29 jul 2014

La sana crítica

Alejandro Blancovsky

Atrás de lo que vendrá subyace la política en torno al mundial de fútbol. Pero no es el tema. Y si lo fuera, ¿cómo podría acotarse? Para no hacer trampas, empezaré al revés, con una suerte de (anti)trampa metodológica: primero un acotado corpus y luego el tema. Ante tanto material, habremos de limitarnos primero a un artículo periodístico, al que cabrá agregar (es inevitable) las fuentes audiovisuales a las que refiere y otras que están (¿deliberadamente?) omitidas. No se trata de una réplica, dado que el escriba en cuestión las merece demasiado (y por cuestiones mucho más serias), pero además porque haciendo una réplica se diluiría el tema a tratar.

1) El momento de la crítica

“La sana crítica” hubiese sido un buen título para un análisis futbolero (yo estoy por la línea de 3 en el fondo para volver a la arcaica costumbre de jugar con mediocampo). Pero no. Habrá de ser (intentará ser) una crítica de la crítica que llamaremos “dominante”, con la fortuita excusa de la pauta publicitaria estatal en los partidos del Mundial. ¿Vale ahora semejante adjetivo? Las personas en cuestión gustan (para hablar de otros) hablar de “hegemónicos”, palabreja que está suficientemente cargada como para remitir a otro nivel (más general) de la, digamos, supremacía; de aquella que efectúa una clase o un grupo de fracciones de clase, mas nunca un partido específico. Por supuesto que digo todo esto desde alguna tradición (la marxista), y que las palabras cargadas para algunos son meras palabras al viento para otros (piénsese en el tiempo que perdimos escuchando a “críticos” hablando del “hegemonismo” de Kirchner, antes que reflotaran la palabra –aún más equívoca– de “populismo”). Y en la tradición mencionada siempre existió la tentación de la asimilación de las “ideas dominantes” con “las ideas de los dominantes”. Más acá, con tradiciones más difuminadas, se hicieron críticas muy duras a esa tentación en la que tantas veces se cayó mecánicamente. Críticas que muchas veces contaron con mi simpatía. Pienso en Zizek y cierta lectura del primer cristianismo como contraejemplo de aquella asimilación. Con el tiempo aprendí (en la práctica del análisis del discurso concreto) que la asimilación tenía alguna utilidad, gracias al hecho de comprobar el potencial de aquella máxima al contrastar con académicos (exitosos) que desconocen cualquier idea de dominancia.[1] Lo de Zizek, por caso, habría sido (todo lo correcto que haya sido) un experimento con vocación falsacionista que haría sonreír burlonamente a Popper.

Y así, pese a eso y (sobre todo) por eso, las “críticas” de los dominantes no serán aquí necesariamente las críticas de la clase dominante, sino las críticas de los dominantes a secas. Con este apurado recorte implícito quiero ir directamente a la cuestión política, al elenco político –en sentido amplio– antes que a quienes son socialmente dominantes. Después habrá que preguntarse (espero no olvidarme) si los socialmente dominantes no son (aunque más no sea porque –a fin de cuentas– también existe la falsa conciencia de la burguesía) igualmente susceptibles de caer en las mismas tentaciones de realizar “críticas” a la realidad con los parámetros equivalentes a los que usa el personal político que les responde. Cabría no obstante aquí (si hubiera tiempo y lugar) hacer la distinción entre dirigente y dominante. Distinción que quedará, lo lamento pese a tanto esfuerzo serial, “hold out”.

Vamos aquí a un punto clave que va mucho más allá del presente artículo. Lo que me parece clave de esta etapa de supuesta transición política está en que las ideas mayoritarias no son las ideas dominantes. Y siquiera amenazan con serlo. Aquí está el quid de la cuestión de la lectura de lo que viene (¡y de lo que ya pasó!). El progre (como diría Sabina) sufre siempre la “nostalgia (peor) de añorar lo que nunca jamás [la insistencia se queda corta] sucedió” y se cree suspicaz por atribuir a una confusa mayoría unas ideas “de derecha” (por mero juego de espejos falseados) que serían desde algún momento ya (o quizás siempre-ya) dominantes. Punto clave de lectura sobre el que parece haber sólo una lectura. Paradójicamente reside aquí el último bastión moral del kirchnerismo más zonzo y, a la vez, el monopolio de lectura que confirma la dominancia. Es una única corriente[2] de “pensamiento” la que se anima a ofrecer al menos una lectura (necesariamente –y progresivamente, como corresponde a buen progre– desalentadora), mientras toda otra tribu política (o tribu político-cultural) omite proponer una lectura alternativa y se remite a la mera especulación de aritmética electoral: massistas, sciolistas, macristas, faunenistas, trotskistas (éstos con sus necesarios matices) y, por último, randazzistas (debemos aclaraciones acerca de quienes son parte de alguna de estas tribus sin dejar de ser kirchneristas). Lo que llamamos “bastión moral” es la patética autosuficiencia de quienes la tienen tan clara como para “politizar” el debate político de la coyuntura volviendo a proponer las coordenadas “derecha” e “izquierda” (aunque esta última casi siempre por omisión), con la única novedad de que se cansaron de agitar el fantasma de la derecha (como hicieron desde 2003)[3] para gritar “les hemos ganado tantas veces” que no queda más remedio que nos releven. Patetismo que trato aquí de “destilar” a sus formas más generales, omitiendo su devenir concreto para no llevarnos al barroquismo de recordar la cantidad de barbaridades hechas en los últimos años que ni el más derechista de los dirigentes hoy en cartelera hubiese soñado realizar (quedará, no obstante, apenas un resto de propuestas de mayor control social en clave tecnológica que se encarna en el precandidato más a la ultraderecha de estos tiempos, Florencio Randazzo).

El punto clave de esta asimilación entre lo mayoritario y lo dominante puede verse como un error conceptual (algún prejuicio “teórico” fuerza la deducción de una a la otra), pero puede verse también como un error de lectura de la historia. Por más que “sienta” y utilice (para chicanear) la guía historiográfica de la transición de la ultraderecha (“gobierno popular”) a la ultrarecontraultraderecha en los setenta, el progre tiene como guía actualmente la transición de fines de los ochenta. Cree que allí una “socialdemocracia” (ja) o un “nacionalismo-popular” (ja) pierde consenso (lo que electoralmente habría ocurrido en 1987) y viene entonces la derecha (en gran parte por culpa –difuminada, es decir de nosotros– de quienes “quitaron” consenso). Dicho sea de paso, no desentonaron para nada las reivindicaciones que ha habido en los últimos tiempos de la figura de Alfonsín por parte de kirchneristas y la aspiración (digna casi de necrológica) de que la Historia [!] pasados algunos años habría de juzgar positivamente al presidente que termina entregando casi todo, independientemente de cuán grande o minúsculo sea ese “casi”. Aquí incluso el kirchnerismo más culto hace gala de sus claves de interpretación política se reducen a algunos pocos engranajes corroídos y ramplones. Y siempre bajo la máxima de la política sin historia.[4]

Como todo es complejo (y ahí te dicen, “en todo caso preguntale a González”) la complejidad política de aquella transición se reduce a “la derecha avanza” (sintagma que vienen proponiendo en cualquier contexto[5]). El “nacionalismo-popular” se movió tanto que habría chocado con más obstáculos que nadie, artilugio para no decir que “se agotó”. Es un grosero sutil macartismo que inunda de “derecha” y de siquiera “izquierda” el escenario para que pueda así ser asimilable por el más obtuso de sus macartistas seguidores. Jugar tanto a la dicotomización política para el presente, suele también traer consigo aberraciones historiográficas (aunque alguno habrá ganado alguna beca o vendido algún libro…). Las obvias son a propósito de los setenta, pero para el caso de los ochenta se ve cómo no tienen lugar en la escena los terceros en disputa (en especial, en términos electorales, la UCD) ni las divisiones internas (a fin de cuentas, si hubo un ganador en 1987, cuando el “nacionalismo-popular” (ja) pierde fue el cafierismo –incluyendo también aquí a varios de ellos). Y se toma el ejemplo de los ochenta como si Alfonsín hubiese perdido su ‘reelección’ en el ‘89 contra Alsogaray.[6] En otras palabras, las falsas coordenadas de la política presente echan mano a la guía histórica de una historiografía supuestamente “realista” pero más que contrafáctica. Y ni hablar si incorporamos al análisis la necesaria (y entonces más que nunca) dimensión internacional. Como quedó sugerido pero sin decirse, habrá que resaltar una vez más que estas interpretaciones de inspiración supuestamente “democrática” tienden a asimilar lo mayoritario con lo electoralmente mayoritario.[7] Premisas falsas de las que se deduce que efectivamente ganó Alsogaray (por culpa de Clarín y, quizás, de Neustadt) mientras vuelve a sacarse de la historia a un gobernador norteño y patilludo que algunas malas lenguas dicen que ganó alguna elección con un discurso nacionalista (para colmo, según también malas lenguas, frente a un candidato –Angeloz– que venía a poner nada menos que a López Murphy como ministro de Economía).

2) La crítica

Vayamos por fin a nuestro corpus. La profusa sección deportiva del otrora periódico político Página/12 incluyó en su edición del 6 de julio una nota de Horacio Verbitsky titulada (originalmente…) “Vamos, Argentina”. “…las transmisiones de la TVP, con las audiencias más numerosas [!] que se recuerden, fueron aprovechadas para comunicar mensajes de interés público [?], aunque su estilo irrite a algunos sectores sociales [!]. Con una línea general común, coordinada por la Secretaría de Comunicación Pública, cada emisor agregó su propia impronta. Esta diversidad cubre un amplio arco, que va de lo óptimo a lo abominable.” Cierra así el segundo párrafo de la introducción para pasar a comentar buena parte de los spots que inundaron los entretiempos de los partidos. Fuera de dichos dos párrafos, le quedará apenas para una conclusión de dos líneas: “Lo mejor y lo peor de estos años se trasluce en esta campaña destinada a la mayor audiencia posible.”

Antes de ir a nuestro objetivo planteado al comienzo de hacer la “crítica de la crítica”, hagamos un repaso de spots en el orden propuesto por Verbitsky. Primero hace alusión al “mejor aviso” atribuido al Programa Nacional de Rescate y Acompañamiento a las Personas Damnificadas por el Delito de Trata. No podemos aquí contradecir al prestigioso columnista por el mero hecho de que tal spot dejó de pasarse hace semanas y poco podemos ya recordar.

En segundo lugar en cuanto a la estimación de Verbitsky se habla de la serie “Golazo” atribuida a la ANSES (“serie muy estimable”). Esta posición en el podio del respeto por “lo óptimo” vuelve a quedar para un spot poco reproducido y hoy irrastreable en los canales oficiales de audiovisuales en internet.

Cayéndose del podio de lo más estimado para tan exigente columnista (“Pura información, sobre algunos de los cambios ocurridos en los últimos años”) se encuentran dos avisos (poco difundido, nuevamente, el primero de ellos) de promoción de la Televisión Digital Abierta: el rodado en Loma Blanca, Jujuy y el de la pareja que discute sobre la importancia del ahorro anual en gastos de cable. El supuesto columnista “politizado” caracteriza de “pura información” algo casi banal (la discusión de pareja joven solvente) pero también un aviso que roza un burlón etnocentrismo a partir de poner en tensión chicos con un pobre dominio de la lengua venida de Castilla y con una obvia distancia de tecnología tan burda como una pantalla (“tela”).

En cuarto lugar aparece la serie “Festejemos”, pero su confusa prosa hace difícil saber a qué spots se refiere. Podemos mencionar un spot general (“Hay equipo”[8] al que más refiere Verbitsky en el párrafo correspondiente) y tres spots temáticos (las que comienzan con el grito “Gol argentino”) sobre trabajo y parques industriales, sobre universidades y sobre PROCREAR. Por más que estemos ya fuera del podio, yendo de lo “óptimo” a lo “abominable”, parecería que no habría nada que criticar. A los fines de la brevedad, cabe consignar al menos que el autor peronista (¿y “negrero” como dijo alguna vez Cabandié?) siquiera registra que en el aviso de PROCREAR el blanco y joven propietario (¿funcionario público?) esquiva alevosamente el “festejo de gol” que le proponía su “compañero” obrero de la construcción (¿racismo?, ¿xenofobia?). Son imágenes que trascurren por unos pocos cuadros pero expresan seguramente algo más criticable (es cuestión de saber ver) que la pelotudez hecha por un grupito de alemanes a miles de kilómetros de distancia.

Le quedan al artículo aparecido en la sección Deportes de Página/12 apenas dos párrafos en los cuales describir, resolver y criticar lo que se anticipaba como “abominable” (quedará por ejemplo afuera de su propio corpus la serie ‘El pibe, la piba, la abuela y Quique’[9]). Por lo menos uno (el último) deberá merecer aquella calificación que se supone que para algo estuvo escrita. Lo notable es que pese a lo que uno podría apostar al iniciar la lectura del artículo, el elegido para tal última posición no es el cuasividelista “Nadie gana un mundial solo” de Presidencia, sino “Arenga” de la empresa-mixta-de-tarifazo-constante YPF (único del que se consignan datos de producción “por la sucursal de la agencia estadounidense Young&Rubicam”; ¿qué habrá pasado con aquello de “una línea general común, coordinada por la Secretaría de Comunicación Pública”?): “Mientras los jugadores del equipo argentino escuchan como colimbas sumisos, una voz pregona con entonación castrense: «La gloria no se encuentra, señores, a la gloria se la busca. Somos un equipo, o no somos nada. Vayan afuera... y hágannos sentir orgullosos…»”. Se refuerza aquí la cuestión castrense (el párrafo se titula “Derecha, dreeee”), que no aparece como tal a la hora de referir al aviso que remitía directamente al mundial del ‘78 (¿efecto de haber insistido en demasía –hipócritamente– en el componente cívico de la dictadura cívico-militar?).

Vayamos entonces al penúltimo párrafo de la enumeración, lugar en el que la publicidad oficial “descarrila” (sic). “Dice que «el Mundial no lo gana un jugador o un equipo: lo gana un país entero. Y para ganar hay que tener un país unido», una falacia que desciende en línea directa de la retórica que la dictadura utilizó durante el campeonato de 1978…”. “Entre las imágenes se ve la ceremonia en la que Néstor Kirchner ordena bajar los cuadros de los ex dictadores Videla y Bignone y algunas de las frases del texto provienen de discursos de Cristina. Esta pieza constituye una banalización insoportable y un uso espurio de cosas demasiado serias.” Como referíamos, la dictadura aparece despojada de adjetivos mientras que no sabemos qué entra dentro del “uso espurio de cosas demasiado serias” (¿La mención al número global de nietos recuperados cuya mayoría restituyó su identidad antes del 2003? ¿La aseveración –aún más temeraria– de que los chicos argentinos “tienen futuro”?). Amén de que dentro de la “crítica” nunca se pueda ahorrar la mención a “los cuadros”, fuera de los nombres de Videla y Bignone no aparece nada castrense, reservada ‘estratégicamente’ para “Arenga” de YPF.

Entre tanta “productividad” audiovisual, el columnista de la sección deportes estuvo obligado a dejar fuera del corpus a otros avisos, que van desde lo obvio (los que tratan la partida del seleccionado por la empresa sociedad-fantasma Aerolíneas Argentinas) o lo estúpido (las “jugadísimas” exposiciones de embajadores y cancilleres latinoamericanos en una reunión de la OEA a favor de pagar la deuda inmoral, ilegal e ilegítima) a lo (nuevamente) abominable (como aquel que comparaba un destruido hospital público en 2003 y un vacío e inexistente hospital público de hoy).

Verbitsky como kirchnerista ‘orgánico-pero-“crítico”’ pretendió dejar recluida la “crítica” bajo el planteo de que una realidad con claroscuros se refleja en una producción audiovisual oficial con claroscuros (“Lo mejor y lo peor de estos años se trasluce en esta campaña…”). Veremos luego que (cual vampiro…) le fallan hasta los reflejos.

3) Crítica insana

Una crítica que no sea la sana crítica aspira a construir un objeto que permita visualizar la complejidad de lo criticable. No es la ausencia de pluralidad de voces (solventes)[10] en los entretiempos (una sola multinacional –mafiosa– pautó allí: la FIFA). No es la utilización política del Mundial o del fútbol. No es la presencia o ausencia de avisos estatales de “interés público” que se suele ejemplificar como objetivo (cumplido/incumplido). No es que se haga propaganda (de la cual se hace la siempre ilustrativa distinción entre publicidad y propaganda…). Siquiera es, entonces, algo particular ocurrido entre el 12 de junio y el 13 de julio de 2014.

Para que se entienda debo decir que la propaganda hubiese sido preferible. Quince minutos con el logo del Frente Para la Victoria ocupando la pantalla, fragmentos de las películas de “Néstor”, reponer los spots muy bien pensados de la campaña 2011 de la serie “La fuerza de…” o ubicar alguna remake del ya mítico festejo audiovisual del fin de un gobierno que implicó el “Menem lo hizo”. Hubiese sido publicidad o propaganda mal o bien pensada para intentar influir en la evaluación de alguien sobre el gobierno. Hubiese podido fracasar cualquier intento de ese estilo. Y, comparativamente, hubiese sido preferible.


A lo que habremos de tratar cabe incluir una (quizás) excepción. Un único aviso de propaganda, es decir destinado a influir positivamente en un eventual receptor. Se trató de “Hoy más que nunca, nadie queda afuera”, con un tono similar a la serie “La fuerza de…” de la campaña 2011. Quizás haya sido el único pensado con una lógica publicitaria: bajar línea a través de una cierta sutileza para intentar saltear las (obvias) barreras que puede anteponer un receptor al que (supuestamente) se quiere llegar (en la misma línea, después del mundial hicieron una notable pieza de sutil cinismo con un spot del ANSES sobre un ex colimba de Malvinas).

Por fuera de la excepción (incluyendo quizás algún spot que hoy se me escape), el resto de la producción audiovisual para los entretiempos no estuvo pensada con una lógica publicitaria. No quería vender nada, ni podía vender nada. Creer lo contrario es como suponer que, para el común de los mortales, la caída, por un azar del zapping, en ser una trasnoche parte de la audiencia de algún programa de un televangelista brasilero provocara una repentina conversión religiosa. Sin embargo es un mensaje que funciona, pero no va dirigido a nosotros. No se trata de lógica publicitaria del target. Su target fue, por definición, un público al que no se quiso convencer, sino, al contrario, cebar. Target no publicitario, gente a la que se quiere dotar de herramientas más estúpidas de aprehensión de la realidad, porque justamente eso es lo que hace falta. Apuesta arriesgada que incluía el festejo del campeonato con la banda del Regimiento de Granaderos entrando a Plaza de Mayo mientras los pibes (cebados) cantaban “porque Néstor no se fue…”


Haber criticado sin más el contenido de la publicidad de los entretiempos[11] habría sido entonces un ejercicio fútil sólo superado por la estupidez de diferenciar publicidad de propaganda. Esto último ya venía siendo algo que se escuchaba mucho, en especial a propósito de 678, cuando se trata también aquí de un target no publicitario, de una mera prensa partidaria (en el buen sentido[12]) destinada exclusivamente a bajar línea a los propios para que puedan encarar con alguna línea (algo diferente del vacío y derechista discurso gubernamental[13]) su militancia local en trabajos, escuelas y facultades. En definitiva los entretiempos del mundial son comparables a 678 sólo en target, pero los spots siquiera bajaban línea estúpida, bajaban estupidez. Más bien, bajaban un acostumbramiento a que ese sea el nivel del debate político en Argentina, es decir uno que hacía recordar a 678 con saudade.

Pero ese tipo de estupidez es inteligente (es más inteligente que inteligible), dicho lo cual con total independencia de la “inteligencia” del emisor. El necesario rol pedagógico del estado pasa del ‘acostumbrar’ en la dominación a construir un educativo tedio ante el poder mediante un mensaje que no dice lo que dice sino que espera del receptor mera resignación. Se trata más del poder que de la publicidad. De determinado uso del poder. En la pareja coerción-consenso, está claramente del más cerca del lado de la coerción. Si Estados Unidos invade Irak con el pretexto de armamento prohibido su poder está mediado (no importa con cuánta mentira) por algún tipo de racionalización (el –mínimo– consenso busca colaborar con la coerción). La racionalidad realimenta pedagógicamente un tipo de dominación (basada en la pax americana de los “derechos humanos” tal como se construyó en los noventa). Cuando Israel invade Gaza su pretexto empalidece aún siendo cierto (un caso policial de 3 secuestros), dado que el poder se expresa sin mediaciones. Las justificaciones huelgan, independientemente de que “existan”. Saquemos el poder militar y diplomático de las ejemplificaciones. Cuando Menem amplía el número de integrantes de la Corte es porque sí (la justificación era risible: “somos pro-norteamericanos hasta en el número de jueces…”). El poder se reencuentra de la forma más directa con uno de sus fundamentos menos discutibles, su capacidad (no cabe discutir sus atribuciones). La propaganda aquí no tiene lugar en forma de justificación, sino que el propio ejercicio del poder es la propaganda. En este sentido debemos corregir lo que decíamos antes que parecía ubicarnos fuera del target. Cuando los libros de lectura de primaria de la segunda presidencia de Perón se imponen, poco efecto publicitario tradicional podrían causar sobre estudiantes y docentes dado que son estúpidos en cuanto a su contenido. Pero educan en aquel tedio, son la forma simbólica de ejercicio del poder más parecida a la fuerza física. El estado como monopolio de la violencia simbólica legítima de Bourdieu se retrotrae a un monopolio de la violencia física legítima haciendo uso de un tipo de violencia que cae fuera de las definiciones. ¿Aquí quizás haya que dar vuelta a Bourdieu: violencia que se reconoce como tal? ¿Cabría aquí volver al realismo de pensamientos como el de Schmitt? Al menos hay que hacer esto último para dar cuenta de la irrealidad de la tradición más importante del pensamiento político, la liberal, que ha sabido construir una maraña de fantasía sobre lo que es en todo el mundo el ejercicio (también) del poder político. Lo que hay que notar es que en los ejemplos mencionados (de Kirchner, Netanyahu o Perón) no hay nada necesariamente “fascista” o “totalitario”. Se trata de un ejercicio del poder que perfectamente hacen los liberales (a Menem podríamos agregar Berlusconi por poner un ejemplo cercano a él), para recurrente desconcierto de los liberales que intentaron fracasadamente resistir ese tipo de ejercicios.

Hay que agregar que la mencionada estupidez puede ser “importada”. Valga el ejemplo de los buitres, el Pepe Mujica y Vaca Muerta. Mujica, quizás diciendo algo sin pensar a las apuradas o (al contrario) pensando que sería una sutil chicana, atribuyó a los (ciertos) buitres financieros la intención de “quedarse con” Vaca Muerta. El argumento era tan ridículo que cabría pensar en las movilizaciones de Unidos y Organizados en defensa de la soberanía nacional… de Chevron. Pasaron varios días para que los kirchneristas pudieran asimilar esa estupidez. Así lo estúpido se convierte en inteligente, quiero decir en “útil”, a través del mero ejercicio del poder (siquiera de la repetición) que hace de nuestra “reconquistada soberanía” algo soberanamente entregable por nuestro “nacionalista” gobierno.

Todo lo dicho pareció en algún momento requerir de otra palabreja. Este tipo de ejercicio del poder parece necesitar una exclamación en contra de la impunidad.[14] Pero me parece que achataríamos las cosas. La impunidad la tienen en común el policía en la represión o Verbitsky cada vez que se sienta a escribir cualquier cosa, incluso para agraviar a algún trabajador en lucha reprimido por aquél policía. Pero se puede tratar de poder que tenga alguna mediación, que su ejercicio remita a alguna “formalización” o justificación que pretenda al menos una violencia simbólica, una violencia que se desconoce como tal. ¿Cuáles de todas estas violencias estatales nos provocan? ¿Tiene sentido poner el foco en una por sobre otra? ¿El estar sometidos a la violencia física del estado no haría priorizar nuestras (agobiantes) críticas hacia ella? Me parece que falta revisar nuestra miríada de conceptualizaciones sobre poder, no necesariamente para poner algún tipo de ejercicio en el lugar de “más abyecto” sino para comprenderlo sin aplanarlo (estoy tentado de decir “como Foucault”).

4) Crítica de la crítica (sin dialéctica ni, sobretodo, Aufhebung)

Debemos por fin ir al tema de este artículo, juzgue Ud. si hubo trampas en el derrotero. La sana crítica es aquella que evita sacar conclusiones políticas de aquello sobre lo que hace crítica política. Verbitsky es el gran maestro de esto. Alguna vez escuché de primera mano el dilema al que se enfrentaba (hace ya como diez años) una profesora marxista a la hora de contestar sobre un ofrecimiento laboral realizado por una universidad del Conurbano que no se caracteriza por su “pluralismo”. Justamente decía que la oferta venía acompañada por un explícito “algún diferente tenemos que tener” (o palabras equivalentes…). No lo cuento por saber éticamente cómo debería enfrentarse un dilema así (ni sé qué eligió tal profesora), sino para plantear las formas conscientes o inconscientes del falso pluralismo. Los medios del gobierno a la hora de hacer alguna invitación extraordinaria pueden ejercer conscientemente ese falso pluralismo. Se trata de un juego transparente que se reconoce a primera vista. Pero el juego más fecundo del falso pluralismo no está en la “oferta” de “apertura” hacia quien dice “ser crítico”, sino en la (digamos) “demanda” de quien adhiere sin haber sido llamado. Y esto hay que entenderlo de cualquier manera que no sea una línea “cronológica”. La ridícula (desde su lugar) denuncia de las sabidas torturas en comisarias bonaerenses, los ascensos de Milani, el papa cómplice de la dictadura. Se trata de algo peor que una universidad del Conurbano en la que sus colegas le dicen recurrentemente “a llorar a la Iglesia…”. Se trata de un proyecto privado (me refiero a un partido político, algo que no es de todos por más que se trate de algo vinculado a lo público) cuya oferta no es consciente y su demanda es “espontánea” (caso contrario habría que postular una consciencia superior prestidigitadora). La espontaneidad va más allá de los emolumentos, dado que hay multitud de personas y organizaciones (desde kirchneristas con “crítica” a los “críticos” del neosabbatellismo) que aún hoy siguen “demandando”.

Verbitsky es en este sentido un modelo de conducta; literalmente. Dice ver cosas que otros ven (más allá de limitaciones compartidas) y así sigue siendo modelo del que ve pero sin embargo apoya (en especial, por ver artilugios para apoyar). En esta década los modelos de conducta van cambiando. En otros tiempos era Sabbatella con su estúpido “apoyo lo bueno y critico lo malo” que marcaba su ahistórica limitación moral históricamente situada. Era mejor modelo porque hacía corresponder un posicionamiento político-cultural y un grado del desarrollo de la consciencia (parcialmente) cooptada con la oferta electoral diferenciada de entonces. Luego pasó lo que ya sabemos, el sabbatellismo cultural y el respeto a su estúpida consigna quedó recluido (exclusivamente) en la revista Barcelona, mientras que el lugar de aquél como grupo político pasó a ser ocupado por el neosabbatellismo. Verbitsky es la figura de reemplazo, intentando encarnar el compromiso difícil (pero exitoso) entre fe ciega y “crítica” a una parte de lo que se ve cuando se está autorizado para mirar.

Pero no se trata sólo de una figura de reemplazo, sino de un coletazo en un momento de menor productividad cultural del oficialismo que trabaja con un target cada vez más idiotizado (aquí, nuevamente, el éxito). Es entonces que las argumentaciones pierden consistencia. No digo que sean más mentirosas que antes, sino que son susceptibles de desarmarse con alteraciones menores a su propio enunciado sin necesidad de reponer largas argumentaciones por fuera.

¿Qué significa “Lo mejor y lo peor de estos años se trasluce en esta campaña destinada a la mayor audiencia posible”? Lo “peor” no estuvo entonces como nos dijeron por tanto tiempo en el golpismo de la Sociedad Rural, los “medios hegemónicos” y el buitrismo financiero? ¿Estuvo entonces en un gobierno que renueva la cultura castrense de la última dictadura o en el “uso espurio de cosas demasiado serias”? ¿No se ha hecho eso? ¿“Estos años” son los años de Milani jefe del ejército (es decir, algunos meses) o la década del gobierno que alguna vez se pretendió “de los derechos humanos”? ¿De qué modo trasluce la realidad “lo mejor o peor de estos años” “la retórica que la dictadura utilizó durante el campeonato de 1978”? Por eso decía anteriormente que a Verbitsky ya no le funciona ni su ‘teoría del reflejo’ burda y (mal) armada para la ocasión. Sin dudas, la cultura militarista (por más que exista y se “refleje” en episodios bochornosos como el acto de festejo del regreso de la Fragata Libertad o los ensayos de “trabajo territorial” de los uniformados) no ha sido parte de “lo peor” de estos años. Pero, como decíamos, la consistencia se pierde en el débil equilibrio de la fe ciega y la “crítica”.

Por poner otro ejemplo ya citado de Verbitsky, cuando decía (en febrero) “La peor coyuntura resulta moderada por los cambios previos en la estructura social y esto permite soportar un cimbronazo que de otro modo podría haber sido devastador, como ocurrió en las crisis cíclicas pasadas…”, cualquier lector (no cebado) podría leer lo obvio, “los cambios previos [obviemos lo de estructural, cosa que siquiera Verbitsky se animará a sostener en el mismo artículo] son los que permiten la amortiguación del ciclo sin el cimbronazo político”, ergo, el “cambio” pudo haber sido realizado sólo para la comodidad y reaseguro de quien está en el gobierno (un gasto más oneroso que la nafta del helicóptero, pero seguramente más grato). Se postula lo reversible del ya siquiera “modelo”: el ciclo político inventó el ciclo económico, lo que puede convertirse en que el ciclo económico manufacturó al ciclo político.

Para finalizar, volvamos a la nota de la sección deportiva. La pérdida de consistencia de la argumentación puede llegar a hacernos creer que hubo un lapsus de su inconsciente donde en realidad sólo hay un “lapsus” de su ideología. En el segundo párrafo decía: “La publicidad comercial y el lenguaje patriotero y ramplón con que empresas transnacionales se presentan en todos los países como la quintaesencia de la nacionalidad quedaron confinados esta vez a los canales de gestión privada.” Es un acierto constatar que el patrioterismo más ramplón suele ser usado por las multinacionales más abusadoras. ¿Por qué no podría llevar ese tipo de suspicacia a la publicidad de los canales de gestión pública…? Hablamos de patrioteros y ramplones mientras se hacen cosas como negociar (siempre a la alza) con jurisdicción “prorrogada” la deuda ilegal multiplicada en la dictadura cívico-militar. Aquí sí hay un ejemplo de “lo peor” de estos años. Quintaesencia de la nacionalidad.

[1] O confunden todo, que es su manera de desconocer. Escribiendo estas líneas vino a mi memoria uno de los casos que, en su momento, me hicieron ver la utilidad de preguntarse por aquella asimilación a los dominantes. Había sido tratando cuestiones de política educativa en tiempos en que autores de la progresía todavía decían estar en contra de los “ajustes”. “Que un Ministerio que representa lo educativo en el gobierno piense en limitar el ingreso o la gratuidad cuando el paradigma educativo moderno es «la educación para todos a lo largo de la vida»­ resulta incomprensible de no ser por la presión fiscalista a la que está sometido, así como por la introyección de valores propios del fundamentalismo de mercado…” (José Luis Coraggio, «La crisis y las universidades públicas en Argentina», en Mollis (comp.), Las Universidades en América Latina. Buenos Aires, CLACSO, 2003. p. 117.) Entonces me pareció sintomático cómo el supuesto paradigma dominante termina siendo dominado por alguna introyección… (¿no dominante?) religiosa…

[2] La idea de monopolio (desde otra perspectiva y en otro momento) puede verse también en el más lúcido analista del liberalismo local. “…el kirchnerismo produce el único relato que hay en la góndola. Ni Macri, que sería el que tendría [!] que contar otro cuento, es capaz de aportar otro relato. El kirchnerismo dice: «acá hubo un proceso de democratización radical en los años 70, que fue tan eficaz que hubo que abortarlo con un golpe sanguinario y siniestro; a partir de ahí se instaló una democracia fraudulenta frente a la cual la gente se levantó en el año 2001, vino un fenómeno que no entendemos bien –no queremos comprenderlo, además, porque venimos de eso–, el duhaldismo, una especie de desarrollismo de derecha; y en un giro alocado de la historia (diría Forster) aparece Néstor y retomamos el 76, activando un proceso de democratización tan radical como aquel y tan eficiente que nos dan un golpe con las balas de tinta». Y ahora con los votos, un golpe raro. Todo lo que encuentro son cuestionamientos a ese relato, pero no encuentro otra explicación política igualmente operativa.” C. Pagni (entrevista), «El aristócrata que quería ser marginal», Crisis, Nº 17, diciembre de 2013-febrero de 2014.

[3] Por supuesto que cada tanto vuelven y volverán cada vez que sea necesario para enfrentar la resistencia al ajuste. P.e. Artemio López Rega, «Neoliberalismo trotskista», Perfil, 26/7/14.

[4] El kirchnerismo como política sin pasado lo tratamos por ejemplo en «La masacre de Once y el modelo (ya) profundizado»,  marzo de 2012.

[5] Ver «Planes para que no haya planes: viaje por la cartografía política kirchnerista», septiembre de 2012.

[6] El siempre abombado y (cabe llamar) economicista ‘basualdismo’ requiere una “vuelta de tuerca” para hablar de los ochenta que, para llegar a lo mismo, desmerece (aún más) la correlación de fuerzas ideológicas bajo eternas e inasibles categorías económicas que actúan como si la historia argentina se redujera a 4 ó 5 individuos racionales que constituyen tales categorías: “el gobierno cuenta entre sus activos con la falta de confluencia entre los intereses de los sectores dominantes. Sólo en ese sentido la situación es similar a la de los últimos años del alfonsinismo, cuando los acreedores externos competían con los grupos locales subsidiados por los escasos recursos que le quedaban a un Estado en bancarrota y sin acceso a los mercados internacionales.” H. Verbitsky, «Curva cerrada», Página/12, 9/2/14.

[7] El entendimiento aritmético de la política lo tratamos en «Planes para que no…».

[8] Olivia Sohr, «Trabajo, construcción y netbooks, un análisis de otro spot mundialista», Chequeado.com, 9/7/14.

[9] Ariel Riera, «Un chequeo al spot sobre jubilaciones», Chequeado.com, 11/7/14.

[10] Nos estamos centrando en la crítica o sobre las críticas al contenido de los spots, dejando de lado toda la (cansadora) cuestión económica de la publicidad de los entretiempos. Quizás sí sea algo diferente de estos “debates” aburridos un caso que ocurrió fuera de los entretiempos: el pedido por parte de relatores y comentaristas de donaciones (a llevar al propio canal) para los inundados del Litoral. Patético entrecruzamiento entre la jactancia fiscal del estado a la hora de no dejar pautar (salvo el caso de la FIFA –¿pero eso se paga?– ) e insolvencia a la hora de atender a la población en situación de (previsible) catástrofe.

[11] Lo de Chequeado.com haya sido quizás uno de los pocos aciertos. Su tipo de subgénero periodístico “de datos” le permitía acotar algo que criticar sin hacer una pontificación que presuponga el carácter publicitario del contenido.

[12] El Grupo Gvirtz cumple la función de la ausente prensa partidaria del PJ. Cuando la mal llamada ley de “reforma política” reforzó una lógica partidaria en los requisitos de las candidaturas, en lugar de insistir en afiliaciones y números de votos en las primarias, debería (ja) haber exigido órganos partidarios formales. Se vería (para bien o para mal) que es en la izquierda (por caso, con sus prensas) donde se respeta una idea de partido que incumplen de cabo a rabo los adoradores abstractos de las instituciones o de los partidos como monopolizadores de la política.

[13] La lógica del discurso doble (lo opuesto a “doble discurso”) la tratamos en «La masacre de Once y…».

[14] P.e.; D. Rojas, «Los kirchneristas que leyeron mal a Borges», Infobae, 29/7/14.

No hay comentarios:

Publicar un comentario