31 ene 2011

Lecciones de conservación y macartismo (a propósito de la nota de M. Toer)

Alejandro Blancovsky

Los escasos recursos

Saliendo de la secundaria tuve el desagrado de leer por primera vez a Toer por un artículo publicado publicado en “el monopolio” que se llamaba «Si la universidad no cambia, la reforma el estado». Entonces proponía modos de esquivar ciertas políticas universitarias neoliberales (arancel) que alentaba parte del gobierno de entonces, buscando que las universidades públicas siguieran cierto proceso de modernización que incluyera reformas (supuestamente) más factibles. Era otro de esos discursos que no proponen nada nuevo: acortar el grado y dividirlo en ciclos y generar mecanismos de reconocimiento de estudios parciales. Nada muy diferente de lo que hoy pueden decir intelectuales progresistas como Adriana Puiggrós.

Pero, por supuesto, la nota no estaba dirigida a proponer las políticas universitarias que Toer consideraba correctas en ese momento (año 2000). La forma de argumentación que remite a la amenaza implicaba una intervención política no sobre las políticas que el autor desea sino sobre el espectro de las políticas que pueden ser consideradas “racionales”. No se dirigía a combatir a los sectores del gobierno de De la Rúa que deseaban la implementación plena de programa del Banco Mundial para “educación superior”, sino que se dirigía a quienes entonces defendían una universidad pública como una construcción colectiva antes que como una institución a racionalizar y modernizar. Pero ojo... que si no hacen lo que yo digo vienen los malos, a la universidad “la reforma el mercado”. La lógica todoterreno de Toer es que si no dejan actuar libremente a la “izquierda racional” (ciertos sectores de la Alianza entonces, el kirchnerismo hoy) viene lo que él llama la derecha (por responsabilidad exclusiva de la “izquierda irracional”).

La anécdota tiene el valor adicional de que sabemos lo que ocurrió con posterioridad. No logró imponerse ni el programa pleno del Banco Mundial-CEPAL y tal contención poco tuvo que ver con la “izquierda racional” (Puiggrós, Juri, Chacho Álvarez, Alfonsín, Fernández Meijide, etc.). Si las propuestas de unos y otros fueron desarrollándose (más aún cuando ambos coincidían), el programa de “contención racional” de los progresistas nunca se aplicó en los términos en que se anunciaba. Ni reforma agresiva, ni defensiva. Ni arancel, ni estructuración de ciclos obligatorios a nivel nacional. Las propuestas de la derecha fueron combatidas por la resistencia al neoliberalismo, no por los que proponían la adaptación al mismo. Y, sin embargo, el neoliberalismo fue culturalmente triunfante, haciendo que muchas de las propuestas que anteriormente eran parte de un programa mundial anunciado ruidosamente, pasen a ser prácticas cotidianas decididas de manera más prudente y descentralizada. No un programa de adaptación al neoliberalismo, sino una adaptación inconsciente y fuera de programa.

La amenaza en ese entonces y hoy, es uno de los mecanismos por los que el estado busca callar quienes reclaman contra las injusticias. Miren que los malos son otros... y si vienen es tu culpa.

La labor de intelectuales y tecnócratas combina reorganizaciones ideológicas, análisis científicos, relatos más o menos delirantes, propuestas “técnicas” de “políticas públicas”,  amenazas políticas, etc. Pero cuando el único recurso que se dispone es el de la cantinela de la amenaza, es porque no estamos hablando de un intelectual ni de un tecnócrata.

Intelectuales y publicistas progresistas

Toer no podría ser considerado tampoco un intelectual de derecha. Una coincidencia lo acerca, dado que éstos “nunca tienen la iniciativa de los problemas en un mundo sobre el cual nada tendrían que decir, ya que nada encuentran que objetar, salvo los cuestionamientos efectuados por el pensamiento crítico que no dejan de criticar.” (Bourdieu, Las reglas del arte). Se trata, por el contrario, de un publicista del discurso progresista de los estados. Su artículo en Clarín demostraba esa ligazón con la práctica política neoliberal. No me refiero al contenido de la propuestas (algo que cambia coyunturalmente), sino a la subordinación al rearmado político “progresista” que, a nivel mundial, logró el neoliberalismo redefiniendo cierto espectro (hoy ampliado) de “medidas racionales” y, por tanto, cierto espectro de lo que queda afuera. Pese a los cambios de las políticas coyunturales, eso “que queda afuera” es hoy más parecido al espectro de los “noventa” de lo que lo es al de los cincuenta o sesenta.

No obstante y pese al paso de las décadas, a la teoría social le falta mucho para calibrar qué es eso del neoliberalismo entendido en clave progresista. Hemos tenido (y tenemos) la profusa literatura sobre la “globalización” que poco pudo explicar. Hemos tenido la confusión de niveles de análisis diferentes que hicieron del neoliberalismo una práctica política muy a la derecha (y es justo), a través de una asociación inalterable a Thatcher y Reagan. En Argentina, colmo de los atrasos, Carta Abierta ha vuelto a proponer la idea de la “nueva derecha” lo que es, veinte años después, la manera más brutal de detener toda posible reflexión sobre lo que realmente es la derecha de los últimos 30 años.

Pero con el neoliberalismo obtuvieron un lugar fundamental otros intelectuales. Si Bourdieu remitía a esos intelectuales conservadores típicos de la situación de posguerra (Aron como ejemplo destacado), surgían en tanto unos reformadores que habrían de proponer el camino del progreso a través de un capitalismo más racional. El triunfo cultural del neoliberalismo implicó la posibilidad de que distintos matices de la derecha pudieran colaborar en un proceso mundial de reformas. En políticas sociales, Bush padre y Tony Blair-Giddens podían tener los mismos consejeros (ver Wacquant, Las cárceles de la miseria). Ni hablar en política económicas o educativas. Los consejeros podían reforzar mutuamente sus propuestas, independientemente de sus diferencias filosóficas. Así se reforzaban (mutuamente) sociólogos progresistas en el Banco Mundial (ver Auyero, «La nueva vanguardia de los pobres») y discursos racistas como los de Charles Murray.

En Argentina no han faltado esos intelectuales reformadores: desde Brasvlavsky, Filmus y Arroyo hasta Cavallo y Llach. Es cierto que lograron una convivencia menos armónica que en otros lados con los intelectuales conservadores de la posguerra, que aquí constituían una parodia de intelectual de derechas (Massot, Posse). Sólo con el correr de los noventa han aparecido los nuevos neoliberales, los “listillos” (como dice Bourdieu) que adoptan el discurso neoliberal pero en una posición homóloga a la de los intelectuales conservadores de la Guerra Fría, fundamentalmente por referencia negativa respecto al campo intelectual. Estos últimos no son reformadores ni tecnócratas, son los neoliberales tardíos, víctimas de la estrategia del doble rechazo (a la izquierda y a la derecha no intelectual), cuyo mejor exponente argentino es Sebrelli.

Toer, en cambio, es un publicista de los intelectuales reformadores. No fue un intelectual creador de reformas neoliberales (como Filmus), sino un activista al servicio de lo que el estado decía que era el “progreso” posible. Como decía su artículo en el diario Clarín: la universidad es elitista (como justificaría Braslavsky) y entonces yo debo votar (en un diario) cuál es la salida “más racional” dentro del abanico de variantes que el estado permite, optar entre las opciones estatales dentro de lo que el estado dice que se puede hacer, para hacer las reformas que el estado dice que es imprescindible hacer (“si no cambia, la reforma el mercado”).

La obligación de un publicista es a no ir más allá de lo que se le pide. El intelectual neoliberal puede criticar los ritmos de las reformas. Puede reconvertirse en “neoliberal crítico” (Filmus). Puede salirse (por izquierda o por derecha) de lo que prescribe el momento como políticas necesarias. Lo mismo para el intelectual conservador. Y lo mismo para el elenco político (¿Kirchner no tiene así una trayectoria perfectamente paralela a la de Filmus?). El publicista, en cambio, no puede salirse del marco de lo prescripto.

Así como Toer en su nota del 2000 estaba en sintonía con algunas de las propuestas de política universitaria de ciertos sectores del gobierno de De la Rúa (luego sistematizadas en la Comisión Juri), en su nota del 2011 está en sintonía con lo que prescribe el gobierno kirchnerista (aunque necesitó primero que Verbitsky le tire letra). Así como en el 2000 oponerse a ciertas políticas del gobierno de De la Rúa era facilitar que las universidades sean “reformadas por el mercado” y hacerle el juego a la oferta privada, en el 2011 oponerse a la burocracia sindical y la represión policial o parapolicial es ser “artífice del crecimiento de la derecha”.

La cancha marcada

Remito también a esta historia en la hipótesis de que entre los intelectuales “abiertos” son predominantes quienes tienen más oficio en defender a un gobierno que en atacarlo. No son mayoritarias las trayectorias de quienes jugaron un rol público mínimamente digno de mención durante gobiernos pasados (González, Feinmann, y muy pocos más). Más bien entre “los abiertos” está lleno de quienes en otros tiempos eran ignotos (Sorín) o estaban perdidos en el tiempo peleando con Mitre (Galasso). Y así, el oficio que aprendieron, el que tiende a predominar es el de la exégesis del discurso de la dominación.

Desde el 2008 a esta parte la hegemonía burguesa en Argentina ha profundizado una estrategia de abroquelamiento para reforzar la estabilidad de actores de la contienda política. Estrategia objetiva (en sentido de no consciente) por la que actores participantes de otras experiencias (la movilización de 2001-2002, por ejemplo) deben asimilarse o quedar excluidos. La exclusión de lo que existente a la izquierda del espectro político era en otros tiempos de facto, se daba en la práctica, mediante la represión, la burocracia sindical y el ninguneo. Muy pocos lugares quedaban para la competencia política directa (algunas universidades y un puñado de sindicatos). La estrategia del kirchnerismo (a veces consciente, a veces no) era acotar el espectro político, posicionarse en su sector izquierdo y forzar a los otros sectores del espectro político a que elijan posicionarse a su derecha o directamente fabricarlos como “espejo derecho” de sí mismo. La debilidad de la “oposición” es constitutiva: en buena parte, se trata de fuerzas pasivas acomodadas por las estrategias de otro. Algunos lo hacen por una torpeza que es coherente con sus convicciones (Macri), pero también pueden existir quienes lo hagan “por encargo” como (bien) dice Toer. En ese sentido, el viraje más sospechoso no ha sido el de la izquierda que Toer tanto odia, sino el de Elisa Carrió, jugadora política sobre la que más pueden caer sospechas de trabajar para otro, de posicionarse (una y otra vez) por encargo... del gobierno.

La falacia matemática

Un publicista de pocos recursos repite dos únicos latiguillos. Por un lado está la estructura argumentativa de agitar el fantasma de “la derecha”. Ese recurso no es sino llevar hasta el absurdo la argumentación oficial de la actual etapa de la dominación. Llevar al absurdo que, no obstante, no implica restarle coherencia. Ante la carencia de recursos, Toer desea que se le reconozca como invención suya la referencia a los ciertos caudales electorales como modo de eludir cualquier debate político. El 30% (sí, Mario, es un porcentaje importante) de sus columnas en Página/12 de los últimos años contienen una o dos menciones al caudal electoral de aquellos que Toer considerar los peligrosos (“irracionales”) a combatir. Como vimos, no se trata de la derecha (pues o es sólo un fantasma, o él –correctamente– intuye inconscientemente que no es su enemigo), sino a la izquierda y a sus intelectuales (sean o no partidarios).

Este repetido recurso que Toer repite deseándolo invención suya es incorrecto en lo político y aberrante en lo científico. Toer dice que bajos porcentajes en elecciones nacionales harían de algunas fuerzas políticas no merecedoras del derecho a analizar la realidad. Consideración extraña de parte de quien se considera intelectual. Imaginen que el desarrollo intelectual de los últimos dos siglos requiera del voto para, por ejemplo, poder publicar.

Su repetida alusión da a pensar que Toer sólo puede adscribirse al PJ. Su kirchnerismo no pudo ser de ninguna variante de la transversalidad, compuesta originalmente por fuerzas que fueron incluidas en el kirchnerismo aún cuando no poseían porcentajes en elecciones nacionales que alcanzaran el 0,1% de los votos. Pero, la posición política que Toer defiende no tuvo reparos en abrir los brazos al PCCE, al PI, al Frente Grande residual, al PC, junto con agrupaciones de caudal electoral totalmente misterioso (UCRK, Frente Transversal, PSK, en otros momentos, Barrios de Pie).

Pero los pesos políticos no son cuantificables en votos. Esta es la mayor ignorancia de Toer y lo que hace de su planteo científicamente nulo. Si en lugar de los sellos recién mencionados pasamos al plano sindical. ¿Podemos juzgar el peso político de un sindicato (incluso de la CGT), aludiendo a sus afiliados?

¿El hecho de que haya millones trabajadores no sindicalizados en Argentina hace de, por ejemplo, la CGT una organización despreciable? ¿No debería el gobierno pedirle a Moyano legitimación en elecciones generales antes de considerarlo siquiera como un aliado potencial? Por supuesto que realizar un planteo en estos términos no sólo es incorrecto para cualquier análisis científico, sino absurdo para cualquier dirigente con práctica política concreta. Sólo piensan así los politólogos y sociólogos que reemplazan el análisis de la realidad por el análisis de la “opinión pública”, por eso que, como bien dice Bourdieu, no existe.

Hay, no obstante, excepciones a lo dicho sobre el sindicalismo. Bourdieu enseña que hay que pensar no en “opinión pública”, sino en opinión movilizada, en fuerzas, en organización y en poderes. A falta de movilización y organización, sí hay organizaciones fantasmas. De hecho en otras de sus notas en ese diario (quizás un involuntario uso de la ironía por parte de Toer o de Página/12), en la descripción del autor se mencionó justamente su condición de secretario adjunto de un sindicato docente fantasma (Toer alude para colmo a las últimas elecciones de no docentes de Sociales, ¿sabrá que en la lista ganadora hay... ¡trostkistas!? ¿se volverá a hablar de los “infiltrados” en el “movimiento popular”?).

Si Toer quisiera insistir en el nulo paradigma de analizar la política por vía de porcentajes, podría al menos realizar alguna innovación metodológica ante la falta de capacidad para salir de su limitada sociología política. En lugar de comparar la “intención de voto” del PJ con los porcentajes de la izquierda, podría encargar a algún encuestólogo de confianza la comparación de “intenciones de voto” entre encuestados que tengan conocimiento de la existencias de las variantes políticas a comparar. Como sabe Bourdieu: “En la escala política (...), algunas categorías sociales utilizan intensamente un pequeño rincón de la extrema izquierda; otras utilizan únicamente el centro; otras utilizan toda la escala. Al final, una elección es la agregación de espacios completamente distintos; se suma a personas que miden en centímetros con personas que miden en kilómetros o, más bien, a personas que puntúan de 0 a 20 con personas que puntúan entre 9 y 11.” («La opinión pública no existe») Los intelectuales y publicistas al servicio del estado (aún si sortearan su ignorancia) no pueden sacar las conclusiones necesarias sobre un sistema que es producto de la desigualdad social. Esa desigualdad “es menos un fallo del sistema que una de las condiciones de su funcionamiento como sistema censatario desconocido como tal, en consecuencia reconocido.” (Bourdieu, La distinción). Cambiar de metodología sería, no obstante, quedarse en el cómodo lugar de la sociología política dominante: la primacía de los consensos pasivos y la denegación de las opiniones movilizadas.

La realidad argentina de hoy es una realidad de injusticias generada por la actuación de los partidos mayoritarios, pero también es una realidad en la que se encuentra parcialmente materializada la resistencia que a esa actuación se le ha opuesto desde abajo. Si años pasados no nos legaron mayor precariedad laboral, mayor desorganización sindical, menores gastos en salud y educación o medidas concretas como el arancel universitario, fue porque hubo siempre (pese a lo que digan los encuestólogos) “sectas”, “partidos minoritarios”, “gente equivocada”, “irracional” que resistió (con éxito desigual) la barbarie impuesta por la dominación. Y cuando los tiempos de resistencia eran otros, ¿dónde estaban entonces los que se ufanan de interpretar el sentir popular? La mayoría de estos intérpretes que Toer considera intérpretes valederos estaban, por supuesto, con Menem y Cavallo. O estaban, como Toer, recomendando “políticas racionales” durante el gobierno de De la Rúa –no es casual que años después reivindique al FREPASO y aún se dé el lujo de hablar de la “tergiversada Alianza” (Página/12, 19/10/07)–. El mero hecho de usufructuar un cargo en la UBA y tener cierto número de estudiantes que justifiquen su sueldo debería llevar al profesor Toer a ser más generoso en sus palabras. ¿O es tan confiado para pensar que un ajuste universitario brutal y un eventual estancamiento de la matrícula nunca podrían haber amenazado su cátedra tan necesaria para la Nación?

O, más lejos de las políticas del estado, ¿no debería tener un mínimo de consideración por aquellas fuerzas políticas que crearon organizaciones sociales capaces de salvar de la muerte por desnutrición a muchos argentinos a los que el sistema clientelar del PJ no llegaba a alimentar? Organizaciones sociales con trabajos ambiguos y contradictorios que no pueden medirse en votos. Y existen también aquellas que realizan tareas análogas, aún siendo claramente procapitalistas y definiéndose como kirchneristas. Pero... nada. Ni unos ni otros entran en el campo visual del politólogo que mira la política exclusivamente como una cuestión palaciega.

La derecha es el enemigo... en los papeles

El kirchnerismo ingenuo tuvo siempre una beneficiosa incapacidad de conocer sus enemigos. Si bien el oficialismo siempre tuvo cancha libre para jugar, en un principio sus defensores ingenuos sólo podían marcar la cancha por referencia a un pasado que se daba forzando la “cadena equivalencial”. Así, después del 2003 habría aparecido mágicamente la “intervención estatal” en la economía y eso constituía un logro político frente a quienes querían volver para atrás, frente a Menem que es Martínez de Hoz que es Videla que es Hitler. Cualquier columnista de Página/12 (es la “época de oro” de Feinmann) no podía realizar ningún análisis político sin mencionar a Videla. Cualquier intento de hablar de “la maldad” necesitaba ineludiblemente hablar de la “supermaldad”.[1] Los actores políticos definidos como “enemigos” pocas veces eran puestos en relación con algún interés de fracción de clase burguesa. Algún vez se los vinculaba con el “capital financiero” o algo por estilo, pero eran más frecuentes referencias a la corporación militar (o a veces eclesiástica). Con la 125 apareció una idea parodia de “análisis estructural” kirchnerista. De un día para el otro aparecen en la estructura económica argentina la oligarquía, los pools financieros de siembra, los intereses materiales de la corporación mediática. Si Menem fue considerado enemigo público número uno por pocos meses, el personaje que ocupó ese lugar durante la mayoría del tiempo del gobierno kirchnerista (Duhalde) había pasado a segundo plano.

Sin embargo, luego del asesinato de Mariano Ferreyra vuelven a colocar a traer a las tablas a Duhalde, intentando ahora combinar (“dialécticamente” diría Feinmann) la escenificación del enemigo político de principios del kirchnerismo (el golpismo desestabilizador PJ-FFAA) con la escenificación del enemigo corporativo de los tiempos del lock-out (la conspiración mediático-empresaria desestabilizadora).

Lo novedoso de este panorama es que este kirchnerismo no es el del 2003 o el del 2008. Ha afianzado su identidad “pejotista” y (¿casualmente?) macartista. Esta intentona explicativa de los conflictos “principales” que cruzan la política argentina empieza con el asesinato de un militante trotskista a manos de Duhalde (según la versión oficial), para desarrollarse hoy bajo la teoría del acuerdo político que uniría al trotskismo con Duhalde. Sería gracioso si no fuera por el hecho de que se trata de cosas aceptadas por multitud de consumidores de la profusa publicidad oficial.

La nueva versión de estos fantasmas estatalmente agitados contiene un nivel de macartismo que no era visible desde los años 74-83. Y ahora el macartista está más contento que nunca. Por fin tiene vía libre para combatir a quienes realmente odia. La cátedra abierta de macartismo de Verbitsky (aún con sus típicas contradicciones, el único coherente, hay que reconocerlo) ya no se encuentra en soledad en Página/12 (es verdad que hubo antecedentes, como en tiempos de los episodios del ferrocarril Sarmiento). Toer, que habla mucho de la derecha pero que sabe que el enemigo siempre está a la izquierda, se encuentra más feliz que nunca. Por eso puede poner en línea su remanidos recursos argumentales con la línea oficial. Si nunca estuvo fuera del abanico de lo que el estado prescribía como racional, ahora se encuentra no sólo dentro del abanico sino en la línea justa.

Es dudoso que esta intentona explicativa dure mucho. Toer, fanático de los porcentajes electorales, debería ponerse a pensar con qué recurso argumentativo se quedará una vez que se efectivice la aplicación de la reforma electoral PJ-UCR. Repiten el argumento de la irrelevancia electoral de la izquierda, pero no dudaron un segundo en proscribir aquello que consideran irrelevante. Luego de octubre Toer intentará hablar de partidos que no alcanzan la legalidad electoral antes que repetir las referencias a porcentajes, curiosa derivación a través del partido oficial que tantas veces ha recordado su pasado de proscripto.

Toer, pero en realidad todo kirchnerista ingenuo y toda la dirigencia kirchnerista (aunque esta última de la boca para afuera), comete hoy esta llamativa contradicción: el-irrelevante-que-pasa-a-ser-relevante-porque-coincidiría-en-una-conspiración-golpista-pero-a-la-vez-no-deja-de-ser-irrelevante-pero-a-la-vez-hay-que-proscribirlo. Y mientras, sigue esta farsa y se sigue afirmando identidad de los propios. Si antes se afirmaba identidad contra la supuesta oligarquía (con un importante costo en caudal electoral), ahora se afirma identidad en base al macartismo y con menores costos, por no decir “gratis”.

Es el macartismo la novedad de la hora. No es tema el trostkismo, ni los errores que en el pasado hayan tenido ciertos partidos de izquierda. (Dicho sea de paso, no debería causar escozor a ciertos macartistas como Toer o Galasso que fundan su política en la denuncia de errores históricos de algunos partidos que hoy su “siempre correcto” peronismo reciba el apoyo del partido de izquierda que más errores groseros acumuló en la historia argentina, obviamente, del(os) Partidos Comunista(s).) Todas las diferencias que uno pueda tener con el trotskismo y con el trotskismo argentino son debates a dar lejos de la vista del Senador McCarthy. Lo que se ataca es a toda la izquierda.

El macartismo es también una de las vías por las que vuelve a marcarse la cancha. Una de las formas con que el estado le dice a la población qué es posible desear y qué no. Y no solamente eso, es también un mástil más desde el que agitar nuevamente tantos fantasmas de quienes hacen cola para la gran desestabilización golpista que nunca llega, pero que busca posponer indefinidamente cualquier reclamo social.

El kirchnerismo compite con Carrió en realizar predicciones erradas... ¡y gana! Así como Toer en el 2000 nos ilustraba sobre lo que había que hacer y falló. Así como desde el 2003 vienen queriendo que nos sumemos a la resistencia a un golpe de estado que sólo existe como forma de reclutamiento. Así como vienen haciendo predicciones sobre la necesidad de ciertos apoyos en supuestos “momentos de peligro” (pobre Benjamin) que pasan sin dejar las consecuencias irreparables que habían pronosticado. Para volver a los debates de Página/12: “Si la derecha gana, se habrá creado un peligroso antecedente de deslegitimación de la intervención del Estado en la economía, y esto impediría, o al menos obstaculizaría gravemente, que este Gobierno (si es que en algún momento reorienta sus opciones estratégicas) o cualquier otro futuro, sí utilizara las retenciones u otras medidas semejantes con fines redistributivos...” (16/4/08) Así, pretendidamente desde el marxismo, Eduardo Grüner advertía sobre la perentoriedad de apoyar al gobierno en el 2008 frente a la “derecha”. Como en el ejemplo del 2000, sabemos la historia posterior. La “derecha” ganó la votación, el sector agropecuario perdió millones por culpa de las retenciones fijas y no hubo ninguna “obstaculización” a la intervención del estado. Quizás Grüner y Toer crean que medidas como fin de la AFJP o la ley de medios sean formas novedosas de intervención del estado en la economía que sí pudieron existir luego del voto de Cobos, pero nunca van a admitir que su catastrofismo carriokirchnerista estuvo totalmente errado.

En el interín, y a través de sucesivas referencias a los matices, al pensamiento reflexivo y a la “lucidez estratégica”, estos intelectuales y publicistas retrasan teóricamente doscientos años. Así, por ejemplo, el profesor Aronskind ha explicado (en la línea de Grüner) que el problema de las retenciones era del interés sectorial contra el interés general representado en el estado. Esto no tiene nada que ver con cuál era la posición correcta en el 2008 (en un clima político menos enrarecido hoy sería más fácil ver que era necesario apuntar los cañones a ambos lados). Llegar a decir, para colmo con pretensiones de “marxismo”, que el estado representa el interés general es un índice de que los matices, el pensamiento reflexivo y la “lucidez estratégica” lograron llegar a las versiones más simplonas de la propuesta de conciliación de clases. A esta altura, esa utilización de la idea de “interés general” encarnado en el estado es más que una aberración teórica, es un crimen cultural.

Desde otro marxismo sabemos que el estado siempre interviene. El mito de la contraposición contra el laisser-faire es uno de los modos por los que la tribu de “heterodoxos” satisfacen su orgullo bienpensante, sobre todo en momentos en que tal distinción discursiva sustituye logros que no ha podido obtener eliminando la pobreza o la precariedad laboral. Aún si asumiéramos el mito (compartido –y complementario– de “ortodoxos” y “heterodoxos”) de que existe algo como las “políticas pasivas” del estado, habría que notar que no hay muchas diferencias entre el clima ideológico de los años cincuenta y el clima actual (aún con resultados totalmente diferentes). Quizás aquí, en la defensa de la idea de una “economía heterodoxa”, haya otro punto de coincidencia entre el Consejero Toer y el Senador McCarthy.

[1] El ejemplo máximo es Feinmann, «El talante K», Página/12, 31/12/05. Pretende hablar de Kirchner pero su instinto político se lo impide, termina hablando de Morales Solá que le lleva a la revista Cabildo.

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