25 sept 2012

Planes para que no haya planes: viaje por la cartografía política kirchnerista

Alejandro Blancovsky

Hace pocos meses el problema de la sucesión tenía como único discurso público posible la especulación acerca de la reforma constitucional. Y hoy la situación parece ser la misma. Desde el verano se mostró que la profundización del (previo) mapa político de la dicotomía y el ballotage permanente (exaltando al principal enemigo-socio, Mauricio Macri) sirvió para colocar las cosas en el lugar acostumbrado: afianzando las bases del (en ese momento) “plan” principal de sucesión al tiempo que se lo ocultaba como tal. Veremos que se trata de un “plan” que se propone abierto (permitiría tanto la sucesión como la re-reelección) y que por un par de semanas, pareció suspenderse ante la aparición del “Plan B” (más bien, se pretende la alternancia entre ellos). El “Plan B” vino en su momento a acaparar toda la atención, llevándonos a lo que se presentaba como único tema de discusión posible (la “interna” del PJ, focalizando a su vez –otra vez– en la provincia de Buenos Aires) y pretendiendo ocultar el modo con que se maneja el poder en los últimos años que fue, es y (por un tiempo) será tributario (y derivado) de lo que denominaremos “Plan Ahh”.

No obstante, habrá que sacarse algunos prejuicios. Algunos de ellos los tratamos en el excursus dedicado a los principios metodológicos, pero antes que nada debemos aclarar qué entendemos por “plan”. No entendemos el “plan” como “jugada”, como ‘movimiento de ajedrez’ o como estrategia. El oficialismo no está todavía (ni nadie) operando en ningún tablero maestro. No hay aún jugadas, jugadores ni maniobras. Justamente el plan que se tiene es el de retrasar lo más posible todo plan, propio y ajeno. Y para que tal retraso pueda ser posible en un último mandato constitucional, antes que ver cómo se ordenan las “jugadas”, hay que operar sobre la vida cotidiana de todos, los prejuicios sobre el futuro, las expectativas de un porvenir ordenado. Hoy hay dos planes para que no haya planes. Hay dos planes para orientar no las acciones de los jugadores, sino para orientar las percepciones de toda la población (incluyendo, indiferenciadamente, a los potenciales jugadores). El trabajo de conducir la acción se relega ante el trabajo de orientar la percepción. Son modos distintos de ejercer el poder y son formas distintas de intervenir en la realidad. No se juega en el tablero de ajedrez, sino que prima el trabajo del cartógrafo no sobre un tablero, sino sobre un mapa. El trabajo del cartógrafo (como veremos), que implica a su vez la primacía del publicista por sobre el hombre de estado, es un “poder más básico”. La política del cartógrafo es una política más bestial y que impacta más profundamente en las subjetividades, va “más abajo” en la política (recuérdese a Bush, “conmigo o con los terroristas”). Pero la decisión de seguir la política del cartógrafo por sobre la política del hombre de estado no es un mérito de la “astucia” del gobernante. Todo poder pretende un mapa político, quiere marcar la cancha para jugar delimitando los jugadores que conviene que estén en las posiciones rivales. La diferencia que existe hoy con otros tiempos o con otros lugares está en la facilidad con que el oficialismo impone día a día su mapa con una mínima resistencia. Y entonces jugar al juego de las operaciones de sucesión hubiese sido relegar este “poder más básico” en favor de la “alta política”. Hubiese sido relegar uno de los aspectos distintivos del kirchnerismo para convertirse en una opción electoral más[1]; y es entonces que hacer “alta política” es perder poder. Por todo lo dicho, hablaremos de un “Plan Ahh” y un “Plan B”, para referirnos no a acciones de sucesión, sino a planes para orientar la percepción (y por tanto, las acciones de sucesión vendrán –en algún momento– como consecuencia del efecto de tales planes). El primero de ellos marca la continuidad con el mapa que empezaron a trazar en el 2003 y que terminaron de consolidar en el 2008. El “Plan B” es ‘la enmienda’, las instrucciones necesarias para adecuar rápidamente la cartografía falsa que dibuja la “amenaza de la derecha” hacia dentro del PJ según las conveniencias del momento.

La máxima reza que “cuando no hay oposición, el propio peronismo se encarga de generarla”. Veremos cuánto hay de falso en aplicar tal máxima en la etapa actual. Por lo pronto, los medios nos inundarán de “internismo” y harán su aparición los intelectuales que “reflexionarán” sobre la sucesión en clave de lo que llamaremos “plan B” (de allí la sobreexposición que ha recibido Julio Bárbaro, que, por su parte, tan poco habrá disgustado al elenco oficial). Lo primero que hay que decir al respecto es que el plan B, es un plan del poder y no una escisión del poder. Por lo tanto, la famosa interna del PJ no puede ser el camino de la sucesión presidencial con un carácter abstractamente conflictivo. Al contrario, una interna es algo que se da de formas muy concretas en función de cómo se reparte el poder. Mientras no se desgaste en forma consistente el poder de la cúpula del estado, la “interna” (como lo fue la confección de listas en el 2011) se da en un juego asimétrico donde el “plan” lo impone (con más o menos negociación –lo que no implica conflicto) quien está en condiciones de imponerlo y, por tanto, de darse un lugar (su lugar) en la sucesión. Sólo con un desgaste marcado del poder podría aparecer la “interna real”, la “bolsa de gatos” en la que los distintos jugadores (en un juego menos asimétrico) “se sacan los ojos”. Y es este escenario (o sea, esta situación en la que no nos encontramos) el comentado por el elenco político y el periodismo como si se tratara de una realidad del presente. Pero todo comentario realista sobre un futuro potencial, no es más que un comentario falso a la hora de analizar el presente. Hoy hay poder concentrado y perspectivas por darle continuidad.

Principios metodológicos (excursus lógico-histórico para analizar el presente)

Este excursus se impone para establecer algunas premisas que son imprescindibles para analizar la situación actual. Tales premisas sin ser postulados o axiomas, exponemos como “principios metodológicos” a fin de resaltar su valor operativo. En (el raro) caso de compartir tales principios bien puede saltearse este apartado. A saber, los principios son: 1) no se puede aprehender la sucesión como fichas, jugadas y jugadores, independientemente del poder; 2) el “desgranamiento” no puede ser una presuposición; 3) las discrepancias no son conflictos; 4) el “cristinismo” no existe; y 5) con las matemáticas no se entiende la política.

1) Lo que anteriormente referimos como comentarios realistas sobre un futuro potencial, son juicios abstractos sobre la política o sobre la política del peronismo. Ahistóricos. Muchos esperaban que terminada la nueva “luna de miel” empiecen a moverse algunas fichas con vistas a una lejana sucesión. Movimientos tibios que (según los prejuicios vigentes sobre cómo funciona el régimen democrático “normal”) presuponen la idea de sucesión como un recambio que es producto de un juego que comienza tras bambalinas. A ese prejuicio (falso como prejuicio, pero realista en tanto no contradice empíricamente a otras sucesiones del pasado) se le suma la ley que define al peronismo como “bolsa de gatos”. Juicio aquí verdadero pero nuevamente ahistórico. Al igual que la idea de recambio que se empieza a jugar tras bambalinas, se presupone cierta simetría en la correlación de fuerzas. El ejemplo más a mano que tenemos es el del lento juego entre Menem y Duhalde, iniciado mucho antes del fin del mandato presidencial. Duhalde comenzó quizás a jugar su juego en 1991 (cuando empezó a accionar su paso de vicepresidente a gobernador –por iniciativa propia) para un recambio que podría darse recién en 1999 (en la mejor de las especulaciones en 1995, ¡cuatro años después!). Dentro de la “bolsa de gatos” sólo se “sacaban lo ojos” en momentos en que se estaba más cerca de la simetría (y ni siquiera, dado que –aunque debamos acudir a otra metáfora zoológica– entre bueyes no hay cornadas). En el mediano plazo (hablamos de 8 años), la asimetría forzaba al jugador más débil (Duhalde) a ser “tiempista”, pero la asimetría nunca fue lo suficientemente grande como para anular el juego mismo.

Valga lo dicho para establecer un primer juicio antes de lo que formularemos como primer principio metodológico: nada de lo “esperable” para la sucesión vale hoy en Argentina. En términos metodológicos: no se puede aprehender la sucesión como fichas, jugadas y jugadores, realizando una aprehensión con independencia del poder. Hoy el “juego” parece adelantarse, pero no a causa de que estallen las diferencias dentro del partido de gobierno, sino porque adelantando el “juego” el elenco dominante pretende evitarlo. Es decir, para no verse obligado a la lenta manipulación de fichas y jugadas que impondría un juego más simétrico, el gobierno nacional adelanta el juego anulándolo como tal. La brutal asimetría de poder implica que no hay juego a jugar, sino, al contrario, tan sólo un plan. Y para tal plan, los “jugadores” ajenos no juegan su juego, sino que ocupan el rol planificado.

2) Otro prejuicio a evitar impone otro principio metodológico: el “desgranamiento” no se puede ser una presuposición. La idea de que a la “luna de miel” le sigue el juego de la sucesión implica una aprehensión lineal de cómo se podría ir ordenando el escenario político. La especulación sobre una eventual escisión del poder o sobre algún tipo de “desgranamiento” tiende a caer en tal linealidad. No basta con recordar que la política tiene (de nuevo, abstractamente) idas y vueltas, sino que hay que colocar las cosas históricamente en su lugar. Es decir hay que comprender que esta etapa histórica (mientras dure) se basa en un fenomenal poder concentrado para manipular el mapa político a conveniencia y en una evidente impunidad para hacer y deshacer. Se puede privatizar y comprar acciones. Se puede subsidiar la “competitividad” de los casinos y después pedir aplausos por dejar de subsidiarlos. Se puede decir que Macri es la derecha encarnada y votar en la legislatura para que tal derecha tenga su propia policía. Se puede tercerizar a un privado la acuñación de moneda nacional y luego darse cuenta que se trata de una “competencia indelegable e ineludible” del estado. Impunidad puede implicar tranquilamente que de aquí a unos años Cristina de Kirchner pueda desmentir la “escisión” jugando un picadito en la quinta Villa La Ñata, con camiseta naranja y todo.

3) Las discrepancias no son conflictos.[2] Durante el tiempo en que la revista Barcelona era un medio legible, supo realizar algunas tapas simpáticas que (pese a sus errores “empíricos”) mostraban algunos de los modos de la relación del kirchnerismo con el poder. Una de aquellas tapas daba “fuerza” al jefe de estado frente a los “nadapoderosos”, errando en los ejemplos pero acertando en la lógica política con la cual el kirchnerismo había prosperado.[3] Las “medidas” que el gobierno fue tomando a lo largo de los años tenían como principal mérito oculto el de carecer de toda resistencia. Incluso en tiempos más recientes vemos como siguen queriendo la vanagloria exclusiva por una famosa “iniciativa política” que tantas veces generaría una “resistencia” por parte de la oposición “destituyente” que no haría otra cosa que convalidar tales iniciativas una y otra vez en el Congreso (YPF es un caso claro al respecto). Lo que sigue refiere principalmente al período 2003-2007, con anterioridad al conflicto (real, pero mal planteado) en torno a la resolución 125. De esos años (aunque su lógica siga funcionando en el presente) sobresalen sólo dos discrepancias que fueron susceptibles de generar conflicto. En primer lugar (y es el conflicto más significativo) ocurrió la campaña penalista personificada por Juan Carlos Blumberg. Allí el kirchnerismo demostró que no era audaz ni crispado ni peleador. ¿Cómo solucionó el conflicto? Poniéndose del lado de Blumberg y su campaña mediática. Tan audaz y “defensor de los derechos humanos” es este gobierno que aún hoy tenemos el Código Penal de Blumberg votado por los legisladores “nacionales y populares”. Podría haber peleado y podría incluso haber perdido tal pelea, al menos para merecer algún calificativo elogioso que distinga al oficialismo del resto del elenco político que se caracterizó (al contrario de lo que dice la mayoría de los analistas) por el consenso antes que por la “crispación”. El caso Blumberg mostró justamente un conflicto, pero donde claramente toda la derecha quedaba junta (kirchnerista y no kirchnerista). Cuando es frente a la izquierda o inclusive frente a quienes pretendan una mera sobrevivencia parcial del derecho penal clásico, el gobierno “progresista” se anima a pelear… por las causas conservadoras (aunque sea solapadamente). En otros casos, la contracara (por la que hacía tanta propaganda) en las cuales sí habría peleado por las “causas progresistas” se configuraba en torno a peleas con empresas o leyes que nadie osaría defender (y por eso optaba por tales “batallas”). Así, por esos años, “peleó” contra una Ley Federal de Educación que no defendían ni sus propios autores (como Filmus), contra miembros de una Corte Suprema de justicia que no respetaban ni sus familiares o contra empresas parias cerca de la quiebra como Suez (aquí sí ejemplos de “nadapoderosos”). Con sudor y lágrimas le torcían el brazo a tantos resabios de la “derecha destituyente”, contando ineludiblemente con votos legislativos de tal “derecha destituyente”.

Posteriormente pareció aproximarse otro “conflicto”: la conducción del PJ bonaerense. Allí el que quería el conflicto era el gobernador Solá que disponía de muy pocos legisladores que le respondieran para conseguir su ley de presupuesto. En un primer momento el bloque kirchnerista pospuso la pelea, se sumó al bloque duhaldista y dejó al ingenuo gobernador (“Solo” lo llamará burlonamente Verbitsky) en completo off-side. Debió avanzar el 2005 para que el “conflicto” con el aparato duhaldista se traduzca en un descabezamiento del mismo sin mediar conflicto. Con consenso electoral y billetera se aisló a Duhalde sin pelear con él, pero sobre todo sin pelear contra el “aparato”. Se pasó entonces de la complicidad con Duhalde a la competencia electoral[4] (lugar del que Duhalde todavía no pudo salir). Se trató de un proceso aleccionador: adelantó la lógica del juego político a la que hoy estamos acostumbrados. O sea, cargó de densidad una superficie política que se presentaba como “compleja” para poder sustituir la densidad de un potencial conflicto por un cambio superficial. El nuevo lector de Página/12 que se pretende “politizado” se confundía (se confunde) con cualquier seguidor del “debate periodístico” (independientemente de la empresa mediática), es decir, prestaba (presta) atención al epifenómeno de la discrepancia política compleja y atestada de jugadores oscuros y en tal atención (absorta) se deja llevar al camino de un “realismo político” que interpreta como “audaz” cada movimiento conservador (“pero movimiento al fin”, dirán). Y con la atención absorta no pudo ver (no puede ver) lo superficial del cambio que habrá de ocurrir: en este caso, el cambio de “accionista principal” del “aparato duhaldista”. Más bien (como lo confesó por otra parte el propio Feinmann) no lo ven aún viéndolo.[5] Por lo dicho, cuando afirmo que se trataba de un proceso aleccionador de este “paradigma de la complejidad” no me quiero quedar en el hecho de que la “atención” hacia la superficie opere como mera distracción. No se trata de la cuestión informativa o comunicacional de la atención desviada, sino de la cuestión ideológica que hace de la “audacia” algo utilizable sólo para denunciar una realidad que sabemos que no se pretende modificar.[6] Se trata de la audacia conservadora del kirchnerismo: puede tener (aunque en casos muy puntuales) un discurso de “denuncia” que unifica a su tropa para así poder anular cualquier intención de que tales seguidores aspiren a cambiar eso que denuncian (y con el beneficio adicional de concentrar para los seguidores la referencialidad, enfocando en la cúpula del poder –fortalece así la [falsa] idea de “cristinismo” de la que hablaremos). Más bien, creen que empujan cambios por “denunciar”, cuando lo que ocurre es exactamente lo contrario.[7] Todos los “progres” conservadores son consecuentes en operar tal mecanismo, pero quien lo maneja con mayor maestría es Verbitsky, quien puede ganarse el título mundial del funcionario denunciador más fracasado de la historia. Y el mejor ejemplo sobre tal mecanismo también puede ubicarse en la provincia de Buenos Aires: así Verbitsky puede denunciar la tortura en las comisarías de la bonaerense, reduciendo su papel de “progre” en la mera denuncia de una realidad fuera de todo contexto político. Está demostrado que sus “atentos” lectores, pueden tener la información sobre lo que es la bonaerense, denunciar efímeramente la responsabilidad de Scioli (o de quien convenga en ese momento), para luego votar al PJ en lista completa. Y esto es porque son sagaces intérpretes de la complejidad de la realidad argentina. Y esto es gracias a que su conservadurismo es exaltado día a día como “politización” (que a su vez requiere de un mayor consumo –realista– de “información”). Se muestra aquí el funcionamiento perverso de la ideología kirchnerista: al no informado se le miente en grande; al parcialmente informado se le sustituye su “desvío informativo” por un atajo moral.[8]

De esta digresión histórica debemos tomar como principio el no ver necesariamente conflicto en la discrepancia amplificada mediáticamente. De todos los elementos que fueron presentados en torno al affaire del aguinaldo bonaerense, no hemos visto ninguno que valga la pena tomar en cuenta como para calificar a tal episodio como “conflicto”. De hecho, algunos colaboradores del gobernador decían a los medios que para la pelea (como para el tango) hacen falta dos. Y había que darles la razón. Y sin embargo, al contrario de lo dicho por muchos analistas y opinólogos, antes de concluir que no hubo pelea porque el “segundo” no quiso pelear, primeramente hay que sopesar la disposición a la lucha de “el primero”. Como ya anticipamos, por el momento “el primero” no lucha, planifica. (Y planifica la perspectiva de que sus adversarios necesarios sobrevivan lo máximo posible o sean reemplazados: por caso, si muere Carrió es imprescindible que sobreviva Macri… indefinidamente… –si Diana Conti fuera sincera hablaría de sus deseos de un “Mauricio eterno”.)

4) El “cristinismo” no existe. “Cristinismo” es una de las categorías del periodismo “opositor” que mejor muestra los modos en que se ejercen ciertas “críticas” que terminan siendo cómplices. La palabreja empezó a aparecer con mucha fuerza en torno a las discrepancias por los lugares en las listas para las elecciones del 2011. Con el tiempo su valor parece haber cambiado por dos razones supuestamente poderosas. Por un lado, el kirchnerismo evitó rechazar la categoría, intuyendo su conveniencia (puede sugerir a su vez, que existen una derecha y una izquierda kirchneristas)[9]. Por otro y en paralelo, comenzó una utilización ya no como mera descripción de un supuesto “grupo”, sino que intentó servir como divisoria de etapas históricas. Así (a partir fundamentalmente de Alberto Fernández), aparece la idea de los “dos modelos”: la etapa del diálogo y “los superávits gemelos” frente a la etapa de “crispación” y déficit fiscal y deterioro de la balanza de pagos. El beneficio adicional de la categoría llegaría bastante después: la pretensión de que puede haber alternativas al oficialismo crecidas desde el seno del kirchnerismo. Sin embargo, la pregunta que hay que responder no es qué cosa es el “cristinismo”, sino, necesariamente, qué es el kirchnerismo.

Al inventar la categoría se quiso dividir entre una “minoría sectaria” detentora del poder y el resto del elenco político en el cual pasaría (por milagro) a incluirse la mayor parte del propio partido de gobierno. Construcción mediática en la cual una minoría sectaria habría impuesto al PJ unas listas electorales por sobre el necesario debate interno de un “partido democrático” que tuvo una sola interna digna de mención en toda su historia (1988). Lo que se jugó dentro de la “vida democrática” del PJ en el año que va entre la muerte de su titular hasta las elecciones presidenciales no fue sino la interpretación sobre el origen de la nueva legitimidad del aparato partidario. Dado que este poder político es la suma de la legitimidad de la cúpula más el control territorial (grandes señores feudales, barones, burócratas, punteros, etc.), la disyuntiva estaba en si el control territorial favorecía la legitimidad de la cúpula o si la legitimidad de la cúpula servía para derramarse sobre un aparato que venía muy desprestigiado. Y hay que decir que entonces (y desde entonces) no triunfó la interpretación “sectaria” sino la interpretación realista del proceso de restauración de la legitimidad del partido del orden por excelencia. Se recuperó efectivamente “la política” (de ellos) y cualquier intendente del PJ susceptible de ser escupido en la calle en el año 2002 hoy puede darse el lujo de ser parte de un “proyecto transformador”. Hay aquí una transformación efectiva (en lo que importa, no de la realidad social, sino de la vida cotidiana de tal intendente) que tiene un costo político a pagar en una negociación implícita. Y como se trata de un aparato generoso (es inclusivo hasta con Menem, Dromi y Manzano), el costo a pagar no es la lisa y llana exclusión (nunca nadie fue echado), sino la mera aceptación de una ordenación que dé lugar a supuestos nuevos miembros, no en función del mérito de estos últimos sino como recordatorio de que es la legitimidad de la cúpula la que preside el proceso de restauración del aparato (del proceso de “recuperación de la política”).[10] Ordenación que, además, siquiera era generalizada: se restringía a algunas listas legislativas, el vicepresidente y el vicegobernador bonaerense; en el resto del país, los feudos mantenían su autoridad nobiliaria para sus respectivos armados. (Dicho sea de paso, tal ordenación impuesta no implicó ninguna “renovación generacional”: un PJ con casi todas las gobernaciones y con mayorías parlamentarias a lo largo del país puede darse el lujo de incluir sin sustituir: los supuestos “jóvenes” conviven con los viejos, de Cabandié a Pichetto, de Larroque a Menem. Más votos implican más cargos que implican más “inclusión”, lo que, dada la cantidad de cargos, no implica renovación alguna. Y siquiera es una cuestión formal de cargos públicos: algunos consiguen ser incluidos pero desde el sector privado, como en el caso de los nombrados Dromi y Manzano.)

Lo que importa de esta historia es que nunca estuvo en juego una línea divisoria hacia dentro del PJ. Las líneas divisorias sólo marcaban a los que jugaron definitivamente por afuera y por propia voluntad (Duhalde y Rodríguez Saá), mientras que el kirchnerismo se expandía incluso por fuera del límite de sus listas (no ya solamente MPN, Nuevo Encuentro y el exARI fueguino, sino, con toda nitidez, el chubutense Martín Buzzi). La dirección de la CGT (la principal relegada aunque, por lo dicho, no excluida) aceptó también la autoridad de la cúpula y sólo después de las elecciones una minoría de ella decide autoexcluirse, invocando unas bases que le son indiferentes, pero sin lograr una justificación ideológica plausible para tal autoexclusión. El kirchnerismo no excluye a nadie del PJ, porque es el PJ; con todos sus punteros, barras bravas, burócratas sindicales, barones y grandes señores feudales. Quien vea aquí la sustitución del PJ por un nuevo partido peronista post-PJ (o la mistificada imagen de lo que sería La Cámpora) que lleve la obsoleta “transversalidad” al poder, está mirando una (falsa) construcción mediática del pasado y no sólo no comprende al kirchnerismo, sino que tampoco sabe lo que es el PJ. El mayor intelectual (cómplice) de semejante ignorancia es hoy Julio Bárbaro.

En la versión bárbara de la historia, lo que mediáticamente se construyó como el “cristinismo” pasa a ser no sólo una minoría sectaria sino la vanguardia de “los imberbes”, con el mérito de unir la categoría cómplice de “cristinismo” con la interpretación más cómplice aún de que habría alguna línea histórica que une el kirchnerismo con Montoneros. Esta última vinculación constituyó uno de los mejores apoyos que la más necia interpretación de cierta derecha realizó para con el kirchnerismo (y para colmo de males, sigue hoy realizando). Muy pocos enunciadores se dignaban a firmar tal vinculación que de tan errónea fue progresivamente abandonada (salvo por la correcta –y muy tardía– ridiculización radial de Diego Capusotto) para volver desde el 2011 con menos sustento aún.[11] Inverosímil debate donde unos y otros reivindican la figura de Perón como la mesura de la democracia frente a “la violencia”, reproduciendo a su vez la deslegitimación del accionar guerrillero (en particular de Montoneros), pero siendo presentados como si fueran interpretaciones antagónicas de la historia. Los Kirchner, que nunca reivindicaron a Montoneros y gritan para quien quiera escuchar “que nunca fueron revolucionarios” y que están contra la “izquierda terrible”, sólo tienen alguna relación con la Tendencia en la medida de que aquellos que no quieren escuchar (ni ver, ni leer, como es el caso de Bárbaro) le adjudiquen tal relación (que, a su vez, desmienten día a día en sus dichos y sus hechos).[12] Cristina de Kirchner y Bárbaro debaten no sobre Montoneros, sino sobre quién podría llegar a quedarse con el título de “el nuevo Sábato” mientras dicen renegar de teoría de los dos demonios.[13] Pero lo de Bárbaro (y varios otros) sería irrelevante si no fuera porque refuerzan una legitimidad “por izquierda” del kirchnerismo que este último sólo puede aceptar en las sombras (“por izquierda”, pero –mal– dicho en el sentido de un acto irregular o por fuera del marco tributario). Y así, la acusación es el mejor tipo de elogio, dado que cubre de una pátina medianamente respetable a alguien que no sólo no se lo merece, sino que aún si lo mereciera no estaría dispuesto a recibir tal elogio.[14] Bajo esta lógica de tercerización opositora del discurso doble, la acusación es una de las mejores formas de elogio. Por eso es no sólo mentirosa (sobre el pasado y sobre el presente), sino que es cómplice. Del mismo modo, cuando Clarín (y Macri) habla de la “chavización” del sistema de medios o algún delirante habla de “estalinismo de Puerto Madero”, el incomprobable insulto se transforma en un elogio, en tanto reafirma que lo que está en debate que no es la “violencia”, ni los setentas, ni el republicanismo, ni las formas democráticas, sino si existe o no alguna mínima intención transformadora. Y en este sentido, hasta “estalinismo” es un elogio por partida triple. Con el beneficio de eliminar el análisis de la realidad llevándonos a etapas históricas que nada tienen que ver con la actual, se oculta la realidad (1) y se restringe la crítica (2) a una mera cuestión de formalidades y procedimientos “democráticos”. Como resto del discurso, como saldo discursivo, queda la voluntad de transformación social (3), a la que poca mella le podría hacer la crítica “republicana”, cosa que un peronista como Bárbaro debería haberlo aprendido, en tanto se pretende criticar a un gobierno que se dice peronista (aún con la acusación ridícula de estalinismo) posicionándolo en el lugar que más le conviene (y así cualquier periodista o intelectual que entre en este “camino crítico” pasa a tener como poder crítico el poder radical que podría tener el más oscuro concejal de la UCR en 1948; y, no contradictoriamente, su “crítica” es poderosa en tanto está mucho más amplificada y, por tanto, es poderosamente cómplice). Y la crítica procedimental (los medios) hace años que está demostrado que es muy insuficiente para hacer ver los fines, el injusto país al que tantos procedimientos (republicanos o no) nos condenan.

La búsqueda de un línea de ruptura hacia dentro del kirchnerismo en función de etapas históricas tiene un poco más de asidero. Aquí hay dos posibilidades. O se entra en el místico esquema conceptual de los “modelos” (como ensaya hoy Roberto Lavagna) o se busca una especie de división entre “kirchnerismo” (o “nestorismo”) y “cristinismo”. Discutir tales supuestas líneas de fractura es más difícil, en tanto ya no tiene que jugar la historia (como en el caso antedicho, la de los setenta), sino también la teoría de la historia y la posibilidad de distinguir etapas. Se suma un problema que estaba también en la lectura de Bárbaro, o sea la dificultad de ver la ideología oficial aún cuando ésta se exponga cotidianamente por cadena nacional. Si por alguna conceptualización (que se debe, y que para resumir decíamos ‘teoría de la historia’), el ciclo económico y los resultados fiscales (por ejemplo) debieran ser puestos en un lugar más importante que la ideología oficial, habría que resaltar (aunque no fuera lo principal) que el discurso del “país en serio” y el fomento a la inversión que (por caso) Alberto Fernández o Lavagna reivindican del “nestorismo” no dejaron nunca de estar como punto clave del proceso histórico (desde 2002 hasta hoy). Pero salir de la dificultad para ver la ideología oficial requiere de salirse del juego de espejos entre el supuesto “populismo” del discurso oficioso (pero no oficial) y la crítica a tal discurso, que no es crítico de la realidad sino un juicio doblemente falso. Juicio doblemente falso por ser una crítica desacertada a algo cuyo único objeto de análisis es la falsa publicidad del discurso oficioso.

Por lo pronto, debemos constatar la estabilidad de elencos gobernantes al interior de un partido cuya “vida democrática” interna siempre se eclipsó por el lugar destacado de su cúpula. A fines de los noventa se podía distinguir la aspiración presidencial de Duhalde y (pese a las similitudes ideológicas) la gradual inclinación hacia la salida devaluacionista. Sin embargo, haber calificado a Duhalde de “no menemista” hubiese sido un elogio inmerecido. Y lo mismo vale hoy (se juzgue como se juzguen sus intenciones) para Scioli. Scioli no es “cristinista”, en el mismo modo en que la propia Cristina de Kirchner no lo es. Ambos son kirchneristas, son parte de la segunda etapa de restauración post-2001 del aparato del PJ (la primera fue la conducida por Duhalde-Lavagna) y lo seguirán siendo hasta que cambie la cabeza del aparato (en caso de continuar el PJ en el poder), del mismo modo con que fueron (con entusiasmos similares) fervientes menemistas durante toda otra década gobernada por el mismo elenco.

Decíamos que en la tercerización opositora del discurso doble suele analizarse al gobierno sin tener en cuenta lo que dice el propio elenco oficial. El “sectarismo” que ve Bárbaro en el supuesto kirchnerismo refleja en realidad su propio sectarismo invertido. En el 2011 decíamos que son “las «tinieblas interiores» las que constituyen el kirchnerismo en una secta, no como las que ellos acusan en tanto macartistas, sino una secta masiva”, atribuyendo tal calificación no la cúpula del elenco oficial sino a aquella parte del kirchnerismo que cree en el oficioso “segundo discurso”.[15] Nunca valió tal calificación para una presidenta que habla de “no asustar al inversor” y acusa de vagos a los maestros (como lo haría cualquier otra presidenta –no sectaria, ¿no Bárbaro?– de derecha), sino a quienes apoyan ese discurso sin verlo (“tinieblas interiores” según la expresión de Althusser). Para los simpatizantes del kirchnerismo que sean militantes de la ingenuidad, su “sectarismo” (calificación que para ellos sí vale) no está dado por su aislamiento con respecto al PJ (como supone la categoría de “cristinismo”), sino al contrario, por un aislamiento con respecto a la existencia del PJ como tal, es decir por un aislamiento de la realidad que los hace incapaces de saber lo que es el PJ que (los) gobierna (y en el que militan)[16]. Si algún militante kirchnerista pone un poster de “Él” al lado de un póster del Ché, su sectarismo no está nunca en que tal superposición sea una supuesta reivindicación barbuda de “los imberbes”, de “la violencia” o de la revolución. Tal superposición real pero imposible es sectaria por aislada de la realidad. Bárbaro hace bien en ver sectarismo, pero ve mal porque no está mirando, sólo invierte el sectarismo del simpatizante ingenuo (el que cree que hay alguna relación con Montoneros antes que, por ejemplo, con Gerardo Martínez) y se lo atribuye a la cúpula del “proyecto”, a la jefa de estado, a Boudou, a Tomada, a Capitanich, a Gioja. Es decir, a quienes no hace falta mirar qué póster tienen, porque hablan todos los días de su compromiso con este capitalismo que asegura niveles de desigualdad en varios aspectos similares a los de la década del noventa.

5) Un último principio metodológico: con matemáticas no se entiende la política. Pocas veces ha sido tan perjudicial como en estos tiempos la confusión derivada de la reducción matemática del poder político a un porcentaje electoral o a un porcentaje en una encuesta de “opinión pública”. Una de las interpretaciones periodísticas que circuló interpretaba la “bronca” del “cristinismo” contra Scioli en la “impermeabilidad” del gobernador que lo haría una y otra vez “inmune” incluso a sus propios fracasos de gestión. Así, una interpretación derivada entendió el (supuesto) “armisticio” como efecto de la persistencia de la “imagen” del gobernador en las encuestas de “opinión pública”. Tal reducción matemática no sólo comete el error de atribuir una enorme ingenuidad al poder central, sino que invierte el lugar del poder: cuando el poder se utiliza para operar en el ordenamiento del mapa político, no se puede “suspender” tal operación desconociendo el propio poder para atribuirlo al eventual “ciudadano” de las encuestas.

Saliendo del episodio puntual, el contradictorio latiguillo de “la política explicada en números” que predominó en los últimos meses fue el que refiere al 54% como demostrativo del poder kirchnerista. Sin embargo, contrastando el poder real con el porcentaje electoral (antes y después de las elecciones) se demuestra que tal número no es explicativo. Más bien, al contrario. El 54% es un porcentaje muy pobre para un gobierno que disponiendo (antes y después de las elecciones) de un enorme poder partidario, empresarial, sindical y mediático (tanto por sus propios medios, como por los medios “enemigos” que suelen decir aquello que conviene que digan) compitió electoralmente con nadie y que aún estando en soledad apenas superó la mitad. No se puede aquí tampoco invertir el reduccionismo matemático para llegar a un discurso delirante que vea aquí debilidad (sí advertir del pobre resultado electoral), ni entrar en el patético juego del “porcentaje del padrón” o cosas semejantes. Lo primero que hay que ver es el notable grado de independencia que tiene el poder respecto a “los números”.[17]

Pero tal independencia tiene otras derivaciones notables: se puede usar el poder propio para esmerilar el poder ajeno, sin poner en riesgo “los números” ajenos (incluso, los pueden reforzar). (La interpretación superficial de esto es la idea de que conviene la “victimización”, al costo de centrar el proceso en uno de los términos y por tanto descuidar la cuestión relacional y así desconocer el poder real del “victimario”.) Dicho del lado de la “víctima”: puede un gobierno chocar contra mil problemas, fallar en cada una de las soluciones e incluso “perder” ante esos problemas, sin que tales fracasos se puedan mecánicamente traspasar a una “caída en los números” (y ésto es lo que se esconde en la idea de “impermeabilidad” –que vale para Macri y Scioli, pero también en los mismos superficiales términos para Cristina de Kirchner o Insfrán). Basta con no perder de vista a Macri: pudo incumplir cada una de sus promesas, chocar con escándalos y llegar a ganar su reelección estando procesado. Mil problemas de “gestión” a veces no son siquiera mil votos menos (claro que su socio, el gobierno nacional, ayudó bastante).

Antes de caer en la tentación de las referencias teóricas, habremos de hablar de otro ejemplo de últimos años. Y es que una de las enseñanzas del proceso kirchnerista debería ser justamente la de notar la independencia del poder respecto de ese tipo de números. Y es que (no contradictoriamente) una de las fortalezas que cotidianamente el kirchnerismo demuestra está en que muy pocos pueden sacar del proceso ese tipo de enseñanzas aún cuando estén al alcance de la mano.

Esa independencia fue evidente durante los meses que tuvo “los números” en contra (electorales y de encuestas de “opinión pública”) como lo fue en torno a las elecciones de 2009. Se demostró poder para intervenir en la realidad (lo cual no quiere decir cambiar la realidad). Tenía periodistas y militantes, tenía desde intelectuales y punteros a empresarios y transas que trabajaban por la continuidad del poder, reproduciendo la interpretación del proceso histórico que quieren dar aquellos que lo conducen desde el estado (por caso, la idea del “modelo”). Poder que (aún si nos quedamos en la restrictiva definición como recurso/capacidad) debe ser entendido incluyendo una fundamental dimensión ideológica. No porque tuviera más periodistas, militantes, intelectuales y punteros que el FAP, la UCR o que toda la oposición sumada, sino porque tenía capacidad verificada de construir una realidad (falsa) más atendible que aquellas susceptibles de ser construidas a partir de la capacidad de construcción de realidad de otras fuerzas políticas (no sólo partidos). (Dicho sea de paso, ese momento constituyó una de las mejores refutaciones –aunque tautológica– de uno de los argumentos en favor de la ley de medios: el poder para construir la realidad no está en quien tiene más medios, páginas y periodistas, sino meramente en quien tiene más poder.).

La “política explicada en números” requiere ser criticada a partir de constatar la existencia de dos realidades falsas. En primer lugar, la realidad extramundana de las elecciones según la cual habría una “soberanía” que se expresa a través de la suma de preferencias individuales. Las encuestas de “imagen” e “intención de voto” no son más que la inserción en otros tiempos (un adelantamiento) de la misma realidad falsa extramundana. Salirse de esos momentos “de decisión” para evaluar las preferencias ciudadanas sobre determinados temas políticos que se plantean en momentos ordinarios –por caso sobre YPF–, es acercarse a una realidad mundana que no por ello deja de ser falsa (en rigor, es menos falsa por ser menos “condensada”, al costo de tener un valor “democrático” menor, al costo de no instituir justamente la “sacralidad” democrática[18]). Así, cuando existen encuestas que muestran hoy un extendido apoyo (en términos genéricos) a la “intervención del estado en la economía”, se trata de un “dato” que debe ser tomado con pinzas. Es cierto que (aunque no lo vean los medios oficialistas cuando difunden tales “preferencias”)[19] se trata de algo que iría en contra del mapa político oficialista según el cual “del otro lado está la derecha”, pero al costo de quedarse en una apreciación cierta sobre una realidad falsa.

Toda encuesta de opinión supone que todo el mundo puede tener una opinión; o, en otras palabras, que la producción de una opinión está al alcance de todos. […] …se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso. Pienso que se puede demostrar que no hay nada de esto y que el hecho de acumular opiniones que no tienen en absoluto la misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido.[20]

En la realidad política no actúa la “opinión pública”, sino el poder y la opinión movilizada. Aquellas falsas realidades “matemáticas” (la mundana y la extramundana) son efecto de lo que pasa en la realidad que se construye en base a fuerzas, a poder.

Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de opinión y, más exactamente, los movimientos de opinión, ello se debe, entre otras razones, a que la situación en la que aprehenden las opiniones es completamente artificial. […] …la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones individuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el individuo va furtivamente a expresar en aislamiento una opinión aislada. En las situaciones reales, las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre grupos.

[…] Si un ministro […] actuase en función de una encuesta de opinión […] no haría lo que hace cuando actúa realmente como político, es decir, a partir de las llamadas de teléfono que recibe, de la visita de tal responsable sindical, de tal decano, etc. En realidad, actúa en función de estas fuerzas de opinión realmente constituidas que sólo se manifiestan a su percepción en la medida en que tienen fuerza y en que tienen fuerza porque están movilizadas.[21]

Para terminar con el ejemplo de la (mal llamada) “intervención del estado”, hay que decir que uno (de forma no diferente al ministro al que refiere Bourdieu) puede ver un ‘movimiento de opinión’ sin necesidad de ninguna encuesta. La “intervención del estado” es “popular” no porque así lo diga determinado agregado de “ciudadanos” aislados, sino porque es “popular” (valga el oxímoron) entre los poderosos (aquí devolvemos al poder su real lugar de causa), porque así lo exigen multitud de cámaras empresariales, grupos de contratistas, consultores y profesionales de la dominación. En el ejemplo de YPF, la aplastante mayoría parlamentaria es indicadora en lo político –la ausencia de la famosa derecha destituyente, al menos en lo partidario–, al mismo tiempo que engañosa en cuanto a la “popularidad entre los poderosos” que recién comentábamos, dado que la representación partidaria puede (cuando tiene una mínima creatividad) sortear el traslado mecánico del voto cantado que los poderosos ya habían realizado (que en el ejemplo comenzó por los propios competidores directos de YPF que vieron que la “medida” implicaba un necesario aumento de precios). No es casual que todas las batallas políticas de estos tiempos eviten entrar en discusiones fundamentales, en tanto no existe un proyecto alternativo de la burguesía.[22] El mérito que tuvo aquí el kirchnerismo no fue el de “movilizar” los intereses de quienes siempre están obligados a encontrar su representación –la única clase obligada es justamente la clase dominante–, sino el de representar a los poderes reales vaciando al poder político (con el viejísimo argumento del “poder formal” en el que el estado no tiene poder) y convirtiendo a aquellos en poderes fácticos que estarían sin representación (y por tanto a un paso del golpe de estado).

La existencia real de aquellas dos realidades falsas puede ser también causa. Puede ser un instrumento construido como efecto del poder para ser medio, para ser causa de un reforzamiento de las opiniones movilizadas (la realidad). Y aquí consideramos también el lado “no matemático” de aquellas falsas realidades. El mapa de la dicotomía cotidiana y la escenificación de las preferencias políticas sobre determinados temas (realidad falsa mundana) junto con la continua articulación de tal realidad falsa al plano electoral o de cambio de gobierno (realidad falsa extramundana del “ballotage permanente”, sus derivados y la repetición del 54% convertido en mantra) se retroalimentan a la vez que son (juntos o separados) medios de reforzar un poder político con pleno control sobre la “agenda”, los supuestos “enemigos” y las expectativas de lo que es esperable para la Argentina.

La vuelta a lo mundano (enseñanzas desde un lejano verano con un plan monocorde)

“«Le pido al señor jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires si se puede terminar con la transferencia de los subtes. Le pido encarecidamente que haga un esfuercito», había señalado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en referencia a enero. «No lo tomé como una presión, lo tomé como un nuevo pedido», aseguró ayer Macri.”[23]

No hay nada más irreal que hacer de la realidad política efecto del voto popular, noche (como diría Bourdieu) en la que todos los gatos son pardos. Por eso hablamos de la “realidad electoral” como una realidad extramundana desde la cual hubo que “volver”. El momento en torno a las elecciones de octubre pasado se trató de algo irreal no porque hubiese habido meramente una campaña electoral “mentirosa”, sino porque el momento extramundano (de carácter “sagrado” para cualquier régimen democrático cuando se cree en él –piénsese en contraste con las elecciones de 2001) es necesariamente falso. La falsedad radica en pensar al poder como efecto del voto, es decir, de pensar las cosas perfectamente invertidas. El kirchnerismo es una ideología de ocultamiento del poder que tiene (aquí no es original) como uno de sus latiguillos la reivindicación llana de la democracia como mero procedimiento electoral. Y aquí ha mentido no sólo intentando recordar más de lo usual el momento extramundano de las elecciones,[24] sino que ha insistido permanentemente en que un nuevo (y virtual) “momento extramundano” se encontraba (para bien o, sobre todo, para mal) a la vuelta de la esquina.[25] La liturgia de la amenaza de “la derecha” implica (desde 2008) evocar los dos posibles momentos extramundanos. El régimen democrático reconoce explícitamente un solo momento que es el sagrado de la resolución electoral, que se opone –implícitamente y sólo en países donde ha existido tal experiencia relativamente reciente– al momento “demoníaco” del golpe de estado. Esos dos posibles momentos extramundanos son irreales por ser ajenos a la cotidianeidad (y en cierto sentido, al poder), pero difieren en que uno oculta el poder (bajo el mito de la soberanía popular), mientras que otro sesga el poder (bajo el mito de que a tal poder “demoníaco” se le resiste cotidianamente salvo en el momento –extramundano y extracotidiano– en que “pega el zarpazo” y se hace –de y por un “golpe”– con un estado que le era ajeno). Desde el 2003, el kirchnerismo colonizó la cotidianeidad con la amenaza del momento extramundano del ballotage permanente que podría dar lugar al “avance de la derecha” (“La derecha avanza: aguante Kirchner”, decían algunos grafittis, que bien admitían una segunda lectura) que nos podía llevar nuevamente al “pasado” (con las consecuencias ahistóricas que ya sabemos: de un día para el otro –y sin que exista ningún condicionamiento del contexto mundial– volvería el FMI a prestar plata, resucitaría Guido Di Tella para regalar ositos Winnie Pooh, Puerto Madero se vaciaría de militantes populares y un largo etcétera). Y el poder como efecto se restringiría a “bancar” o no al presidente electo, lo que quiere decir que se entendió (y esto fue claro en 2003-2007) al poder como mero efecto de las elecciones, es decir se negó el poder como causa (y se entiende que no era incoherente la idea de “transversalidad”). De esto se trata en su máxima pureza el ballotage permanente y por eso la amenaza interpeló prioritariamente a las voluntades individuales (desunidas y desorganizadas). El mapa de lo falso mundano construyó lo falso extramundano (la amenaza expresada en un ballotage irreal). Decíamos que hay que “volver” desde las elecciones extramundanas del 2011 a una falsa realidad mundana que configura también su propio momento extramundano (el ficticio ballotage permanente, con quien convenga). Por eso el mantra del 54% no es suficiente: se debe a la vez recordarlo y olvidarlo.

El acierto que ha conseguido el kirchnerismo desde 2008 es el lograr la superación de su propia falsedad (su propia Aufhebung que más que conserva), combinando el falso ballotage permanente con la falsa “Semana Santa permanente” (ante la que hay que unirse –fundirse– y organizarse). La misma doble amenaza falsa (amenaza partidaria-electoral al mismo tiempo que amenaza de poderes fácticos pro-golpistas) construye en simultáneo las dos alternativas de momentos extramundanos posibles del régimen democrático, la sagrada y legal y la “demoníaca” e ilegal. Podían combinarse y vaya si han sido combinadas.

Esta irrealidad extramundana se construyó en base a la irrealidad mundana. La irrealidad extramundana es un mero medio para el control de la cotidianeidad, sea ésta real o irreal. Por el lado de la irreal, tal medio es sólo una herramienta de retroalimentación (de allí que la idea de “manipulación” mutila el proceso de encuadramiento con que interpela el poder). Retroalimenta: así el operar ideológicamente sobre la vida cotidiana (irreal) de todos sirve para construir un medio (extramundano) que permita operar mejor.

“La política explicada en números” corrió desde las elecciones de octubre por un carril bien diferente del de la (ir)realidad política cotidiana. Tan es así que pocos recuerdan a quién “los números” habían colocado como segundo en las elecciones y como virtual “jefe de la oposición”. La aplicación desde el verano del Plan Ahh vino a demostrar otra vez que la política pasa bien lejos de aquellas preferencias coyunturales y se juega principalmente con otras bazas de poder. Si quisiéramos dar fe de los primeros dos puestos electorales, tendríamos que haber visto a dos jugadores (PJ y FAP) interviniendo en la realidad para posicionarse en el lugar de las esperanzas (vanas) de los argentinos. Pero el poder del primero estaba muy por encima de su 54% al mismo tiempo que el poder real del segundo estaba muy por debajo de su (ya olvidado) porcentaje electoral. Así el primero se apresuró a volver a intervenir en el mapa político (de propia hechura) para actualizarlo a su conveniencia, mientras que el otro no tuvo que hacer nada para caer en la ya conocida irrelevancia. Pero el mapa político hecho requiere del enemigo inventado, la “derecha destituyente” y “los que quieren volver a los noventa”. El mapa político requería que quien entre las “primarias” y las elecciones estuvo prácticamente ausente retornara de sus (tan promocionadas) vacaciones. El Macri que vuelve no es el Macri que podía aspirar efímeramente en el 2009 a participar en una alternativa electoral. El Macri que vuelve no es el jugador político que expresa una “alternativa”, sino el “rival necesario” que es (otra vez) un pilar fundamental en el ordenamiento el mapa político de la dicotomía. Ya sabemos todos que se trata de un político de derecha, tal cosa (que no me tiene sin cuidado) es poco relevante frente al espacio que el kirchnerismo le da para que se exhiba. Antes de que uno y otro se configuren como socios del ajuste (al módico 127%), ya eran socios políticos. Se necesitaban fuertemente, a tal punto que en dos elecciones (cuatro, contando las segundas vueltas) el kirchnerismo hizo todo posible por competir (y en 2011 con un candidato comprobadamente perdedor) en las peores condiciones posibles.

Macri es uno de los peores candidatos que tiene la derecha argentina. No por torpe, vago, mudo e incapaz de suscitar algún mínimo entusiasmo (todas estas características muy difundidas en el elenco político), sino por ser demasiado franco en su derechismo. Un poquito de historia no viene mal. En este país (aún) basado en el bipartidismo de dos grandes “partidos populares”, no hay elección presidencial en la que no haya ganado el candidato que parecía menos conservador entre los 2 favoritos, con las únicas excepciones de las reelecciones de 1995 y 2007 y la elección de 1963 (o sea, vale para Perón, Frondizi, Cámpora, Perón, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner; y previo al bipartidismo de los dos partidos “populares” vale también para Alvear y dos veces para Yrigoyen). Y así todo, la otra cara de la moneda está en que siempre ha gobernado la derecha y, por tanto, hay que preguntarse si no es la ambigüedad (y como metodología consciente al menos desde 1989) un requisito necesario para poder encarar un programa de esperanza popular que viabilice una “renovación conservadora”. (Decimos ambigüedad entendiendo que es más preciso que el sesgado –y cómplice– análisis normativo de los publicistas yanquis cuando hablan del falso “correrse al centro”.) Y es por esto que si los sectores de mayor poder económico no jugaran con el kirchnerismo (y a más largo plazo con el PJ en general), el partido que programáticamente (en su ambigüedad) necesariamente estaría disponible para que se requiera de sus servicios es la UCR, que en este sentido sí es –a diferencia de Macri– un pilar fundamental de este bendito régimen democrático en que el siempre gobiernan los mismos. Macri no puede ser aquí un pilar democrático que el sistema requiere (de ahí la genuflexión manifiesta de los radicales promacristas), sino que expresa más bien el límite de un mapa político que no es el del arco político concreto del régimen[26], en tanto es el borde del mapa político que dibuja el kirchnerismo a su gusto y conveniencia. Por eso, sorteado el momento excepcional del 2009 en que gran parte del arco político se vistió indiferenciadamente de un tono “campestre” (con la sobreactuación hacia la derecha de la UCR y, en especial, de Carrió), el kirchnerismo pudo operar con mayor sintonía fina en el mapa político del cual es su exclusivo dibujante. Pudo, sin dejar de dibujar la frontera de la dicotomía, discriminar los lugares que su topografía podría necesitar resaltar. Así, si hay que defender al “progresismo” del supuesto “proyecto nacional” frente al golpista, ‘gorila’ y ‘sediento de odio’ Biolcati, hay que proyectar sobre la escena política alternativas electorales que sean más verosímiles como encarnación de las ideas de gente como Biolcati. Ni Binner ni Alfonsín cumplen al 100% su cometido. Ya sin Duhalde y Carrió dentro de la cancha, en el borde del mapa no queda más que resaltar la figura de Mauricio Macri. Y así hay que “someterlo”, lo que no implica aniquilarlo como adversario ni ganarle batallas (de hecho, se suelen perder), sino someterlo en la práctica al mapa político propio. Y así hay que resaltarlo como jugador de la política argentina, hay que crearle problemas que lo coloquen en la tapa de los diarios (de uno y otro signo), hay que incluirlo en un juego al que se presta gustoso. Someter (tanto en sentido de sojuzgar como –sobre todo– en el de subsumir al mapa) al “enemigo” que es necesariamente socio.

Y tal socio para tener el lugar que se merece en el mapa político dominante no debe hacer muchos méritos. Ser un poquito torpe le basta (…y torpeza le sobra). La realidad no le exige un mínimo esfuerzo intelectual (salvo cuando está en campaña). Su supervivencia es su éxito y es por tanto un éxito también del kichnerismo y un fracaso para cualquier otra fuerza política, sea de la “oposición”, sea de la izquierda (se resalta un sector del mapa y así se achica la cancha). Por eso es superficial atribuir a Macri algún tipo de “impermeabilidad”. Es efectivamente “impermeable” a la UCEP, el espionaje, la Metropolitana hecha en base a policía de inteligencia, un procesamiento judicial, negocios inmobiliarios y hospitales en ruinas. Tal impermeabilidad no ni es mérito propio ni efecto de mera “protección” de TN como afirma la vulgata oficialista: es en gran medida mérito del kirchnerismo.

Tal es el mérito de este último (más bien es poder, no mérito) que puede llegar a plantear con impunidad las cosas perfectamente invertidas: “Macri se había adelantado para aumentar la tarifa del subte y de esa forma derivar el costo político hacia el gobierno nacional. Fue una decisión pensada: aceptar rápido, aumentar en forma inmediata y culpar a la Rosada.”[27] Pareciera que el torpe y “vago” pasa por manipulador y el gran prestidigitador pasa por una laboriosa hormiguita cándidamente sorprendida en su ingenuidad. Lo concreto (más allá de cómo termine la situación del subte) es que un gobierno federal que había entrado en su tercer mandato dispuesto a reducir subvenciones y a tercerizar lo más posible el ajuste fiscal que tiene en carpeta, obtuvo en enero lo quería gracias a su socio (y luego “lloró” “sorprendido” por un aumento tarifario decretado al día siguiente de acordar con aquél, y sobre el cual no tendría ni noticia ni voluntad ni interés –y que a la vez fue negociado por un funcionario a la vez kirchnerista y macrista, Schiavi, es decir por un garante personal de la confluencia de intereses). Y a partir de febrero obtuvo de su socio porteño un nuevo regalo: el tema del transporte sobre vías férreas en Argentina pasaría a ser debatible entre si tal gobierno o tal otro se “hace cargo”. Es decir, en el mismo mes en que asesina a 51 personas, adquiere para ese entonces y para los meses siguientes, un nuevo mecanismo defensivo para diluir su responsabilidad criminal. ¿“Hacerse cargo” decían?

mapasapple

Seguir la novela del transporte porteño (subtes y las famosas y ya olvidadas 33 líneas de colectivos[28]) implicó (implica) posicionarse como el espectador televisivo que debería sentir odio hacia el que considere el “malo de la película”. Una vez comenzada la novela, no hay manera de que un “giro de la trama” sorprenda a los espectadores dejando a alguno la conclusión de que estaban equivocados y que por tanto “el malo” era el que parecía “el bueno”. Lo que nos muestra este episodio particular es que no hay salida más que negándose a consumir tal espectáculo, espectáculo en el que “el bueno” no forma nunca parte del libreto. Efectivamente, no se trata de algo nuevo en el mapa político de la dicotomía y el ballotage permanente que construye día a día el guionista oficial, pero lo que marcó el episodio del verano con una nitidez inédita fue la complicidad activa con que uno de los protagonistas (el macrismo) asume su rol en el escena. La única actitud sana (como militante, como ciudadano o como televidente) es la de negarse a consumir la novela. Y por tanto, la única actitud sana que podría haber tenido un gobierno porteño (no éste) era la de negarse a ser socio del ajuste tarifario del kirchnerismo en el mismo momento en que aparece la propuesta de traspaso. Mientras tanto (como toda mala telenovela), se estirará el rodaje y el tiempo al aire agregando escenas pero sin agregar giros en la trama. Y habrá vacaciones entre temporadas (como la que, a partir de la aparición de la propuesta del Ente Metropolitano de Transporte, se impuso cuando en el prime time se pasó a exhibir la novela bonaerense). Mientras tanto, durará dando trabajo (y exposición) a los protagonistas, con el beneficio adicional del aumento tarifario que estaba planteado como objetivo antes de que existiera cualquier guión.

Si bien desde el verano ha habido algunos cambios importantes en la situación política, la actitud que debemos tomar no debe modificarse: uno no puede ser neutro ante la novela, ni posicionarse contra “el malo” que desee elegir; uno debe estar en contra de la novela misma, con todos sus protagonistas y socios. Con el correr de los meses, la situación (para todos los distritos) va virando desde “los socios del ajuste” a la tercerización del ajuste; la cuestión fiscal se ha agravado requiriendo de nuevos protagonistas que se encuentren dispuestos a lo largo y a lo ancho del país. Si no sacamos enseñanzas de la novela del verano, del Plan Ahh y (de lo que tuvimos más tiempo) de toda la manipulación del mapa político en clave de dicotomía que viene realizando el oficialismo, no podremos entender la lógica del ajuste que impondrá el jugador dominante a través de ese mapa manipulado. Si uno queda dentro del mapa, dentro de la novela (como extra o como espectador), no tendrá más alternativa que ser socio o cómplice del ajuste.

Los planes para que no haya planes

Iniciado el último mandato que permite la constitución vigente, el Plan Ahh no es sino una perspectiva de sucesión a futuro a partir del mapa político previo, del mapa que siempre dibujó el kirchnerismo resaltando (dibujando) ciertos supuestos “enemigos” y, a su vez, pretendiéndose el margen “izquierdo” del mapa (y con obvia razón, dado que sólo se registra lo que se elige cartografiar). El Plan Ahh refuerza la derecha en el poder al posicionar en un lugar predominante a la derecha (concienzudamente) seleccionada a conveniencia (y el Plan B será una derivación de lo mismo). Que Binner haya salido segundo (ya lejos del episodio del 2008) parece algo “fuera de los planes” (fuera del mapa), no porque haya hecho algún digno esfuerzo en difundir un discurso relativamente “progresista”, sino porque tal resultado electoral se recorta como desfasado respecto del mapa que maneja día a día el oficialismo. Por eso ya decíamos que “la política explicada en números” corría por un carril bien diferente del de la “realidad” política cotidiana. Lo que hay que reforzar es la importancia que tiene esa “realidad” política de todos los días frente a resultados electorales rápidamente olvidados. Día a día se construyen expectativas, enemigos, esperanzas y la cotidiana resignación a un país injusto gobernado por quienes ‘no queda más remedio’ que asuman el rol de gobernantes (en especial, –otra vez de nuevo– el PJ). El principal rol que tuvo el enemigo-socio Macri en el verano es el de ser el facilitador del alejamiento desde la (falsa) realidad extramundana del momento electoral pasado a la (falsa) realidad cotidiana demarcada por el mapa político hecho por el oficialismo (cobrándose el favor con ser constituido, extramundanamente, como el rival necesario del ballotage permanente). Es este escenario –efectivo e irreal– el que mejor controla el oficialismo y el que permite con mayor comodidad plantear como opción “progresista” cualquier opción de sucesión que baje desde el poder ejecutivo. Se trata de la vieja política del ballotage permanente que ahora está abocada a construir simbólicamente la posibilidad de un futuro ballotage efectivo (que nunca se dio a nivel nacional en los términos planteados), independientemente de los valores ideológicos que puedan realmente tener los eventuales candidatos. Construye con mayor realismo que antes la probabilidad de pasar del eterno ballotage permanente al momento de “decisión clave” en una eventual segunda vuelta histórica (en el doble sentido). Así, el 2015 (más allá del contexto económico en el que se juegue) pretende ser construido como una opción (nuevamente) en la que se juega el futuro de la humanidad, pero cebando desde el vamos con la idea (hoy irrealista viendo “los números”) de que efectivamente habrá que concurrir a la segunda vuelta (Fito Páez afina su pluma…) Y así nos anticipan que será una decisión histórica: Macri versus Boudou. Macri versus Máximo o Alicia. Macri versus Ischii. Macri versus Otahacé. Macri versus Gioja. Macri versus Insfrán. Y, por qué no, Macri versus Cristina de Kirchner. No importa cuán irreal sea cada una de esas opciones (de hecho sigue siendo una especulación ficticia sobre la falsa realidad extramundana), lo importante es que se construya como posibilidad gracias a la cual se dividen aguas, se fortalece al supuesto “enemigo” que necesita ser destacado como alternativa, se descoloca a buena parte de la “oposición”, se elimina de la vida cotidiana (independientemente de lo electoral) a la izquierda (de cualquier tipo) y se logra transcurrir por una (falsa) realidad cotidiana que permite orientar (a través del orientar la perspectiva) la mayoría de las acciones tanto del elenco político como de los “simpatizantes” (sean éstos de uno de los bandos dicotómicos principales o –sobre todo– de cualquiera que quede fuera de la dicotomía). No importa la irrealidad, importa la experiencia: como decía Durkheim a propósito de la religión, una “ilusión bien fundada” (aunque le faltó ver cómo se puede trampear la experiencia). En el marco de la ilusión, la dicotomía supuestamente “politizada” y “politizadora” implicará la creación artificial de diferencias ideológicas irreconciliables (pero inexplicables). Macri no tiene mejores credenciales (en tanto individuo) como integrante ideológico de la derecha que Gioja o Insfrán[29] (y, puesto blanco sobre negro, sobre los propios Kirchner), lo importante es que así se lo crea. Y no que se lo crea ante un episodio puntual, sino en el machacar del día a día. Y, llegado el caso, que así se lo repudie electoralmente (votando otra vez al PJ, como papá Franco).

Uno y otro plan adelantan el juego de la sucesión para que tal juego (como decíamos) no sea jugado. El Plan Ahh abroquela el bloque y pretende inmovilizarlo. El juego de la “alta política” que no se juega se anula para dar lugar al no-juego en el que sólo aparecen dos no-jugadores, dos meras marcas cartográficas: el oficialismo (con o sin candidato, con o sin heredero) y el representante de “la derecha” que se juzgue útil en el momento. El Plan Ahh tiene el beneficio adicional de que retrasa (en un primer momento) el desgranamiento. Los que queden fuera de los dos polos, no podrán saltar (de allí la incómoda pero a la vez inmóvil situación aparente de Scioli). En caso de ocurrir el desgranamiento sólo podrá hacerlo a partir de una eventual nivelación en la asimetría de poder. Así, todo lo que pase depende de la iniciativa y de los resultados de lo que haga la cúpula del poder. Y entonces no puede haber un desgranamiento del “proyecto” que licúe su poder, sino que sólo la licuación del poder podrá permitir un eventual desgranamiento. Y sólo entonces podrán comenzar las internas, es decir sólo cuando llegue el momento del fin del plan, el momento en que aparezcan jugadores que puedan hacer su juego, es decir el momento de la “alta política”, una vez agotada la “bajeza” cotidiana y agotadora del trabajo cartográfico. Mientras tanto, quienes “jueguen” fuera del plan quedarán en off-side. De ahí la situación visible pero no resaltada, la situación paradójica y con poco futuro inmediato en la que se mueve el único jugador que cree posible adelantar el desgranamiento: De la Sota, a quién probablemente se atacará, pero buscando que no llegue al centro de la escena como en el caso de las discrepancias con Macri (en clave de Plan Ahh) o con Scioli (en clave de Plan B).

Cuando predomine el Plan Ahh, veremos la supuesta “politización” en la que periodistas y partiduchos políticos llamarán a la conciencia cívica contra un derechista reconocido que reparte globos, para defender a un gobierno derechista que “politizará” a la población acusando a su rival de “vago”. Macri es un mal candidato (sea como “opositor”, sea como “derechista” –como ya dijimos) y, carente de armado nacional (a diferencia de la experiencia porteña), querrá correr con entusiasmo la carrera contra el oficialismo en una situación en la que no podrá sino perder por goleada. Pero la experiencia porteña marca también la complicidad en la que se refuerzan mutuamente pudiendo así favorecer un desenlace (¿buscado?) “por derecha”. Salgamos momentáneamente de la cartografía. Filmus obtuvo el rival que más le convenía (con la lógica del Plan Ahh) para elevar un poco su caudal de la primera vuelta y (sobre todo) Macri consiguió que sus no votantes le regalaran en el primer turno electoral el rival al que claramente podía vencer en el segundo. Si en los próximos años hubiera un notable deterioro de la legitimidad del oficialismo, éste podría llegar a construir (aunque no es probable) una “situación porteña”, realizando un nuevo regalo a su enemigo-socio que podría catapultar su estupidez derechista a la presidencia. (¿Filmus candidato a presidente?) Si llegara a ocurrir tal “desastre”, el “proyecto transformador” se podrá retirar tranquilo a ver como su enemigo-socio realiza los ajustes que el kirchnerismo no tuvo tiempo de terminar de realizar. Y (como Filmus) serán elogiados por haber sido la “opción moral” que (a lo sumo) no supo hacer una “buena campaña” (dando lugar a que quienes hacen “apoyo crítico” hagan una vez cada tanto una “crítica”, como fue entonces el caso de Carta Abierta). O sea, siquiera tendrán la objeción (como no la tuvo Filmus en 2011) de aquellos oportunistas del sabbatellismo que en el 2009 evaluaron que el oficialismo había perdido por no haber “profundizado las transformaciones”.

Sin embargo, como dijimos, el Plan Ahh no es una jugada de “fichas” de la “alta política”. Las derivaciones que recién desarrollamos no son “jugadas” del presente ni “jugadas” posibles del futuro sino derivaciones a partir de las perspectivas con las que quieren que convivamos hoy, del marco orientador para pensar en lo que podría llegar a ser el futuro. Es decir, por lo pronto quieren que nos acostumbremos a pensar en la posibilidad de que un pésimo gobernante plagado de limitaciones y sin desarrollo a nivel nacional sea considerado un potencial rival del candidato del “proyecto”. Quieren que nos acostumbremos a este presente de desazón adelantándonos el futuro de desazón. Y, mientras tanto, se apuntala la campaña nacional del macrismo y se opera sobre todo potencial armado de la oposición, en tanto sus eventuales armados se construyen a partir de las perspectivas hoy presentes. Por eso decíamos que se trata de planes para orientar no las acciones de los jugadores, sino para orientar las percepciones de toda la población (incluyendo, indiferenciadamente, a los potenciales jugadores).

Si predomina el Plan B, nos llevarán en la perspectiva de que no sólo es moral participar en la interna del menemismo como las segundas vueltas porteñas (el ex funcionario menemista y grossista Filmus como opción antimenemista contra el mero simpatizante menemista Macri), sino que nos forzarían a la idea de nueva interna abierta del PJ, como la del 2003: plantear como algo verosímil para el 2015 la realización efectiva de la segunda vuelta que no pudo ser en el 2003. La idea de que el partido del orden (y “el único que puede gobernar”) requiere para saldar sus internas insalvables de la colaboración ciudadana de tantos “progres” bienintencionados que así como en el 2003 pararon (incluso en primera vuelta) a Menem, en el 2015 se verían obligados a parar a otra derecha del PJ que vuelve a estar presente en la cancha para sacar de la misma a cualquier otro posible jugador (de allí que puedan necesitar tener a mano, como dijimos, la idea de “cristinismo”). De nuevo: se trata de construir tal expectativa, aún cuando sepamos que se trata de momentos históricos muy diferentes. Se trata de “baja política”, dado que también sabemos que por el lado de la “alta política”, el PJ existente (es decir todo el PJ real, salvo Duhalde y Rodríguez Saá) no querrá abrir nuevamente las internas al estilo 2003 (a lo que se agrega la nueva traba de las primarias obligatorias), dado que supondría una “anticipación de las lealtades” con muchos costos y pocos beneficios.

El Plan Ahh permite la libertad total respecto a sí mismo en tanto kirchnerismo; el Plan B permite la libertad respecto a sí mismo en tanto PJ. Es significativo que la explicitación de la voluntad menemista-reeleccionista de Carta Abierta y varios gobernadores e intendentes no se haya hecho en un contexto donde el prime-time era en clave de Plan B (marcando por tanto el déficit de candidatos dentro del PJ que marca como problema justamente Carta Abierta), sino en momentos (poco después de levantado el paro de subtes de agosto) en que predominaba la escenificación que es efecto del Plan Ahh. Más a su favor, el viraje de discurso de Macri promediando el paro de subte de agosto vino a reforzar al Plan Ahh (vio un resquicio por el cual escaparse atacando, lo que reforzó la dicotomía y, por tanto, a él mismo).[30] A partir de entonces, Macri ya no se victimizaba en términos de “gestión”, sino que pretendió salir en defensa de las libertades contra el “chavismo”. Si en términos de “gestión” Macri había dado una ayuda enorme en el verano con la firma del acta-acuerdo y, luego, su renunciamiento histórico subterráneo, a partir de agosto viene a reforzar (en términos menos “administrativos” y más eminentemente políticos) el Plan Ahh. Ayuda más ayuda recargada. Se trata de una lógica política apta para un cacerolazo que pueda ayudar a Macri y, por lo tanto, al kirchnerismo.

mapasapple

El términos de “alta política”, el Plan B permite libertad para actuar dentro del PJ, llegando a un pacto con el heredero (es decir, dividiendo el poder partidario con Scioli o la figura que corresponda), convirtiéndolo (conversión religiosa) en un obligado jurador de fe en “el proyecto” o dándose por “ganador moral” (que pedirá respeto por intentar y no lograr convertir al –parcialmente– renegado candidato del PJ). Son todas opciones (las del Plan B) que reniegan de la reforma constitucional.[31] Un cambio en el momento justo puede ser “esperanzador” sin amenazar en lo más mínimo a los poderes empresariales, mediáticos, sindicales, policiales y partidarios heredados. A fines de los noventa gran parte del empresariado estaba cansado de Menem; los medios lo tenían de punto, la burocracia sindical con un mínimo de protagonismo (por no decir existencia) también estaba cansada de Menem; los sectores medios ejercían la puteada fácil cotidiana. Y, al fin de cuentas y oportunamente, se logró un cambio… sin amenazar en lo más mínimo aquellos poderes. Si semejante “cambio democrático” pudo lograrse con la alternancia dentro del bipartidismo ampliado (el PJ estaba de ambos lados del mostrador –sírvanse preguntar por Garré o Abal), ¿por qué no podría lograrse un cambio semejante con la facilidad que permite la “alternancia” dentro de un solo partido? En aquel entonces hubo himno cantado en Plaza de Mayo y sectores medios descorchando champán, pero no se supo de un pacto explícito de sucesión. De nuevo, la sucesión dentro del partido específico del orden podría facilitar pactos implícitos o explícitos (o incluso, según conveniencia, públicos).

Al contrario, el abroquelamiento que permite el Plan Ahh, da libertad para un arco de acción que va desde la re-re hasta la aparición de cualquier candidato (con o sin posibilidades, con o sin necesidad de triunfar) que “desde abajo” se encuentre dispuesto a dar un nueva batalla (de esas en las que cada dos años dicen que se juega el destino de la humanidad toda) defendiendo “el proyecto” frente a una “derecha todopoderosa” con sus representaciones empresariales y sus corporaciones mediáticas. Y, derivadamente, es un mejor plan a la hora de realizar una distracción hacia la escena política que permita legitimar las medidas de ajuste. De hecho no es casual que medidas como el aumento de 300% del gas a boca de pozo o el anuncio de congelamiento y algunos recortes (¡nominales!) en el sistema de asignaciones familiares se hayan dado justamente cuando predominaba el Plan Ahh (las casualidades no existen: el 19 de julio se acuerda con Scioli el préstamo de la ANSES para los aguinaldos, mismo día en que Randazzo anuncia aumentos de los viajes metropolitanos sin SUBE en torno al 100%). En contraste, cuando predomine la escenificación producto del Plan B (cosa que volverá a ocurrir), el estado federal pretenderá mostrarse prescindente respecto del ajuste (u “opositor” como en los casos de Santa Cruz y Buenos Aires), sustentando así la tercerización del ajuste.

[1] Por eso mienten (al menos por “posición adelantada”), aquellos kirchneristas que, acorralados en algún debate televisivo, no tienen más remedio que sacar (desde su perspectiva) el ejemplo de la sucesión Lula-Rousseff. No importa cuán realista sea como salida en el futuro (dejando de lado las enormes diferencias entre el funcionamiento del PT y del PJ), es falso tomar (desde su parte) el ejemplo brasilero hoy, dado que justamente sería poner en primer plano las “opciones electorales”, hablar de “alta política”, cuando de lo que hoy se está habilitado a hablar es solamente de cartografía política.

[3] Nº 100, 19/1/07. El “error empírico” más evidente es el ejemplo de Isabel Perón, “nadapoderosa” que bien hubiésemos querido ver sentada en el banquillo de los acusados. La impunidad (judicial, pero también política-historiográfica) de la cúpula gobernante en 1973-1976 tiene bastante que ver con un real “giro a la derecha” del kirchnerismo que es simultáneo a la obtención por parte de Néstor Kirchner de la presidencia del partido. Ver «La memoria histórica, víctima del 24 de marzo», mayo de 2011. Intentamos problematizar la confusa noción de “giro” en «La masacre de Once y el modelo (ya) profundizado», marzo de 2012, nota 17.

[4] Distinguimos entonces entre Duhalde y el “aparato duhaldista”, en los mismos términos con los que se menciona a este último en el intercambio epistolar entre José Pablo Feinmann y Néstor Kichner. Tal denominación es correcta a la vez que, en sí misma, una confesión de culpabilidad: el tema (de conflicto o de no-conflicto) es con el aparato, no con la persona de Duhalde. Cualquier discrepancia con éste no podía así ser leída como “conflicto” con el aparato más que por aquellos ingenuos que basan su “politización” en no saber leer el conflicto y, por tanto, en inventarlo.

[5] De allí la predicción (falsa, en tanto partía de la negación del pasado de Kirchner) de Feinmann de que combatir la mafia con mafia convertiría en mafioso a quien busque tal “renovación”. Argumento (extraño en él) bastante correcto que no pudo con posterioridad desmentir argumentalmente, sino que se limitó a soslayarlo con demostraciones religiosas, con fe en las buenas intenciones… del nuevo jefe de la mafia…. Ver especialmente J.P. Feinmann, «Las manos sucias», Página/12, 7 de agosto de 2005, auténtico manifiesto del (siquiera) posibilismo que plantea una contradicción que resuelve (más bien, no resuelve) la demostración de la confianza religiosa que evita la contradicción, no existiendo negación (ni negación de la negación). Sólo afirma, afirma la fe: “Esto le duele al presidente-pragmático. Le duele en serio. Es que el presidente-pragmático vive cuestionado por el puro. La batalla pureza-pragmatismo se da sin cesar en su conciencia o, si se quiere decirlo así, en su corazón.” (Destacado nuestro.) De la fe (y no del análisis histórico-político, bajo sesgos pragmáticos o sin ellos) sale la supuesta predicción “«Si ganás esta batalla te van a rodear tantos canallas que vas a tener que gobernar para ellos»” palabras que Feinmann pone en boca de un personaje imaginario porque siquiera (en su mal ejercicio literario) se anima (en su mal ejercicio político) a decirlo alto con voz propia y eso pese a que por aquellos tiempos no tenía pruritos en declararse que era “el más comprometido y jugado de los intelectuales de este país” (carta de respuesta a Néstor Kirchner; texto que a su vez es otra pieza notable en que el pragmatismo se vuelve a justificar por el “enemigo que acecha”, ayer Duhalde, hoy Clarín, mañana cualquier supuesto adversario que volverá a convencer a tantos ingenuos de emprender “peleas” nunca definitivas, que requieren no resolverse, sino estirarse porque son más liturgia que conflicto. Y sin liturgia no hay fe.)

[6] Sabemos porque juzgamos tanto aspiraciones como resultados (a nueve años vista). Es entonces que no puede reducirse su conservadurismo a una cuestión “metodológica” o “táctica”, juzgándolo como “sagacidad” de quien no tiene poder suficiente. No se trata de una metodología del tipo “somete a tu enemigo sin luchar” (Sun Tzu), en tanto el enemigo no es enemigo y el que no quiere luchar desborda de poder como para poder encarar las luchas si lo quisiera (aunque tendría que encontrar un enemigo primero…). Que el enemigo no es enemigo y que el poderoso no quiere luchar quedó demostrado en cada uno de los movimientos de “conciliación” que el kirchnerismo hizo en el panperonismo en torno a las elecciones del 2011 («Kunkel: “El peronismo siempre tiene las puertas abiertas”», Telam, 25/10/11). La relación con Menem (aunque uno podría decir que vale lo mismo para un kirchnerista puro como Insfrán –menemista puro, además) incluso luego de recuperada la mayoría parlamentaria muestra que es conciliador (y no crispado) hasta con quien no tiene ninguna necesidad de ser conciliador. Siempre habrá un “progre” que dirá que hay “asignaturas” necesariamente “pendientes”, pero la realidad muestra lo contrario: son conservadores hasta lo innecesario. Y esto es porque más poder no implicó nunca capacidad para deshacerse de los indeseables más destacados sino impunidad para apañarlos (desde Menem a Insfrán, desde Juan Belén a Gerardo Martínez). (Por cierto, desde la cárcel en la que su propia torpeza asesina supo ponerlo –empujado además por la movilización popular–, el compañero Pedraza manda la adhesión).

[7] En «La masacre de Once y el modelo (ya) profundizado» tratamos lo aleccionadores que resultan al respecto algunos discursos kirchneristas en torno a la despenalización del aborto: “¿No es acaso la trayectoria de Sabatella clarificadora de que ese afuera «crítico» no existe? Pensar que es contestatario cuando un kirchnerista reclama una reforma tributaria o una reforma de la Ley de Entidades Financieras muestra la no comprensión de lo que es el kirchnerismo. El doble juego habilita tales reclamos, en tanto dentro del segundo discurso se puede decir cualquier cosa (y sin impacto sobre la política que se lleva a cabo). Y se viene viendo que eso no implica justamente ningún ansia de transformación: «No me importa quién lo anuncia en Olivos. Me importa que se haya dado la discusión. Más te digo: ni siquiera es imprescindible para mi hambruna ética [ja], que salga en lo inmediato la despenalización del aborto. Quiero que lo pongan sobre la mesa. Por supuesto, después no me va alcanzar con eso. Pero, en este momento, ya aplaudiría que lo pusiesen sobre la mesa.» [V.H. Morales] (Efectivamente se puede decir cualquier cosa: el periodista oficialista citado reclama poner sobre la mesa una medida, cuando –ver reportaje– oraciones antes la daba por consumada.)

”El caso más obsceno es el de aquellos promotores de la despenalización del aborto que vienen tomando la ‘estratégica’ decisión de apoyar el gobierno confesamente antiabortista del PJ. Cuando se trata de militantes […], materializan voluntariamente su propia ridiculización, no sólo apoyando a un gobierno contrario a sus pedidos sino (de forma muy diferente al caso de las medidas económicas generales antes mencionadas) constituyendo en sí mismos una militancia contraria a aquello por lo que militan.”

[8] Por la misma razón la información es poco efectiva a la hora de incidir políticamente. Para quien se convirtió a la fe religiosa del “mejor gobierno” no hay pecado de la alta jerarquía que sea susceptible de poner en duda la iglesia. Puede haber, por caso, récord en casos de gatillo fácil y represión a manifestaciones con asesinatos trasmitidos en vivo por televisión, pero seguirá siendo el “gobierno de los derechos humanos” que “no reprime”. Por ello el fanatismo religioso no se combate con datos, sino teniendo paciencia a la hora de explicar el modo de funcionamiento de la iglesia, para lograr otra interpretación global del proceso histórico (en otras palabras, pasar del cómo al qué, y no a la inversa como hacen quienes parten del “etiquetamiento” –“nacionalismo burgués”, “bonapartismo”, etc.). (El cómo es el cómo del funcionamiento del poder  no –obviamente– el “cómo” institucional.) Si decíamos que Verbitsky podía ser visto como el gran maestro del “atajo moral” relativamente bien informado (con una función de alto sacerdote de tal fe y, por tanto, rol de victimario), no debemos olvidar que hay múltiples víctimas a quienes se ofrece el “complejo” camino del “atajo moral”. En el lugar de las víctimas uno no puede dejar de pensar en el nombre de Pablo Ferreyra (ver por ejemplo el concesivo reportaje de Tenembaum y Zlotogwiazda en el cual para P. Ferreyra la participación policial en el hecho criminal debería llamar a la revisión de “protocolos” de actuación: “…golpea fuertemente sobre la política de no represión […] pensar en alternativas de protocolo de que la policía pueda actuar no justamente ‘no haciendo’, justamente logrando separar esas dos facciones en pugna…”; ver <http://www.youtube.com/watch?v=TevXYP3kpx0>). Las víctimas no deben ser entendidas como lo hacen tantas malas interpretaciones lineales, en tanto trasnochados, mercenarios o militantes por mera fuerza de renta. Son víctimas en tanto han sido sometidos a un prisma interpretativo generado para que la información más o menos abundante influya lo menos posible, incluso dejando la posibilidad de que a veces la mayor “información” “juegue a favor” (por ejemplo, cuando se informaba de lo malo que era Pedraza, a quien se contrastaba con Moyano; ver «Complicidad policial y complicidad “intelectual”», octubre de 2012). Por todo lo dicho no puedo más que renegar de la palabra “atajo”: se trata de un “desvío” (significante que tiendo a evitar para no dar ninguna idea de “desviado”) que conduce moralmente a un callejón sin salida.

Un buen ejemplo reciente de la diferencia entre el desinformado por la mentira y el sobreinformado por la mentira (o sea, del despistado por ‘el mentir en grande’ y el sometido –victimizado– por el “atajo moral”), puede verse en los comentarios a una nota de Clarín sobre la opinión que se tenía sobre Gerardo Martínez en el ejército. En «Gerardo Martínez era para los represores un agente “leal y útil”» escrito no por Bonelli sino por el historiador Marcelo Larraquy, la “defensa” de los comentaristas oficialistas consistió en hacer notar que Página/12 ya había publicado información sobre la relación entre Martínez y el Batallón 601 del ejército. Más allá de no saber leer una nota periodística (que en este caso agrega no el pasado de Martínez, sino la “calificación” que se hacía de sus servicios), se muestra el poder del “atajo moral”. “Ya sabía”, que en determinado contexto es muy parecido a decir “me chupa un huevo”. (Clarín, 22/7/12).

[9] Vale aquí lo que decíamos en «La masacre…»: “Como bien mostró la «interna» [agosto de 2011] del peronismo bonaerense, Ischii no tiene pergaminos más «de izquierda» que Scioli: lo que hizo (y buscó, fracasadamente) es incorporar más discurso oficioso al discurso oficial del ejecutivo bonaerense. En términos ideológicos estaba acertado y a tono con el momento, en términos políticos estaba totalmente fuera de tiempo y lugar. Hay que repetirlo: si no fuera por el doble juego, si el kirchnerismo fuera sólo discurso oficial, el mejor kirchnerista, el único consecuente (aunque más «kirchnerista que Kirchner»), el que lleva más cabalmente el «optimismo» de «el proyecto» real a su discurso es Daniel Scioli. El otro gran kirchnerista auténtico (pero sincero) es (en especial, a la hora de hablar de política económica) Alberto Fernández, una vez alejado del gobierno. No es casual que sean personajes tan atacados, intentando mostrar cuán diferentes son de los enunciadores del segundo discurso, aún cuando los criticados sean mejores (y más cercanos) ideológica y discursivamente en cuanto al kirchnerismo de las políticas del estado. Y, no contradictoriamente, puesto que en eso el discurso doble es un «juego», ser mejores y más consecuentemente kirchneristas los hace parecer peores, kirchneristas truncos. (Hay que decir que Cobos tampoco estaba tan lejos y, por eso fue –no sólo designado vicepresidente– denostado de forma típicamente individualizadora –“el gran traidor”– y muy poco ideológica.)” La diferencia entre la pretendida corrección ideológica (atenta al discurso oficioso) y el estar totalmente fuera de lugar en términos políticos (como entonces Ischii) se reprodujo con el intendente de Lanús Díaz Pérez al pretender juzgar la ideología de Scioli en desconocimiento total de cuál es la ideología oficial.

[10] Nada más erróneo que ver (como algunos analistas) una desintegración del poder del PJ (lo que, en última instancia, es una mera deducción –no empírica– de la idea de “cristinismo”), cuando el poder del PJ justamente se ha restaurado y se le ha ofrecido un mecanismo de funcionamiento (autonomía feudal+sumisión absoluta al líder nacional) que es el que mejor conoce.

[11] En «La masacre…», cuando Bárbaro no había logrado el actual protagonismo, decíamos: “Habría que hacer una historia de esta lectura para poder marcar las distintas etapas de complicidad mediática objetiva con el oficialismo (y, por ende, para una historia del propio kirchnerismo), desde los momentos en que tal lectura tenía como uno de los pocos canales al diario La Nación hasta que pasa a estar más en Clarín, mientras La Nación (con muchísimas dificultades) trata de no utilizar ese enfoque. Uno y otro (aunque se diga lo contrario, hoy Clarín es el gran cómplice objetivo) podrán a veces separarse de tal lectura, aún cuando tengan frecuentes recaídas. La otra parte de la historia debería recabar en cómo periodistas sueltos o intelectuales son los que (a falta de tener una línea de intervención política que se pregunte por los efectos de esa lectura) intentan mantener la «coherencia» de tal «denuncia» dejada parcialmente de lado por las empresas mediáticas (La Nación). Así, habría que ver qué lugar ocupa el reciclaje de periodistas que no tienen nada para decir (o sólo tienen esa paparruchada) y que sin espacio en los grandes medios vienen a «ilustrarnos» en algún canal de cable. Ver por caso, el reciente y patético reciclaje de Sylvina Walger.”

[12] Ver por ejemplo el reciente “homenaje” a Envar El Kadri, que si se sigue no por los medios sino por la propia palabra presidencial (teniendo en cuenta sus gestos y el lugar y personaje elegidos), no podría ser catalogado de otra forma que como desprecio para con el homenajeado en tanto militante (ya se había hecho algo parecido en un “homenaje” a Carlos Mujica, ver «La memoria…»). El acto por El Kadri (en la indefinición de la etapa histórica a “reivindicar”) se trató del acto que bien hubiese querido hacer Carlos Menem (quien tuvo mejor desempeño “setentista” que los Kirchner) si no hubiera adjurado de viejas creencias: un acto “respetuoso” de lo religioso (un aniversario de una muerte pospuesto por el Ramadán y hecho en una institución no secular), por lo menos insulso en lo histórico y despojado de cualquier reivindicación política que no fuera la de la mera identidad política peronista. Tal acto (no lo vamos a calificar como “homenaje”) fue una nueva obra maestra de lo llano que es el discurso oficial. Ninguna reivindicación de los setenta reales (al contrario, sería la década de la “vuelta de la democracia” en el ‘73, es decir del fin de la proscripción), reivindicación del militante ausente en tanto mero peronista, ostentación de la profunda fe religiosa (de Ella), defensa de la “democracia”, actitud propositiva respecto a cuestiones de gestión (como si no fuera ella Poder Ejecutivo) y una (como no podía faltar) burda búsqueda de nombrar a “Néstor” aunque fuera en el momento más ridículo. “…tenía una clara comprensión de eso, de los procesos históricos colectivos, Néstor también. Y bueno, y porque además se aprendió durante las duras jornadas y experiencias de los años setenta que las vanguardias pueden servir por ahí para satisfacer algunas cuestiones, no sé [si] personales o individuales o heroisismos [sic] de los que fue acostumbrada nuestra juventud, pero que muchas veces si uno no entiende que lo verdadero está en lo colectivo y en ir avanzando todos juntos, se frustran los procesos más virtuosos y se pierden, tal vez, los hombres y mujeres más valiosos.” [la transcripción oficial decía –con absoluta coherencia al párrafo– “vanidosos”…].” 21/8/12, <http://www.presidencia.gob.ar/discursos/26045-acto-de-homenaje-a-envar-el-kadri-palabras-de-la-presidenta-de-la-nacion>. [sigue diciendo "vanidosos"; última consulta: 21/2/13] La contradicción (‘El Kadri era respetuoso de lo colectivo’ al tiempo que ‘las vanguardias se hacen por cuestiones personales, casi vanidosas’) sólo puede resolverse como negación del “homenaje” (no hay trampa lógica o dialéctica que pueda resolverlo de otra manera). Otra vez al hablar de los setenta, sin nombrar a Perón y a través de un contradictorio rodeo a través de la idea del “proceso colectivo”, el único homenajeado no es sino el propio Perón, adjurando de los procesos de organización colectiva más interesantes y a sólo un paso de justificar la represión (para)estatal (Bárbaro vería que no nombrar a Perón es la reivindicación montonera de Evita, cuando lo que ocurre es lo contrario. Al no nombrarlo, muestra que no hay nadie más presente, al tiempo que intenta salvarlo de la vinculación con la represión.)

La crónica correspondiente del diario Clarín cita omitiendo lo más jugoso: “Cristina esbozó una crítica de «las vanguardias» y afirmó: «Si uno no entiende que lo verdadero está en lo colectivo se frustran los procesos más virtuosos y se pierden los hombres y mujeres más valiosos». «Cacho tenía una clara comprensión de eso; Néstor, también», agregó Cristina, que en varios pasajes buscó puntos de unión entre ambos, incluidas sus muertes prematuras.” Lo notable (y marca del carácter cómplice de cierto periodismo) está en cómo se tituló tal crónica «Cristina homenajeó al fundador de un grupo guerrillero de los 70», palabras incorrectas cada una de ellas, en especial la que acepta la idea de homenaje. (G. Braslavsky, «Cristina homenajeó al…», Clarín, 22/8, destacados originales). Ver también la equívoca columna R. Roa, «No me peguen, fui montonero», Clarín, 25/8; Ámbito Financiero por su parte llegó a titular: «Cristina, setentista: acto por El Kadri, fundador de las FAP». El amague de homenaje (luego exacerbado con la publicidad –incluso con prensa oficial– dada al “día del montonero”) parece ser una estrategia que rinde frutos: hacer actos insulsos (que no obstante, son tan jugados que pueden derivar en casos de lipotimia…) para que algún ingenuo se sienta motivado, mientras que motivan justamente a que la oposición cómplice se trague todos los amagues sin ponerse post-facto a analizar cuál fue efectivamente la jugada. (Página/12 fue más coherente en no comerse el amague y ni se molestó en cubrir el acto; entre los que lo cubrieron, La Nación es quien lo hizo de manera más objetiva y, caso inverso, Agencia Paco Urondo de manera más ingenua y, consecuentemente, más frondosa). A veces el que gusta de la gambeta ajena, exagera el amague y cae en el ridículo, como en el caso del noticiero de canal 7: “con la participación de una de las exponentes de la JP de los años setenta, la presidenta…” (<http://www.youtube.com/watch?v=TsBj2iab1cg>).

[13] Ya hemos afirmado que la versión peronista de la teoría de los dos demonios es más peligrosa que la versión original («La memoria…»). Más aún si funciona de forma implícita. En lo que aquí concierne, Bárbaro reivindica al Perón de los setenta frente a Montoneros como el Perón de la democracia y el abrazo con Balbín (por ende el Perón de los setenta no sería el Perón de la Triple A); el discurso oficial (y parte del oficioso) reivindica el Perón que suponía la expresión de la voluntad popular expresada (meramente) en el voto mayoritario frente a las corporaciones y frente a las “rupturas del orden constitucional”. Donde Bárbaro reivindica la relación de Perón con “las instituciones” sin más (incluyendo a Balbín), el kirchnerismo reivindica la relación con “las instituciones” en tanto efecto del voto popular. En esta última versión se llama al respeto por el origen del voto (compartido por Montoneros, el vandorismo y los parapoliciales) y, consecuentemente, por la continuidad de su producto (el gobierno constitucional) frente a cualquier desestabilización (incluso de los que habrían hecho “el juego a la derecha”, lo que implícitamente es, en especial, Montoneros). Como corolario, no fue casual que se haya reescrito la historia de la CGT como partícipe de un “gobierno popular” (frase también “setentista”, pero no justamente del lado heterodoxo) para así repudiar a quienes “sacaron los pies del plato”.

Podemos ejemplificar que las actuales formas de la versión peronista de la teoría de los dos demonios son más peligrosas comparando con la versión más “elegante” (es cierto que menos virulenta que otros tonos que se enunciaban en los ochenta), la del prólogo Sábato. Sábato operó allí como un “utopista” de la represión (según lo que entendía que era la represión “legal” a la italiana), mientras que la versión peronista (fiel a sus principios) no es nada “utópica”, sino realista. Sábato reivindica la experiencia europea (por cipayo), mientras que los realistas reivindican “lo nuestro”, a Rucci y a Perón, nombres clave que no pueden no remitir al extinto Vandor y del extintor López Rega.

[14] Con posterioridad al acto por El Kadri, se dio el bizantino cruce entre Beatriz Sarlo y Artemio López que mostró más de lo mismo. Sarlo empieza muy mal intentando hacer una cruza entre Bárbaro y una mala lectura de Feinmann que la obliga a subordinar su propia postura ochentista-mexicana. Hay que reconocer que tiene talento para producir algo medianamente legible a partir de esas bases. (Sarlo, «El mito de la juventud maravillosa está en marcha», La Nación, 10/9/12.) La idea es criticar la manipulación sobre una “juventud maravillosa” al mismo tiempo que utiliza el argumento feinmanniano de que la JP Lealtad era la posta. (Aquí sería necesaria una nota al pie: Feinmann y D’Elía son dos “próceres” del kirchnerismo en tanto han hecho uno y otro invaluables aportes intelectuales que –y es algo raro en el oficialismo– son reconocidos con el precio de dar cierta libertad para apartarse del discurso oficial; en un caso preguntándose por la incomodidad de ser gobernado por millonarios y, en otro, por el apartamiento de la política exterior “occidentalista” –por ejemplo los coqueteos con Irán. El aporte de D’Elía es el de ser el intelectual del “estaban buscando un muerto” que reproduce la idea –usada por ejemplo en el caso de Mariano Ferreyra– de que la víctima es al menos cómplice del victimario y, sobre todo, de que la crítica debe dirigirse hacia la víctima. Feinmann, por su parte, hace muchos años que ensayó una lectura de la historia de los setenta que desdibuja el poder que tenía cada sector del peronismo. Así reivindicó siempre la JP Lealtad –aunque alguna vez llegó tímidamente a reconocer que eran “cuatro gatos”. El problema no es que reivindique el sector en el que participó, su aporte está en que brindó la idea de que había una “juventud maravillosa” contraria a la lucha armada y a la “deslealtad” con el líder; juego de enredos y evaluaciones desequilibradas que es campo fértil para confundirse acerca del “mito de la juventud maravillosa” –pero no revolucionaria– que Sarlo atribuye, contradictoriamente, al kirchnerismo). Artemio López, que sabe de qué la va el kirchnerismo, busca el detalle más conveniente para criticar a Sarlo. Así reimpone la idea de que está bien la lucha irregular (no dirá “armada”) en momentos de ausencia del estado de derecho y llevará el objeto de análisis hacia 1955, dejando en claro (“ciclo ascendente que concluiría en la recuperación democrática del año 1973”) que la frontera temporal que no se puede traspasar a la hora de hablar de los setenta es aquella que implica justamente la “vuelta de la democracia” de 1973. No hay nada novedoso en lo que escribe Artemio López, lo significativo es que permite –más bien, está pensada para eso– cierta mala lectura (ver algunos comentarios) en el sentido de “bien Artemio, la pusiste en su lugar…”, como si con estos “setenta” mutilados a través de establecer la frontera de lo discutible entre 1955 y 1973, hubiera algo significativo que discutir. (A. López, «Sobre Aramburu, Sarlo y los montoneros», 10/9/12.)

[15] Hemos hablado varias veces de la cuestión religiosa (la frase recién citada corresponde a «El tercio», julio de 2011), en la aspiración a aprehender tal cuestión desde una perspectiva materialista. Recientemente se puede ver cómo proliferan críticas liberales al kirchnerismo recalcando lo que parece ser el mismo fenómeno. Tomemos una buena nota de esa perspectiva: “…los kirchneristas no se aglutinan en torno de las ideas que su gobierno enuncia. Se aglutinan en torno de creencias. Por ello la crítica no pone en cuestión las ideas ni los procedimientos, sino la fe. El kirchnerismo no es un movimiento político: es un movimiento radicalmente antipolítico, cuya principal fuerza es haber hecho renacer el sentimiento de una causa. Sus seguidores no están allí por la ideología, sino porque han vuelto a encontrar un motivo por el cual luchar. El tema es la causa, que muchos de los militantes de los setenta, viejos y derrotados, no se resignaron a enterrar, y que los jóvenes surgidos de la crisis de principios de siglo necesitaban para reconvertir tanta frustración en deseo de futuro.” (Alejandro Katz, «El kirchnerismo como dogma de fe», La Nación, 4/9/12). Dejando de lado el argumento cómplice del “setentismo”, el artículo se articula en torno a un eje débil: la idea de la antipolítica. Sin salir del liberalismo no se puede ver que la aspiración máxima de cualquier partido bajo un régimen democrático en el capitalismo es la de construir en sus votantes la fe en un futuro brillante que ellos posibilitarían (requiriendo entonces “la creencia”) y que podría llegar a frustrarse por culpa de “los otros” que “ponen palos en la rueda” (y por tanto habrá que defender “la causa” hasta que fracase y no se llegue al futuro brillante prometido para que –gracias a la “alternancia”– “los otros” puedan recomenzar un nuevo proceso en base a “la creencia” de sus propios votantes). Esa división entre “nosotros” y “ellos” no es entonces ajena al régimen democrático; toda la caterva de ideas de “diálogo” y respeto mutuo entre los partidos específicos que resalta el liberalismo a la hora de interpretar la democracia no es más que la versión sesgada del discurso politológico que publicita las máximas de lo que sería la “política profesional” ocultando las formas de funcionamiento que los políticos profesionales necesitan en mayor o menor medida para que se crea en su singularidad, las formas para recortarlos respecto del resto de elenco del “diálogo” y la “convivencia democrática”. Como la versión sesgada oculta parte de lo que es efectivamente la política, hace mal las cuentas en su silogismo: si la política es “diálogo”, el kirchnerismo es “antipolítico”. Lo que está mal es la definición de política, aún antes de ponernos a ver empíricamente qué pasa con aquello del diálogo en el momento histórico concreto. El autor cae (como tantos) en el prejuicio de que hay que alejarse lo más posible de cualquier cosa que tenga el más mínimo olor a Carl Schmitt, cuando tal prejuicio muestra justamente que Schmitt era más realista que tantos principios politológicos que sustituyen constatar la política real por algunas reglas abstractas y “racionales” de supuesta convivencia.

[16] De allí también el efecto cómplice de la prensa opositora a la hora de construir La Cámpora como signo del “cristinismo”, viendo por caso su “autoritarismo”, pero totalmente recortado de lo que son, fueron y serán las prácticas concretas del PJ. Y cómplice por partida doble, parece desmentir una vez más que nos gobierna el PJ, a la vez que refuerza tal misma idea en aquellos militantes del PJ que encontraron este pequeño rodeo para justificar su militancia en el partido del orden (y lo mismo vale para tantas agrupaciones más o menos juveniles). Donde ese periodismo ve a La Cámpora como una suerte de caballo de Troya del “cristinismo” en el PJ, hay que ver que el proceso es el inverso: se trata de un (uno de varios) caballo de Troya del PJ en la subjetividad de miles de argentinos.

[17] En el mismo sentido (por ejemplificar con dos notas prácticamente simultáneas) la linealidad lleva a error cuando desde encuestas de opinión pública o especulaciones sobre resultados electorales del 2013 se pretende ver un camino directo para la continuidad sin sobresaltos (Raúl Kollmann, «El Estado y CFK, arriba en las encuestas», Página/12, 5/8/12) o para el plan rereeleccionario (Luis Majul, «Cristina ya trabaja por 2015», La Nación, 9/8/12).

[18] En rigor, la mundanidad de la encuesta de preferencias de “políticas públicas” es una mundanidad contaminada de la sacralidad democrática (“…todo ejercicio de fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legitimar la fuerza del que la ejerce; se puede decir incluso que lo propio de toda relación de fuerza es el hecho de que sólo ejerce toda su fuerza en la medida en que la disimula como tal. En suma, expresándolo de forma sencilla, el hombre político es el que dice: «Dios está de nuestra parte». El equivalente de «Dios está de nuestra parte» es hoy en día «la opinión pública está de nuestra parte».” P. Bourdieu, «La opinión pública no existe», en Cuestiones de sociología. Madrid, Itsmo, 2000. p. 222.). La traslación de tales preferencias al momento extraordinario de la “opción” electoral, aumenta necesariamente su falsedad: “…una consulta electoral plantea en una única pregunta sincrética lo que sólo se podría aprehender razonablemente en doscientas preguntas…” (p. 230) y así (por ello traslación) “es verdad que estudiando el funcionamiento de la encuesta de opinión uno puede hacerse una idea de la manera en que funciona este tipo particular de encuesta de opinión que es la consulta electoral” (p. 231).

[19] Ver la recién referida nota de Raúl Kollmann. Para un caso internacional donde las “preferencias” muestran lo lejos que están de cotidianeidad política (de la fuerza) se puede ver: Ernesto Carmona, «Sorprendente encuesta global censurada: el 74% del planeta rechaza el capitalismo neoliberal», 2009.

[20] Bourdieu, ob. cit., p. 220.

[21] Ibíd. 229-230.

[22] Las discusiones sobre inflación, dólar y restricciones cambiarias tienen el mérito (para el gobierno) de reponer un debate sobre políticas económicas (como lo fue en su momento la intervención del INDEC) de forma tal que poco se termina discutiendo sobre los sectores concentrados más beneficiados por el “modelo”. El kirchnerismo es consciente de sus conveniencias a la hora de plantearlas como forma de operación mediática (por ejemplo cuando salen a atacar a “formadores de precios” que harían lo que hacen con total independencia del gobierno), pero pocas veces es capaz de discutir hacia adentro la estabilidad del “modelo” que suponen siempre-ya amenazado. La única excepción que conozco (bastante mentirosa en cuanto a lo que refiere a “derechos humanos”) ha sido una intervención de María Pía López (desde la platea y no desde el escenario) en la reunión de Carta Abierta que siguió al último triunfo electoral de Macri en primera vuelta (16/7/11, <http://www.youtube.com/watch?v=fCPhUyKnch0>): “Porque hoy me parece el macrismo (llamo macrismo a esta derecha) no va a venir muñido estrictamente de forma neoliberal. Va a ser… Puede ser alguien que diga (como dijo la Alianza en el momento anterior) ‘no vamos a tocar la convertibilidad’, puede venir a decir ‘no vamos a tocar el modelo económico’…”

[23] «En la estación espera un aumento», Página/12, 3/1/12.

[24] Otra maravillosa perlita del paleo-operador Horacio Verbitsky: “…la presidente cuyo segundo mandato fue plebiscitado con el 55,4 por ciento de los votos (no el 54 por ciento como en forma unánime recorta la prensa de oposición).” «La tuya, la mía, la nuestra», Página/12, 1/7/12, destacado nuestro. A la semana siguiente debe retractarse (como tantas veces…), pero hizo un confuso garabato para “informar” que la Cámara Nacional Electoral no sabía sumar y por ello al porcentaje electoral le había alcanzado el proceso inflacionario. Leyendo el garabato del paleo-operador no se entiende si el equívoco había sido el ratificado (y “opositor”) 54% o el erróneo y efímero 55,4% (para colmo el pasquín siquiera pudo titular bien). «¿El 51,11 o 55,42 por ciento?» (recuadro [debería ser: «¿El 54,11 ó 55…»]), en «Hood Robin», Página/12, 8/7/12.

[25] En Le Monde Diplomatique de agosto de 2012, un periodista kirchnerista llega a hastiarse de la cantinela: “...el kirchnerismo recurre de tanto en tanto al cuco del «giro restaurador»: cuando Martín Redrado se atrinchera con las reservas, cuando el Congreso se niega a votar el Presupuesto, cuando los ruralistas anuncian un paro. ¿Por qué lo hace? Porque forma parte de una estrategia exitosa de acumulación discursiva pero también, creo, por razones menos tácticas y más filosóficas: para el gobierno, reconocer que la conspiración está lejos implica admitir el carácter genuinamente democrático de la oposición, incluyendo a la derecha. Y aún más: supone reconocer que su máximo exponente, el jefe de gobierno porteño Mauricio Macri, se ha comportado de manera perfectamente democrática, admitiendo sus derrotas electorales y no abusando de los mecanismos institucionales, de los vetos y los decretos más de lo razonable, o en todo caso no más de lo que lo ha hecho el gobierno nacional.” (p. 2) Es llamativo, no obstante, que sea noticia reconocer las derrotas electorales (aún si no se han producido).

[26] Para ser el margen derecho del arco político concreto no hizo más “méritos” que, por caso, Gioja, Insfrán o Beder Herrera.

[27] Luis Bruschtein, «A Locche le faltó cintura», Página/12, 6/1/12.

[28] En el medio hubo una ley totalmente abstracta (de supuesta “transferencia”) que sólo sirvió para mostrar la absurda vitalidad cómplice de la UCR con el “bipartidismo de socorros mutuos”. Los socios enfrentados (PJ y PRO) que mantuvieron y mantienen el centro de la escena tuvieron el aporte de un “extra” complaciente y de protagonismo efímero. Con la presión del bipartidismo que imponen los buenos modales y con una lógica totalmente incomprensible este partido “gorila” (y cuasi “golpista”) sintió la necesidad de votar en el congreso por la ley de transferencia del oficialismo, mostrándose casi como una fuerza innecesaria como partido de “oposición”.

[29] El episodio de defensa de Insfrán que realizó el periodismo oficialista luego de algunas críticas (la más difundida fue la de Jorge Lanata), marca bien cómo la lógica dicotómica constituye un excelente mecanismo de defensa. Así, gente como Víctor Hugo Morales se vino a enterar que los ciudadanos formoseños viven mejor que la población sueca. El episodio también deja enseñanzas para una posible aplicación a futuro. Si llegaran a decidir que el próximo candidato del PJ es Daniel Scioli, veremos cómo la acusación de algún periodista sobre la situación social en su provincia podrá desatar una contracampaña “informativa” según la cual pasarán a inventarse infinitos logros para el gobernador nacional y popular, y así podrá transformarse en un esperanzador candidato.

[30] Es notable la escasez de balances serios sobre tal etapa del conflicto (una excepción: M. Compagno y C. Fontan, «Una huelga histórica con escasos resultados», El pimentón, septiembre de 2012). En contraste, una muestra de lo sesgado e incompleto que puede ser un análisis desde el neosabatellismo en: «El otro actor del conflicto del subte: Clarín», en Marcha, 16/8/12.

[31] El consenso entre los apoyos a la idea de re-reelección por parte del gobernador bonaerense y de intendentes de tal provincia pudo ser leído como discrepancia (“Scioli admitió querer ser presidente en caso de que…”), no por una (imaginaria) falta de consenso, sino porque en un momento se operó con el Plan B y en otro con el Plan Ahh. Con menos de dos meses de diferencia, la misma frase de Scioli (querer ser presidente en caso de que no haya re-re) tuvo implicancias totalmente diferentes. Lo significativo no es que haya cambiado Scioli, sino que el que importa (el gobierno nacional) había cambiado el trabajo cartográfico sobre el cual aparecen tales declaraciones.

5 comentarios:

  1. Interesantísimo análisis. Me quedo con un montón de ideas. Entre ellas, las que no debe oilvidar ninguna fuerza de izquierda a la hora de tomar posición: "La única actitud sana (como militante, como ciudadano o como televidente) es la de negarse a consumir la novela." Se trata de un error recurrente entre los sectores de izquierda que no han sabido leer como el autor las jugadas del kirchnerismo y su verdadera naturaleza. Saludo aportes de este tipo que no entran en la polarización irreal inventada desde el poder.

    ResponderEliminar
  2. Saludos María. Aprovecho para plantear algunas cosas que me anduvieron dando vueltas y no supe problematizar. Vos decís "polarización irreal" y me recordaste eso que me parece que (me corrijo ahora) a toda la izquierda le falta problematizar: ¿damos cuenta de esa lógica de operación sobre la política? ¿nos parece importante? ¿Cómo llamarla: dicotomía, polarización, maniqueísmo? ¿Le agregamos "falsa"/"falso"? Parece (y es) algo menor en relación con las dificultades que a veces tiene la izquierda para analizar ciertas cosas. Me lo planteo porque uno se queda con la impresión de que éramos muy pocos los que marcábamos el funcionamiento en clave dicotómica hace unos años (sólo puedo acordarme -desde otra perspectiva- de Svampa) y de que en este año una crítica similar (¿hasta qué punto?) aparece en los medios masivos. Me parece que en los últimos años los partidos de izquierda más importantes, por su parte, tendieron a pensar en las posiciones de cada sector, orga o corporación por separado (correcta o incorrecta), pero prestando poca atención al modo de funcionamiento con que se "ordenan las posiciones"
    Volviendo a este año (ver la entrevista con Pablo Ferreyra que cito), quizás sea más visible la idea de "maniqueísmo" (no/siquiera "falso maniqueísmo"), término que me parece el peor porque sugiere una idea de "inmoralidad". El maniqueo parece que es el hace una lectura sesgada de la realidad, quizás "sectaria", es alguien moralmente activo en hacer tal lectura, pero no parece activo a la hora de configurar a su necesaria contraparte. Polarización tiene como principal problema el de que puede remitir tanto a un proceso morfológico como superestructural. "Polarización social" es también un viejo concepto marxista que quedó algo olvidado y que hay que rescatar (tal rescate es uno de los méritos de Wallerstein). Por descarte (y reconociendo que falta problematizarlo), me quedé con la idea de "dicotomía" y de "mapa de la dicotomía", tratando de hacer ver el papel activo del que hace el mapa (lo "inmoral" no puede ser una falta individual, aún cuando lo que se hace en términos políticos pueda dar lugar a inmoralidad como efecto). Y a partir del primer rol activo (el kirchnerismo) marcar las eventuales complicidades objetivas. Uno podría preguntarse si cuando hoy aparecen ideas similares en los grandes medios, no se trata de un mero intento de descripción de algo, pero sin que se muestre la aspiración de explicar (o siquiera de marcar la falta de una explicación). Y tal vez ni eso (por lo dicho sobre lo maniqueo). Y, en otro nivel, preguntarse si aquello que se describe no termina siendo meramente el discurso kirchnerista o su publicidad. O sea, más lo que se dice que la lógica con que opera (y que es lo que genera tales discursos).
    Saludos

    ResponderEliminar
  3. No sabén ya cómo explicar el fenómeno del gobierno nacional y popular. Mucho analizar pero ustedes, los trostkos nunca hicieron nada.

    EZekkiel, con KKK.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Fenómeno! Ahora dejo el "trotskismo" en el que nunca estuve, pero sobre todo dejo de analizar para arrodillarme y rezar a Perón y Barone. Porque mejor que decir es hacer, y rezar es hacer

      Eliminar
  4. Cuando los planteos los dejan sin respuestas, los "cristinistas" (bueno, en realidad como dice el autor los "pejotistas")recurren a acusaciones, desacreditaciones y consignas vacías. Ezekkkkkiel sería un ejemplo.

    ResponderEliminar