cualquiera que asuma. Es más, ya ganó.

Descartado Boudou como candidato, el Frente para la Victoria empezó una carrera en la cual cualquiera podía plantearse como candidato a presidente y (lo que es más importante) cualquiera podía ser reconocido como verosímil candidato a presidente.[9] Finalizando este único movimiento de acordeón, analistas de uno y otro signo daban cuenta de que lo que había faltado era la construcción de un “candidato propio”, aunque hubiese sido más exacto hablar de la falta de utilización del poder político para construir un candidato que (más allá de su “perfil” “personal”) sea reconocido como “propio” por unos y otros. Pero lo notable es que la constatación de esta carencia a propósito de un oficialismo que sí tenía y tiene candidato no suele tener su contrapartida respecto de una oposición apresurada a ir elecciones sin candidatos.

Por cierto, antes de ir justamente a esta falta de construcción, ¿se imaginan cuál hubiese sido el desarrollo de todo el género discursivo de la sapofagia en torno a la “esperanza blanca” de un candidato “liberal” si Cristina de Kirchner hubiera podido mantener a su delfín Boudou…? ¿Hubiese existido? ¿No estarían fascinados con la gracia con que Agustina enseña a hacer rodetes colorados? ¡Se vienen los rojos, Mirtha! ¡¡Los rodetes rojos!!

4) Cada uno lleva en su mochila el bastón de mariscal de la derrota, como dijo el General Sanz

La fortaleza de la figura presidencial (actual y potencial) de este rabioso presidencialismo pareciera imponerse sólo para quien está en el poder. La oposición formal[10] solamente supo hacer especulaciones aritméticas en torno a un virtual régimen parlamentario (incluso hacia dentro de los partidos, Sanz le gana a Cobos no como mejor candidato a presidente –“medía” la cuarta o quinta parte–, sino como mejor parlamentario para negociar la entrega de votos a un eventual primer ministro; Carrió hizo explícitamente campaña en las primarias a perder para negociar). Según lo que decíamos anteriormente, ¿estaba así determinado? Es aquí uno de los puntos nodales donde apareció la falta total de “creatividad”.

La supuesta desesperación por “recuperar la República” determinaba un esquema de enfrentamiento electoral a fin de constituir como poder ejecutivo algo parecido a lo que fue la mayoría opositora en la cámara de diputados a partir de 2009. Más allá de la diferente configuración de las listas, fue ese tono anacrónico el que coloreó la “estrategia” opositora. Es más, frente a la oferta electoral de una suerte de nuevo “Grupo A” en Casa Rosada, la candidatura a presidente de Scioli se presentaba más volcada hacia el futuro (y aquí es innecesario agregar “con fe, con optimismo”). Y la llamada construcción del candidato se posponía para tiempos de “normalidad republicana” en que tal cosa no sería ya tan relevante.

Pero la torpe búsqueda parlamentaria del potencial primer ministro no era todo, sino que se complementó con el total descuido de la composición de la cámara de diputados. Los interesados por “reequilibrar las instituciones” debieron haber tenido como principal objetivo evitar el peor de los escenarios, aquel de la continuidad del oficialismo con mayoría en ambas cámaras. La nueva etapa de “diálogo” que analistas y “jugadores” pronosticaban tenía como uno de sus argumentos la dispersión parlamentaria, gane quien gane la presidencia. La situación “de largada” en 2013 (más allá de todo lo que se pueda plantear a propósito de las encuestas) partía de un escenario electoral dividido en cuatro (FPV-PRO-FR-FAUNEN) para luego disminuir “estratégicamente” el número divisor. Así, se destruyó deliberadamente FAUNEN y luego pasó a languidecer el espacio político (todo lo horrible que fuera) que si bien no había construido un armado alternativo (en parte por no hacer más que confiar en el desgranamiento del oficialismo)[11], por lo menos había empezado a hacer aquello que hace cualquiera que quiere ser presidente por el voto directo, construir su candidato. Electorado dividido en cuatro, dividido en tres, luego (pretendidamente) dividido en dos. Los “estrategas” no sólo han permitido la situación en la que el oficialismo pueda continuar en la presidencia, sino que le han abierto la posibilidad (impensada hace un año atrás) de que mantenga la mayoría en ambas cámaras (paradójica es la denuncia –con toda la razón que se quiera– del garrochismo del eventual legislador surgido de las listas del Frente Renovador, la propia resistencia a la polarización del massismo oficia como una suerte de vía lenta por la cual se “devuelven” las bancas que obtendría el oficialismo en la situación anhelada de polarización).

Al referir a sus (únicos) antecedentes de triunfos pírricos, el parámetro de éxito anacrónico de esta oposición lo poníamos en 2009 antes que en 2013. 2009 representó para la oposición una protesta al gobierno y poner un freno concreto sobre el que se sentarían las bases para la construcción de algunos candidatos presidenciales que le podrían competir a un matrimonio presidencial que llegaría a las siguientes elecciones con la posibilidad constitucional de aspirar a la reelección. 2013, en cambio, y pese a estar en una situación de reelección vedada se presentó de manera mucho menos optimista, como un freno abstracto (como hoy) a aquello que ya estaba vedado y, por tanto , sin pretender funcionar como base para la futura (ausente) construcción de candidaturas presidenciales. Al contrario, el balance que hizo (hace) gran parte de la oposición de las elecciones de 2013 giró en torno de dos elementos muy poco propiciatorios en términos de delinear candidaturas. Por un lado, la falsa idea de que la reforma constitucional estaba a la vuelta de la esquina y hubo que pararla con cualquier tipo de alianza (¡para unas elecciones a diputados con sistema D’Hondt!). Y por otro, la idea de que lo mejor que dejaban las elecciones de 2013 era una experiencia “metodológica” de utilizar las (tardías) internas partidarias abiertas como método de zanjar las trabas con que el presidencialismo con voto directo obtura nuestro querido régimen parlamentario.

El bloque PRO-massismo fue el que más insistió en la amenaza de la reforma constitucional y el que todavía (con razón, para su justificación retrospectiva) se siente con legitimidad para repetir hoy el mismo argumento que fundamenta su trayectoria de alianzas pasadas.

En cuanto al rescate metodológico del 2013, quedó a la vista que no se reducía al discurso propagandístico con que FAUNEN quiso extender la experiencia de UNEN. Los liquidadores de ese armado llevaron a Cambiemos ese balance del 2013, “aprendiendo” justamente de la experiencia de FAUNEN (en especial, los radicales con su doble candidatura) que no hay que construir un candidato. Lo que terminó haciendo la UCR es militando en pos de la posibilidad de perder el puesto de primera bancada opositora en manos del PRO (la estrategia de la UCR no fue “defensiva” a fines de construirse como la versión argentina del PMDB –pronóstico que quedó muy optimista–, sino que fue meramente sacrificial).

El “laboratorio” de la Capital Federal había ejemplificado con UNEN un exhaustivo manual de lo que es desconocer la práctica política, cometiendo errores que no cometería quien se plantea una estrategia para ganar una elección de un colegio secundario.

-Para celebrar la llegada a Roma del ex cardenal porteño, incentivó el corte de boleta chupacirios. Cuando se supo que la cabeza de lista del PRO no sería Lavagna, no había ningún lugar para sorpresas¸ regalando mucho tiempo al reacomodo. Pero entonces, en lugar de hacer competir a Michetti contra otra “amiga del Papa”, Carrió, se le regaló el puesto a Solanas, para cumplirse su capricho de la banca del Senado en la que jubilarse.

-La expectativa de competir por los cargos propios se anuló bajo la “estrategia” (Carrió) de “los tres senadores para la oposición”, lo que se complementó con una débil segunda de lista en senadores y la ausencia de cualquier crítica a Santilli, que quedó ratificado como otro de esos peronistas que ganan gracias al “voto gorila de Capital” (dos años después, Rodríguez Larreta agradeció a los porteños ese repetido gesto de tolerancia).

-La jubilación de Solanas (exitosa estrategia –aquí sí no cabe ninguna ironía) legó una experiencia tan digna de ser replicada que incentivó luego parte de la “estrategia” electoral hacia el Senado de Luis Juez en Córdoba, antes de su Municipal Mystical Tour.

 

Mientras FAUNEN y luego Cambiemos pensó aritméticamente la política mirando el plano de los votos a presidente para así “sumar” legisladores que elegirían al futuro primer ministro, Massa miró el mapa político de la provincia de Buenos Aires para ver cuántos podrían cambiar de color. Dos versiones distintas de la política de los “hechos consumados”, es decir de la negación a hacer política. Ejemplos extremos de que el diálogo de cúpulas (concentrar legisladores para votar al premier, convencer intendentes para el garrochazo) pospone indefinidamente la intervención en la realidad con vistas a captar la atención del público. Se trata efectivamente de un país (como exagerábamos al principio) “sin jugadores”, en que sólo hacen política el peronismo (en todas sus expresiones), el PRO y sectores del trotskismo.[12] El lugar distintivo (respecto al resto de la oposición formal) que le cabe aquí el PRO tiene sus claroscuros al haber podido ampliarse, pero al costo de heredar de los radicales la especulación aritmética con vistas a votar primer ministro.

El cuanto al massismo, no podía hacer mucho mirando el mapa de municipios bonaerenses. Y entonces dejó de hacer política, porque había hecho toda su carrera “post-kirchnerista” montado sobre la profecía autocumplida y creyendo que eso sólo (a través del garrochazo) le alcanzaría.[13] Pues, obviamente, la profecía autocumplida no tiene fundamentos fuera de sí misma y la sola prolongación de su cumplimiento genera su profecía autocumplida en sentido inverso, la inevitabilidad del triunfo kirchnerista y, por tanto, el contra-garrochazo. Sólo se puso a hacer política en serio (“hablarle a la gente” dirían los vendedores de humo) cuando le llegó el agua al cuello. No voy a hacer un elogio, por supuesto, del contenido de la política, pero lo que hay que concluir es que en este escenario que se mantuvo tan estático hubo espacio para hacer política (esa es la modesta enseñanza que dejó Massa). Sólo había que animarse. Como diría el General Sanz, “¡animémonos y vayan!”

5) Yes, We can't!

Un panorama constreñido pero con ciertos resquicios para incidir, necesita ser recordado cuando suenan tantos llamados a la “responsabilidad individual” del votante. Sería demasiado benevolente con la realidad contrastar esos pedidos de “responsabilidad individual” con mi trayectoria (felizmente) “irresponsable” de votante (aquí creo que el análisis de izquierda suele pecar de abstracto). Es que han pasado por delante de nuestras narices fenomenales muestras de irresponsabilidad política de quienes tienen la obligación de presentar las opciones (de algo de esto creo que hemos hablado). Y es exasperante incluso para quienes no solemos considerar ese tipo de opciones.

La situación es visible y es tremendamente ridícula. Y así todo se trata de algo de lo que no se suele dar constancia. Un partido prácticamente municipal inflado con esteroides como pocos partidos lo han sido en la historia humana y que, con el ‘apoyo’ sacrificial de la segunda estructura partidaria nacional, pena por llegar al 30% de los votos, cual pesista olímpico al que se le están por quebrar las rodillas, sigue mereciendo comentarios en torno a nuestra “responsabilidad” de votantes con el fin de que alguna de las rótulas que salgan disparadas de aquél pesista traspase la barrera que abriría paso a la segunda vuelta electoral. Los engañosos pedidos de “responsabilidad” no suelen referir a actos eleccionarios del pasado que sirvan de moraleja (¡por suerte!). “Ustedes, anarquistas, trotskistas, funcionales al ‘régimen’, ¿no hubieran votado (¡agárrense!) por los republicanos para lograr la II República Española?” Más allá de los ejemplos, lo que siempre está en juego en los intentos aleccionadores es la idea de estar en una situación de ballottage (pues bien, ¡siempre lo estuvimos!, de eso se trata el ballottage permanente). El desesperado llamado del macrismo y (sobre todo) el radicalismo a subsumirse dentro de la “dos melodías” es un brutal irónico homenaje que se le hace al kirchnerismo que ha gobernado 12 años gracias al ballottage permanente y gracias al cual ha elegido justamente a su rival. Pero antes de regalarnos cualquier tipo de indicación (falsamente) moral, los ejemplos históricos deberían dar cuenta de la construcción de la situación política con más de dos posibles opciones y, sobre todo, dar cuenta de toda la ridiculez que define el escenario presente. Si estábamos cansados del menemismo, habría que haber votado en 1999 al pequeño partido de derecha que representaba la “nueva política” (Acción por la República). O si quieren (aunque los números del tercero en discordia hayan sido más escasos) olvidar la experiencia de la Alianza, en 1989 habría que haber votado al renovador Alsogaray.

¿No vale? ¿Los ejemplos históricos son incorrectos, porque los números de esas fuerzas fueron menores? ¿Por qué esas fuerzas chicas salieron efectivamente terceras (independientemente de que ganaron ambos gobiernos)? La pregunta que hay que hacerse es si se trata de ejemplos aritméticamente incorrectos o políticamente incorrectos. La matemática falla hoy, pero no porque la fusión de la UCD y Acción por la República haya hecho ahora mejor marketing; no porque estén hoy más despegados de la dictadura que con Alsogaray y Cavallo; no porque hayan “peronizado” la relación con sus “bases populares” (¡o el hecho de que ahora tengan “bases populares”!); no porque hayan lavado gran parte de su plataforma en el altar de la (hipotética) ambición de poder. La matemática falla porque hubo gente que hizo política a los fines de que esa matemática falle. Porque existió un Ibarra y, sobre todo, porque existió un Néstor Kirchner que sólo pudo completar su identidad de supuesto “progresista” a través de regalarle un distrito bien visible a un partido político que se ubique ‘estéticamente’ a su derecha. Programáticamente parece que Néstor no pudo aceptar aliarse en 2007 con alguien tan diferente como Telerman (eran tiempos en que las filas del Frente para Victoria tenía a indudables izquierdistas como Aldo Rico), pero sí hoy pueden hacer campaña presidencial para quien tiene como jefe de prensa a Telerman (¡¿es necesario agregar “para ganarle a quién auparon por no apoyar a Telerman”?!).

Volvamos al tema de la fallida construcción de candidatos para proponer un escenario alternativo que muestre una vez más la irresponsabilidad política con que llegamos a la situación actual. Una opción por fuera de los tres principales candidatos de hoy, podría haberse construido con otro nombre, otros tiempos y otra manera de pararse frente a la población. Tiraré del ovillo por el espinoso tema del financiamiento de campaña.

Todos los aspirantes menos obscenos (siendo generosos podríamos decir todos menos Scioli y Macri) podrían haberse mirado en el espejo de la creatividad publicitaria de Obama a propósito del financiamiento, esa suerte de crownfounding que importa no sólo como vía de financiamiento, sino como vía publicitaria, porque se sabe de ese modo de financiamiento, es decir juntar dinero para hacer publicidad haciendo publicidad diciendo cómo se juntó tal dinero. Además hubiese sugerido una suerte de pacto con el público (no importa aquí con cuánta hipocresía) que “estabilice” las candidaturas frente a los pases de bando, los que se “bajan” y los que son susceptibles de ser presionados para que se bajen. Por último, habría dado lugar a algo publicitariamente mucho más efectivo que el lastimoso “mirá cómo te hago un spot sin plata” (ver al respecto la diferencia entre la austeridad como recurso –spots de Altamira, por ejemplo- y el patetismo de la austeridad –los spots de Carrió). Claro que para todo ello hacía falta la iniciativa de construir un candidato (sólo cabrían muy pocas limitaciones por el lado estético-patrimonial: Scioli, Macri, De Narváez).

La oposición formal no sólo ha denunciado muchas veces un ridículo proceso de “chavización” del “populismo” argentino, sino que (incapaz de comprender el proceso político local) se ha mirado en el espejo de la oposición venezolana que (supuestamente) “toda” junta se encolumnó atrás de Capriles. O sea, en lugar de mirarse en el espejo de la vía exitosa para ganar una elección (en nuestro ejemplo, Obama), se miró en el espejo de un camino que no es capaz de mostrar éxito alguno. Y, pese a tanto discurso sobre deponer ambiciones personales en pos del “bien común” y “La República”, ninguno ha tenido tampoco siquiera la valentía de ponerse la campera deportiva…

Así como en tiempos de menor enardecimiento político casi 2 millones y medio de personas concurrieron a las internas abiertas de la Alianza, a nadie en el viejo FAP o en el efímero FAUNEN se le ocurrió adelantar la definición del candidato con vistas a construirlo como tal. Alguno podría decir que aquí el mecanismo de las internas abiertas funcionó como una trampa (cazabobos) de Abal Medina que sirvió para privilegiar las tempraneras candidaturas construidas a fuerza de publicidad oficial, pero también sería injusto con el partido político que aportó votos por esa reforma electoral, otra vez más hablamos de la sacrificial UCR.

III

6) Los proyectos (in)existentes ante el fin de la “profundización del modelo”

El escenario de “continuidad” ha sido para analistas y (sobre todo) para el elenco político, algo pobremente razonado, no mucho más que una consigna. Por parte del oficialismo, la continuidad ha oscilado (desde hace años) entre la perpetuación (política y económica), la profundización y los retorcijones de pragmatismo financiero abstracto que (independientemente de figuras como Urtubey o Blejer) quedan discontinuados de la posibilidad de pensar cualquier derrotero histórico. Por parte de la ‘oposición’, la continuidad ha sido muchas veces el bramido que advierte (¡incluso en estos días!) sobre el fin definitivo de “La República” merced al viejo nuevo “chavista” que había operado durante años como topo “populista” vendiendo licuadoras a señoras menemistas de Barrio Norte. Lo más potable del escenario de la eventual continuidad quedó subsumido a una idea de “estrategia” de sucesión a largo plazo, ejemplificada en base a ejemplos históricos cercanos. La idea de que Scioli será a Cristina de Kirchner lo que Néstor Kirchner fue a Duhalde, la (hoy antiquísima) tesis ‘Lula-Dilma’ de que la jefa de estado se dedicaría a construir un candidato independientemente de su “popularidad de origen” y, por último, la tesis ‘Piñera-Bachelet’ según la cual la estrategia de Cristina de Kirchner sería dejar un gobierno débil de derecha (a todas luces había un candidato construido, con manos propias y con todas las flechas apuntándole), para volver como salvadora de la Patria en 4 años, terremoto económico mediante. Al riesgo de rozar la falacia ad hominem, hay que decir esta última tesis fue bastante contaminada por cierta utilización que se hizo no por parte de analistas, sino del elenco político cuando se vio lejos del segundo lugar electoral. Es decir, hace unos meses el massismo coqueteaba sutilmente con esta tesis y en la anteúltima semana de campaña fue reflotada sin ninguna sutileza por Margarita Stolbizer.

El problema de la sucesión comprendida como ‘estrategia’ es que achata la realidad como acción racional con arreglo a fines de un solo jugador (¡y es lógico!). Muy pocos han sido los que insertaron las estrategias del “jugador” en un marco de juego más abierto y (lo que es más importante) en una situación económica (en principio futura).[14]Pero la consideración de la “estrategia del (único) jugador” con el agregado de una situación económica futura sobre la que se hipotetiza, volvía a quedarse corta. La consideración de las estrategias (en especial, la llamada tesis ‘Piñera-Bachelet’) en su plena racionalidad cristalizaba los vaivenes de las distintas especulaciones oficiales y sesgaba la frialdad calculadora del “jugador”, extirpado de todos sus temores (en especial los judiciales). En un país en que hasta Menem ha quedado impune, la “audacia” de la cúpula del kirchnerismo se fue inclinando no sólo por el único candidato que podía ganar la presidencia (Scioli quedó en este sentido y a todas luces como el Plan A de sucesión), sino como el que, en el peor de los casos, más bancas legislativas podía asegurarles.

Más arriba habíamos dicho que no había novedad alguna. Los párrafos que siguen fueron redactados poco después de las elecciones legislativas de 2013, teniendo como uno de sus objetivos problematizar e ir más allá de la especulación sobre el “plan” de “retorno” ‘Piñera-Bachelet’, en especial atendiendo a la situación económica. Los pocos agregados de ahora son destacados con doble paréntesis.

Imposibilitada la reforma constitucional (cosa que en su momento la idea de “reforma judicial” blanqueó desembozadamente), el PJ en el poder no tiene mejor propuesta para la población que la de presentar al “mejor” de sus candidatos, es decir el que tiene mejores chances no de “administrar bien” (cosa que nunca les importó mucho) sino de ganar una elección presidencial. Hoy (y no hay novedades en el horizonte) la única persona que cumple tal condición cabalmente es Daniel Scioli. Y en este sentido, Scioli ya era el sucesor en el mismo momento en que Cristina de Kirchner es electa por segunda vez (es decir, última vez posible). Y en este mismo sentido no ha cambiado nada desde entonces. Siempre hubo algún kirchnerista disconforme con Scioli (desde 2003, como Verbitsky, a quien sus compañeros le podrían decir con sorna “a llorar a la Iglesia”…) pero sería un horror interpretativo creer que tal discurso de disconformidad tiene algo que ver con algún prurito ideológico, político o moral. Ver pruritos en estos militantes del PJ es una parte “necesaria” de la publicidad que cierta oposición cómplice le hace gratuitamente al PJ en el poder ((aplicación extensiva de la “sapofagia” de segundo grado)). Vale reafirmar que la falsa retórica del prurito ideológico de la cual Verbitsky es sólo un símbolo es la que confirma cotidianamente (por vía de ocultar lo que está a simple vista) la política conservadora que se lleva a cabo. Se trata de un juego de complicidades automáticas gracias al cual lo real conservador requiere del falso prurito: se requiere a la pátina de un Verbitsky o de una Estela de Carlotto para sostener a un Martínez o un Insfrán, del mismo modo que se requiere de la de Zafaroni (y todo el siquiera prurito de la “seguridad democrática”) para sostener a un Berni y para sostener el Código Penal redactado por Blumberg en el gobierno de Él.

Lo que aparece (a quienes no saben ver la realidad) como “pruritos ideológicos” sólo puede tratarse de una de dos alternativas: el discurso “ideológico” de los cínicos o el de los ingenuos. Dejemos de lado por ahora el discurso de los cínicos que son “ideológicamente coherentes” (Verbitsky nuevamente se lleva las palmas, por coherente y por cínico a la vez) al denunciar, por ejemplo, la “mano dura” de la provincia de Buenos Aires porque es su manera de hacer silencio cómplice con la política general de represión y gatillo fácil que el kirchnerismo sostiene a lo largo del país. El discurso de los ingenuos no sólo importa porque son legión, sino porque sirve como puerta de entrada para quienes una vez caminando el camino del kirchnerismo no tendrán más alternativa que afilar cotidianamente su cinismo (forma extravagante de su ‘ascenso de la conciencia’). El discurso ingenuo quiso creer que el candidato del PJ debía ser el “más transformador” de los existentes, sosteniendo sus supuestos pruritos ideológicos en (y gracias a) la incapacidad total de saber qué cosa es el PJ.

El 2011 los encontró unidos (Cristina de Kirchner, Scioli, Moyano, De la Sota, Menem, Manzano…) y dominados. Los dominaba un supuesto “modelo” económico que ya había agotado todo lo que tenía para dar. El supuesto “modelo” de los “superávits gemelos” se blanqueaba muerto a los pocos días de la elección. Y entonces ya no hay la gran “transformación productiva” que el “mejor gobierno de la historia” prometía sino, “sintonía fina” y cepo cambiario. Y desde entonces se corrió una carrera contra el propio “modelo”. Desmintiendo aquello que blanquearon (publicitando entonces que las “medidas” económicas amargas no terminaron siendo tan amargas) al mismo tiempo que forzando la situación económica más allá de lo que podía dar. Todo esto no quiere decir que “forzar la situación” sea posponer a corto plazo una catástrofe inevitable, pero sí que el horizonte de expectativas de la política económica ya no puede fantasear con el mítico “desarrollo” con que sueñan tantos alucinados de la tribu que se llama a sí misma “los heterodoxos” ((no es nada paradójico que semejante alucinación reencarne en Scioli, bajo la forma degradada de consigna vacía de marketing.)). El agotamiento del “modelo” no se mide en déficits, índices o tasas, sino en que el único proyecto burgués existente (que desde 2002 había sido sólido y perfectamente identificado con el partido de gobierno) se va esfumando desde que se queda sin su objetivo (burgués) principal, cosa que no es nunca el mítico “desarrollo”, sino (al contrario) la posibilidad (la “libertad”) de tener una situación económica organizada para fugar sus divisas sin recargos cambiarios adicionales.

Antes de que la crisis en Europa obligara a una revisión aún más provinciana de su propio discurso, Cristina de Kirchner declaraba sus deseos de ser económicamente como España. En algún momento se sintió tan segura con su propio optimismo estadístico que aspiró a ser como Alemania[15], con fe, con optimismo... (es así muy injusto que el premio al boludo optimista sea siempre para el mismo…). Luego dejó de existir ese horizonte de expectativas; fuimos entonces tan nacionalistas, jauretcheanos y “chavistas” que desaparecieron incluso los horizontes ficticios. ((Nuevamente, el cambio de la retórica es ya un hecho político, independientemente de la verosimilitud de la retórica a ser reemplazada; no hay aquí reactualización ni develamiento de relato(s).)) Cierta derecha (desconociendo además del presente, toda la trayectoria del kichnerismo) podría criticar este giro denunciándolo como la aspiración a ser Venezuela, pero la verdad es que detrás de tanta hojarasca de supuesta “crispación” política y ficticia radicalización económica, lo que hubo justamente es la negación de la “profundización del modelo”. Más bien, cuando la publicidad (que como casi siempre, incluye a la publicidad gratuita que hace cierta oposición) habló de “profundización” es cuando hacia dentro de quienes tienen capacidad de decisión la profundización ya no existe siquiera como (falsa) aspiración. No hay manera alguna de que Venezuela sea la profundización… ¡de Alemania!, siquiera de la actual España. Dicho de otro modo, han tirado la toalla inclusive en términos de aspiraciones mentirosas. Y, como casi siempre, la publicidad de cierta oposición muestra invertidamente el “proyecto” oficial (en este caso, su ausencia). En algún momento, el lema principal de la publicidad estatal “Argentina, un país con buena gente” llegó a ser reemplazado (pese a todo el pasado del discurso del crecimiento a “tasas chinas”) por un muy modesto “Para que cada día crezcamos un poquito más”. Tuvimos pues un gobierno que a veces dijo la verdad.

Así llegamos a tener frente a nosotros (nuevamente) un horizonte que excluye las expectativas del “salto en el nivel de desarrollo” que siempre prometieron, fracasadamente, los “heterodoxos” argentinos (sírvase preguntar al ex ministro del Gral. Levinston). Un horizonte así necesita de Scioli como candidato oficial. Y justamente porque es el candidato de la fe y el optimismo, es decir de aquello que hoy tanto se necesita (y que se necesitará aún más en el futuro). Scioli fue, es y será durante la mayor parte de este período constitucional el candidato del kirchnerismo sin que sea el que el kirchnerismo pueda lograr ubicar o desubicar según una serie de jugadas de sucesión de alta política que son justamente las que no existen. Scioli fue, es y será el candidato “natural”, aún cuando la decisión de quien sea el candidato esté fuera de las manos de Scioli y de la propia Cristina de Kirchner. La decisión no será política ni producto de ninguna interna, sino que será resultado del nivel de actividad económica con que se logre llegar al segundo trimestre de 2015, es decir, se trata de la negación de un proyecto político. Esta total incapacidad de “juego” (que hace que no haya entre quienes jugar) es la obligó al falso adelantamiento del juego.

No quiero decir aquí la obviedad de que el contexto económico determinará los resultados electorales. Cualquier proyecto puede tener cierto (mal) cálculo a futuro que se termine demostrando como equivocado en lo económico sin desmentir por ello su aspiración cierta a darse continuidad en términos de elenco político. En este sentido fueron “proyectos políticos” (en sentido de elenco) mucho más sólidos cuando estuvieron en el gobierno el duhaldismo e incluso el delarruísmo. El kirchnerismo hoy, en cambio, se parece más al alfonsinismo. Más precisamente, combina la ingenuidad refundacional del primer alfonsinismo con la aspiración (del alfonsinismo final) de subsistencia al menos hasta el fin del mandato en curso (aspiración que falló en el cálculo apenas por unos pocos meses). Precisemos, la debilidad de proyecto que marcamos aquí no es el condicionamiento general que la economía hace (siempre) para con la política: no es que el futuro resultado electoral del 2015 esté subordinado a la economía, sino que la aspiración a proponer explícitamente un candidato competitivo propio para el 2015 está de antemano subordinada a los resultados económicos esperados. En términos de un silogismo cronológico (A→B→C), no es que lo real (económico) determine en tanto mediación (B) la factibilidad final (C) de una aspiración (A) preexistente, sino que la aspiración (A) final está determinada (B→A→C).

La distinción entre resultado y aspiración a proponer puede parecer tenue (no obstante debemos la explicación), pero para eso valen los (contra)ejemplos. De la Rúa tenía un proyecto más sólido en el sentido de que su aspiración a mantenerse en el tiempo como elenco político era una aspiración “legítima” y previsible. Elenco además enfrentado con internas reales que a su vez estaban ancladas en tradiciones partidarias cruzadas a su vez con distintos proyectos económicos (el (ya-)no-proyecto burgués del balbinismo inmovilista contra el alfonsinismo devaluacionista). La subordinación a los resultados económicos (y los resultados en general) no podía quitar la aspiración a mantenerse en el poder como elenco. Poco importa si se trataba de una aspiración ingenua, se trataba al menos de una aspiración (A→B→C). Con el kirchnerismo, a partir de los últimos años, la situación es la inversa. Los resultados económicos (aunque fuera como hipótesis) son previos a la aspiración de mantenerse en el tiempo. El dilema de la supuesta “interna” no es ideológico, se trata de una mera cuestión de cálculo: cuántos años más “tira el modelo”; ¿conviene o no conviene seguir en el poder? Si el “modelo” fuera eterno (al estilo Diana Conti), la jefa de estado puede irse a descansar como tantas veces pide, estudiar algún idioma o química básica o algo útil y volver en 2019 impulsando una gran reforma constitucional, un régimen parlamentario o lo que fuera. Sería incluso indiferente quien le mantenga caliente el sillón (y mientras tanto –por la propia “eternidad” del “modelo– no habría amenazas judiciales ni se pondría en riesgo el empleo de tantos periodistas y abnegados militantes dependientes del fisco). El dilema estuvo y está en qué lugar darle al proyecto político (en sentido de elenco político) durante los próximos años, una vez que dejen de ocupar la primera plana y qué lugar de exposición podría convenirles en caso de que pasen a ser fracción minoritaria de un futuro gobierno del PJ (es decir cuán pegados podrían quedar al ajuste que generaron y –solo parcialmente– postergaron). También en este sentido (aunque no fuera algo calculado), los “gestos de autonomía” de Scioli (con sus encuentros, asados y fotos) constituyeron un gran favor a Cristina de Kirchner, ofreciéndole una trayectoria diferencial que retrospectivamente podrá ser usada para despegarse de los futuros amargos que nos depara la política económica de Argentina.

El dilema del gobierno sirvió para la especulación. Así, hasta Axel Kiciloff o Máximo Kirchner sonaron como posibles sucesores. O sea, los nombres de los candidatos fueron también parte de estos momentos en que se puede decir cualquier cosa. En la cancha que no es cancha, nadie juega ningún juego sino que cada uno hace un largo picnic estático en el lugar del lodazal en que pueda ubicarse. Pero en tiempos de tanta “política de masas”, de lo que se trata es de un dilema de “mesa chica”. Cualquiera pudo especular con la “profundización”, la reforma constitucional o con un candidato sabbatellista proveniente de fuera de las filas del PJ, justamente porque ese especular fue un quehacer totalmente ajeno a las decisiones que se habrían de tomar. ¡Y después nos hablan de “interna”! Y un ministro, un jefe nacional de un “movimiento social” oficialista, un jefe de bancada o quien escribe estas líneas somos igual de ajenos a la decisión que, vía “mesa chica”, se habrá de tomar sobre el sucesor.

El dilema no es más que la indecisión sobre cómo actuar ante un problema de cálculo económico. En la mejor de las situaciones, es decir si el “modelo económico” fuera “eterno”, el dilema está en si darlo hoy políticamente como descontado pese a las malas señales que llegan de todos lados. Como decíamos, el dilema está en cómo darse salidas alternativas ante el eventual error de cálculo, error que puede cometer tanto De la Rúa como este gobierno. En la peor de las situaciones, es decir, si el ajuste hoy aplicado debiera pronto “profundizarse” para pasar a ser evidente e incruento, el dilema está en buscar el momento óptimo para reconocer esa situación a partir de la cual dejarán de incluir tan masivamente a los ingenuos que pasan a militar en las filas del oficialismo y cuyo aumento justamente es y será necesario para prolongar la negación de la propia existencia del ajuste, legitimándolo. Entre ambas situaciones extremas hay que decir que el kirchnerismo ha dado muestras de tener un pronóstico pesimista. No volvió a buscar ningún país central para “recordarnos” hacia dónde iría el “modelo” una vez “profundizado”, reforzó la legislación “antiterrorista” y profundizó el discurso macartista. Y esto último no lo hizo sólo por convicción ideológica (que lo es, y firmemente, pese a los que decían que el peronismo no tiene ideología), sino (como mostró Cristina de Kirchner vía twitter) porque en momentos de ajuste es cuando más se necesita de “jóvenes vestidos de azul, celeste, o blanco con banderas argentinas” (y también, faltó agregar, de blanco y amarillo).[16]

Pero entre ambas situaciones extremas está el panorama más propicio para Scioli. Se trata de la situación más probable (estirar el “modelo” forzándolo a través del ajuste en cuotas) que va firmemente de la mano con el candidato más probable. Es este panorama intermedio en el cual el kirchnerismo menos desconfía de sus propios cálculos. Y (aunque la mayoría lo desconozca) es el panorama que calcula dejarle a Scioli en 2015.

7) ¡Estamos en la B!

Hace un año estaba claro que Marina Silva o Aecio Neves eran los candidatos del ajuste. ¿Hay acaso un ejemplo más elocuente que caso brasilero acerca del futuro de cómo están dadas las cosas? ¿Hubo acaso en la historia de la humanidad un espejo tan fidedigno en el que mirarse con sólo meses de distancia temporal? De te fabula narratur. Sabemos que por suerte allí la democracia se impuso. Se le dijo “no” al ajuste y ganó, por supuesto, Aecio Neves. O Dilma Rousseff, poco importa. (¿Scioli denunció el fraude? ¿Los bolsones que se pusieron a favor de Neves?) La única diferencia con el cuarto mandato consecutivo del mismo elenco político está en que el caso argentino hubo una trampa previa y habría un cambio obligado de presidente entre el tercer y cuarto período y no entre el segundo y tercero.[17] En suma, la diferencia es meramente formal. Lo llamativo del período kirchnerista es lo difundida que está imposibilidad de ver aquello que está a simple vista. Los partidos de izquierda (en general trotskistas) son los que más insisten en el ajuste que pende sobre nuestras cabezas apenas sorteada la parafernalia electoral, pero por una muy poco cuidada vocación internacionalista (en especial en el caso de la corriente catastrofista) de mirar (correctamente) “lo que pasa en el mundo”, suelen caer en el error político (como en 2009) de quedar pegados a los supuestos nacionalistas del oficialismo en la desresponsabilización nacional de la crisis del capitalismo argentino.[18]

Poco hay para decir de analistas fuera de la izquierda. Lo único destacable aquí es la labor periodística de Carlos Pagni. En Odisea Argentina del 11 de mayo se refiere a los paralelismos con Brasil, su candidato continuista y el triunfo (fuera de las urnas) del perdedor, Aecio Neves, que (cabe agregar, era sincero, a diferencia de Macri –y Dilma, y Scioli…). Se ve en el tratamiento de Pagni que opera el límite de clase y, por supuesto, el límite ideológico: falla justamente porque piensa en términos “liberales” que ‘sería recomendable’ para la “buena gobernabilidad” ser sinceros con la población, para que la democracia asuma conscientemente el destino (con desazón, con pesimismo…), que como (liberalmente) sabemos, es inexorable (por esas magias que nos regala esta ideología de la “libertad”). Falla, pero (como tantas veces) está viendo, algo que es necesario volver a destacar en estos tiempos en los que tantos analistas e intelectuales no hicieron más que jugar al gallito ciego con garrotes pegándole inútilmente a un puchinball en la casa del vecino de la otra cuadra. La línea divisoria de clase (ideológica, pero ya en otro nivel) debe necesariamente partir entre quienes por un lado ven la democracia presa de la inexorable determinación económica o del inexorable engaño falsamente benevolente y, por otro, quienes vemos que esa situación de privación de la libertad no constriñe las opciones entre distintos niveles de sinceridad o engaño sino que es un engaño de la democracia como tal, quedando por cierto radicalmente desmentida la “libertad” de “elección”. Demasiadas licencias (incluso licencias poéticas) se ha tomado en los últimos este régimen de dominación para con la población argentina. Al menos, –con fe, con optimismo– sería un avance democrático que la pequeña caída en su popularidad y prestigio de los últimos años, se estire un poco para dar lugar la posibilidad de que el régimen sea puesto en debate.

[1] El (necesario) lugar de este “operador crítico”, lo tratamos en «La sana crítica », mayo de 2013.

[2] «Planes para que no haya planes: viaje por la cartografía política kirchnerista», septiembre de 2012

[3] Así, la última referencia (antes del corto período que va del fraude de Tucumán a las rutinarias elecciones chaqueñas) a los constantes planes de desestabilización (realizada ante la visita de Evo Morales) tuvo un gusto sustancialmente diferente. Ya no se quiso advertir sobre el “momento de peligro” de la coyuntura, sino perpetrar un “balance” para el cual sirve, justamente, la visita internacional, para aplanar una diversa realidad regional (pasada). («Junto a Evo Morales, Cristina dijo que sufrió “intentos de golpes de Estado”», El cronista, 15/7/15 l). El tiempo ya (¿siempre-ya?) electoral que se vive hace que los “mecanismos golpistas” pasen a ser meros golpes de efecto para la campaña: la Policía Metropolitana de Macri –que no habrían votado los legisladores del FPV…– allanando una inmobiliaria de Río Gallegos y toda la especulación económica (por supuesto, “macrista”) de  hacer subir el dólar blue. Sería superficial ver aquí que el cambio es meramente cronológico (la cercanía del fin del mandato), puesto que tales “acciones de campaña” buscan imponer un candidato y no resistir las “profundas transformaciones” que “tocan intereses”. (En otro plano, erróneo sería también ver aquí mera pérdida de poder, para esto último, ver por ejemplo: J. Fernández Díaz, «Y el pato, al final, empezó a renguear», La Nación, 19/7/15.)

[4] “Si el kirchnerismo nos quiere intensos, el peronismo nos quiere felices. Pero ya no se puede separar una cosa de otra. Una playa Bristol llena de argentinos panza arriba disfrutando la vida al sol no es un producto espontáneo. Si el kirchnerismo ve mareas colectivas, Scioli ve la suma del uno-más-uno de esa marea. (…) Uno te pone en la consciencia colectiva todo el tiempo, el otro te sitúa en la consciencia individual.” (Martín Rodríguez, «Scioli y el fin de la guerra fría», La política online, 25/6/15.)

Tener al “relato” y sus eventuales “escisiones” como base analítica (en lugar de un escenario marcado en un mapa, con su discurso doble y con sus “comportamientos” inducidos –ballottage permanente, Semana Santa permanente) produce necesariamente el peligroso deseo de encontrar la “clave” interpretativa en el falso discurso de la cúpula política, más aun, del dirigente “clave” del momento. Se ve en este ejemplo a las claras una violación politológica del análisis del politólogo: le cree al discurso político.

Otro buen ejemplo de los mismos errores “metodológicos”: “El ex motonauta nunca será creíble para el kirchnerismo puro porque jura lealtad en un idioma que el kirchnerismo no soporta, el del no-conflicto, y ese lenguaje contamina cada una de sus palabras, las vuelve casi una burla para el kirchnerismo por inauténticas (aunque en los hechos Scioli no sea en ningún sentido un traidor). Porque sospechan que después irá a hablar con Clarín y se venderá como independiente y antijacobino.” Pablo Stefanoni, «Scioli: autoayuda mata relato», Perfil, 29/06/15.

[5] Para ciertos sectores que se ven a sí mismos como progresistas, el proceso del kirchnerismo funciona como una experiencia de un Arturo Frondizi (cronológicamente) al revés. La constatación del “comunista” que ocupa furtivamente la presidencia para terror de las Cecilias Pando de la época y éxtasis efímero de un mainstream intelectual que se equivocó y equivocará en cada una de las etapas históricas argentinas. A diferencia de lo que dicen tantos nostálgicos, los tiempos corrían más vertiginosamente en los años cincuenta. Aquí, el éxtasis fue retardado y permanente, con Cecilias Pando que no sólo ya no golpean como otrora sino que tras tanto tiempo les expiró el grito de terror.

[6] La situación de ballottage real basada en la cotidianidad permanente se replicó previamente hacia dentro del Frente para la Victoria. Sabiamente no se quiso llegar a una situación en la que cual se podría haber “elegido” entre Scioli, Randazzo y,por caso, Taiana. O, con agregados de un cuarto o quinto candidato. Era imperioso llegar a un ballottage (Scioli-Randazzo), en la cual el ultraderechista Randazzo pasara a representar lo que no representa, mientras tanto se educaba en el ballottage. Y se llegó a un ballottage (interno) aún cuando no se haya votado.

[7] Eduardo Fidanza, «La oposición en el laberinto de su época », La Nación, 11/7/15.

[8] Beatriz Sarlo, «Contra el voto ganador», Perfil, 18/7/15

[9] “Se trata de la vieja política del ballotage permanente que ahora está abocada a construir simbólicamente la posibilidad de un futuro ballotage efectivo (que nunca se dio a nivel nacional en los términos planteados), independientemente de los valores ideológicos que puedan realmente tener los eventuales candidatos. Construye con mayor realismo que antes la probabilidad de pasar del eterno ballotage permanente al momento de “decisión clave” en una eventual segunda vuelta histórica (en el doble sentido). Así, el 2015 (más allá del contexto económico en el que se juegue) pretende ser construido como una opción (nuevamente) en la que se juega el futuro de la humanidad, pero cebando desde el vamos con la idea (hoy irrealista viendo “los números”) de que efectivamente habrá que concurrir a la segunda vuelta (Fito Páez afina su pluma…) Y así nos anticipan que será una decisión histórica: Macri versus Boudou. Macri versus Máximo o Alicia. Macri versus Ischi. Macri versus Otahacé. Macri versus Gioja. Macri versus Insfrán. Y, por qué no, Macri versus Cristina de Kirchner. No importa cuán irreal sea cada una de esas opciones (de hecho sigue siendo una especulación ficticia sobre la falsa realidad extramundana), lo importante es que se construya como posibilidad gracias a la cual se dividen aguas, se fortalece al supuesto “enemigo” que necesita ser destacado como alternativa, se descoloca a buena parte de la “oposición”, se elimina de la vida cotidiana (independientemente de lo electoral) a la izquierda (de cualquier tipo) y se logra transcurrir por una (falsa) realidad cotidiana que permite orientar (a través del orientar la perspectiva) la mayoría de las acciones tanto del elenco político como de los “simpatizantes” (sean éstos de uno de los bandos dicotómicos principales o –sobre todo– de cualquiera que quede fuera de la dicotomía).” «Planes para que no haya planes»

[10] La noción de “oposición formal” la propusimos en «Bluff de reforma judicial y nostalgia del 7D», mayo de 2013.

[11] En Planes para que no haya planes» tratamos, por constraste, parte de los problemas de presuponer el desgranamiento.

[12] Es en este marco en que casi nadie hace política que debe entenderse el tentador riesgo ante el que el Frente de Izquierda vuelve a posicionarse, el de creer que está haciendo todo bien (y que ratificarían porcentajes de votos que nunca han tenido partidos anticapitalistas en Argentina), cuando se trata de una situación muy sesgada por la ausencia de otros jugadores. Así, el derrumbe político, moral y electoral de la “centroizquierda” por más que sea advertido por la propaganda del FIT, debe, antes que nada, ser una advertencia de que en gran parte gracias a ese derrumbe que se pudo crecer.

[13] El massismo tiene y tuvo con la profecía autocumplida del debilitamiento del poder, la misma relación que tienen con ésta los jueces federales de Comodoro Py cuando “huelen” el fin y empiezan a investigar al poder político oficialista. Pero ni los massistas ni los jueces federales tienen criterio científico para su “olfato”, que solo se puede mostrar como acertado a posteriori. Por eso mismo (mientras no se llegue al posteriori…) ocurre que sea tan factible pegar el contra-garrochazo o volver a cajonear la causa.

[14] Como una de estas excepciones podemos referir a Gerardo Aboy Carlés (entrevista con), «Macri se benefició con la crisis de Unen», Noticias Urbanas, 18 de enero de 2015.

[15] Por ejemplo: Cristina de Kirchner (entrevista con Joaquín Morales Solá), «"Me gustaría un país como Alemania"», La Nación, 30 de octubre de 2007.

[16] Este ataque macartista (que, no obstante, es totalmente coherente con la tradición del kirchnerismo) puede juzgarse de dos maneras según a qué público se supone que va dirigido, si al gran público o a la militancia. Si fuera dirigido al gran público, en momentos preelectorales y de disputa por el eterno “conquistar el centro” que recomiendan los publicistas políticos yanquis, se trató de un error grosero. Publicitó el acto del Encuentro Memoria, Verdad y Justicia que quería tapar, forzó a muchos medios de comunicación a dar lugar mediático a la izquierda y en lugar de “buscar el centro” se volvió a presentar como “autoritaria” frente a ese “centro” no obstante inexistente (como “autoritaria” incluso para quienes practican macartismo de diferente estofa). Peor aún, cuando la cobertura mediática de los medios de la “oposición” había prácticamente obviado la más que masiva marcha del 24 de marzo como pocas veces (cubriendo casi exclusivamente la contra-marcha realizada por el estado), se hizo un favor difundiendo lo que los medios no habían difundido. Esta catarata de errores sólo se puede despejar si entendemos que hubo algo más que una visceral muestra de su ideología reaccionaria: hubo un mensaje a su militancia no ante un período preelectoral (al estilo de la Cristina del 2011) sino ante un período preajuste (más bien, de más ajuste) y, por ende, de más represión.

[17] En rigor se trata de mandatos a los que se llega por el voto popular. En el caso argentino tenemos un “medio mandato” adicional que sentó las bases, aquel de Eduardo Duhalde.

[18] A veces, incluso, pasa lo contrario. Así el candidato a primer diputado por Capital Gabriel Solano, tuvo la oportunidad de traer el ejemplo brasilero en la TV abierta (Intratables). Iba perfecto hasta que vinculó el ajuste por venir con miembros ultraderechistas del gabinete sciolista anunciados en esos días (Granados, Berni, Casal). Buen caso de estudio retórico, de que para poner las cosas en concreto (Joaquim Levy) conviene a veces ser un poco más abstracto.

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