A principios de septiembre de 2011 di con un artículo en que quedaba claramente expuesta la visión de lo que llamo "neosabatellismo" acerca de la lucha por la universidad pública y gratuita, al tiempo que mostraba sus pautas de entendimiento de la política en general. Para colmo de males el autor oficiaba de copresidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires. Como tantas veces, apareció la compulsión a la respuesta. La escritura rápida y concisa tenía la aspiración no solamente de pretender la réplica en el diario que había publicado el artículo, sino también la de conseguir algunos "cómplices" para una firma colectiva. En este último punto falló el plan. El "botón de muestra" valga para ver cómo determinados sectores entienden la política en abstracción total de las correlaciones de fuerzas concretas (a lo sumo sólo perciben las fuerzas electorales) y con un desprecio por todos aquellos que desde distintos lados y con distintos tipos de lucha hicieron y hacen la historia. Salvando estas calificaciones, el "botón de muestra" (parte y contraparte bien acotadas) sirve para obviarnos el tipo de insultos que típicamente se usan desde el marxismo (visión "idealista", "pre-...", etc.; y mi socarronamente "preferido", visión "no dialéctica"). Valga la mención al debate marxista porque en aquellos tiempos este sector se presentaba como "izquierda", cosa que hoy (en campaña electoral) tiende a sustituir por el siempre preciso término de "centroizquierda"...
Los otros somos los estudiantes
Alejandro Blancovsky
En su edición del 29 de agosto [de 2011], Página/12 publica una columna del copresidente de la FUBA Ignacio Kostzer bajo el aparentemente ambiguo título de “El otro modelo chileno”. Uno podría pensar que cuando se habla de “el otro” se está pensando en aquello que están construyendo estudiantes y docentes movilizados, que el otro “modelo” podría ser aquel que van prefigurando quienes adoptaron una activa inconformidad con el sistema educativo que dejó la dictadura. Y sin embargo, Kostzer pretende que la otredad no es entre el estado y la juventud movilizada, sino que son diferencias que sólo están a nivel de las voluntades de los gobiernos.
Se plantea una mirada de aprendiz de “geopolítica”, haciendo como si los gobiernos fueran los únicos jugadores capaces de imponer distintos “modelos” y diversos grados de acceso a la educación. La rebelión chilena se presenta entonces como “impacto” continental, tergiversando la lucha social para ponerla como desencadenante de la alternancia política. Así, la declaración de aspirar a un Chile “en consonancia con los procesos de cambio más avanzados de nuestro continente” queda trunca como aspiración, haciendo de la idea de “proceso de cambio” un eufemismo de nueva coalición de gobierno “integrada” a un cierto humor latinoamericano que no se puede precisar cuán “avanzado” es. Sin embargo, la imponente irrupción del movimiento estudiantil chileno viene a torcer una correlación de fuerzas cristalizada que había permitido barbaridades como la educación con (expreso) fin de lucro. Correlación de fuerzas que no había sido alterada por 4 períodos presidenciales de la Concertación. Para aprender “geopolítica” hay primero que atender a las correlaciones de fuerzas (sociales, políticas, ideológicas); hay que aprender primero política.
Haciendo caso omiso a las correlaciones de fuerza no sólo no se puede entender la realidad, sino que se desmerece el movimiento chileno en el mismo acto en el que se pretende ensalzarlo. Así, se mencionan a Macri y a Duhalde como embajadores del “modelo” chileno en Argentina, como si lo que aquí podría ocurrir con ellos fuera producto de su mera voluntad. Recordemos que entre los proyectos de ley de educación superior con estado parlamentario, hay uno del partido de Macri que reconoce la gratuidad del grado universitario. Recordemos que durante el gobierno de Duhalde, su ministra de educación tuvo que reconocer que se había perdido la batalla por el arancel directo que habían emprendido Menem y De la Rúa. Esto hay que decirlo no porque Macri o Duhalde no sean de derecha, sino porque se corre el riesgo de desmerecer no sólo al movimiento chileno, sino a la enorme resistencia que durante los noventa frustró en Argentina parte de las políticas neoliberales. Y si hoy podemos ir a la universidad pública no se lo debemos a Menem, De la Rúa o a Duhalde, sino a los que lucharon con nosotros o antes que nosotros.
Cuando se desmerece la historia de los pueblos, aparecen “modelos” y fórmulas abstractas que poco pueden dar cuenta de, en este caso, la situación del sistema educativo. Así, el 24 de agosto [de 2011] el Consejo Superior de la UBA emitió una declaración en la que intenta ligar “las banderas” del movimiento chileno no a su propia historia, sino a “los más avanzados acuerdos internacionales sobre educación”. Se refiere a la Declaración de la Conferencia Regional de Educación Superior de Cartagena (2008), la cual hace eje en la idea de la educación como “bien público”. Esta declaración (y otras que previamente transitaron por los mismos carriles) sólo tienen sentido como respuesta (anacrónica) a la hoy inverosímil propuesta de liberalización del “servicio educativo” hecha por cuatros estados en la Organización Mundial del Comercio en 1998. Para tales declaraciones “el otro modelo” es el que habían propuesto entonces Estados Unidos, Japón, Australia y Nueva Zelanda. Cuando Kostzer vota [como consejero] tal pronunciamiento en el Consejo Superior asume la delimitación del “otro modelo” realizada por la Conferencia de Cartagena (en el consejo sólo la izquierda se opuso). Cuando escribe en Página/12 hace del “otro modelo” aquel que fijan las “derechas liberales sudamericanas”. Y tal compatibilidad de fórmulas abstractas es la que constituye un obstáculo para entender qué pasó y qué está pasando con la universidad latinoamericana. La declaración de Cartagena (citada en la resolución del Consejo Superior) pretende que la idea de “bien público” se enfrenta a corrientes que promueven la “mercantilización y privatización” de la educación. El meollo de la cuestión pasa por “el otro modelo” que tal concepción supone: en tanto se trató de un (tardío) posicionamiento frente a la liberalización del “servicio” en la OMC, restringió la “mercantilización y privatización” a liberalización de la educación como “bien transable”. Y es así que hasta el gobierno de Piñera podría asumir esa delimitación. Al entender la mercantilización y la privatización según la pautas de la OMC, queda opacado todo el proceso efectivo de mercantilización y privatización que hubo en Chile (y ni hablar en países en los que hubo más resistencia). Piñera podría asumir la idea de “bien público” en tanto no le haría retroceder en un ápice las políticas de mercantilización y arancelamiento llevadas a cabo desde la dictadura. Y sin embargo, lo que nos vuelve a enseñar el movimiento chileno es que el retroceso de la mercantilización y la privatización será por vía de un proceso de lucha social masivo.
5/9/11
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